El centurión de la Calavera
Novela breve
† † †
ABEL CARVAJAL
©2012, Abel Carvajal. Reservados todos los
derechos de autor. Ilustraciones por el autor.
A mis hermanos, a mis amigos de la juventud y a mi fiel amigo Chester, quienes llenaron mi vida
de alegrías, enseñanzas y gratos recuerdos.
"Yo soy la resurrección y la vida .Quien cree en mí,
aunque muera vivirá"
Jesús, hijo de José de Nazaret
(Juan 11,25)
“También
los asaltantes crucificados con él lo insultaban.
A partir
del mediodía se oscureció todo el territorio hasta media tarde, a ésta hora
Jesús gritó con voz potente:
-Elí Elí lema sabactani –o sea: Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado?-.
Algunos de los presentes al oírlo, comentaban:
-Está
llamando a Elías.
Enseguida
uno de ellos corrió, tomó una esponja empapada en vinagre y con una caña le dio
a beber. Los demás dijeron:
-Espera,
a ver si viene Elías a salvarlo.
Jesús
lanzando un nuevo grito, entregó su espíritu.
El
velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las piedras
se partieron, los sepulcros se abrieron y muchos cadáveres de santos
resucitaron. Y, cuando él resucitó, salieron de los sepulcros y se aparecieron
a muchos en la Ciudad Santa.
Al
ver el terremoto y lo que sucedía, el centurión y la tropa que custodiaba a
Jesús decían muy espantados:
-Realmente
éste era Hijo de Dios.”
(Mateo:
27, 44-54)
I
Ha pasado cierto tiempo
desde que yo, Marco, otrora ilustre ciudadano y ahora anónimo peregrino, logré
escapar de mis también ilustres pero enconados perseguidores en una oscura
noche de la convulsionada Roma tras la muerte del gran Dácico, el emperador
Marco Trajano,
mi entrañable tío. Salvándome de una muerte segura.
Muchos días atrás, abatido pero obligado por
las circunstancias, anticipándome al evidente final del César y al de mi
tranquilo vivir en la hermosa villa frente al mar en el puerto de Ostia que
había tomado en alquiler un año antes por prescripción médica, vendí en secreto mi productiva hacienda en el
Lacio así como
mis demás bienes y posesiones, habiendo antes
donado algunos predios a jornaleros pobres que habían trabajado para mí.
También despedí y liquidé con generosidad a mi sirvientes, soborné a quienes
sabía me espiaban y posteriormente encargué a mi mayordomo que fletara una
galera.
Tenía ya todo minuciosamente preparado para mi
furtiva huída. La que en el fondo de mi corazón anhelaba, pues permanecí en aquella
casa más de lo que debía después del repentino fallecimiento de mi amada
Sulamita antecedido por el de mi viejo y fiel perro. Había demorado la decisión
de irme y, de una vez por todas, lejos de Roma, tal vez por lealtad a mi tío o
por simple miedo a empezar una nueva vida o por ambas justificaciones. Pero
cuando no decidimos la vida decide por nosotros.
El haber ayudado a mantener en el trono al
Dácico por tan largos años, advirtiéndolo del peligro de algunos nefastos
personajes o de las confabulaciones políticas que se tramaban en su contra, de
las que me enteraba sin demasiada dificultad gracias a la lealtad de mis
antiguos legionarios y a los oídos de la inmensa comunidad secreta seguidora
del Nazareno compuesta en su mayoría por artesanos, sirvientes y esclavos, a la
que mi joven esposa y yo excepcionalmente pertenecíamos, me ganó un sinnúmero
de enemigos.
El poder es así, deleitable pero efímero.
Quien cree que puede mantenerse siempre en lo más alto de él acabará por irse
de narices contra el duro suelo que es la realidad. El más grande enemigo del
poder es el tiempo. Muerto o depuesto el emperador o el rey, adiós a sus
ministros, consejeros y cortesanos; los poderes y autoridades de ellos mueren
con él. Vendrá otro con otros. Mis enemigos, los mismos del emperador Trajano,
habían vencido finalmente y ahora eran más fuertes.
Adriano con el
patrocinio de la emperatriz Plotina, más la ayuda de los sicarios del tenebroso
Atiano y del “clan hispano” del senado se tomaría el poder, para bien o para
mal. La historia lo juzgará.
El Dácico me enseñó que los mejores generales
se conocían en la retirada, pues buscan la menor cantidad de bajas y una
honrosa derrota. En mi caso, evitar mi baja era el único objetivo real, ya que
el supuesto honor me tenía sin cuidado. Al fin y al cabo no permanecí el tiempo
suficiente en la legión para alcanzar el grado de general. Pero mi peor
enemigo, lo descubriría más tarde, no estaba donde yo creía ni dejaría de
acecharme…
Aquella triste noche escuchando el seco
golpeteo contra las piedras de la vía por los cascos del robusto caballo que
halaba la campechana carreta que había conseguido mi leal mayordomo, solitario,
embarcado en nostálgicos recuerdos de mi vida en los últimos veinte años, me
dirigí al puerto de Ancona.
Llevaba conmigo apenas dos resistentes bolsas
de cuero por equipaje, cargadas con monedas, oro y piedras preciosas que me
asegurarían las mínimas comodidades deseadas por un hombre de casi cuarenta y
cuatro primaveras de existencia, todo mi
patrimonio, camuflado entre las túnicas, mantas y demás vestimenta apropiada
más para un medianamente rico mercader que para un patricio romano; escoltadas
ambas por mi leal espada en su vaina sujeta a mi cinturón y escondida bajo la
gruesa manta que traía puesta. No tenía más opción que confiar en mis
habilidades, astucia y experiencia, así como en la protección Divina, aunque a
decir verdad, abatido por la pérdida de mis seres queridos y las circunstancias
que me obligaban a cambiar de vida, mi fe se había debilitado. A partir de
ahora la discreción y la prudencia debían ser mi consigna.
Ancona es un puerto alejado de Roma, sobre la
costa este, pero era precisamente por eso uno de los menos esperados para mi
huída, por parte de Atiano o cualquiera otro de mis mortales enemigos. Me tomó
varios días llegar hasta allí, durmiendo con más frecuencia a la intemperie que
en hostales.
Al arribar dejé el carromato y el caballo
donde había acordado mi mayordomo con el propietario y caminé hacia el muelle.
Al doblar la última esquina saltó de entre la
sombras un hombre armado con una espada, susurrando mi nombre seguido de un
improperio. Instintivamente solté las dos alforjas que cargaba en mis hombros desenvainando
mi vieja pero bien pulida y afilada espada… Se escuchó el choque de los
metales. Opté por no acogerme a las reglas de la esgrima limpia transándome en
un largo duelo sino por finiquitar el molesto asunto con un par de movimientos
aprendidos del más diestro legionario que conocí. Era indiscutible que se
trataba de un asesino contratado en vez de un vulgar asaltante nocturno. ¡Un,
dos y zas!, corte profundo y mortal en la garganta, parte del cuerpo casi
siempre expuesta, que no la cubre ni la armadura ni el casco y está desprotegida
con frecuencia por el escudo del guerrero o soldado. Afortunadamente para mí,
él no había tenido el mismo entrenador ni conocía la mortal treta.
La desventaja, en un caso así, de aplicar esta
ágil artimaña con la espada, es que posteriormente
no se puede interrogar al sorprendido rival sangrante y agonizante. No le queda
ni aliento ni garganta para pronunciar palabra alguna. Qué más daba, yo sabía
quiénes lo habían enviado. Por el mercenario no había lugar a duda, tenía el
tatuaje en la muñeca derecha con el símbolo de la guardia pretoriana, calzado militar
y el tipo de espada de dotación de un centurión, aunque ésta tenía unos adornos
muy particulares que me llamaron la atención, así que la tomé como botín; una
espada de repuesto no estaba de más.
No me gusta ni disfruto matar. Una vez que me
hice seguidor del Nazareno entendí y me prometí no recurrir a la violencia sino
era estrictamente necesario, como lo sería por defender a un ser querido, al indefenso
o, como en esta ocasión, por defensa propia. Sí me desconcertaba que me hubiesen
subestimado o peor, que me consideraran demasiado viejo o enfermo como para todavía
poder hacer gala de las artes combativas que me hicieron un famoso capitán de
la temible Novena Legión. Viejo y cansado sí empezaba a sentirme, también
estaba enfermo, pero no tanto como para haber enviado un asesino para
liquidarme, ¡solamente uno y poco experto!
Embarqué con un breve saludo al capitán de la
galera, quien me respondió con apenas un murmullo acompañado de una maliciosa
sonrisa, dando a entender que había visto y gozado toda la sanguinolenta
escena. Pero no me inquietaría, era obvio que no había sobornado a todos los
posibles delatores o por lo menos a alguno no le había pagado lo bastante,
incluido este rechoncho pirata fenicio, el que me obligaría a dormir con un ojo
abierto y con la mano empuñando mi espada. Le ordené partir sin darle el rumbo aún,
cosa que no le gustó, pero bastó con lanzarle fijamente la mirada del león enfurecido que permanece
en los ojos del guerrero cuando su sangre todavía hierve después de una lucha a
muerte. Sus esclavos empezaron a remar.
La suerte estaba echada.
II
En el puerto de Siracusa, después
de un larguísimo viaje en el que nada más le permití al fenicio atracar una vez
a un caserío costero en la Calabria cerca a Brindisi y otra vez en el puerto de Crotona para
aprovisionarnos de agua y alimentos, desembarqué apresurado con la aurora una
vez pagué al fisgón capitán, quien trataba de indagar mi destino final con
veladas intenciones de vender tal información a mis consabidos enemigos.
Esperaba haberlo convencido con mis engañosas respuestas. Si no puedes
derrotarlos, confúndelos.
Caminé veloz pero con rodeos, por si algún
secuaz de ese pirata me seguía, por las
calles entre ebrios marineros y somnolientas prostitutas, los únicos habitantes
despiertos a esa hora en aquella populosa ciudad. Debía encontrar pronto un
refugio seguro en donde descansar al menos un día, pues era poco lo que había
podido dormir durante el viaje en aquella apestosa galera, siempre con el sueño
ligero y alerta, como el zorro que dormita atisbando al cazador que lo acecha.
Había tenido tiempo suficiente durante la
travesía para elaborar mi plan de escape: Luego del necesario descanso, me
embarcaría de nuevo en otro navío con un destino final muy bien escogido pero ya
con una nueva identidad. No podía pretender continuar en este mundo como el
sobrino del difunto emperador con quien compartía el mismo nombre, por culpa
del destino y la testarudez de mi padre, que pese a la oposición de mi madre,
me inscribió una vez nací en el registro de ciudadanos tal y como se llamaba su
venerado padre e igual que su hermano menor. Sin
embargo me diferenció suprimiendo el
segundo nombre, Ulpio o Ulpiano. ¡Demasiados Marco en una misma familia! Hace mucho tiempo juré que nunca le pondría
mi nombre a un hijo, pero no engendré ninguno.
El César Marco Ulpio Trajano, “el Dácico”,
había muerto. Ahora, Marco Trajano, el sobrino, debía desaparecer.
Pensé que si mi acento no había desaparecido
del todo, no obstante haber vivido por casi veintisiete años en Roma, lo mejor
era que en adelante me conocieran por mi origen, adoptaría el apodo de “el
hispánico”, por Hispania la más
fecunda provincia romana donde nací y me crié. Sería evasivo con mi nombre de
pila, contestaría ante tal cuestión con un simple: “me llaman el hispánico”. El
apodo era más utilizado entre los legionarios que el verdadero nombre; mi
tatuaje de la novena legión, más las cicatrices y mi valiosa espada no me
permitirían ocultar la antigua vida militar. Así que me mostraría como un solitario
comandante en busca de un buen lugar para gozar de su retiro. Algo elevado en
la jerarquía para pasar desapercibido del todo pero un grado inferior no sería
creíble en mí, pues por mis modos y el hablar era innegable que poseía una
buena educación, la mayoría de los centuriones ni siquiera sabían leer o
escribir, aún menos los soldados. Pero con frecuencia se haría necesario dar un
nombre más completo que no despertase suspicacias, así que tomé uno muy común a
lo largo y ancho del imperio, me presentaría como Petronio de Hispania.
El destino final que tenía en mente era
Cartago, o más
bien, lo que quedaba de la magnífica ciudad de Aníbal. Lo que ignoraba era cómo
y cuánto tiempo tardaría en llegar hasta allá.
Después de dar muchos rodeos por la ciudad de
Siracusa me instalé en un alejado pero aseado hostal en lo alto de una colina.
Estaba seguro de que nadie me había seguido. La habitación tenía una estupenda
bañera con vista por el balcón a una pequeña bahía, la que hice llenar de agua
y sales aromáticas de inmediato, obsequiándome un relajante baño mientras
engullía los deliciosos manjares sicilianos que me ofreció la mujer del
hostelero. Luego, caí como roca en la cama, pese a que ni siquiera era el
mediodía.
Un áspero sonido me despertó, miré hacia el
balcón, observé cómo el viento mecía las ramas de un cercano árbol que rozaban
las barandillas de piedra en medio de una noche muy oscura. Pero no me pareció
que ellas hubiesen sido la causa del breve ruido que me alarmó, así que
lentamente me deslicé de la cama y empuñando la espada me oculté tras una de
las columnas del pórtico que daba al balcón.
Esperé parado en guardia.
Al rato, una sombra pareció tomar vida y
creció mientras cubría las baldosas del piso penetrando en mi aposento, tras
ella descubrí una esbelta figura humana que caminaba sigilosa. Apenas sintió el
frio del metal de mi espada en su garganta se paralizó y dijo:
-¡Le suplico que no me mate, mi señor!
-Camine despacio hacia la mesa y encienda la lámpara
–le ordené.
La luz de la lámpara de aceite rebeló un
rostro imberbe, el más bello que había visto en muchacho alguno, no obstante se
me hacía conocido. De inmediato recordé, se trataba del joven siervo del
hospedero que había vaciado el agua en la bañera mientras yo a duras penas me
desvestía, tan cansado como me encontraba poca atención le había prestado en
aquel momento.
No traía arma alguna consigo. Sólo vestía una
humilde pero limpia túnica blanca con un raído lazo por cinturón y las
sandalias propias de su oficio.
-¿Pretende robarme? –lo interpelé bajando la
espada, pues temblaba de pánico cual tierno conejo ante las fauces del lobo.
Agachó la cabeza por respuesta. Por un momento
creí que estallaría en llanto, lo que me hizo sentir mal. Entonces decidí
suavizar el interrogatorio:
-¿Cómo te llamas y que edad tienes?
-Edirpo, mi señor. Pronto cumpliré dieciocho
años. Yo nada más… -calló.
-Continúa, habla tranquilo Edirpo, que no te
haré daño.
-¡Señor, esa espada! –exclamó señalando la
espada que le quité al pretoriano que intentó asesinarme en Ancona.
-¿Qué pasa con esa espada, la querías robar?
¿Por qué? Habla de una vez, muchacho. Estoy cansado y quiero dormir.
Entre vacilaciones me contó la triste historia
de su vida:
Hijo de una tradicional familia campesina del
sur de Sicilia, con un severo padre, era el menor de unos abusadores hermanos,
quienes lo obligaron a pasar una infancia solitaria entre rebaños de cabras
montaraces; pero también gracias a tal discriminación había salvado su vida.
Una tarde, en la que su madre y sus hermanos habían salido a la aldea a comprar
provisiones, cuando regresaba a la casa luego de sus tareas de pastoreo, vio
como un centurión atravesaba con la espada a su padre, desarmado, en medio de un
lacónico grito. Él corrió valientemente en su auxilio, pero llegó tarde. El
asesino de su padre en la huída lo atropelló con su caballo. Grabó en su
memoria, además del rostro, la espada con extraños ornamentos que ya llevaba al
cinto.
Un inescrupuloso prestamista había contratado
a un desconocido criminal centurión, que
ni siquiera había ocultado sus prendas militares deshonrando así la legión,
para asesinar al padre de Edirpo con el fin de luego apropiase más fácilmente
de sus fértiles tierras y de su ganado como pago de una elevada deuda. Aunque
carecían de pruebas era la única explicación que ellos tenían a tan infame destino,
que les trajo la inevitable pobreza además del dolor. Los hijos mayores
salieron en busca de fortuna, dejando a su madre al cuidado del más joven, Edirpo,
quien con audacia y entereza trabajó como siervo en diferentes fincas, para
mantener a su madre con miserables pagas y sobras de comida, hasta llegar al
hostal donde mejoró un poco su situación. Desde aquel fatídico día hasta
nuestro encuentro habían transcurrido cinco años. De sus hermanos no volvió a
saber nada y una grave enfermedad hacía pocos meses dio cuenta de su madre.
La espada del asesino era ésta. Edirpo, no
tenía la menor duda. Como tampoco de que yo no era el mercenario, pues de lo
contrario sus intenciones al penetrar subrepticiamente a mi habitación hubiesen
sido más letales. El deseo de venganza es uno de los sentimientos más difíciles
de doblegar. Quería robar la espada para, algún día, matar con ella al asesino
de su padre.
Me describió con detalle al dueño de la
espada, que concordaba con precisión al que yo traía esculpido en mi memoria, nunca
se olvida a quien ha tratado de matarnos. Así confirmé que el muchacho no
mentía ni inventó la historia. Para su tranquilidad le dije que no me cabía
duda que se trataba del mismo centurión ya que llevaba tatuaje de la guardia
pretoriana, calzado y espada de dotación oficial. También le conté que me vi
obligado a matarlo, en los muelles de Ancona, mostrándolo como un vil asaltante.
Su semblante cambió como si lo hubiera liberado de un pesado fardo a sus
espaladas.
A la inevitable pregunta de si aquel
desgraciado centurión no habría tratado más bien de liquidarme por encargo, no
se me ocurrió más que la evasiva respuesta de que nunca antes lo había visto y
que no sabía de nadie que me quisiera muerto. Edirpo sin duda era un joven
astuto, me agradaba, pero mi natural desconfianza no me permitía ser más
sincero con él a riesgo de descubrirme.
Todo aquello parecía demasiada casualidad,
pero no creo en las casualidades, los caminos del Padre Celestial son
inconmensurables. Me resisto a creer que seamos el producto del azar, de una
simple suma de casualidades o accidentes. Estoy convencido que
todos hacemos parte de un complejísimo drama que se presenta día a día en
el inmenso anfiteatro que llamamos mundo, en el que al mismo tiempo somos actores
y espectadores, mientras, debemos aprender las enseñanzas de cada acto, para
que nuestro espíritu evolucione o se prepare para poder trascender al siguiente
plano, donde podremos conocer al Director o a sus asistentes y, tal vez,
entender cuál es el propósito de esta vida. Ahí, en ese momento estelar, lo
comprenderemos todo.
-¿Todavía quieres la espada? –pregunté al
muchacho.
No pude conciliar el sueño ante la sorpresiva
petición que me dio por respuesta. Me revolqué en la cama por horas pensando
qué decisión tomar.
III
Avanzaba el día, pronto se
pondría el sol y ya empezaban a dolerme las sentaderas, pese a que desde que
salimos del hostal a primeras horas de la mañana varias veces había desmontado
del asno que Edirpo había comprado con los denarios que le di. No parábamos a
descansar, apenas si habíamos comido algo de pan. El agreste paisaje de la
costa sur de la isla de Sicilia era maravilloso, aunque no lo había disfrutado
al máximo porque en mi cabeza no dejaba de darme vueltas si la decisión de
adoptar al muchacho como siervo habría sido la correcta y, porque de cuando en
cuando, miraba hacia atrás para
asegurarme que nadie nos siguiera. La constante sensación de persecución es lo
peor de la fuga.
Edirpo no quiso la espada del pretoriano sino
que me lo llevase como mi sirviente, me rogó hasta más no poder luego de tratar
inútilmente de venderme la idea con los supuestos beneficios que su
contratación me traería. Lo que me doblegó fue cuando mencionó que el haber, yo
justamente, liquidado al asesino de su padre y
traer la espada conmigo eran señales del Cielo, que nuestras vidas
estaban a cruzadas; rematando que se sentía muy solo en este mundo y quería que
alguien lo protegiera… ¡Tan duro que soy por fuera, pero tan débil por dentro!
Con
esta imprevista decisión había echado abajo mis elaborados planes, pero lo que
más me preocupaba era que tarde o temprano se haría necesario descubrirle mi
secreto, o parte de éste.
Por el momento sólo le dije que necesitaba
llegar pronto a Cartago, pero de la manera más discreta posible, a lo que me
recomendó dirigirnos hacia Agrigento donde
con facilidad podríamos embarcarnos en una de las tantas naves que surcan el
mar rumbo a la ciudad africana.
El camino desde Siracusa hasta allá era largo,
así que pernoctamos esa noche en una modesta posada en la población de Gela, a
mitad del trayecto.
Por fin, quizás por sentirme acompañado por
Edirpo, aunque él durmiera confiando en que yo era su protector, pude soñar
bien una noche completa desde mi partida. Debía enseñarle a pelear aprovechando
su juventud, entrenarlo en las artes de la lucha y de la esgrima, mis dos
especialidades, pues no estaba demás contar con un par adicional de brazos
adiestrados. El problema es que necesitaba de un lugar adecuado y del tiempo
necesario para tal propósito.
Se me hizo muy difícil levantarme al día
siguiente, sentía una extraña pesadez y excesivo cansancio.
No estaba aún el sol en su cenit cuando
avistamos a un anciano bajo la sombra de un árbol al lado derecho del camino. Al
pasar a su lado, incliné la cabeza a manera de saludo, a lo que me respondió:
-¿Por qué huyes con tanta prisa, Marco Trajano;
acaso no confías en los designios del Señor?
Quedé perplejo. Halé la rienda por un acto
reflejo deteniendo al asno. No supe que replicar.
-¡Sigamos mi Señor, este viejo está loco o
borracho, te confundió con el emperador! –susurró Edirpo estrujando mi brazo
izquierdo.
La visión se me nubló como si hubieran puesto
un velo blanco ante mis ojos, sentí en la frente un sudor frío… Fue lo último
que recordé.
IV
Que no hay mal que no
convenga, siempre lo he pregonado; que lo
malo que nos acontece en la vida nos disguste, no tiene mayor importancia; pero
que un hecho fortuito y sin relevancia, como el toparme con un anciano, nos
cambie la vida para siempre, sí que es sorprendente.
Desperté sudoroso y sintiendo la lengua reseca
en medio de un claro amanecer. Lo primero que vi fue, a través de un rosetón,
lo que parecía ser un pozo de agua. Giré lentamente mi cabeza y descubrí tendido a mi lado a Edirpo dormido, abrazado
a las alforjas y más allá, sentado de espalda contra la pared mirándome
fijamente, al viejo que conocía mi verdadero nombre. Esbozó una leve sonrisa.
Supuse que me conoció en el pasado aunque no me era familiar y no suelo
olvidar un rostro con facilidad, menos
uno con tan frondosa barba blanca.
-Tienes un leal escudero, Marco Trajano. ¿O
debo llamarte Petronio “el Hispánico”? –dijo mirando al muchacho, quien se
inclinó como un rayo al oír la grave voz del anciano y sin ocultar su emoción
murmuró:
-¡Creí que morirías, mi señor! Llevabas casi
tres días sin recobrar el conocimiento…
-¿Tres días? ¿Qué me pasó? ¿Dónde estamos y
quién es usted? –pregunté al viejo.
-Primero lo más importante, acabar de
recuperarte luego de la larga batalla que has librado contra tu antigua amiga,
la muerte –repuso, incorporándose-. Vienes enfermo de tiempo atrás, colapsó tu
cuerpo cuando llegaste hasta mí, lo exigiste más allá del límite en el viaje. Debemos
bajar al pozo, que el agua viva te sanará.
Me intrigaba este tipo, la forma en que
hablaba y lo que decía. Busqué de soslayo con los ojos mi espada, estaba bajo
las bolsas de cuero que el buen Edirpo custodiaba.
-No te preocupes, señor de la guerra, que no
soy tu enemigo. Tu espada y tu dinero están a salvo conmigo –parecía que él
todo lo veía o lo anticipaba, cosa que me hacía desconfiar aún más. Aunque a
decir verdad, siempre he sido un hombre desconfiado en exceso, lo que Sulamita
no dejaba de criticarme.
-¡Señor de la guerra! ¿Me llamas así porque
peleaste a mi lado en las guerras por la Dacia? ¿Acaso fuiste un legionario?
–interpelé.
-Todo a su debido tiempo, hijo de Poseidón.
Confía en tu destino. Por ahora a zambullirte en tu medio. Levántate y anda
hacia el pozo…
¿Hijo de Poseidón? Sólo unas pocas veces,
varios años atrás en Bitinia, cuando
cumplía una misión secreta para el emperador, me habían llamado así por jugar
con unos delfines. ¿Quién era este misterioso anciano que parecía conocer todo sobre
mí?
Las piernas me flaqueaban, lentamente con la
ayuda de Edirpo me puse de pie. Bajamos por una escalera en caracol hasta el
pozo.
-¡Desnúdate y bucea hacia el fondo! –dijo. Lo
miré como si estuviera fuera de sus cabales-. No tengas miedo. Verás una luz,
síguela y luego podrás respirar.
Por alguna inexplicable razón decidí
obedecerle quitándome la túnica, pero el muchacho me sujetó del brazo
indicándome con la cabeza que no lo hiciera, hablando entre dientes:
-¿Por qué le haces caso no ves que está loco?
Te confunde con el emperador, con el hijo de Poseidón; le he dicho que te
llamas Petronio de Hispania y se ríe… Ahora quiere ahogarte, después de tres
días de fiebre en que sólo has sorbido agua de una esponja que te ponía en la
boca…
-Tranquilo, muchacho –traté de calmarlo-. Más
adelante lo entenderás. Agradezco tus cuidados y que hayas velado por mi salud,
por eso te has ganado mi mayor confianza, ahora espérame aquí –tras esas
palabras llené mis pulmones de aire y me lancé al agua.
Nadé bajo el agua en dirección de la luz y
pronto emergí en una gran caverna resplandeciente, en la que había un solitario
arbolito en la orilla. Algunos orificios debían filtrar luz y aire suficiente
para que el arbusto sobreviviera.
Antes de salir a la orilla probé el agua, me
pareció bebible, sacié la sed. Me senté en una roca al lado del pequeño árbol,
cuya especie no identifiqué, tampoco tenía fruto alguno pero sí grandes flores
blancuzcas. El silencio era sepulcral. Mi mente divagaba, me sentía con más
vigor que nunca. Me pregunté si el pozo se construyó aprovechando la magnífica
fuente de agua en esta gruta o la descubrirían después, que debía estar bajo
una montaña justo al lado del pozo, pues el nivel de agua aquí debía estar al
mismo nivel de allá. Caí en cuenta que llevaba tres días sin comer pero no
tenía hambre, por el contrario me sentía fuerte y lleno de energía. ¿A qué se
refería el viejo cuando dijo que era un pozo de agua viva? Se me ocurrió que
las sumergidas raíces del arbolito debían soltar sustancias que enriquecían el
agua con algunas propiedades medicinales, pues ciertamente después del baño y
de beberla me sentía saludable. Noté que respiraba mejor, ni siquiera tosía y
ya no me dolía la espalda ni el talón de mi pie derecho. Varios años atrás
había enfermado de los pulmones, con frecuencia me asfixiaba y me daban ataques
de tos, así como una antigua lesión de guerra en la parte baja de la espalda me
mortificaba de cuando en cuando, además después de largas caminatas mi pie
pasaba su cuenta con más frecuencia.
El tiempo pasó sin darme cuenta, pues cuando emergí
del pozo mi cabeza casi se estrella
contra la de mi joven siervo quien trataba de llegar hasta el fondo con su
mirada buscando mi cuerpo.
-¡Estás vivo, mi señor! ¿Cómo pudo aguantar
tanto tiempo sin respirar? ¡En verdad que eres hijo de Poseidón! –gritaba.
Detrás el anciano reía-. ¡Por las barbas de Júpiter, si apenas puedo
reconocerlo! –Exclamó de nuevo llevándose las manos a la cabeza, agregando
eufórico-: ¡Salió rejuvenecido, parece de veinte años menos, hasta su cabellera
está más tupida y sin canas! ¿Es acaso esto brujería o…? –interrumpió la frase
mirando con temor al viejo.
V
Un día no bastó para
tantas explicaciones que requeríamos.
Edirpo no dejaba de observarme con asombro como
si yo fuese el mismísimo César desde que acepté mi verdadera identidad. A
propósito, la mayoría de los sicilianos todavía no se habían enterado de la
muerte del emperador Trajano ni de la entronización de Adriano, mientras más
alejadas están las provincias más tardan en llegar las noticias de la capital
de tan colosal imperio, el que nunca fue tan extenso como lo era al morir el
Dácico.
Lo que sucedió fue que luego de mi desmayo en
vista de que no reaccionaba el barbado anciano ofreció su refugio para
hospedarme, no teniendo más remedio el asustado Edirpo que aceptar.
Se internaron durante horas por un estrecho
sendero entre peñascos, arrastrando el burro que cargaba mi cuerpo, hasta llegar a las ruinas del palacio de
veraneo de un antiquísimo rey, enclavado en una desolada montaña en medio de un
bosque que lo camuflaba, donde el misterioso viejo vivía como ermitaño. De la arquitectura
original sólo quedaba en pie menos de la tercera parte, en donde estaba el pozo
y, sobre éste en un segundo piso, un amplio recinto que probablemente se
utilizaba como comedor para la servidumbre, en el que me resguardaron hasta que
recobré el conocimiento al amanecer del tercer día.
Nadie intenta acercarse a la montaña ni
adentrarse en el bosque, menos escudriñar en el palacio, desde muchos años
atrás se rumora que allí habita un brujo y que el bosque está encantado, me
diría después el leal muchacho, quien no ocultaba cierto temor cuando el viejo
se acercaba.
Del pozo de agua viva, como lo llamaba, emergí
como un hombre más joven y saludable, desapareciendo la enfermedad y todos los
males menores que acechaban mi cuerpo, hasta mis ojos recobraron la agudeza
perdida. En verdad aquella agua era más que sanadora, era milagrosa.
Mientras estuve meditando en aquella caverna
al lado del extraño arbusto tuve una alucinación: Vi a un hombre desnudo
agonizante extendiendo su mano izquierda hacia un compasivo ser que se le
acercaba desde el cielo señalándolo, en el fondo estaba Jesús crucificado entre
peñascos al lado del mar… Tomé conciencia de que ese hombre era yo, aunque me
veía más joven. Me embargó una inmensa tristeza, no sabría decir porqué, así
como tampoco entendí el significado de esa visión. Sin embargo sí pensé que
podría tratarse de un presagio sobre una
muerte inminente, la mía.
En cuanto al
tal brujo, se trataba de nuestro anfitrión quien se había encargado con
mucha eficacia de crear tal superstición con el fin de mantener alejados a los
intrusos, asustando con algunos trucos en los que no entró en detalle a quienes
se pasaban de valientes. Vivía solitario, era un ermitaño, llevaba tanto tiempo
viviendo allí que ya no podía recordar con exactitud cuánto. Se alimentaba de
frutos, raíces y una que otra presa de caza o peces de un riachuelo cercano, de
los que también comimos en abundancia. Tenía prácticas sencillas, muy higiénicas
y siempre vestía con impecables túnicas blancas, que junto con su blanca barba
y serena voz, lo hacían ver como un venerable asceta. Me preguntaba cómo podía
transformase en un temible brujo que espantara a los merodeadores y a los
bandidos que andan en busca de botín o de refugio. Vi en una esquina una antigua
lanza, un arco y una bolsa con flechas, armas de las que a lo mejor se valía
para lograrlo.
Él nunca antes me había visto y nadie le había
advertido de mi paso por el camino donde salió a mi encuentro. ¿Cómo sabía
tanto de mí y cuándo pasaría por aquel lugar? La respuesta puede resultar
increíble para muchos, pero no para mí. Años atrás había conocido a un personaje
similar en Mesopotamia, llamado Abreu, respetado y venerado como mago, quien
fue en su momento discípulo de uno de los apóstoles elegidos por el Maestro de
Nazaret, tenía el don del Espíritu.
Ahora, este anciano me mostraba sin alegría el
tatuaje de su legión, uno
que no reconocía. Parecía el de una muy antigua legión anterior a Trajano, e
incluso a Nerva y Domiciano, el que
encuadró una vez me hubo narrado su extraordinaria historia.
Acepté la invitación que nos hizo a quedarnos allí
cuanto tiempo quisiéramos. Me pareció un territorio seguro, estaría a salvo de
mis perseguidores o de sus espías, quienes desde Siracusa debían haber perdido
mi rastro. Me sentía saludable y plácido, confiaba en él e intuía que era parte
importante de mi destino; además ése era el espacio adecuado para entrenar a
Edirpo como lo había pensado, aprovechando igualmente para educarlo, pues ni
siquiera sabía leer.
Así pues, tuvimos tiempo de sobra para tales
propósitos y para rumiar todo lo que nos narró el anciano así como sus
enseñanzas. ¿Quién era este hombre?
VI
Ignoraba el centurión Casio
que había sido elegido por la Divina Providencia para ser actor y testigo de la
más importante escena en la historia de la humanidad, él estuvo allí, aquél nefasto
viernes.
Era un hombre que ya no se veía joven, sí muy enérgico,
rudo, pocas veces reía, respetado por sus soldados y leal a sus comandantes. No
vacilaba en obedecer las órdenes aunque no fuesen de su agrado, pero detestaba
lo abusos y la injusticia. Cumplidor estricto de sus deberes, no hablaba a
espaldas de sus jefes ni de los poderosos romanos a quienes servía aunque
tampoco era amigo de lisonjearlos. Escasos amigos se le conocían. Por todo lo
anterior fue ascendido a centurión por su protector y tal vez su único amigo,
el ahora comandante del Fuerte de Antonia en Jerusalén, quien a su vez era el protegido
del procurador romano en Judea Poncio Pilato.
Tenía conciencia de que pertenecía a un
ejército invasor, peor aún, su mismo rango era símbolo del sometimiento y por
lo tanto odiado por los subyugados nativos, por lo que nunca buscó fraternizar
con ellos. Los centuriones eran quienes debían ejecutar junto a sus soldados el
trabajo sucio para mantener la “pax romana”. Muy dentro de sí admiraba a los
judíos, que pregonaban ser el pueblo elegido de Dios, pero no porque él les
creyera esto sino por la ferviente religiosidad y ancestral cultura que se
evidenciaba en la cotidianidad, inclusive en los hábitos más simples de la vida.
Casio consideraba por sobretodos los hombres a los más cultos. Los sabios e
ilustrados, para él, debían ser más venerados y respetados que los poderosos o
los ricos. Él mismo trataba de ser uno, por lo que leía cuanto libro escrito en
latín o griego se ponía ante sus ya muy desgastados ojos así como con mucha
discreción prestaba oídos a las enseñanzas de los que tenían fama de maestros o
eruditos, los que en aquella lejana y rebelde provincia imperial abundaban. Convirtiéndose
en un centurión poco común del que no dejaban de burlarse los demás
legionarios, quienes se cuidaban de no ser escuchados por él, pues recién un
desenfrenado soldado que no tuvo tal precaución casi pierde la vida por cuenta
de sus fornidos brazos si no hubiera sido por la oportuna intervención del
comandante del fuerte y de cinco soldados más.
El centurión Casio era tan temible, que ningún
soldado o compañero se había atrevido a ponerle un apodo, hasta aquél viernes que
siguió a la cena de la pascua judía.
Uno de los maestros o rabí, como lo llamaban
sus seguidores, de quien había oído y deseaba conocerlo, era un tal Jesús hijo
de José,
también llamado el Galileo, por la región donde vivía que hace parte de
Palestina.
Le intrigaba las álgidas disputas que sólo su nombre ocasionaba entre los
judíos, para sus partidarios era un profeta de la talla del legendario Elías
pero para sus oponentes era un blasfemo que pretendía acabar hasta con el
Templo, lo más sagrado de la ciudad. Todo el que vivía en Jerusalén o en las
cercanías ya había oído de Jesús; algunos ya lo aclamaban como el Mesías, el
esperado líder guerrero que convertiría a Judea en una potencia capaz de
derrotar a Roma, rumor que sin duda era ya una exageración de algunos fanáticos
o tal vez se trataba de una estratagema montada por los zelotes para
confundir al procurador y a los comandantes romanos sobre quiénes eran los
verdaderos enemigos del imperio.
Judea había sido un hueso duro de roer para
los romanos, se dieron feroces batallas allí durante muchos años, sin lograr
romanizar a cabalidad a este aguerrido pueblo de tribus pastoriles. Ahora,
había gran tensión política entre el procónsul Pilato, el poderoso sanedrín y el
reyezuelo Herodes, además de la presión ejercida por el gobernador de Siria,
quien a su vez era presionado por el emperador Tiberio que no veía una firme
lealtad de todos sus vasallos en aquella estratégica provincia. Algunos
generales cansados de la difícil situación en Palestina eran partidarios de la
aniquilación total de los judíos para después reconstruirla y repoblarla con tribus
vecinas más afines y leales a Roma, borrando el nombre de Judea del mapa de una
vez por todas, a ese plan lo denominaban la romanización definitiva.
El jueves al anochecer, el comandante del
Fuerte de Antonia le ordenó a Casio y a otro centurión que buscaran al galileo,
quería interrogarlo, descubrir porqué ocasionaba tanta agitación su presencia
en la ciudad, antes de que los sacerdotes del templo y miembros del sanedrín se
tomaran la ley en sus manos como cada vez más a menudo lo hacían, provocándole
más problemas a su amigo el procónsul. Ya estaba al tanto de la destrucción de
los puestos de los vendedores en el Templo por el galileo, acto que no le
perdonarían los sumos sacerdotes, pues había dejado un mal precedente, violado
sus rígidas normas y amenazado un negocio que jugosas utilidades les tributaban
y, peor aún, les había pisoteado sus magnas vanidades al enfrentarlos en
acalorados pero inteligentes debates teológicos. Tal vez este Jesús es más
enemigo del sanedrín que de Roma, les dijo a los centuriones.
Cada uno salió de prisa por su lado sin
dirigirse la palabra. Desconocía Casio hacia dónde partiría la escuadra de su
compañero de legión en pos de cumplir la misión, rivalizaban, cada uno trataría
de hallarlo primero.
Halló a uno de sus informantes quien le dijo
haber visto a varios de los seguidores del Galileo entrar y salir de una casa dentro
de la ciudad durante el día, donde era probable que estuviesen celebrando la
cena de pascua a esas horas de la noche. El centurión y una docena de sus
soldados se encaminaron hacia allá.
El centurión golpeó a la puerta y una mujer
abrió, sin mediar palabra la apartó con un suave empujón, entrando veloz con
sus soldados. En el primer piso descubrió pilas de jarrones de arcilla, dedujo
que la casa debía pertenecer a un vendedor de vinos o de tinturas. Como no
había nadie aparte de la asustada mujer subió por la burda escalera al piso
superior, ninguno de los soldados lo siguió, tampoco encontró persona alguna,
sólo tres gatos; pero le llamó la atención que vio un mesón en el centro del
mediano salón, con residuos de comida y vino aún en los platos y en las
rústicas copas de madera.
Los judíos ricos a diferencia de los romanos
no comían recostados en triclinios sino sentados en sillas o bancas alrededor
de una mesa, los más pobres en el piso sobre tapetes. Una silla sobresalía por
sobre las demás aunque todas eran semejantes, no sabía el porqué, sintió un
viento frío sobrecogedor a sus espaldas mientras la observaba y le pareció escuchar
una voz etérea que le dijo: “Aquí se sentó Él”. No sintió temor, sino una
enorme melancolía. Tenía certeza de que había llegado tarde para lo que se
vendría contra aquél misterioso Maestro, algo muy malo, lo presentía.
Bajó y se encontró con la más penetrante
mirada que mujer alguna le había cruzado, leyó en sus ojos que no estaba
asustada por ella sino por el mismo mal vaticinio que él sentía.
Se acercó a la mujer y le preguntó su nombre.
-Susana –respondió mientras le puso suavemente
su mano sobre la que empuñaba la espada.
Casio admiró la osadía de la mujer, pero no se
perturbó. Más palabras sobraban. Dio la orden de retirada. Antes de atravesar
el portón escuchó a la mujer exclamar:
-¡Ten compasión de Él en su hora!
Se detuvo un instante al escuchar la extraña
súplica, pero sin siquiera voltear su cabeza salió.
El informante saltó desde un callejón cercano,
cuchicheando:
-¡Señor, señor, ya se en dónde está el líder
de esos galileos!
-Habla de una vez –exigió el centurión.
-Lo apresaron los guardias del Templo
comandados por Malco, el mayordomo del sumo sacerdote. Estaba escondido en un
huerto al otro lado del torrente Cedrón junto con sus secuaces.
-¿A dónde lo llevaron?
-Creo que a la casa de Anás, el suegro del sumo
sacerdote Caifás.
-¿Arrestarlo y a estas horas de la noche hacerlo
llevar hasta sus casas? ¿Qué pretenderán ahora estos malditos confabuladores?
–pensó Casio en voz alta. Ordenó a sus hombres-: ¡Corriendo, hacia el fuerte!
Jadeando entró al recinto del comandante y lo
enteró sobre lo sucedido.
Temprano en la mañana cuando apenas desayunaban el comandante y los demás
centuriones irrumpió un guardia del pretorio,
dirigiéndose al capitán:
-¡Mi señor,
el procurador urge de tu presencia!
Entró al pretorio el comandante acompañado del
centurión Casio y dos docenas de soldados de la cohorte bajo su
mando apostados en el Fuerte de Antonia.
Poncio Pilato estaba parado frente a un hombre
que por su aspecto debía tratarse de un nativo que no era rico, de complexión
fuerte, con unos ojos negros que irradiaban serenidad y seguridad en sí mismo. Su
túnica estaba desgarrada, hecha tirones y con manchas de sangre, evidenciando
que lo habían flagelado. Lo rodeaban seis soldados a cargo de la custodia del pretorio.
El procónsul y el comandante se alejaron hacia
una esquina donde parlamentaron en secreto.
Casio sintió de nuevo el escalofrío en su
espalda cuando su mirada se cruzó con la del hombre judío. Sin duda aquel era Jesús
de Nazaret, al fin lo conocía después de casi dos años de escuchar de Él a
través de sus espías e informantes; ya en varias ocasiones anteriores el
comandante le había encomendado la misión de investigarlo. Algunos le habían
relatado con detalle sus predicaciones, no las comprendía bien, pero veía que
no eran subversivas, por el contrario un discurso que dio en una montaña
atestada de gente sobre los bienaventurados le pareció una invitación a la paz
y no a la guerra.
Pilato salió del pretorio acompañado del
capitán quien le hizo una señal al centurión para que lo escoltara con sus
hombres. Afuera estaban los sacerdotes judíos, los guardias del templo y otros
más, quienes no se atrevían a entrar por considerar a todo lo romano como
impuro. Les preguntó:
-¿Por qué me traen a este hombre, de qué lo
acusan?
-Si éste no fuera un malhechor y un profanador
no te lo entregaríamos –respondió uno de ellos.
Pilato miró al comandante. Replicó:
-No ha cometido crimen contra Roma, sin
embargo ya ha sido azotado, ahora júzguenlo ustedes de acuerdo a sus leyes.
-Tenemos prohibido darle muerte –contestó el
jefe de los sacerdotes.
-¡Quieren matarlo! –farfulló entre dientes
Pilato para que nada más lo escuchara su amigo comandante.
Les hizo una señal de que lo esperaran y entró
de nuevo al palacio. Con sarcasmo le preguntó al Galileo:
-¿Eres el rey de los judíos?
-¿Lo crees tu o lo preguntas porque otros te
lo dicen? –replicó Jesús.
-¿Acaso soy judío? Tu nación y los sacerdotes
te entregan a mí para que te mate. ¿No oyes de cuántas cosas te acusan, qué has
hecho?
-Mi reino no es de este mundo. Si mi reino
fuera de este mundo mis soldados habrían peleado para que no me apresaran. Pero
mi reino no es de aquí.
Pilato vaciló ante esa extraña afirmación,
sólo se le ocurrió escudriñar:
-¿Entonces sí eres rey?
-Tú lo has dicho. Pero sólo he venido a este
mundo a dar testimonio de la verdad. Quien está con la verdad escucha lo que
digo.
Poncio Pilato sonrió tratando de disimular su
perturbación ante las incomprensibles respuestas de Jesús. Alejándose de Él
agitó su mano diciendo:
-¡Ah! ¿Qué es la verdad?
Esperó un momento la respuesta, pero el Galileo no habló más. Se dirigió
hacia el capitán y le susurró al oído:
-Este hombre no teme a la muerte, está loco o…
-O amenaza el poder de los sumos sacerdotes,
he escuchado que muchas de sus prédicas les es muy molesta, hasta los desafía.
Cuídate más de ellos que de este hombre –dijo el capitán completando la frase
del procónsul. Salían en dirección de los acusadores cuando Pilato descubrió a
su esposa espiando tras una columna. Ella le hizo una seña llamándolo.
-¡Poncio, no condenes a este hombre! ¡He
tenido un sueño horrible, un mal presagio!
Déjalo libre, no vaya y sea que te condenes tu también –rogó ella.
-¿Qué cosas dices, mujer? ¿Acaso la locura de
éste y sus seguidores se te ha contagiado? –reclamó la sorpresiva advertencia
de su consorte. Sabía bien que su esposa, Claudia Prócula, siempre era muy acertada con su intuición
además de ser una mujer culta y bien educada, hija de noble y acaudalada
familia romana, la palanca en que se había apoyado él para su exitosa carrera
política, pese a ser considerado por muchos como un hombre poco apto para el
importante puesto que ahora ocupaba en tan conflictiva región. Con su diestra
le indicó que abandonara el lugar.
Salió de nuevo con Jesús a su lado encontrando
una turba agitada. El comandante le ordenó a Casio que pusiera a los soldados y
a la guardia del pretorio en posición de combate para amedrentarlos.
Por la pascua Poncio Pilato acostumbraba a
liberar un prisionero que la gente eligiera, inútil táctica que pensaba lo
congraciaba con el pueblo. Trató de solucionar el problema por ese lado,
subestimando el poder de los sumos sacerdotes. La turba instigada y manipulada
por ellos prefirió que soltara a un peligroso preso llamado Barrabás en vez de
al Nazareno. Trató de defenderlo alegando no encontrar culpa alguna en Él que
mereciera la pena máxima, pero todo fue en vano. El alterado procurador, débil
de carácter y temeroso de un amotinamiento, ahora era víctima de su ineficaz
estrategia. Ante las vociferaciones de que lo matara, sólo se le ocurrió el
teatral acto de lavarse las manos en público como símbolo de que no se hacía
responsable de la muerte de este inocente, queriendo culpar así a los judíos.
Lo condenó a la más inhumana de las muertes.
El capitán y el centurión se miraron
consternados, quienes a partir de aquel día despreciaron a Pilato. Uno de los
mayores poderes y por tanto uno de los más delicados es el poder religioso;
quienes lo aprovechan para mal son capaces de conducir a los suyos como
borregos al matadero. Cuántas injusticias se cometen en nombre de un dogma o
religión. Y también, cuánto mal puede
ocasionar un hombre incapaz o injusto o corrupto al frente de un cargo con
poder sobre los demás, como el político o el judicial. Importantes enseñanzas que
nos dejan la condena a muerte del Maestro de Galilea.
Se dice que Poncio Pilato se arrepintió el
resto de su vida por tan equivocado y blando proceder. Además, los vientos
cambiantes de la política se volvieron en su contra no reapareciendo en otro
cargo importante en el imperio. Se suicidó años más tarde en la Galia, su tierra
natal a donde regresó. Claudia Prócula se convirtió al cristianismo no logrando
convertir a su esposo, siendo ella una de las primeras romanas nobles en
predicar el evangelio de Jesús de Nazaret.
Pero lo peor apenas comenzaba.
Los soldados pretorianos a quienes Pilato les
encomendó la ejecución se portaron como poseídos por demonios, no bastándoles
con los desgarradores latigazos que le asestaron antes de la sentencia, lo
desnudaron, lo escupieron y se burlaron del “rey de los judíos” atornillando a su cabeza
una corona trenzada de espinas y azotándolo de nuevo con una caña hasta
sangrarlo. Luego, obligándolo a cargar la viga de su propia cruz, lo condujeron
a empellones y más latigazos incitados por los gritos de la gente a su alrededor
hasta el monte llamado de La Calavera afuera
de las murallas de la ciudad, donde crucificaban a los criminales y enemigos de
Roma.
Uno de los soldados más leales del centurión viendo
aquello corrió a informarle de los abusos cometidos por los pretorianos contra el
Nazareno.
Sin pensarlo montó de prisa en su caballo y
galopó hasta el lugar aquél. Viendo desde la distancia mientras espoleaba su
caballo como los guardias del palacio entre mofas torturaban a Jesús ya
crucificado, con el cuerpo tembloroso y el rostro transido de dolor… A su lado,
descubrió a otros dos martirizados en sendas cruces. Nunca pudo soportar tan
cruel castigo, aunque lo justificaba en su interior como una merecedora pena
impuesta sólo a los más peligrosos asesinos y criminales, pero no era éste el
caso. Sintió deseos de vomitar.
Desmontó furioso y con el casco golpeó a uno en
la cabeza que con su lanza trataba burlonamente de meter una esponja empapada
en vinagre en la reseca boca de Jesús, hiriéndole aún más.
-¡Hijos de malas madres! ¿Qué honor hay para
un soldado al torturar a un enemigo moribundo y desarmado? –les gritaba con su
potente voz. Parecía un león que se los tragaría vivos. Ninguno se atrevió a refutar,
eran conscientes que un centurión podía disponer de sus vidas en determinadas
circunstancias.
Los maldijo y reprendió con severidad,
amenazándolos si continuaban con tan indigno comportamiento. En ese momento estalló un gran trueno en el
oscurecido cielo aunque era apenas la media tarde, lo que los atemorizó más.
Casio también se asustó y calló. Miró a su alrededor descubriendo que los
azuzadores y curiosos se alejaban con prisa, las espesas nubes inspiraban
miedo. Vio en la distancia como otro soldado le negaba el paso a tres mujeres y
a un hombre joven que le suplicaban los dejara acercase a Jesús alegando ser
sus familiares.
-¡Oye, imbécil! –Le gritó al soldado-. ¿Acaso
no tienes madre? ¡La familia de un condenado tiene derecho a acompañarlo en sus
últimos momentos!
La escena que siguió retorció el endurecido
corazón del centurión: Jesús agonizando balbuceaba palabras de consuelo a su adolorida
madre y al joven que la abrazaba sosteniéndola en pie; mientras, a un lado los
indolentes guardias se jugaban a suerte la ropa del crucificado.
No era la primera vez que asistía a una
crucifixión, pues era el máximo castigo romano utilizado con frecuencia, pero ésta se le hacía insoportable verla. Así
que montó en su caballo y se fue.
Se hallaba próximo a pasar bajo el umbral del
portón principal del fuerte cuando sintió de nuevo el escalofrío en su espalda
y oyó la voz, que esta vez le decía: “¡Vuelve!”. Detuvo el caballo. Recordó el
pedido de la mujer de aquella casa, Susana: “¡Ten compasión de Él en su hora!”.
Dio vuelta.
Regresando al lugar de La Calavera vio como
los pretorianos quebraban con un mazo las piernas de los otros dos
crucificados, en medio de desgarradores alaridos de dolor, para que sus cuerpos
colgaran de los brazos y murieran más rápido por asfixia.
-¿Por qué hacen eso, desgraciados? –inquirió
sin todavía detener su caballo.
-Son órdenes del procónsul –se adelantó uno de
ellos señalando a dos judíos acompañados de varios guardias del Templo que
estaban a un lado.
-Hoy es víspera del sábado, el más solemne de
nuestros días. Deben morir pronto para que no queden los cuerpos en la cruz
durante el sábado –dijo el más viejo de los enviados.
Vio a poca distancia al joven familiar de
Jesús sosteniendo a una de las mujeres desmayada mientras las otras horrorizadas
por lo que veían, de rodillas, lanzaban
angustiosos gritos con su manos extendidas suplicando misericordia.
-Te conozco. Estabas entre los acusadores del
Galileo –replicó Casio, sin ocultar su ira. Agregó-: ¡No les basta con
condenarlo a la peor de las muertes sino que ahora pretenden desmembrarlo! ¿Acaso
para exhibir sus partes y demostrar al pueblo que Él no era el Mesías?
-No te metas en lo que no te incumbe,
centurión –se atrevió a impugnar el viejo.
Un soldado se acercó a Jesús y viendo que
estaba muerto así lo declaró.
-¿Estás seguro, soldado? –instó el otro judío.
Casio, aún sobre su corcel, decidido a no
permitir que fueran a destrozar las rodillas del Nazareno y enardecido por la
ira arrebató la lanza del soldado más cercano clavándola en el costado de
Jesús, al tiempo que exclamaba:
-¿Es suficiente…? –no pudiendo terminar la
frase pues brotó enseguida de la herida abierta un chorro de sangre y agua que
lo bañó.
En ese instante la tierra rugió, tembló y se
abrió, el caballo relinchó parándose bruscamente sobre su tren trasero
derribando al sorprendido jinete. El animal aterrorizado corrió hacia un
despeñadero donde se precipitó.
Poniéndose de pie el aturdido Casio, dijo:
-¡En verdad este hombre era Hijo de Dios!
VII
La fogata iluminaba el rostro de los tres que
estábamos alrededor de ella esa noche. Se había silenciado el anciano de barba
blanca en este punto de la historia, permitiendo que afloraran lágrimas de sus
ojos. Vi que Edirpo también lloraba.
No negaré que también me sentí acongojado por
esta historia que ya antes la había escuchado, más de una vez, de algunos
nazarenos
y del venerable Abreu en aquel inolvidable viaje a Mesopotamia, aunque nunca
con tantos detalles y menos de boca de uno de los más importantes testigos.
-En aquel momento en que me bañó su sangre y
agua bendita, el Espíritu Divino entró en mí –reinició la narración el viejo
Casio-. Mis enfermos ojos recuperaron su agudeza al instante, milagrosamente.
En los últimos años había perdido casi toda la visión del ojo derecho, cubriéndolo
una mancha blanca; así como pocas semanas antes descubrí que empezaba a
crecerme otra en el ojo izquierdo. Temía quedarme ciego. Entró en mi cuerpo un
extraño vigor que me hizo sentir rejuvenecido y fuerte, ya no sentía ninguna
dolencia de las que padecía por los años y la vida desordenada que llevaba. Era
un hombre nuevo de cuerpo y espíritu.
-Igual me sentí cuando emergí del pozo que
llamas de agua viva –señalé.
El anciano sonreía mientras movía su cabeza en
gesto afirmativo. Dijo:
-¡Marco, Marco, Marco…! ¿Acaso no imaginas por
qué es agua viva?
En mi rostro debió leer que no comprendía.
Entonces sacó con delicadeza de entre su túnica un vaso de cerámica de cuello largo
y estrecho con dos asas, de cuerpo redondeado con base terminada en puta. Sellado
con corcho y cera derretida. Lo mostró sin ofrecerlo.
-Esta pequeña ánfora, aquella tarde, contenía
vino que vacié en mi garganta, luego de detener mi montura bajo el umbral del
portón del fuerte al escuchar esa tenue
voz que me pedía volver –Hizo una pausa guardándola de nuevo en un bolsillo
oculto-. Siempre la llevaba conmigo entre el cinturón, en aquellos días era un
hombre aficionado al vino en exceso. Pero en el momento en que la guardé el corcho
con que la taponaba debió caer al piso al virar bruscamente mi caballo, sin que
me diera cuenta.
Lo que sigue es fácil de conjeturar. Cuando
del costado abierto del Señor brotó agua y sangre, parte del bendito fluido fue
a dar dentro del ánfora que llevaba entre el cinturón.
-¡Nunca hubiese imaginado tal cosa! –exclamó
Edirpo.
-Escucharás y verás cosas todavía más
increíbles, mi querido muchacho –aseveró.
-¿La lanza es aquella que tienes en allá,
cierto? –señalé hacia las ruinas del palacio que estaba a pocos pasos a mi
espalda.
Afirmó con un leve movimiento de su cabeza
mientras dirigía su miraba hacia el fuego. Continuó:
-A partir de ese viernes me llamaron Casio “el
de la Lanza”.
Una profunda tristeza lo embargó.
-El pozo es de agua viva porque vertiste en él
algunas gotas del sagrado líquido… o… ¿o lo vaciaste todo allí? –La duda me
intrigaba.
-El agua y la sangre del costado del Mesías
Crucificado es más que sagrada, Marco Trajano. Bastaron unas pocas gotas para
que toda el agua de este pozo se transformara en agua viva, en agua milagrosa;
en agua que cura y rejuvenece el cuerpo, la mente y hasta el alma.
Eso explicaba mi sanación y la extraordinaria
longevidad de nuestro anfitrión Casio, el centurión de la Calavera; pues según
mis cálculos a partir de la época de los acontecimientos, debía contar ahora con
más de ciento diez años de edad, no obstante su cuerpo y rostro demostraban alrededor
de ochenta.
-¿Y por qué lo hiciste? –pregunté.
Él continuaba con la mirada fija en la fogata.
-Por uno de los hijos del Trueno –respondió.
VIII
Orar era algo que quería pero no sabía hacer, Casio “el de la lanza”.
Sentía rabia, dolor, odio contra el mundo, contra el imperio, contra el
magistrado, contra el comandante, contra los judíos del sanedrín, contra
aquellos bárbaros pretorianos, contra
aquel pueblo y hasta contra él mismo. Se preguntaba una y otra vez, mientras se
revolcaba en la cama de su alojamiento: ¿Por qué nadie hizo nada para salvarlo?
¿Por qué lo dejaron crucificar si era tan amado y seguido por muchos?... ¿Por
qué le clavé esta maldita lanza? La tenía a su lado. Así pasó en vela por tres
noches, las más horribles de su vida.
Se encontraba tan desesperado y arrepentido, su
mente la carcomía el remordimiento, se sentía el más desgraciado de los hombres
y su miserable vida le era tan insoportable que planeó esa madrugada su
suicidio. Se levantaría, se alejaría lo que más pudiera de la ciudad y en la
soledad del desierto enterraría la misma lanza en posición vertical hasta la
mitad apuntando hacia arriba, luego se arrojaría desde su caballo apuntando su
pecho hacia ella.
Después de beber una gran cantidad de agua,
sin desayunar, bajó a las pesebreras del fuerte y ensilló su otro caballo, uno más
joven de color blanco que nada más montaba para pasear en sus días de descanso
o en las noches de juerga, pues el otro, el que se había despeñado en el monte
de La Calavera era el que utilizaba para las extenuantes jornadas militares, el
que supuestamente era menos nervioso y más adiestrado para la batalla.
Salió a todo galope, sin saludar siquiera a
los guardias como solía hacerlo todas las mañanas. Avizoró a lo lejos una
desértica llanura en la que varias veces había acampado con su centuria de
soldados. Espoleó al potro.
Cabalgando ya en medio de aquella llanura, de
repente, descubrió sobre su cabeza una enorme nube blanca que se expandía de la
nada de forma muy extraña. Estalló un ensordecedor trueno y el caballo, al
igual que el anterior, lo derribó de su montura.
Tumbado aún en el suelo escuchó una estentórea
voz que le increpó:
-¿POR QUÉ MATASTE A MI HIJO?
Miró hacia el cielo y vio una gigantesca
cabeza completamente blanca como la nube, sin barba ni cabellera, que con
enfurecida mirada acusadora lo traspasaba. Sintió temor, pensó que moriría ahí.
-¿POR QUÉ MATASTE A MI HIJO? –repitió la
estruendosa voz.
Casio contestó:
-¡Perdóname, Señor! ¡No sabía quién era…! ¡Perdóname!
-¡PERDONADO ESTÁS, AHORA PROCLAMA LA VERDAD! –La
gran cabeza se transformó en una enceguecedora luz blanca y desapareció al
tiempo que otro trueno se escuchó.
Hincado de rodillas contra la tierra para
responder se dejó caer de nuevo. Cerró sus ojos a fin de poner su mente en
orden, pero se durmió.
Cuando despertó el sol ya estaba más allá de
su cenit. Durmió durante más de medio día, afortunadamente unos arbustos lo
cubrían con su sombra pues de lo contrario la piel de su cara se habría
quemado. Escuchó un siseo a su lado, volteó
la cabeza para hallar a muy pocos pasos a una mediana serpiente negra en
posición de ataque, se paralizó vacilando qué hacer, escuchó una ronca voz que
parecía salir de ésta que le dijo:
-¡Ssss…! ¡No le hagas caso, mira como dejó
matar a su Hijo; sírveme y te haré rico y poderoso! ¡Ssss…!
Casio se levanto de prisa, ya no tenía miedo.
Soltando una carcajada, exclamó:
-¡Riquezas y poder! –rió más todavía-. ¡Ah,
Riquezas y poder! Antes tal vez me hubieses comprado; pero el Señor como barro
en manos del alfarero ha roto mi vida y la hizo de nuevo, he vuelto a nacer y ahora
sólo sirvo a un Señor: ¡Al Padre Celestial, el único y verdadero Dios! –dicho
esto desenvainó su espada y con un rápido movimiento decapitó a la serpiente.
Cerrando sus ojos aspiró y exhaló con suavidad
el aire de la brisa que acariciaba su cara. Se sorprendió sonriendo.
-¡Cuánto hace que no sonreía, nunca me había
sentido tan pleno! –Suspiró de nuevo-. Así que para esto he nacido, para ser
testigo y dar testimonio de lo que vi y oí aquí en Jerusalén, en le pretorio y
en la Calavera, en la más grande batalla librada entre la luz y la oscuridad, entre
el bien y el mal… –pensó en voz alta-. ¡Con mi ojos aquí en este mundo y con
mis oídos en el otro! –agregó, riendo de nuevo.
El caballo estaba pastando a pocos pasos. Le
acarició la crin, sentía una paz interior que no podía describir, su mente
estaba serena y en silencio. Dios lo había perdonado, es más, se le había
aparecido y no en un sueño, estaba seguro de eso. El asunto es que nadie le
creería y lo tomarían por loco, así que prometió para sus adentros morderse la
lengua antes que compartir con alguien todo esto.
Le impuso marcha lenta al potro de regreso al
fuerte, el centurión de la Calavera quería tiempo para reflexionar y dejar que
su cuerpo saboreara el éxtasis que circulaba por sus venas.
Ahora veía con claridad que leer a lo largo de
su vida tantos libros una y otra vez sin guía ni discernimiento había sido un
error, pues algunos de los leídos por él se sobrepusieron a lo razonable,
incluso a su propio conocimiento adquirido por la experiencia y observación, en
particular aquellos que trataban de ciertas filosofías y religiones. Un libro
debe enseñar, instruir o entretener, pero no es un maestro a quien se debe
seguir a ciegas o sin razón. Es de tontos esclavizarse por un libro o por las
palabras de otro, por sagrado que supuestamente sea. Los libros mal elegidos o
mal interpretados pueden llegar a convertirse en una maldición, hacerle creer a
un hombre que es más grande de lo que verdaderamente es, llevarlo por caminos
equivocados y hasta hacerle perder la razón o el buen juicio. Cuántos hombres
se convierten en fanáticos o locos por causa de este error; como los que habían
confabulado, así como los que se habían dejado manipular, en contra del Galileo.
Tomó la decisión de no leer más libros, sino
de buscar a un maestro, a uno que hubiera sido discípulo del Maestro de
maestros, que le pudiera enseñar la Verdad. La que ni siquiera romanos tan cultos
y bien educados como Poncio Pilato conocían. Sólo había visto a uno de ellos, el
joven que acompañó a las mujeres hasta el lugar de la Calavera, sabía por sus
espías que era uno de los hijos de un famoso naviero del lago de Galilea llamado
Zebedeo, a quien le decían el Trueno.
Apenas atravesó la puerta principal del fuerte
uno de los guardias le preguntó:
-¿Señor, qué ha pasado con su cabello?
-¿Qué dices, hombre? –preguntó, llevándose su
mano a la cabeza recordando que en el afán de la mañana había olvidado ponerse
el casco reglamentario de centurión.
-¡Toda su cabellera está más blanca que la
nieve! ¡Ah, casi lo olvido, el comandante lo busca desde esta mañana!
Subió al despacho de la comandancia. El
capitán lo reprendió con desgano por su extraña desaparición, pero el asunto
que le preocupaba era muy diferente, así que no exigió explicación.
-¡Sabía que con condenar a muerte al tal
Jesús, no calmaría los ánimos sino todo lo contrario! –exclamó descargando sus
manos empuñadas sobre la mesa que tenía ante sí. Agregó:- Ahora se ha armado
otro embrollo, ayer en la tarde regresaron a donde Pilato los sumos sacerdotes
acusando con ofuscación a los seguidores del Galileo que habían ultrajado la
tumba de éste saqueando su cadáver, pese a que los guardias del Templo la
custodiaban… ¡Se durmieron de seguro y los burlaron! ¿Para qué cuernos quieren
su cuerpo?
-¿En cuál sepulcro dicen que depositaron su
cuerpo?
-Uno nuevo, en un predio de un tal Arimatea
–viendo el capitán que Casio movía la cabeza afirmativamente, inquirió-: ¿Acaso
lo conoces?
-Sí, señor. José de Arimatea es un importante
miembro del sanedrín. Lo vi llegar con uno de sus sirvientes después de que
Jesús murió, con la mortaja y perfumes, ayudaron al hombre joven que acompañaba
a las mujeres a bajarlo de la cruz. Nunca olvidaré como la madre se deshizo en
lágrimas mientras limpiaba la cabeza de su hijo recostado sobre sus piernas…
-¿Para qué me cuentas eso, hombre?
–interrumpió con un ademán.
-¿Qué hizo el procurador ante los reclamos del
robo del cuerpo? –indagó el centurión.
-¡Nada, esta harto de esta gente! Me los ha
enviado para que los calme, investigue y encuentre el cadáver de este hombre al
que parecen odiar más allá de la misma muerte. ¡Todo esto me repugna! ¡No se, quieren
tal vez quemarlo o enterrarlo secretamente! ¡Prefiero pelear tres batallas
seguidas que lidiar con estos malditos!
-Señor yo también estoy cansado, quiero mi
baja, solicito oficialmente mi retiro –dijo Casio, con serenidad.
El comandante levantó las cejas sin ocultar su
sorpresa.
-¡Oh, no! ¡Nada más esto me faltaba! Un
centurión no abandona a su capitán en medio de la guerra, amigo mío. ¡Por Marte,
no me hagas esto! –se le acercó poniéndole la diestra sobre el hombro,
mostrándole su afecto.
-En guerra siempre estamos y estaremos –replicó
Casio, sin siquiera parpadear.
Leyó el comandante en la firme mirada del
centurión que su decisión era irrevocable.
-Bien. Te conozco Casio, se que eres más terco
que una mula. Antes de concederte, con honores y una buena retribución, tu
merecido retiro del ejército imperial te ordeno que cumplas una última misión.
-¿Qué quieres que haga, señor?
Le explicó largamente en detalle lo que debía
hacer, en voz baja para asegurarse de que nadie más lo escuchara.
Se disponía a salir de la comandancia, cuando
el capitán señalando hacia su cabeza le inquirió:
-¿Y qué has hecho con tu cabello para que de
un día a otro esté encanecido completamente?
Casio levantó los hombros e hizo un gesto
dando a entender que ni él mismo lo sabía y se marchó.
IX
Que debemos vivir siempre conscientes de que el
“Enemigo” plantó el mal y la maldad en medio de nosotros, la Creación de Dios;
y que Él, Dios Padre, no quiere destruir su Creación para no devastar nuestro
campo de aprendizaje, el mundo en que nos dio vida. Que las espigas de trigo compitan
por los nutrientes, por el agua y por la luz del sol contra la mala hierba, así
se harán más fuertes, por simple selección natural. En medio del mal nos
hacemos más fuertes en el Señor.
A esto se refería Jesús de Nazaret cuando
predicó que Dios quiere que su trigal se libere de la mala hierba por sí. Que
se pierda la menor cantidad de espigas en la siega.
Nos explicó el anciano centurión Casio “el de
la Lanza”, como acotación a la fascinante historia que nos narraba. Ya el fuego
se había apagado, estaba muy tarde y la noche era fría.
Pero antes de irnos a dormir, me increpó:
-Dios no tiene una voluntad particular para
cada uno, Él quiere armonía porque tiene una voluntad común. Si existiera la
predeterminación no habría el libre albedrío. Hay que encontrar el tono
particular para entrar en la armonía. Esto debes entenderlo muy bien, Marco
Trajano, tu que pregonas que todo está destinado.
-Explícate mejor, maestro –pidió Edirpo,
llamándolo por primera vez así.
-No me llames así, que no soy digno de tal
título. Entre nosotros Maestro sólo es uno, Jesús de Nazaret –dijo señalando
con su dedo índice derecho hacia el cielo mientras sonreía para no amilanar al
muchacho. Continuó-: ¿Cuál es tu tono? El tono es tu vocación particular y tus
talentos naturales para entrar en la armonía común. ¿Qué es la armonía común?
Quien me enseñó esto me dijo: “Dios nos creó con un Fin, ordenado. Lo que no
está con el Fin es desordenado. El Fin debe ser el absoluto de tu vida, de
nuestra vida, lo demás es relativo. Debemos servirnos de todo lo que nos ayude
a alcanzar el Fin y alejarnos de lo que nos lo impida…”
Edirpo me miró como preguntándome si había
entendido. Siendo sincero, también debía meditarlo.
-¡Ah, no es fácil entender a Dios! Medítalo
esta noche que mañana les contaré más… Lo más difícil de creer –agregó.
X
Una vez tocó a la puerta de aquella casa, la
misma mujer, Susana le abrió. Sin mostrarse sorprendida lo invitó a pasar con un
leve movimiento de su cabeza, cerrando la puerta apenas entró.
-¡Has visto a Dios, centurión! –dijo ella
extendiendo su mano hasta rozar su blanco cabello. Lo reconoció pese a que él
no llevaba puesto el uniforme militar ni insignia alguna, sólo la espada
camuflada entre su manto. Este gesto entre una judía y un romano puede ser
malinterpretado y pone en gran riesgo la buena reputación de la mujer, tomándola
como mujer corintia, pero ambos
hicieron caso omiso de eso.
-¿Sabes algo al respecto? –inquirió mientras
se tocaba un mechón de pelo.
-El pelo blanqueado es la marca de Dios para
con los hombres que le han visto, como Moisés y Elías –dijo ella, como si fuera
algo por todos conocido. Afirmando luego-: ¡Se que lo has visto y se también por
qué has venido!
-¿Sí? –preguntó con recelo.
-Así es, al igual que tu, yo también escucho
voces del más allá. El Espíritu nos ha concedido el mismo don… El que tal vez
no te cause gracia.
El centurión la miró fijamente sin saber qué
decir.
-Y no se dónde pueda estar –continuó Susana.
-¿Qué? ¿Quién?
-Pues, que Juan el hijo del Trueno no está
aquí ni se en dónde se ha escondido junto con los otros diez. ¿Acaso no es a él
a quien buscas, centurión?
Estrepitosamente se abrió la puerta entrando
dos hombres jóvenes gritando jubilosos y abrazándola:
-¡RESUCITÓ, HA RESUCITADO! ¡MADRE, JESÚS DE
NAZARET HA RESUCITADO!
-He aquí a mis hijos –los presentó sonriendo.
-¿Quién es este hombre? –indagó entrecerrando
los ojos el que parecía el mayor.
-Un amigo del Maestro –respondió ella,
tranquilizándolo.
-¡Entonces ya sabes que el Rabí ha resucitado
y viniste a contarnos la buena nueva, eh! –supuso el menor.
-Lo que se es que su cuerpo ha sido robado de
su sepulcro –afirmó Casio, con tristeza.
-¡No, hombre! ¡Él ha resucitado! Entre ayer y
hoy se le ha aparecido a María de Magdala, a algunos de los apóstoles y a María
su madre… -repuso el menor.
-¿Cómo es posible eso, si yo mismo le abrí el
costado? ¡No puede estar vivo!
La madre finalmente logró calmar a sus
iracundos hijos, no era para menos, ¿el centurión romano que clavó la lanza en
el costado del Nazareno Crucificado, en su casa?
Partieron los cuatro hacia la casa de otra
mujer, de quien dijo Susana era muy cercana a Él, para oír qué les podía decir
ella sobre este insistente rumor que circulaba entre sus seguidores.
No dejaba Casio de pensar que en cualquier
momento uno de los dos jóvenes, o cualquier otro de los discípulos, pudiera
dejarse llevar por la sed de venganza y apuñalearlo.
La casa estaba en las afueras de la ciudad. Caminaron
en medio de un pesado ambiente de nerviosismo que se respiraba en Jerusalén.
Los soldados apostados a la entrada principal de la ciudad lo reconocieron,
pero les hizo un ademán para que no lo saludaran ni se le acercaran.
-¿Quién es la mujer? –indagó mientras se
alejaban de las murallas.
-María de Magdala –respondió Susana.
La sencilla casa de la mujer se veía
solitaria. Se disponía Susana a tocar a la puerta cuando en el pozo no muy
lejos de allí lo vieron, inmaculado, con una túnica nueva de anchas rayas
verticales rojas y negras. Les mostró los huecos en sus manos hecho por los
clavos, pero no estaban ensangrentados. Quedaron petrificados.
La mujer y los dos muchachos se pusieron de
rodillas extendiendo sus brazos hacia El Resucitado, pero ninguno emitía voz
alguna. El centurión trató de acercársele, pero Él levantó su diestra indicándole
que no debía hacerlo. Comprendió que no era el momento todavía, pues primero
debía cruzar el umbral que separa a la vida de la muerte, entonces dejándose
caer de rodillas lloró.
Cuando levantó la cabeza había desaparecido.
XI
Esa mañana en el aposento del piso superior del
antiguo palacio se encontraban desayunando recostados alrededor de un viejo
tapete sobre el que había diversas frutas, carne seca de jabalí y pan ácimo.
-¡Miedo! –Exclamó el anciano Casio, ante la
curiosidad de Edirpo-. ¿Qué hay más allá de los propios miedos? El miedo a
nosotros mismos es por no aceptarnos, el miedo a los demás nos hace
disfrazarnos y el miedo a Dios nos paraliza. Es una gran equivocación vivir con
temor a Dios, no debe hacerse del miedo un estilo de vida sino entender el
miedo como lo que es, un momento vital.
Jesús de Nazaret vino precisamente a eso, a
traernos la Verdad, la buena noticia, que el último de los miedos: la muerte,
debía ser superado. No hay porqué tener miedo al más allá sino todo lo
contrario, una confianza absoluta. ¿Por qué tener miedo al Reino de Jesús?
-¡Ah, que pan tan delicioso! Eres buen
panadero –observé, cuando concluyó.
-No lo preparé yo –respondió sin inmutarse.
Edirpo y yo nos miramos extrañados, llevábamos varios días allí y no habíamos
visto a nadie más. Advirtiendo nuestro asombro, dijo-: ¡No pensarían que soy un
ermitaño apartado totalmente de cualquier otro humano, eh!
-¿Qué hay en el más allá? –preguntó Edirpo muy
interesado en el tema, posponiendo la cuestión sobre quién trajo aquel pan.
-Empecemos por el más acá. Este mundo es el
espacio para la preparación y crecimiento del alma o del espíritu que mora en
cada cuerpo carnal para, luego, el nacimiento definitivo a la vida eterna, que
es el más allá. Así como nueve meses de gestación en el vientre de una madre son
necesarios para la preparación y maduración del cuerpo humano y así poder nacer
en este mundo. Aunque aquí, para unos el tiempo es diferente que para otros. Es
por esto, a propósito, que el suicidio es condenado por el Señor. Es como si
decidiéramos interrumpir la gestación de un feto en el cuarto mes para
obligarlo a nacer anticipadamente, su cuerpo no estaría preparado aún para nacer
en este mundo; igual quitarnos la vida. Para renacer en la Verdadera Vida, en el
Reino al que Jesús se refería, aquí debemos antes aprender, preparar, madurar o
evolucionar nuestro espíritu.
-¿Es en otro cuerpo diferente en el que
renaceremos? –volvió a preguntar.
-Es un error creer que los muertos resucitaran
con el mismo cuerpo en que vivieron en este mundo. La carne y los huesos aquí
se envejecen, se corrompen, se pudren hasta desaparecer, por que lo que es de
la tierra a la tierra ha de volver. De polvo es tu cuerpo y en polvo se
convertirá, cuando tu alma lo abandone. El Reino de los Cielos no es de
sustancia ni materia conocida aquí, por lo tanto nuestro cuerpo resucitado allá
es diferente al de aquí.
-¿La vida más allá de la muerte es igual para
todos? –pregunté.
-No, por supuesto que no. Así como la vida aquí
es diferente para cada uno. El cielo o el infierno empieza aquí, en este mundo;
lo que aquí sembramos allá cosecharemos.
La Verdad no es lo que es sino lo que será.
-¿Infierno? –intervino de nuevo el muchacho.
-¿Haz hecho algo de lo que te arrepentiste
profundamente?
-Sí, varias veces –respondió-. La primera que
recuerdo fue cuando era niño, maté una paloma a garrotazos con un palo sin
razón alguna. Mi padre me reprendió por aquel acto tan cruel. Los días
siguientes me sentí mal, todavía me arrepiento de eso.
-Digamos que tu consciencia propició tu
pequeño infierno, sufriste por un acto que no debiste cometer. Algo así pero en
diferente forma y proporción para cada uno será su infierno… O su cielo, que es
lo contrario, la cosecha que recogeremos allá por actuar bien aquí, como Jesús
de Nazaret nos enseña e insiste.
-Su consciencia le generó sus remordimientos
pero porque su padre le enseñó lo que es bueno y lo que es malo –repuse.
-Exacto, porque su padre ya ha crecido y
madurado en este mundo aprendiendo la diferencia entre lo bueno y lo malo, lo
correcto y lo incorrecto. Es esto lo que espera Dios de nosotros en este mundo,
que aprendamos aquí; siendo precisamente esto parte de la preparación necesaria
para poder renacer en la otra vida –dijo el anciano.
-A los malos actos se les denominan pecados
–acoté.
-Pecado es lo que hace daño a otros seres, al
mundo o a nosotros mismos.
-Yo también he pecado mucho y en consecuencia
he engendrado mis propios remordimientos y sufrimientos, es decir, mi propio
infierno. Así mismo aprendí de las enseñanzas del Nazareno que si me arrepentía
de corazón y trataba de enmendar el daño ocasionado, nuestro Padre Celestial
nos perdonaría. ¡No sabes cuánta verdad hay en esto, Edirpo! El arrepentimiento,
la reparación y el verdadero compromiso de portarnos como Él quiere y espera
que lo hagamos nos sacan del infierno en el que caemos –agregué.
-¿Cómo un asesino puede enmendar el crimen ya cometido
aunque se arrepienta y ser perdonado? –interpeló Edirpo con resentimiento en su
voz. No supe qué responder, pero Casio sí:
-Sí puede. Recuerda lo que hablamos sobre el
orden del todo, la armonía que Dios quiere en su Creación. Si un tejido se rompe
puedes remendarlo con sumo cuidado y paciencia, igual en este caso. El asesino
ha roto la armonía, se ha ido en contra de la Voluntad Divina, se arrepiente
pero no puede revivir a su víctima, debe entonces ser muy creativo y paciente
para remendar el roto hecho al lienzo de Dios, que es el orden común, si es
necesario dedicando hasta el resto de su vida, de sus bienes, de sus talentos
para servir a los demás, para proteger y
mejorar otras vidas. Haciendo el bien por diez o por cien o por mil para pagar
un mal tan grave como ése. Quien arrepentido obra así agradará a Dios y será
perdonado.
-Pero yo no podría perdonar al asesino de mi
padre aunque se hubiera arrepentido y me pidiera perdón –afirmó Edirpo.
-¡Ah, la falta de perdón hace tanto daño al
causante como a sus víctimas y damnificados! El odio, el resentimiento y la sed
de venganza sólo se apagan con el perdón, de lo contrario son como venenos que
nos bebemos y tarde que temprano terminan por hacernos daño. El perdón es tan
necesario para el que lo recibe como para el que lo da de corazón.
-Entonces las cárceles estarían desocupadas…
-No confundas perdón con justicia, muchacho
–dijo Casio-. El perdón se otorga pero la justicia de los hombres debe seguir
su curso. El asesino puede ser perdonado por la familia de la víctima pero no
por eso dejar de sufrir la pena dictada por el juez. El perdón es semilla en
abundancia para el día de la cosecha en la otra vida, tanto para el que lo da
como para el que lo pide o recibe. Recuerda el ejemplo del Galileo que perdonó
a sus acusadores y a nosotros sus asesinos.
-¿Y quien no alcanza a redimir con actos
buenos su mal acto o su pecado? –se me ocurrió.
-El tiempo de los hombres no es el de Dios. El
pedir perdón de corazón al Padre Celestial justo antes de morir involucra
muchas cosas más allá de nuestra comprensión. Jesús al respecto dijo que para
los hombres es imposible pero nada lo es para Dios… Esto nos lo enseñó cuando
redimió a uno, el que se lo pidió, de
los otros dos condenados que fueron crucificados a su lado. De eso doy
testimonio, como lo di ante Juan de Zebedeo, el más joven de sus apóstoles.
De repente escuchamos la voz de una mujer:
-¡Abuelo!
Una bella joven subió por las escalas trayendo
algo en sus manos.
XII
Sucedió entonces que Casio el de la Lanza, fue
presentado al apóstol Juan por María de Magdala y él lo introdujo en la
comunidad de los discípulos de Jesús. Dio testimonio ante ellos de todo lo que
había visto y oído en el juicio y crucifixión. A su vez se hizo discípulo del
mismo Juan de quien, durante los meses siguientes junto con sus dos hijas pues
su mujer había muerto varios años atrás, aprendió todo sobre las enseñanzas y
la vida del Resucitado.
La misión que le había encargado el capitán
del Fuerte de Antonia, encontrar y confiscar el cadáver del Galileo obviamente
no la pudo llevar a cabo. Al principio, cuando le reportó lo de la
resurrección, el capitán pensó que todo aquello había sido demasiado para su
mejor centurión lo que lo estaba llevando a perder la cordura, así que le
permitió el retiro definitivo de la legión con la justa retribución económica.
Pero aquél comandante también fue tocado por el Espíritu y a través de su
esposa, muy amiga de Claudia Prócula la esposa de Pilato, escuchó las
enseñanzas y creyó. Meses después cuando el procónsul fue sustituido se retiró igualmente
de la legión.
Casio era amigo del capitán de la Cohorte
Itálica apostada en el puerto de Cesarea, llamado Cornelio, a quien visitaba
con frecuencia y le transmitió todo lo que aprendió y vio del Nazareno. Así
mismo lo introdujo entre los discípulos de los apóstoles. Este buen hombre y su
familia, se convertirían en importantes miembros y protectores de la naciente
comunidad nazarena de Jerusalén. La protección de romanos importantes como
Cornelio o temidos como Casio salvó la vida de muchos durante las persecuciones
contra los seguidores que se desataron poco después de la crucifixión; siendo
la primera víctima un elocuente joven llamado Esteban, a quien por atreverse a
transmitir el Mensaje en la plaza pública fue apedreado hasta morir.
Tiempo después los doce apóstoles decidieron
ir por el mundo a compartir el Evangelio, habían nombrado a un tal Matías en
reemplazo de Judas el traidor quien no soportando el remordimiento se ahorcó
colgándose de un árbol. Doce habían sido elegidos y doce debían cumplir la
misión encomendada por Jesús.
Casio el de la Lanza decidió entonces regresar
a su patria, pero como su hija mayor ya se había casado con otro legionario y
conformado su propia familia, partió hacia la isla de Sicilia acompañado únicamente
de su hija menor.
Allí recorrió algunas de las principales
ciudades y aldeas, visitando familiares y antiguos amigos, con los que muy
discretamente trató de propagar el Mensaje pero tuvo poco éxito. Cansado y
viendo que era rechazado entre los suyos por sus extrañas creencias entendió
que no era esa su misión, entonces recordó el antiguo palacio abandonado cerca
de donde vivió de niño con sus padres, en el que pasaba mucho tiempo jugando, y
se estableció allí. Pocos años más tarde otro hombre sí lograría que la semilla
del Evangelio germinara en Siracusa, un ciudadano romano llamado Saulo de
Tarso, más conocido como Pablo.
La hija menor de Casio algún día se topó con
un cazador en el bosque, se enamoraron y muy pronto se casó con él. Vivían en
una cabaña a mitad de camino entre el bosque que rodeaba el antiguo palacio y
la aldea más próxima.
Un día, años después, escuchó de nuevo la voz
que le avisó de la llegada del hijo del Trueno. Acudió a su encuentro. Descubrió a un envejecido Juan muy enfermo que
viajaba desde Éfeso hacia a Roma y una tormenta lo había desviado hasta
Sicilia. Lo llevó hasta su escondida morada y lo atendió lo mejor que pudo,
pero en vista de que cada día empeoraba y temiendo lo peor, por primera vez destapó
aquella pequeña ánfora que contenía el agua y la sangre del costado del Nazareno
con el propósito de derramarla sobre el cuerpo del apóstol. Pero él se lo
impidió, deteniendo su mano le dijo:
-No malgastes lo que es bendito. Se que
todavía no ha llegado mi hora pues es muy larga mi misión. También se que debía
llegar hasta ti, para que así como el águila ya madura se renueva
desplumándose, arrancándose las garras y tumbándose el pico contra las rocas,
yo debo rejuvenecer mi cansado cuerpo en este risco… Pero basta una sola gota
de su sangre en un pozo de agua para que se transforme en una fuente de vida,
en Agua Viva.
Y así lo hizo.
Juan se sumergió luego en el pozo y emergió
como un hombre nuevo, sano y fuerte. Fue él también quien descubrió la gruta
oculta, no sobra recordar que como antiguo pescador e hijo de un constructor de
barcazas debía ser un excelente nadador.
Tres semanas más tarde continuó su viaje, no
sin antes convertir a más de uno en Siracusa. No aceptó la Lanza que Casio le
ofreció, no podía un apóstol de Jesús andar por el mundo cargando un arma,
menos una lanza de legionario, símbolo del Imperio. Tampoco el ánfora; era el
legado del centurión que evitó le rompieran los huesos, además le dijo que
Jesús a sus discípulos los había instruido para viajar por el mundo muy ligeros
de equipaje…
Juan el apóstol alcanzó una muy avanzada edad,
muriendo en el año tercero del emperador Trajano en Éfeso. Según me dijo Casio.
Esta es la historia de aquel centurión que
tuvo la bendición de ser elegido por la Divina Providencia como actor del más
grande drama de la Humanidad, a quien he tenido el privilegio de conocer.
Pero el ahora viejo de frondosa barba blanca
nos tenía guardada una sorpresa más.
XIII
Una vieja lanza de legionario común, pero con un gran clavo oxidado que atravesaba
el asta justo donde se incrustaba en el metal puntiagudo. Lo señalé a modo de
interrogación y me respondió:
-Uno de los clavos con que fue crucificado.
Con el que clavaron sus pies al taco que le servía de apoyo en el madero. Fue
el único que pude recuperar, pues los otros dos se los habían robado los
soldados; el hierro es algo valioso y más en aquellos tiempos…
Continuamos comiendo más de aquel delicioso
pan que acababa de traer recién horneado la tataranieta: la hija menor del hijo
mayor del hijo único de la hija menor del centenario centurión. ¡Y todos
estaban aún vivos! Ni siquiera era necesario preguntar cómo podía ser posible.
Pero lo más increíble era que nadie más en Sicilia aparte de la longeva familia
conocía la misteriosa virtud del pozo de Agua Viva. Tal vez porque dudaban de
sus aguas milagrosas, porque él nunca a nadie le explicó la esencia del
secreto, ni siquiera a su hija; por lo que me dijo, sus descendientes creían
que el agua simplemente tenía propiedades curativas por algún mineral.
El ánfora, o más bien su contenido, era un
secreto del que apenas tuvo conocimiento Juan el apóstol y ahora Edirpo y yo.
Igual la gruta oculta a la que se llegaba buceando a través del pozo.
-¿Por qué les ocultaste toda la verdad?
–pregunté más tarde, cuando su joven tataranieta se marchó acompañada por
Edirpo.
-Un secreto deja de serlo cuando más de uno lo
sabe.
-¿Y por qué con nosotros lo compartiste?
-Porque a ustedes dos se les confiará una
misión, una diferente para cada uno. La hora de la tuya ha llegado, la de
Edirpo la sabrá en su momento –me miró a los ojos como si él pudiera ver algo
que yo no podía.
-¿Cuál es la mía?
-Escribir todo lo que has visto, oído y vivido
que consideres deban conocer los hombres y mujeres de los tiempos venideros.
Para esto has nacido, por eso se te ha brindado una muy buena educación y
generosas comodidades en esta vida –sentenció.
-¿Ese mandato proviene de ti o…?
-De lo alto –interrumpió mi cuestionamiento
señalando con su índice derecho hacia el cielo.
-¿Y la de Edirpo? –curioseé.
-Sólo él la sabrá –afirmó tajantemente.
Agregó-: Empieza a escribir ya, que el tiempo tuyo no es el mismo de la Divina
Providencia.
No entendí muy bien esto último, pero no me
atreví a pedir una explicación. Se levantó y abrió un baúl en el que había
varios rollos de papiro, tinta y plumas que me señaló sin decir más. En las que
ahora escribo este libro.
Súbitamente, en ese preciso momento, regresó
la muchacha corriendo al aposento en el piso superior en el que nos
encontrábamos Casio y yo. Balbuceó entre sollozos:
-¡Lo raptaron...! ¡Se lo llevaron… los…unos
traficantes de esclavos! Una trampa en el bosque… Una red nos cayó encima, sólo
yo pude zafarme y esconderme…
-¿Cuántos hombres?
-Cinco –me respondió.
Salté en busca de mi espada. El viejo
centurión mostrando que aún podía moverse rápido hizo lo propio y tomó la bolsa
de flechas y el arco. Salimos los tres al rescate.
-¡Necesitaremos de más ayuda! –dijo el anciano
mientras corríamos tras la chica y empezó a silbar.
No muchos pasos más adelante nos detuvimos en
seco la chica y yo, no podíamos creer lo que veían nuestros ojos: un león, sí,
leyeron bien, ¡un león africano estaba sentado ante nosotros con el hocico
ensangrentado!
-¡Un león en Sicilia, no puede ser! –exclamé.
La explicación que después me daría a tan
insólita fiera que acudió al llamado de ayuda era creíble pero impensable: Hace
algunos años un barco que transportaba tigres, leopardos y leones desde África
hacia Roma con destino al coliseo naufragó cerca de la costa sur de Sicilia,
sólo Dios sabe como uno de los leones fue arrastrado por las olas hasta la
playa, tal vez flotó sobre restos del navío. Agonizando lo encontró, al regreso
de una de sus excursiones nocturnas de pesca que acostumbraba, el viejo Casio.
Lo más difícil de creer es lo que sigue: Le
dio de comer los peces que había pescado y le dio de beber del agua del pozo
que llevaba en un odre. El león recuperándose se levantó y decidió seguir a su
salvador. Se hicieron amigos. Acordaron
que el león viviría entre lo más espeso del bosque cazando jabalíes, liebres y
demás animales silvestres, sin acercarse jamás a los humanos ni a sus
viviendas. ¡Lo escribo tal y como me lo narró!
De vez en cuando se hacía acompañar del
melenudo gato para asustar a los merodeadores del bosque, en el que habitaba un
“brujo que se convertía en león...” Su
truco favorito.
Llegamos hasta el sitio de la trampa, se
observaban rastros de lucha, el muchacho no se rindió fácilmente. Aunque me
preocupó la sangre que descubrí.
No fue difícil seguirlos, pues no se tomaron
la molestia de borrar sus huellas; además el olfato del gran felino que iba a
nuestro lado, el que no dejaba de ponerme nervioso, era infalible. Pronto les
pisamos los talones.
La chica se quedó atrás por orden de su
tatarabuelo. Luego nosotros dos, o mejor dicho tres, los acechamos desde unos
árboles.
-¿Cuál es el plan, Capitán? –me preguntó Casio
medio en broma.
-Mi favorito, Centurión: Ataque por sorpresa
–le hice un guiño indicando su bolsa de flechas.
Hizo gala de excelente arquero: Disparó la
primera y ¡zas…! Cayó el primer bandido con la flecha atravesada en el corazón.
Luego la segunda se clavó en un ojo de otro, fue horroroso el grito que emitió
mientras se desplomaba. Se dejaron venir los otros cuatro piratas con burdas
espadas, hachas y lanzas contra nosotros, pues eran seis y no cinco.
Me dispuse a presentar batalla. Apenas iba a
realizar el primer movimiento con mi espada cuando desde un árbol por encima de
mi cabeza saltó como un rayo el león. Basta con decir que aterrizó clavando sus
poderosas garras delanteras contra sendas gargantas… Sólo quedaban dos vivos,
quienes horrorizados vacilaron entre huir o enfrentarlo.
El león escuchando de nuevo el silbido corrió
ocultándose en la manigua. Miré a Casio que estaba tras de mí con una sonrisa a
flor de labios y dijo:
-¡No pensarías que toda la lucha se lo dejaría
al león, eh! ¡Me hace falta una buena pelea a muerte para ejercitar estos
viejos huesos!
-¿No es esto pecado? –inquirí con un dejo de
sarcasmo.
-¿Por salvar al inocente del criminal y en
defensa propia? ¡Nunca!
Dicho eso se abalanzó, sin que le viese arma
alguna en sus manos, contra uno de los piratas que rabiosamente amenazaba con
una lanza. Hice lo mismo contra el otro que tenía una cimitarra persa con la
que tomando impulso quiso decapitarme, craso error, pues dejó al descubierto
todo su pecho donde mi dura espada entró como cuchillo en el pan…
Vi como el primero terminó traspasado mortalmente
con su propia lanza luego de volar proyectado por encima de la fuerte espalda del
viejo, un clásico ejercicio de lucha pero con un remate para nada deportivo.
Entendí porqué fue un centurión tan temido en su época. ¡Y yo que llegué a
preocuparme porque el anciano trabó combate a mano limpia!
Edirpo no estaba por ningún lado. Me angustié.
Buscamos algún rastro y ciertamente lo
encontramos, girones de la túnica del muchacho colgaban de uno que otro arbusto
guiándonos a una trocha que mostraba pisadas recién hechas. Las seguimos.
Empezaba a oscurecer.
Al poco rato escuchamos música, nos acercamos
hasta descubrir a una hermosa mujer recostada contra un árbol mientras tocaba
una lira y a su lado, de pie, un hombre con barba afeitada y vestido al mejor estilo
romano, con una costosa túnica y brazalete de oro en su muñeca izquierda, lo
que me pareció muy extraño en aquel sitio y circunstancia. Él se acercaba a
Edirpo, quien estaba desnudo y maniatado casi colgando de sus brazos de la
gruesa rama del árbol, con una de sus piernas sangrando por una herida.
El tipo no cargaba arma alguna en sus manos
pero tampoco teníamos claras sus intenciones.
Casio sujetándome de un hombro me detuvo
bruscamente y me obligó a agacharme. Acechamos camuflados entre la espesura
desde donde creímos que no podrían vernos.
El raro hombre empezó a acariciar a Edirpo de
una manera obscena, tocando sus partes más íntimas hasta llegar a sus genitales.
Vi el miedo en el rostro del muchacho.
Apreté la empuñadura de mi espada, antes de saltar,
Casio susurró:
-De nada te servirá la espada con…
Pero la ira me ganó y sin dejarle terminar su
frase corrí en su auxilio.
-¡Ah, por fin vienes a rescatar de tu mancebo,
Marco Trajano! –Gritó el hombre sin mirar en la dirección de donde salí y sin siquiera
dejar de manosear al asustado Edirpo.
Al oír mi nombre quedé paralizado.
XIV
Cuando el Hombre aún no poblaba la Tierra, en
el principio, hubo guerra en los Cielos:
Uno de los ángeles, el más bello pero también
el más vanidoso, se rebeló contra el Padre Celestial, su nombre era Luzbel. A
este ángel rebelde, que quería ser absolutamente libre y desobedecer los
designios y la jerarquía establecida, lo siguieron un tercio de los ángeles de
la Creación.
Otro ángel, llamado Miguel, viendo esto gritó:
-¡QUIÉN CONTRA DIOS!
Y junto con los otros dos tercios de ángeles
se lanzó a sofocar la rebelión celestial. Se dio así la gran batalla, la madre
de todas las batallas del Universo, miles de legiones de los ángeles de Luzbel
contra dos veces más de miles de legiones de los ángeles de Miguel.
Finalmente Miguel y sus ángeles derrotaron a
Luzbel y los suyos.
A Miguel se le nombró Arcángel y jefe de toda
la milicia celestial.
Se decidió que el castigo para los rebeldes
sería la expulsión de los Cielos y de la jerarquía establecida.
Esperaba Dios que algún día estos ángeles volvieran bajo su regazo.
Exiliaron pues a Luzbel y a sus seguidores a
esta parte del Universo, donde se halla el Sol y la Tierra, convirtiéndose así
en el Príncipe de este mundo y cambiando su nombre por el de Lucifer, el ángel
caído. A los demás ángeles rebeldes se les llamó demonios.
Cuando el Hombre pobló la Tierra quiso
gobernarlo, pero Dios a los hombres les dio como regalo algo único entre todos
los seres de la Creación: el libre albedrío. De modo que ni a los ángeles, ni a
las Potestades, ni a las Dominaciones, ni a la Corte Celestial ni siquiera a
Dios mismo están obligados a obedecer. Así los protegió de Lucifer y su séquito
de demonios.
Viendo Lucifer que no podía obligarlos ni
someterlos nombró ministro a un demonio llamado Satanás, para que junto con
otros demonios tratara siempre de atraer a los hombres hacia él y alejarlos del
Padre, valiéndose de toda trampa y artimaña para influenciar sus pensamientos y
actos, conociendo así el Hombre la maldad.
A Lucifer los hombres lo llamaron el diablo y
a Satanás lo conocieron como el dragón.
Ante tanta maldad y temiendo que el Hombre se
perdiera vino entonces a este mundo el Hijo ungido de Dios, el Rey del
Universo, encarnándose en Jesús hijo de María y José, para enseñarle la Verdad y
como alcanzar el Reino de Dios.
Se dio así otra batalla, una muy diferente,
aquí en la Tierra entre el Rey del Universo encarnado y el Príncipe del mundo,
por el Hombre. Entre la Luz y la Oscuridad para los hombres.
Ganó la Luz. Aunque el diablo trató primero de
corromperlo pero no pudo, creyó entonces que haciendo matar a Jesús hecho
hombre él ganaría, pero sucedió todo lo contrario porque Él es el único que
está por encima de su propia muerte y más allá del bien y del mal. Mostrando
esto a los hombres para que creyeran en Él.
Pero como los hombres gozan de libre albedrío,
tienen libertad de escoger si creen en la Verdad y siguen a Dios o no; y aunque
escojan esto último el Padre y el Hijo los siguen amando.
Es por esto que hay que velar, pues el diablo,
el dragón y sus demonios siguen sembrando la confusión, la discordia y la
maldad entre los hombres, sus jueces, sus gobernantes y sus reyes.
Todo esto se lo dijo Juan el apóstol a Casio
el de la Lanza.
XV
En ese momento de vacilación, ante aquel
depravado que pronunció mi nombre, me adelantó el león caminando lentamente con
intención de atacarlo. El extraño sujeto lo miró con furia, brillando de color
rojo sus ojos como un par de rubíes, el león se intimidó y huyó. Continuó
acariciando a Edirpo, esta vez por el rostro.
Sentí que Casio llegaba hasta mi lado.
Exclamé:
-¿Quién es éste que hasta las fieras le temen?
-El “Enemigo” –musitó.
La mujer seguía tocando la lira de un modo
poco armónico, ignorándonos por completo.
-¡Ah, tan bajo has caído desde que murió tu
tío que te escondes bajo la túnica de un decrépito y patrañero anciano, Marco!
–repitió mi nombre como si nos conociéramos de antaño-. No creas sus cuentos
del judío crucificado y resucitado, es un viejo loco que delira. ¿Acaso no eres
lo suficientemente inteligente y bien educado como para dar por ciertas tantas
leyendas? Todo aquello fue una intriga montada por esa banda de galileos para
unificar a su favor a los judíos y ponerlos en contra del imperio romano.
¡Ahora, todos ellos están bien muertos y nada pasó! Y tú, como una estúpida
oveja te dejas manipular y convencer de escribir esas fábulas; mejor escribe la
verdad que yo te digo y así no creerán que te uniste a estos fanáticos... Y
puedo hacer que Adriano te nombre gobernador de una rica provincia.
-¿Sí todo fue así, por qué le preocupa tanto
lo que yo crea? Generar duda y confusión es una mala estrategia para conmigo
–repliqué.
-¿Qué quiere aquí el dragón para atreverse a
salir de su mundo de fuego y dejarse ver de estos mortales? –espetó el viejo
centurión.
-¡Calla, maldito traidor! Bien hacías lo tuyo
hasta que te dejaste embaucar por esa pandilla de galileos –vociferó. Agregó-:
Mi asunto aquí era simple, pero esos ineptos que me juraron sus almas no fueron
capaces de lograrlo. Ustedes me hicieron un favor dando cuenta de ellos. ¡Ah, desgraciado
Casio Abenader, todavía no olvido el dolor que me causaste con tu espada,
debería cobrártelo! –se llevó su diestra al cuello de una manera sobreactuada.
Sí, esto me acordaba una de aquellas escenas de los dramas que vi junto a
Sulamita en el anfiteatro de Roma. Pero aquí todo esto era peligrosamente real.
Era la primera vez que escuchaba el nombre completo del centurión, pues por
alguna razón nunca me lo había dicho.
-Una serpiente ponzoñosa antes y un rico
romano ahora. ¿De cuántas maneras más se disfraza Satanás para merodear entre
los hombres y causar confusión? –replicó Casio con desprecio.
Al comienzo tenía dudas de quién pudiera ser
este perverso individuo, me resistía a creerlo pero todo encajaba.
Se llevó la mano derecha a la boca y
escupiendo sobre ella la pasó por la herida en la pierna de Edirpo. Al quitarla
había sanado como si nunca hubiese existido una herida, sólo quedó la sangre en
su piel como evidencia.
-¡Toma sano y salvo a tu precioso cachorro,
amigo Marco! –dijo cortando de un modo asombroso, con la uña del meñique de la
mano izquierda, el lazo del que colgaba maniatado el asustado muchacho.
Terminando de desatarse corrió hacia nosotros.
La mujer continuaba tocando la lira pero ahora
de un modo rápido. La paciencia no es virtud entre los demonios.
-La tarea de esos sarnosos era recuperar lo
que me pertenece –continuó diciendo-. Pero los muy idiotas decidieron que
también podían raptar a la sobrina de éste y a tu siervo. ¡Querían mis favores
pero sin obedecerme! ¡Hombres, nos invocan sin querer dar nada a cambio!
Miré con gesto de interrogación al viejo.
-Quiere la Lanza –farfulló.
-Vamos, dame lo que me corresponde y me iré,
no sin antes recompensarlos. Haré de ti un hombre joven y atractivo, para que
te ame más tu mancebo o cualquier mujer joven –dijo esto último mostrándome las
palmas de sus manos y sonriendo con aire paternal.
-Largo de aquí, Satanás. Nadie hará tratos
contigo. Sólo reconocemos a Jesús de Nazaret como nuestro Rey y al Padre
Celestial como nuestro Dios, que también es tu Creador –repliqué con firmeza
mientras apuntaba mi espada hacia él, lo que lo enardeció de ira.
Se lanzó como un rayo contra mí y atravesándose
él mismo la espada en su pecho hasta la empuñadura, me dijo al oído remarcando
cada palabra con colérica y aterradora voz:
-¡CREES PODER MATAR AL AMO DEL MUNDO CON EL
ACERO FORJADO POR UN MISERABLE HOMBRE!
Dicho esto me agarró por la entrepiernas y me
lanzó hacia atrás elevándome por los aires con la fuerza de dos elefantes.
Choqué de espaldas contra el tronco de un árbol, pero el dolor más fuerte lo
sentí en los testículos. Mi espada había quedado enclavada en su cuerpo, se la
desenterró de un tirón hacia adelante y ni siquiera sangró la herida que
hubiera matado a cualquier hombre en el acto.
-¡La mayor debilidad de los hombres es su
propia mortalidad, y aún así, creen en poder derrotarnos! –vociferó de nuevo
mientras miraba la espada.
Edirpo corrió a ayudarme a ponerme de pie,
susurró:
-Tengo miedo, mi señor.
La noche en el bosque
estaba oscura y silenciosa como pocas, no se veía ni escuchaba una sola ave ni
animal nocturno.
En menos de un parpadeo el Maligno estaba tras
el muchacho y sujetándolo con fuerza por el pecho puso la espada contra su
garganta, diciendo:
-¡Tráeme la Lanza o
lo degollaré como a un cervatillo! ¿No querrás ver como sale a borbotones la
sangre por su tierno cuello? Se que has visto morir a otros así…
-Ningún demonio puede
matar a un hombre, ni siquiera los ángeles pueden –afirmó el anciano.
-¿Eso crees? –rió
como un verdadero demonio.
-¡SI SANGRE QUIERES,
PUES SANGRE TENDRÁS! –gritó entonces Casio como jamás lo había oído, al tiempo
que extraía de entre su túnica la pequeña ánfora. La descorchó de un tirón y
aproximándose a Satanás lo amenazó con sorprendente serenidad-: ¿Quieres que te
rocíe con la sangre de Jesús de Nazaret, nuestro Señor?
La mujer lanzó un
grito espeluznante dejando de tocar la lira para luego partirla con sus manos
demostrando una fuerza sobrehumana.
El Maligno dejó caer
la espada y soltando a Edirpo se echó para atrás con gran temor en su rostro. Su
cuerpo empezó a emanar humo transformándose en una horripilante bestia parecida
a un murciélago gigantesco pero con larga cola y una cabezota con hocico de
lobo por la que exhalaba fuego… Vi entonces porque lo llamaban el dragón.
La hermosa mujer se
convirtió en la más fea bruja imaginable, chillaba con más estridencia que tres
gatas en celo peleando.
Ambos seres del
inframundo se desvanecieron en el aire, dejando una estela de humo negro con un
inaguantable olor a azufre.
De prisa nos
alejándonos de aquel sitio.
XVI
Días después descubrimos con tristeza el cuerpo inerte del león entre la
espesura, no supimos bien si falleció por una herida recibida en la lucha o por
la mortífera mirada del Maligno. Desapareciendo así el único león que, tal vez,
haya vivido en la isla de Sicilia.
Los cadáveres de los
piratas los enterramos de inmediato.
Con Agua Viva del
pozo rociamos todo el lugar del encuentro, el que todavía olía a azufre, con el
fin de bendecirlo, cerrando así las compuertas al inframundo que hubieran
podido quedar abiertas.
Viendo que la Lanza
era un objeto ahora de codicia, aunque ignorábamos el porqué pues no
descubrimos en ella poder alguno, decidimos que lo mejor era esconderla de los
hombres. Tal vez era lo que significaba o simbolizaba lo que temían el diablo,
su ministro y demás demonios; y si para ellos era así, igual lo sería para los
hombres. ¿Cuántos reyes o líderes quisieran poseerla a como diera lugar? Los
objetos de por sí no tienen poder alguno son los hombres los que se los atribuyen.
Nadé bajo el agua
hasta salir de nuevo a la caverna donde estaba el raro arbusto. Allí encontré
un apropiado lugar entre las rocas de la pared donde escondí la Lanza, la
pequeña ánfora y una bolsa de cuero con las dos terceras partes de mis riquezas
representadas en monedas de oro y plata así como varias piedras preciosas. Luego,
me senté a meditar en la roca más grande que sobresalía del agua, de repente
tuve una visión: Un hombre gigante sin rostro definido, cubierto desde la
cabeza con una saya de colores luminosos, llegó hasta el lugar donde acababa de
ocultar aquel tesoro tomando sólo la Lanza y la ánfora, llevándolas después entre
sus brazos atravesó las piedras de la pared de la cueva hasta desaparecer. Mientras
una paz indescriptible me invadió y una voz me susurró al oído: “Mira el
Arcángel del Señor...”
No quise revisar el
escondite. Sentí que no debía hacerlo. Me lancé al agua y emergí del pozo. Le
conté a Casio lo que vi, sonrió y sin decir una palabra al respecto me invitó a
pescar al lago. Nunca más volvimos a hablar sobre aquello, quizá porque
pensábamos que habíamos hecho lo correcto para proteger tan sagradas reliquias;
ahora quedaban en manos de la Divina Providencia o del destino.
La mayor parte de mis
riquezas también las escondí allí por considerarlo un lugar muy seguro.
¿Cuántos imaginan que hay una cueva bajo el pozo y se lanzan a sus aguas a
buscar tesoros?
Una extraña
melancolía me embargó días después, quizás porque veía que por donde yo iba la
muerte rondaba. Comprendí que esa era una constante en mi vida mientras
rememoraba todo mi pasado, recapitulé las principales escenas vividas en
retrospectiva desde mi llegada a Sicilia hasta mi infancia en la pastoril
Hispania. Recordé que mi madre y mis tías decían que nací muriendo, pues el
cordón umbilical me ahorcaba, fue mi primera batalla contra la muerte que gané.
Pasaron los días,
semanas y meses siguientes entre estas reflexiones, el escribir este libro y
las profundas charlas con el anciano, pues queríamos Edirpo y yo exprimir todo
el conocimiento que el apóstol Juan le había alcanzado a transmitir al anciano
centurión. Bueno, no todo el tiempo, pues disfrutamos junto con su tataranieta
y demás miembros de su familia de la caza en el bosque, de la pesca, de nadar y
hasta jugar como niños en el lago.
Con la ayuda de Casio
le enseñamos a Edirpo a leer, a escribir, a calcular y hasta algunos principios
de geometría, materia que siempre me apasionó; de igual modo algo de geografía.
Pero lo que más le gustaba al joven siciliano era dibujar, para lo que demostró
tener talento, dando cuenta de buena parte del inventario de papiros y tinta
que el anciano guardaba en su baúl, dejando apenas lo suficiente para este
libro.
También tratamos de
entrenarlo en las artes combativas descubriendo que le eran vedadas excepto el
tiro con el arco. Se convirtió en un buen cazador, el principal proveedor de
carne en nuestra hoguera. No todos los hombres están hechos para la guerra, la
naturaleza es sabia, pues qué sería del mundo y de la humanidad si todos
fuéramos dotados guerreros ávidos de lucha.
Así pues han
transcurrido las cuatro estaciones desde que llegué a esta maravillosa isla. Un
tiempo que puedo definir como de aprendizaje, desasimiento y plenitud,
irónicamente sin los lujos ni las comodidades a las que había estado
acostumbrado. La felicidad no es una suma de momentos eufóricos sino un estado
de satisfacción y tranquilidad con lo que se tiene donde se vive.
Hoy al escribir esta
página estoy pensando en continuar mi viaje a Cartago, pues ya ha pasado tiempo
suficiente para que los esbirros de Atiano hayan dejado de buscarme y el nuevo
César Adriano, ya afianzado en su trono, considere que no represento ningún
peligro para él. Hasta creerán que sucumbí en la huída al no ser visto por
ninguno de sus espías durante un año, o a lo mejor, me estoy dando mucha
importancia y hace tiempo se olvidaron de mí.
De todos modos
continuaré mi viaje con discreción.
XVII
Indicando con una mano un rollo de pergamino que llevaba en la otra,
Casio Abenader me dijo:
-Lo pongo bajo tu custodia.
-¿Qué es?
-“El Libro de la Vida”
–fue su única respuesta y me lo entregó.
Sentí mucha
curiosidad respecto al título y al contenido, pero lo primero que se me ocurrió
preguntar fue:
-¿Quién lo escribió?
-Juan el hijo del
Trueno.
Bastaba ese nombre
para entender la importancia de aquél pequeño libro. Lo envolví en una manta
con sumo cuidado, guardándola dentro de una de las dos alforjas que llevaría
como equipaje.
Al momento de
escribir estas últimas palabras nos disponemos a partir Edirpo y yo, ya todo
está listo. Iremos hasta Agrigento donde nos embarcaremos hacia Cartago.
Me embarga cierta
tristeza al dejar a este extraordinario hombre, tal vez nunca más lo vuelva a
ver en esta vida o puede que sí. Me llevo sus historias y enseñanzas, muchas
más de las que escribí aquí, que más adelante escribiré si la Divina
Providencia así lo quiere
Decidí dejar las dos
terceras partes de mi riqueza material representada en oro, plata y piedras
preciosas allí donde las escondí junto con las dos sagradas reliquias. Me
parece muy riesgoso viajar con toda esta fortuna, además con la tercera parte
que llevo podemos vivir de manera holgada por diez años más y, si es la
Voluntad Divina, pienso regresar antes de tres años a visitar a mi amigo, el
centurión de la Calavera.
De todos modos le he
dado instrucciones a él y a Edirpo para que, en caso de que mi tiempo en este
mundo se acabe, repartan la mitad entre ellos y regalen la otra mitad entre los
pobres de la región. No obstante acordamos que el tesoro, como lo llamamos,
seria un secreto sólo entre los tres. ¿Si ninguno sobreviviese para disponer de
él? Pues quien encuentre este libro ojalá obre con sabiduría, generosidad y sea
digno de lo que está allí; sin dejar de advertirle que no olvide que en el
Cosmos todas nuestras obras se devuelven multiplicadas, el bien por bien y el
mal por mal.
Que venga pues lo que
ha de seguir.
XVIII
Oh, que tristes recuerdos me trae el escribir aquí. Cada vez que he leído este libro he pensado en
concluirlo, por fin hoy me atrevo.
Quien esto escribe es
Edirpo, nueve años después de nuestra partida hacia Cartago.
Al finalizar la tarde
de aquel día, cuando nos aproximábamos al puerto de Agrigento, vimos a una
mujer y a cuatro niños en una carreta halada por un asno al borde de un
acantilado en inminente peligro. Corrimos en su auxilio pero llegamos tarde, la
mujer alcanzó a saltar con dos de los pequeños entre sus brazos, la carreta se
desbarrancó con los otros dos.
Mi señor Marco se
lanzó al acantilado en su rescate. El mar estaba muy agitado con altas olas que
golpeaban los peñascos.
Nadó, se sumergió y
logró sacar al primer niño, al que a duras penas pude sujetar entre las mojadas
rocas y entregarlo a su madre. Se sumergió de nuevo, vimos como luchando contra
las aguas con gran esfuerzo arrancó de las garras de la muerte al segundo
infante. Alguna vez lo llamaron hijo de Poseidón y como tal nadó.
A salvo al segundo
niño, entre la agradecida mujer y yo sacamos y arrastramos el pesado cuerpo de
mi señor, quien con su brazo izquierdo había logrado aferrarse a una roca.
Pensamos que estaba demasiado exhausto y golpeado, pero ya en tierra firme
descubrimos que agonizaba, tenía su mano derecha agarrada del pecho, sólo
alcanzó a musitar:
-¡Padre, perdóname…
llévame a tu Reino…!
Me sonrió y murió.
Tal vez aquel
esfuerzo fue demasiado para su corazón, pero él no vaciló en ofrecer su vida por
la de los niños. Se que volvería a hacerlo.
Llevé su cuerpo de
regreso al antiguo palacio, donde el anciano Casio ya me esperaba. Lo quemamos
de acuerdo a la tradición romana pero encomendando su alma a nuestro Señor
Jesús de Nazaret. Sus cenizas las enterramos en un bello lugar del bosque cerca
al lago.
Días después
cumplimos su deseo sobre sus bienes materiales. Regalamos la mitad en su nombre
a los más pobres de la isla y la otra mitad nos la repartimos. Esperábamos que conociéndose
su nombre llegara hasta Roma la noticia de que había muerto en Sicilia. Lo que
se logró, pues meses después aparecieron algunos legionarios indagando sobre la
veracidad de la noticia. No se si tendría alguna relevancia en la capital del
imperio o si fue importante para alguien. Nunca nos habló de su familia ni de
sus amigos.
Compré sin dificultad
la tierra de mi padre y de mis ancestros, allí construí una nueva casa, en donde
vivo y cuido de mis rebaños y cultivos. El usurero que a través del asesinato
de mi padre se había apoderado de ellas ya había tenido un terrible final,
sobre el que no vale la pena escribir aquí, nada más mencionar que lo mal
habido siempre trae desgracias en vez de alegrías.
Durante estos años,
además, me he dedicado a leer y estudiar, invirtiendo bastante dinero en la adquisición
de libros. Ahora, dispongo de una de las bibliotecas más grandes de Sicilia, la
que con gusto comparto con todo hombre o mujer, sea joven o viejo, aquí en un
gran salón de mi nueva casa. Hasta he contratado a un bibliotecario para que guíe
y custodie los libros, algunos ciertamente valiosos, también para que enseñe a
leer a quien no sabe.
En esta biblioteca he
guardado y puesto bajo especial cuidado “El Libro de la Vida”, escrito por el
apóstol Juan, que Casio me confió. Igualmente aquí se guarda este libro, que mi
señor Marco Trajano escribió y que ahora concluyo, junto con los dibujos que
hice. Estos dos no están a disposición de los demás lectores, sino en un lugar
oculto y seguro. Por ahora no es prudente que se revele el secreto consignado aquí
sobre las reliquias sagradas, ni el escrito maravilloso de Juan. Más, teniendo
en cuenta que me he convertido en uno de los líderes de la comunidad de
nazarenos de Sicilia, la que con tantos enemigos y perseguidores, me obliga a
actuar con recelo y prudencia para el bien de todos. Son tiempos difíciles para
quienes pregonamos las enseñanzas de Jesús de Nazaret.
De mis hermanos
mayores jamás he vuelto a saber, asumo que ya no viven.
Finalmente debo
escribir que, un año después del renacimiento en la Otra Vida de mi señor Marco
Trajano, murió Casio Abenader, el centurión de la Calavera. Sus descendientes
son hoy importantes miembros de nuestra comunidad y su bella tataranieta ahora
es mi esposa.
De vez en cuando voy
a tomar vigorizantes baños al pozo del deshabitado antiguo palacio, al que aún
nadie osa acercarse.
F†N
Amable lector: