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jueves, 24 de noviembre de 2011

El tiempo de los robles (segunda entrega)

En exclusiva editorial, como primicia para los amables lectores de este blog (en simultánea con el blog http://librosdeabelcarvajal.blogspot.com/ ), a continuación la segunda entrega del nuevo libro de Abel Carvajal:




El tiempo de los robles

Relatos inspirados en hechos y personajes reales


Alfonso Carvajal Botero con su hijo primogénito (el autor), Barrancabermeja, 1964.


Por: Abel Carvajal


Capítulos 4, 5 y 6 de la Primera Parte: Historias de robles


4

UNA NOVIA PARA TRES


Antes de empezar la década de los 50’s Colombia entró en uno de los períodos más violentos de su historia: Se desató una cruenta y larga pelea por el poder entre los dos partidos políticos tradicionales, el Liberal y el Conservador, que trajo como consecuencia múltiples crímenes y asesinatos como el del popular candidato liberal a la presidencia de la República el abogado Jorge Eliécer Gaitán. Se conformaron grupos paramilitares partidistas como “la Chulavita” (conservadores), y nacieron los grupos guerrilleros como las “Autodefensas Campesinas” (liberales). Esta época de terror se conoce simplemente como “la Violencia”, que duró hasta bien entrada la década de los 60’s.

Durante la Violencia, la orgía de sangre enloqueció a millares de colombianos, facilitándose una siniestra creatividad que cómodamente superaba a la de los más temibles criminales de la humanidad. No bastaba con matar al enemigo sino además torturarlo en el acto mismo y exhibirlo como trofeo.  Algunos seccionaban la garganta de su contrario y le extraían la lengua por el corte dejándola colgada sobre el pecho del cadáver, cruel método que se llegó a conocer internacionalmente como “la corbata colombiana”. Distinto procedimiento pero también practicado con reiteración, era cercenar el pene del rival e introducírselo en su agonizante boca. Otro, con una variante no menos psicopatológica, era que en vez del pene cortaban sus testículos…  Podría citar más horrendos casos, pero ya es suficiente ilustración.

Las endebles fuerzas militares y policiales de aquellos días, reflejo de también débiles y corruptos gobiernos de turno, poco podían hacer. Cuando no gobierna un soberano fuerte y enérgico, aparecen los feudos dominados por poderosos señores, malvados la mayoría; ésta siempre ha sido la repetida lección de toda la historia humana.

Fue en los inicios de esta escabrosa década en que falleció don Abel Carvajal Múnera. A los pocos años emigraron sus hijos mayores a Barrancabermeja, el pujante puerto petrolero sobre el río Magdalena en el Departamento de Santander, en busca de fortuna y una nueva vida. Uno de ellos, Francisco Abel Carvajal Botero, a quien llamaban Pacho, fue de los primeros en arribar a la naciente ciudad de las tres “P”, por lo de Petróleo, Plata (dinero) y Putas. En donde una gran colonia de antioqueños se había afincado, empleándose casi todos en los campos petroleros o en la refinería de la Tropical Oil Company o convirtiéndose en proveedores de mercancías o servicios para esta gran empresa o para sus trabajadores.

El joven Francisco Carvajal se había empleado como mecánico automotriz, una de sus dos pasiones,  pero la segunda lo metería en problemas. Tenía una insistida afición por las mujeres, en especial por las dedicadas al llamado oficio más antiguo del mundo, lo que por poco le cuesta la vida en aquellos peligrosos días:

En una de sus frecuentes visitas al prostíbulo de moda del caluroso puerto, no pudo evitar fijarse en la más agraciada de las damiselas, una voluptuosa antioqueña, paisana suya. Como era hombre  físicamente muy atractivo, no le fue difícil atraerla a su mesa. Rato después, de tomar un par de cervezas muy conversadas, se le hizo impostergable la rigurosa visita al orinal.

Justo al tiempo entra un cabo de la Infantería de Marina, que va y se sienta con la que consideraba su novia, la misma mujer que esperaba a Francisco. No llevaban demasiado  tiempo los dos acaramelados con sus jugueteos, risas y abrazos, cuando de repente irrumpe en el bar del burdel un sargento de la Chulavita, quien al descubrirlos enceguecido de celos se arrojó ferozmente contra el joven suboficial de la Armada, pues la no casta meretriz era supuestamente (por él) también su novia. Lucharon tal cual película del Oeste americano rodando por entre mesas, botellas, clientes y damas gritando, pero aquel marino era un moreno alto y bien fornido. El chulavita, un mestizo proveniente del altiplano cundiboyacense (centro de Colombia), siendo muy bravo pero bajo de estatura, pronto se sintió en desventaja y decidió inclinar suciamente la balanza a su favor desenfundando una bayoneta que llevaba al cinto. El marino sólo alcanzó a agarrar la mortal arma por la hoja doblemente filosa con su mano izquierda. El agresor haló ésta cortando la carne de la mano que trataba de quitarle el mortal cuchillo militar, la sangre afloró.

Pacho, quien en ese momento salía del baño subiéndose la bragueta, escuchó el grito de auxilio de la chica en disputa y sin pensarlo mucho se abalanzó sobre el chulavita. Siendo  hombre corpulento y fuerte como un roble pronto dominó y desarmó al celoso paramilitar, lanzándolo después como un bulto de mazorcas fuera del establecimiento. Luego, con ayuda de la mujer, persuadieron y llevaron al cabo herido al hospital.

Más tarde, cuando salían del hospital después de las curaciones, costuras y vendajes de rigor, se encontraron con el iracundo sargento agresor y una docena de sus compinches armados con carabinas. Pacho y su ahora agradecido amigo marinero, fueron salvajemente golpeados, esposados y llevados a empellones al cuartel de la mal llamada policía Chulavita. Allí los encadenaron de pie en medio del patio, descalzos sobre un charco de agua, donde los torturadores planeaban tirar un cable eléctrico de alta tensión.

La cortesana conociendo de lo que era capaz el sargento y tal vez verdaderamente enamorada (¿del marino o de Francisco?) o por un acto de misericordia, se dirigió corriendo a donde un teniente, “conocido” suyo, de la base de la Infantería de Marina del puerto a la que estaba adscrito su novio, bueno digamos que el número uno. Le narró sollozante la conmovedora historia de cómo mientras atendía una inocente visita de su novio marino, un energúmeno chulavita que la venía asediando de un tiempo para acá, al verlos  la abofeteo (ella adornó un poco la historia), su marinero la defendió a mano limpia… pelea… bayonetazo…  Pacho… hospital… y el posterior arresto, pues los acusó de guerrilleros liberales, llevándolos al cuartel donde los pensaba torturar y asesinar. Le suplicó que salvara pronto a su subalterno y su amigo de tan infame destino.

El oficial de la Armada se encolerizó, no iba a permitir que le tocaran a uno de sus muchachos, menos por esos seudopolicías. Trotó rumbo al cuartel de la Chulavita acompañado de un regimiento completo con mortero y ametralladoras. Lo sitió y amenazó a los nerviosamente atrincherados policías, gritándoles que si no soltaban a su hombre y a su amigo de inmediato no dejaría polvo sobre piedra del cochino acantonamiento.

No demoraron en soltarlos. Salieron muy maltrechos, pero la preocupada damisela más tarde se esmeraría en cuidados, para con los dos, claro.

El teniente no sufrió consejo de guerra ni juicio alguno por el osado acto de guerra contra los paramilitares conservadores, por el contrario su comandante lo felicitó por su heroico acto de justicia, dejando en alto el honor de los marinos, además de propinarles un buen susto a los tales por cuales chulavitas. Entre los infantes y aquellos paramilitares había una proclamada enemistad de tiempo atrás.

Francisco Abel Carvajal Botero ya no podría continuar con su vida de aventurero en Barrancabermeja sin correr grave riesgo, así que a los pocos días empacó sus escasas pertenencias, se despidió de sus hermanos y partió hacia la lejana ciudad fronteriza de Cúcuta.

La plata o el petróleo, o ambos, son un imán irresistible para muchos hombres y mujeres, pues poco tiempo después emigraría de su patria a donde había de las dos “P” en muchísima  más abundancia: Venezuela, la próspera nación hermana de Colombia; país que bien lo acogió, en donde él viviría feliz y agradecido por el resto de su todavía larga vida. Allá protagonizaría, debido también a su debilidad por las mujeres, años después, una muy anecdótica aventura que le valió un apodo.




5

TRESCIENTOS


A partir de la segunda mitad del siglo XX, mientras Colombia todavía un país rural cuya economía afincada en el sector agropecuario se hundía en el período más violento de su historia, Venezuela entraba en una extraordinaria bonanza económica gracias a su muy abundante petróleo, llegando a convertirse en el país más rico y flamante de América Latina; lo que fácilmente se evidenciaba en las calles, autopistas y edificios de su moderna capital Caracas. La ilustre patria de Miranda, Bello, Bolívar y Sucre acogió a millones de inmigrantes provenientes de los más diversos países en busca de las oportunidades que ofrecía, en especial a los hijos de Colombia, su hermana siamesa no sólo por su historia y un origen común, sino además por la inmensa franja que las une desde el ombligo y que llega hasta el corazón de ambas: los majestuosos Llanos Colombo-venezolanos. Inmigrantes que contribuyeron de manera considerable a su desarrollo y prosperidad.

Es en los años 70’s, cuando Venezuela estaba en la cumbre de esta época dorada es que ocurre la aventura que relataré de Francisco Abel Carvajal Botero, quien aunque nunca se casó ni engendró hijos, llevaba viviendo desde hacía más de veinte años con una bella y leal señora como compañera, madre viuda de cinco juiciosas hijas, primero en Guatire y después en Caracas. Él se había desempeñado como mecánico de vehículos pesados y luego con sus ahorros compró un minibús o van de transporte público urbano en Caracas, que nadie más que él conducía. No sobra agregar que él fue un destacado deportista, practicó la halterofilia o el levantamiento de pesas llegando a ser subcampeón nacional de Venezuela en la categoría de peso pesado, con lo que ganó un portentoso físico que lo hacía muy atractivo para las damas.

Un día en la madrugada, cuando conducía su minibus como de costumbre hacia la terminal para iniciar la ruta asignada, sobre la acera de una calle cualquiera vio que una hermosa joven le hacía señas para que se detuviera. La escasa y seductora vestimenta de ella ayudó en tal propósito, los hombres a veces pensamos más con las hormonas que con las neuronas.

Ella abrió la puerta delantera sentándose en la primera silla situada justo a su lado. Francisco le explicó que todavía no estaba en ruta, a lo que ella replicó coquetamente que iba justamente cerca de la terminal y que le sería de “buena” compañía. No necesitó de más argumentos para que él aceptara darle el aventón.

Se dio la conversación rompehielos de rigor, no muy extensa. Pronto la inquieta mano diestra del sonriente conductor “confundió” la palanca de cambios con la pierna de su acompañante, quien no mostró signos de rechazo… La mano siguió subiendo por la pierna, ella se le acercó más y le rodeó el cuello con su brazo. Los dedos de él se encaminaron ahora hacia la entrepierna de ella bajo sus cortos shorts, avanzaron por el bosque hasta que en vez de encontrar la entrada a una deseada cueva tropezaron con un inesperado tronco…  ¡Francisco, sacó su mano de un tirón como si hubiera tocado la cabeza de una serpiente cascabel! La pasajera resultó que era un pasajero, un hombre en vez de una mujer.

Sintiéndose burlado y con el ego masculino herido, agarró un recortado cable eléctrico de una pulgada de diámetro que guardaba bajo su silla como arma de dotación choferil y empezó a azotarlo mientras lo insultaba. El aterrorizado travesti saltó al pavimento y corrió como alma que lleva el diablo.

Cuando el sorprendido Pacho se inclinó a cerrar la puerta que dejó abierta su afanado pasajero descubrió bajo la silla un fajo enrollado de billetes. Dedujo que cuando había retirado abruptamente su mano debió sacarle accidentalmente el rollo; decidió tomarlo como resarcimiento y aceleró de inmediato la minivan. Estacionado ya en la terminal contó el dinero: 300 bolívares exactos, una pequeña pero no despreciable suma en aquellos días.

Jocosamente narró el incidente a un par de colegas, quienes lo comunicaron a otros, y éstos a otros, hasta que a alguien se le ocurrió apodarlo “Trescientos”. A partir de ese día así se le llamó entre el gremio de conductores.

Francisco Carvajal Botero, “Trescientos”, murió sexagenario en 1997, desconociéndose el lugar y fecha precisa, pues un misterioso manto cubre aún hoy cómo vivió sus últimos días. Su cadáver fue hallado en el año 2000 en una tumba común de un viejo cementerio público de Caracas, por Lucila su hermana mayor, quien al no tener noticias de él por más de cinco años viajó desde Colombia y con la ayuda de la ex señora y de sus hijas, que tampoco sabían de su paradero desde hacía más de doce años cuando él había decidido abandonarlas por una joven mujer, indagaron hasta descubrir su sepultura.

En los archivos forenses anotaron brevemente que su cuerpo fue encontrado abandonado en una solitaria calle en las afueras de Caracas, el que llevaba varios días expuesto a la intemperie y que habría fallecido por un aparente infarto.

En los archivos de la flota de buses descubrieron unos sospechosos registros en los que se evidenciaba que dos autobuses que aparecían como de su propiedad pasaron misteriosamente a manos de un tercero. En las instalaciones de la empresa transportadora, mientras ellas indagaban, un viejo chofer se les acercó, quien afirmando haber conocido a este Carvajal les aconsejó “dejar las cosas así”. Optaron por abandonar la investigación y poner todo en manos de la Justicia Divina, que no falla ni se corrompe como la de los hombres.

También en Venezuela vivió y murió María del Amparo Carvajal Botero, otra hermana de Lucila y de Francisco. Mujer valiente y trabajadora, quien sola (nunca se casó), supo enfrentar con éxito el desafiante mundo machista de casi todo el siglo XX.

Amparo, con muy poca educación emigró contra la voluntad de sus hermanos en los 60’s desde Colombia. Se desempeñó en humildes labores pero siempre llena de entusiasmo y dedicación. Poseía un gran don de gentes y espíritu muy sociable por naturaleza, lo que la llevaría a tratar personalmente con tres presidentes de la República de Venezuela: Carlos Andrés Pérez, Luís Herrera Campins y Jaime Lusinchi, a quienes les consiguió millares de votos en sus respectivas campañas. No obstante ella nunca quiso enlistarse en un forcejeo electoral a título propio para algún cabildo o asamblea, pese a que ellos así se lo propusieron en más de una ocasión.

En algo más de la última década de su larga vida vivió alejada de su hermano Francisco Abel, debido a una tonta discusión por una pistola automática que él había traído desde Barrancabermeja (Colombia), en donde su hermano Alfonso se la había obsequiado. Pues Francisco le debía a ella un dinero que supuestamente le había prestado para completar la cantidad necesaria para la compra de un autobús. Él le mostró la pistola y ella se deslumbró con el arma. Tal vez debido a su solitaria vida ella se sentía vulnerable a los peligros de una ciudad como Caracas y quiso la pistola para sí, tratando de canjearla por la deuda, pero su hermano por diferentes motivos y razones se negó… Este evento tristemente los alejó radicalmente por el resto de sus vidas, pese a que se apoyaron mutuamente por muchísimos años, principalmente en los inicios de su vida de inmigrantes.

A lo mejor si su hermano hubiera estado presente no habría sido víctima del engaño, o más bien del fraude, por parte de un inescrupuloso italiano quien la había convencido de montar en sociedad una fábrica de zapatos.

Ella ya entrada en años y pensionada pero con buen ánimo emprendedor aceptó confiadamente ser la socia capitalista. Pocos meses después con la planta de producción en funcionamiento, un lunes en la mañana llegó como acostumbraba a su empresa, encontrando a unos asombrados trabajadores afuera de las instalaciones. El socio y gerente se había llevado toda la maquinaria, el mobiliario y el inventario el domingo cuando la fábrica estaba cerrada, según el celador. Sobra decir que antes había desocupado asimismo la cuenta bancaria de la empresa.

Amparo trató a través de sus influyentes amigos y conocidos en la policía y entes fiscales de atrapar al timador, pero él sin perder tiempo se dio a la fuga con el botín realizado hacia su país de origen. Amparo Carvajal perdió así todos los ahorros de su laboriosa vida, quedando apenas con su viejo apartamento en el popular barrio de Petare y en el que debió alquilar un par de habitaciones para redondear su exigua pensión.

Ha sido la mujer con más sentido humano que he conocido en mi vida. Tuve el privilegio de acompañarla en sus últimos días, quien postrada en una pequeña clínica de Caracas, ya desahuciada por metástasis y soportando agudos dolores mantenía una sonrisa a flor de labios mientras me narraba con lujo de detalles algunas de las historias familiares que aquí escribo. Allí compartía habitación con otras dos pacientes, a quienes atendía y escuchaba con esmero y preocupación pese a que estaban menos graves que ella misma, actos que significaron para mí una gran lección de humanismo.

No dejaré de mencionar que en aquellos tristes días ella, mi admirable tía, me dio la instrucción precisa de que no permitiera que sus cenizas las llevaran para Colombia, sino que las esparcieran en cierta zona de la costa venezolana o en un cerro también señalado por ella de Caracas, dos lugares que le encantaban. Lo que demuestra una vez más que uno no es de donde nace sino de donde vive y muere.

Amparo Carvajal Botero falleció ya octogenaria a la 1:10 de la tarde del 15 de diciembre de 2005, en el apartamento que había comprado su hermano Francisco en un agradable barrio de Caracas para su compañera y sus hijas años atrás, justo antes de abandonarlas. Expiró su último aliento en medio de los cariñosos cuidados de dos de las cinco hijas adoptivas de su hermano. Sus cenizas fueron engrandecidas por el viento y el mar en su lugar favorito de la costa venezolana, cumpliéndose su voluntad.

A su memoria dedico Historias de robles (Primera parte de EL TIEMPO DE LOS ROBLES). Quien sin lugar a dudas fue un gran roble,  como lo fue otro hermano suyo que tuvo una fascinante vida digna de un libro, el que tiene ante sus ojos amable lector.




6

EL NOVIO FUGITIVO



Apenas murió don Abel Carvajal Múnera en el año de 1950, ya viudo desde hacía quince años, debió Lucila, su joven hija mayor asumir la difícil responsabilidad  de sustituirlo como cabeza de familia ante sus demás hermanos y trabajadores de las fincas.

Tratando ella de asegurar la manutención y una buena educación para los menores, debió empezar a liquidar el ganado y vender las fincas que su padre les había dejado. Pero ante una sociedad tan machista y un inabordable mundo de los negocios para una inocente mujer de aquella época, encargó para tal fin a su hermano Alfonso, el segundo varón de la familia y único disponible con edad suficiente; pues José, el mayor de todos, se había marchado tempranamente para Barrancabermeja en busca de fortuna y aventuras, luego de haberse gastado la mayor parte de la herencia que le correspondía en las cantinas y entre las bragaduras de varias señoras alegres de Carolina del Príncipe y de los pueblos circundantes.

El joven Luís Alfonso Carvajal Botero, quien siempre prefirió que lo llamaran por su segundo nombre, ensilló su bestia favorita y con la ayuda de un par de arrieros se dirigió con un gran hato de ganado hacia la feria del municipio de Yarumal. La pequeña ciudad de donde era oriunda su difunta madre doña Magdalena Botero. Pero allí, como en toda feria ganadera que se respetara además de reses abundaban negociantes, comisionistas,  vaqueros y mujeres detrás del cuantioso dinero que circulaba, por supuesto.

Pasaron ocho días, tiempo más que suficiente para que su hermano Alfonso hubiese regresado con el producto de la venta de aquellos semovientes, pero no aparecía por ningún lado ni noticia alguna se sabía de él, aunque los arrieros habían regresado al día siguiente de partir asegurándole a Lucila que habían encerrado sin problemas las reses en uno de los corrales de la feria, lo que no dejó de preocuparla. Envió entonces a Francisco, su otro hermano aún adolescente, a buscar a Alfonso.

Transcurrieron otros siete días y ahora no aparecían ni Alfonso ni Francisco, pero escuchaba de boca de otros hombres que regresaban de la feria a Carolina, que a sus jóvenes hermanos los habían visto muy saludables y bien “acompañados”. Tal vez esta última palabra, o más bien el tono socarrón con que la pronunciaban, fue lo que más preocupó a la angustiada hermana mayor, quien sin pensarlo mucho montó su caballo (tenía fama de ser la mejor amazona de la región) y dejando encargada a sus otras dos hermanas de la casa y de los dos niños, salió al galope a descubrir qué pasaba con sus hermanos y el ganado o el dinero.

No necesitó ella de muchas pesquisas pues pronto encontró a Alfonso en la plaza principal de Yarumal entre los cariñosos brazos de una hermosa joven nativa. 

El susto que él se llevó al ver a su furiosa hermana fue tal, que se cayó de la banca donde estaba apoltronado con su amada como par de tortolitos. Luego de las vagueantes explicaciones dadas, Lucila lo obligó a que le entregara de inmediato el dinero producido por la venta del ganado y se marchó en busca de Francisco, a quien tampoco demoró en hallar. El adolescente estaba en su habitación del hotel no en brazos sino de cabeza entre los muslos de una señorita.

Regresó la consternada hermana mayor a Carolina acompañada, no de muy buena gana de Francisco, quien ahora poseía una adolorida y roja oreja; con el dinero, o mejor, con lo que quedaba, que afortunadamente era el mayor porcentaje de la venta.

Alfonso, esgrimiendo su mayoría de edad, se rebeló y permaneció en Yarumal. Planeando secretamente casarse con la chica, de quien estaba muy enamorado. Sosteniéndose con parte del dinero que él astutamente había separado y no declarado a su hermana, que consideraba su justa comisión por la venta del ganado. Dormía alternando en las diferentes casas de sus familiares maternos.

Habiendo pedido la mano, acto no dificultoso gracias al reconocido linaje materno que lo antecedía, fijó pronto la fecha de la boda para esa misma semana y se fue a celebrar con sus amigos. Despedida de soltero que duró tres noches y tres días con aguardiente y comida a granel, por cuenta del platudo novio.

La víspera de las nupcias, en la noche en medio de la borrachera, sus amigos en un solidario acto de conciencia  o de complicidad varonil, ¡le hicieron caer en cuenta de la tremenda brutalidad que se disponía a cometer!

Alfonso Carvajal sacó de su bolsillo la argolla que llevaba con el nombre grabado de la novia y la observó por largo rato. Un destello de luz reflejado en el oro de la joya bastó para espabilarlo y lograr sobreponer la razón al amor. Corrió sin vacilar hacia la flota de transporte llegando justo cuando partía hacia Medellín el último bus escalera que salía esa noche. Embarcándose con lo único que llevaba en la mano en aquel momento, la montura de su mula favorita, con la que había arreado el ganado hasta la feria y que había vendido justo pocas horas antes. No siendo esta la única vez que él llegaría a un nuevo destino sólo con una silla de montar en mano.

A la mañana siguiente, a la hora acordada para la celebración matrimonial, la novia y su familia se quedaron esperando en la puerta de la iglesia a que apareciera el novio. Mientras, él dormía la rasca en Medellín quién sabe sobre qué cama, con la argolla de oro en su bolsillo. Anillo que años después terminaría en el cofre de su verdadera futura esposa, una distinguida y hermosa dama de Medellín con quien sí se casó en enero de 1963… con otra muy diferente argolla matrimonial. De esta unión nacerían tres hijos varones.

Alfonso Carvajal Botero no volvió a pisar el suelo de Yarumal hasta muchos años después de aquella escabrosa retirada. Honrando la frase que él mismo repetía a manera de justificación cuando pícaramente contaba aquella historia: “Para el mamón no hay ley”.

Su hermana Lucila, nunca se casó ni tuvo hijos, pese a que se cuentan historias proverbiales de amor hacia ella por varios hombres que la pretendieron. No obstante además de madre obligada por el Destino de sus hermanos menores, fue también como una segunda esmerada madre, ya voluntaria, de casi todos sus sobrinos y sobrinas.

Al momento de escribir estas líneas Lucila Carvajal Botero aún está viva y asombrosamente lúcida, pese a su muy avanzada edad, lo que ha sido una suerte para la obtención de una mayor precisión en los detalles y veracidad de estos relatos.  Ella es evidentemente otro auténtico, resistente y longevo roble; como lo fue su hermano, de quien apenas empiezo a narrar sus historias.




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PRÓXIMA ENTREGA: Capítulos 7 y 8. (Fin de la Primera Parte: Historias de robles)

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