Libros de Abel Carvajal

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miércoles, 26 de marzo de 2014

PRÓXIMA NOVELA EN PRIMICIA EDITORIAL


EL CAPITÁN ARAÑA

¡PRONTO!


viernes, 21 de febrero de 2014

El cuaderno secreto de Abel (video: 6 min.)

video

Presento a ustedes en mi cumpleaños 50, hoy viernes febrero 21 de 2014, este cuaderno que terminé en el 2008 y que ya no existe, lo quemé... Uno que otro dibujo salvé del fuego. Este video es lo que queda de él. Al final del video también verán alugnos óleos sobre lienzo de Isabel Cristina Ángel, mi pintora favorita. 

No publicaré más en este blog hasta haber terminado mi nueva novela, si la Divina Providencia lo permite, cosa que puede demorar... 

ABEL CARVAJAL


lunes, 6 de enero de 2014

jueves, 5 de diciembre de 2013

Más allá de la muerte


"Tántalo", grabado de Goya.

A mis apreciados lectores:

Me permito invitarlos a leer una muy interesante serie de artículos publicada por mi editor Mateo Leví en su blog Territorio 64 http://territorio64.blogspot.com/ , que trata desde la perspectiva de las diversas religiones el fascinante tema de la vida más allá de la muerte...

y ¡FELÍZ NAVIDAD! para todas y todos,

Abel Carvajal.

martes, 16 de abril de 2013

CAMINO A ORIENTE ¡nueva edición!

¿Una fábula? ¿Un cuento? Tal vez Camino a Oriente sea un viaje a nuestro propio interior. Un encuentro con el caudal de sabiduría que a todos nos habita. Cada página es un paso y su lectura un encuentro con luces insospechadas.

(Contraportada de la primera edición de CAMINO A ORIENTE por Editorial Colina)




CAMINO A ORIENTE, un encuentro con la plenitud, fue el primer libro de ABEL CARVAJAL (1998) publicado en dos ediciones impresas por la desaparecida EDITORIAL COLINA (Medellín, Colombia). Ediciones todas que se vendieron únicamente en Colombia. 

¡Ahora para todos los lectores de lengua hispana está disponible la nueva edición!, revisada e ilustrada por el autor y en bella caligrafía tipo papyrus, descárguela gratis e imprímala en:


También disponible gratis en:   http://espanol.free-ebooks.net/autor/abel-carvajal

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miércoles, 12 de diciembre de 2012

EL CENTURIÓN DE LA CALAVERA (novela breve)



Después de EL MAGO DE MESOPOTAMIA, la primera novela de esta saga, ahora lo que sucedió con el noble Marco Trajano años más tarde de su regreso a Roma una vez cumplida la desafiante misión encomendada por el César.


    





El centurión de la Calavera


Novela breve

  




ABEL CARVAJAL




©2012, Abel Carvajal. Reservados todos los derechos de autor. Ilustraciones por el autor.






A mis hermanos, a mis amigos de la juventud y a mi  fiel amigo Chester, quienes llenaron mi vida de alegrías, enseñanzas y gratos recuerdos.


  



"Yo soy la resurrección y la vida .Quien cree en mí, aunque muera vivirá"

Jesús, hijo de José de Nazaret (Juan 11,25)






      “También los asaltantes crucificados con él lo insultaban.
      A partir del mediodía se oscureció todo el territorio hasta media tarde, a ésta hora Jesús gritó con voz potente:
      -Elí Elí lema sabactani –o sea: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?-.
Algunos de los presentes al oírlo, comentaban:
-Está llamando a Elías.
Enseguida uno de ellos corrió, tomó una esponja empapada en vinagre y con una caña le dio a beber. Los demás dijeron:
-Espera, a ver si viene Elías a salvarlo.
Jesús lanzando un nuevo grito, entregó su espíritu.
El velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las piedras se partieron, los sepulcros se abrieron y muchos cadáveres de santos resucitaron. Y, cuando él resucitó, salieron de los sepulcros y se aparecieron a muchos en la Ciudad Santa.
Al ver el terremoto y lo que sucedía, el centurión y la tropa que custodiaba a Jesús decían muy espantados:
-Realmente éste era Hijo de Dios.”

(Mateo: 27, 44-54)
 
I


Ha pasado cierto tiempo desde que yo, Marco, otrora ilustre ciudadano y ahora anónimo peregrino, logré escapar de mis también ilustres pero enconados perseguidores en una oscura noche de la convulsionada Roma tras la muerte del gran Dácico, el emperador Marco Trajano[1], mi entrañable tío. Salvándome de una muerte segura.
Muchos días atrás, abatido pero obligado por las circunstancias, anticipándome al evidente final del César y al de mi tranquilo vivir en la hermosa villa frente al mar en el puerto de Ostia que había tomado en alquiler un año antes por prescripción médica,  vendí en secreto mi productiva hacienda en el Lacio[2] así como mis demás bienes y posesiones,  habiendo antes donado algunos predios a jornaleros pobres que habían trabajado para mí. También despedí y liquidé con generosidad a mi sirvientes, soborné a quienes sabía me espiaban y posteriormente encargué a mi mayordomo que fletara una galera.
Tenía ya todo minuciosamente preparado para mi furtiva huída. La que en el fondo de mi corazón anhelaba, pues permanecí en aquella casa más de lo que debía después del repentino fallecimiento de mi amada Sulamita antecedido por el de mi viejo y fiel perro. Había demorado la decisión de irme y, de una vez por todas, lejos de Roma, tal vez por lealtad a mi tío o por simple miedo a empezar una nueva vida o por ambas justificaciones. Pero cuando no decidimos la vida decide por nosotros.
El haber ayudado a mantener en el trono al Dácico por tan largos años, advirtiéndolo del peligro de algunos nefastos personajes o de las confabulaciones políticas que se tramaban en su contra, de las que me enteraba sin demasiada dificultad gracias a la lealtad de mis antiguos legionarios y a los oídos de la inmensa comunidad secreta seguidora del Nazareno compuesta en su mayoría por artesanos, sirvientes y esclavos, a la que mi joven esposa y yo excepcionalmente pertenecíamos, me ganó un sinnúmero de enemigos.
El poder es así, deleitable pero efímero. Quien cree que puede mantenerse siempre en lo más alto de él acabará por irse de narices contra el duro suelo que es la realidad. El más grande enemigo del poder es el tiempo. Muerto o depuesto el emperador o el rey, adiós a sus ministros, consejeros y cortesanos; los poderes y autoridades de ellos mueren con él. Vendrá otro con otros. Mis enemigos, los mismos del emperador Trajano, habían vencido finalmente y ahora eran más fuertes.
Adriano[3] con el patrocinio de la emperatriz Plotina, más la ayuda de los sicarios del tenebroso Atiano y del “clan hispano” del senado se tomaría el poder, para bien o para mal. La historia lo juzgará.
El Dácico me enseñó que los mejores generales se conocían en la retirada, pues buscan la menor cantidad de bajas y una honrosa derrota. En mi caso, evitar mi baja era el único objetivo real, ya que el supuesto honor me tenía sin cuidado. Al fin y al cabo no permanecí el tiempo suficiente en la legión para alcanzar el grado de general. Pero mi peor enemigo, lo descubriría más tarde, no estaba donde yo creía ni dejaría de acecharme…
Aquella triste noche escuchando el seco golpeteo contra las piedras de la vía por los cascos del robusto caballo que halaba la campechana carreta que había conseguido mi leal mayordomo, solitario, embarcado en nostálgicos recuerdos de mi vida en los últimos veinte años, me dirigí al puerto de Ancona.
Llevaba conmigo apenas dos resistentes bolsas de cuero por equipaje, cargadas con monedas, oro y piedras preciosas que me asegurarían las mínimas comodidades deseadas por un hombre de casi cuarenta y cuatro primaveras de existencia,  todo mi patrimonio, camuflado entre las túnicas, mantas y demás vestimenta apropiada más para un medianamente rico mercader que para un patricio romano; escoltadas ambas por mi leal espada en su vaina sujeta a mi cinturón y escondida bajo la gruesa manta que traía puesta. No tenía más opción que confiar en mis habilidades, astucia y experiencia, así como en la protección Divina, aunque a decir verdad, abatido por la pérdida de mis seres queridos y las circunstancias que me obligaban a cambiar de vida, mi fe se había debilitado. A partir de ahora la discreción y la prudencia debían ser mi consigna.
Ancona es un puerto alejado de Roma, sobre la costa este, pero era precisamente por eso uno de los menos esperados para mi huída, por parte de Atiano o cualquiera otro de mis mortales enemigos. Me tomó varios días llegar hasta allí, durmiendo con más frecuencia a la intemperie que en hostales.
Al arribar dejé el carromato y el caballo donde había acordado mi mayordomo con el propietario y  caminé hacia el muelle.
Al doblar la última esquina saltó de entre la sombras un hombre armado con una espada, susurrando mi nombre seguido de un improperio. Instintivamente solté las dos alforjas que cargaba en mis hombros desenvainando mi vieja pero bien pulida y afilada espada… Se escuchó el choque de los metales. Opté por no acogerme a las reglas de la esgrima limpia transándome en un largo duelo sino por finiquitar el molesto asunto con un par de movimientos aprendidos del más diestro legionario que conocí. Era indiscutible que se trataba de un asesino contratado en vez de un vulgar asaltante nocturno. ¡Un, dos y zas!, corte profundo y mortal en la garganta, parte del cuerpo casi siempre expuesta, que no la cubre ni la armadura ni el casco y está desprotegida con frecuencia por el escudo del guerrero o soldado. Afortunadamente para mí, él no había tenido el mismo entrenador ni conocía la mortal treta.
La desventaja, en un caso así, de aplicar esta ágil artimaña con  la espada, es que posteriormente no se puede interrogar al sorprendido rival sangrante y agonizante. No le queda ni aliento ni garganta para pronunciar palabra alguna. Qué más daba, yo sabía quiénes lo habían enviado. Por el mercenario no había lugar a duda, tenía el tatuaje en la muñeca derecha con el símbolo de la guardia pretoriana, calzado militar y el tipo de espada de dotación de un centurión, aunque ésta tenía unos adornos muy particulares que me llamaron la atención, así que la tomé como botín; una espada de repuesto no estaba de más.
No me gusta ni disfruto matar. Una vez que me hice seguidor del Nazareno entendí y me prometí no recurrir a la violencia sino era estrictamente necesario, como lo sería por defender a un ser querido, al indefenso o, como en esta ocasión, por defensa propia. Sí me desconcertaba que me hubiesen subestimado o peor, que me consideraran demasiado viejo o enfermo como para todavía poder hacer gala de las artes combativas que me hicieron un famoso capitán de la temible Novena Legión. Viejo y cansado sí empezaba a sentirme, también estaba enfermo, pero no tanto como para haber enviado un asesino para liquidarme, ¡solamente uno y poco experto!
Embarqué con un breve saludo al capitán de la galera, quien me respondió con apenas un murmullo acompañado de una maliciosa sonrisa, dando a entender que había visto y gozado toda la sanguinolenta escena. Pero no me inquietaría, era obvio que no había sobornado a todos los posibles delatores o por lo menos a alguno no le había pagado lo bastante, incluido este rechoncho pirata fenicio, el que me obligaría a dormir con un ojo abierto y con la mano empuñando mi espada. Le ordené partir sin darle el rumbo aún, cosa que no le gustó, pero bastó con lanzarle fijamente  la mirada del león enfurecido que permanece en los ojos del guerrero cuando su sangre todavía hierve después de una lucha a muerte. Sus esclavos empezaron a remar.
La suerte estaba echada.




II


En el puerto de Siracusa[4], después de un larguísimo viaje en el que nada más le permití al fenicio atracar una vez a un caserío costero en la Calabria cerca a Brindisi[5] y  otra vez en el puerto de Crotona[6] para aprovisionarnos de agua y alimentos, desembarqué apresurado con la aurora una vez pagué al fisgón capitán, quien trataba de indagar mi destino final con veladas intenciones de vender tal información a mis consabidos enemigos. Esperaba haberlo convencido con mis engañosas respuestas. Si no puedes derrotarlos, confúndelos.
Caminé veloz pero con rodeos, por si algún secuaz de ese pirata me seguía,  por las calles entre ebrios marineros y somnolientas prostitutas, los únicos habitantes despiertos a esa hora en aquella populosa ciudad. Debía encontrar pronto un refugio seguro en donde descansar al menos un día, pues era poco lo que había podido dormir durante el viaje en aquella apestosa galera, siempre con el sueño ligero y alerta, como el zorro que dormita atisbando al cazador que lo acecha.
Había tenido tiempo suficiente durante la travesía para elaborar mi plan de escape: Luego del necesario descanso, me embarcaría de nuevo en otro navío con un destino final muy bien escogido pero ya con una nueva identidad. No podía pretender continuar en este mundo como el sobrino del difunto emperador con quien compartía el mismo nombre, por culpa del destino y la testarudez de mi padre, que pese a la oposición de mi madre, me inscribió una vez nací en el registro de ciudadanos tal y como se llamaba su venerado padre e igual que su hermano menor[7]. Sin embargo me diferenció  suprimiendo el segundo nombre, Ulpio o Ulpiano. ¡Demasiados Marco en una misma familia!  Hace mucho tiempo juré que nunca le pondría mi nombre a un hijo, pero no engendré ninguno.
El César Marco Ulpio Trajano, “el Dácico”, había muerto. Ahora, Marco Trajano, el sobrino, debía desaparecer.
Pensé que si mi acento no había desaparecido del todo, no obstante haber vivido por casi veintisiete años en Roma, lo mejor era que en adelante me conocieran por mi origen, adoptaría el apodo de “el hispánico”,  por Hispania[8] la más fecunda provincia romana donde nací y me crié. Sería evasivo con mi nombre de pila, contestaría ante tal cuestión con un simple: “me llaman el hispánico”. El apodo era más utilizado entre los legionarios que el verdadero nombre; mi tatuaje de la novena legión, más las cicatrices y mi valiosa espada no me permitirían ocultar la antigua vida militar. Así que me mostraría como un solitario comandante en busca de un buen lugar para gozar de su retiro. Algo elevado en la jerarquía para pasar desapercibido del todo pero un grado inferior no sería creíble en mí, pues por mis modos y el hablar era innegable que poseía una buena educación, la mayoría de los centuriones ni siquiera sabían leer o escribir, aún menos los soldados. Pero con frecuencia se haría necesario dar un nombre más completo que no despertase suspicacias, así que tomé uno muy común a lo largo y ancho del imperio, me presentaría como Petronio de Hispania.
El destino final que tenía en mente era Cartago[9], o más bien, lo que quedaba de la magnífica ciudad de Aníbal. Lo que ignoraba era cómo y cuánto tiempo tardaría en llegar hasta allá.
Después de dar muchos rodeos por la ciudad de Siracusa me instalé en un alejado pero aseado hostal en lo alto de una colina. Estaba seguro de que nadie me había seguido. La habitación tenía una estupenda bañera con vista por el balcón a una pequeña bahía, la que hice llenar de agua y sales aromáticas de inmediato, obsequiándome un relajante baño mientras engullía los deliciosos manjares sicilianos que me ofreció la mujer del hostelero. Luego, caí como roca en la cama, pese a que ni siquiera era el mediodía.
Un áspero sonido me despertó, miré hacia el balcón, observé cómo el viento mecía las ramas de un cercano árbol que rozaban las barandillas de piedra en medio de una noche muy oscura. Pero no me pareció que ellas hubiesen sido la causa del breve ruido que me alarmó, así que lentamente me deslicé de la cama y empuñando la espada me oculté tras una de las columnas del pórtico que daba al balcón.
Esperé parado en guardia.
Al rato, una sombra pareció tomar vida y creció mientras cubría las baldosas del piso penetrando en mi aposento, tras ella descubrí una esbelta figura humana que caminaba sigilosa. Apenas sintió el frio del metal de mi espada en su garganta se paralizó y dijo:
-¡Le suplico que no me mate, mi señor!
-Camine despacio hacia la mesa y encienda la lámpara –le ordené.
La luz de la lámpara de aceite rebeló un rostro imberbe, el más bello que había visto en muchacho alguno, no obstante se me hacía conocido. De inmediato recordé, se trataba del joven siervo del hospedero que había vaciado el agua en la bañera mientras yo a duras penas me desvestía, tan cansado como me encontraba poca atención le había prestado en aquel momento.
No traía arma alguna consigo. Sólo vestía una humilde pero limpia túnica blanca con un raído lazo por cinturón y las sandalias propias de su oficio.
-¿Pretende robarme? –lo interpelé bajando la espada, pues temblaba de pánico cual tierno conejo ante las fauces del lobo.
Agachó la cabeza por respuesta. Por un momento creí que estallaría en llanto, lo que me hizo sentir mal. Entonces decidí suavizar el interrogatorio:
-¿Cómo te llamas y que edad tienes?
-Edirpo, mi señor. Pronto cumpliré dieciocho años. Yo nada más… -calló.
-Continúa, habla tranquilo Edirpo, que no te haré daño.
-¡Señor, esa espada! –exclamó señalando la espada que le quité al pretoriano que intentó asesinarme en Ancona.
-¿Qué pasa con esa espada, la querías robar? ¿Por qué? Habla de una vez, muchacho. Estoy cansado y quiero dormir.
Entre vacilaciones me contó la triste historia de su vida:
Hijo de una tradicional familia campesina del sur de Sicilia, con un severo padre, era el menor de unos abusadores hermanos, quienes lo obligaron a pasar una infancia solitaria entre rebaños de cabras montaraces; pero también gracias a tal discriminación había salvado su vida. Una tarde, en la que su madre y sus hermanos habían salido a la aldea a comprar provisiones, cuando regresaba a la casa luego de sus tareas de pastoreo, vio como un centurión atravesaba con la espada a su padre, desarmado, en medio de un lacónico grito. Él corrió valientemente en su auxilio, pero llegó tarde. El asesino de su padre en la huída lo atropelló con su caballo. Grabó en su memoria, además del rostro, la espada con extraños ornamentos que ya llevaba al cinto.
Un inescrupuloso prestamista había contratado a un desconocido criminal centurión,  que ni siquiera había ocultado sus prendas militares deshonrando así la legión, para asesinar al padre de Edirpo con el fin de luego apropiase más fácilmente de sus fértiles tierras y de su ganado como pago de una elevada deuda. Aunque carecían de pruebas era la única explicación que ellos tenían a tan infame destino, que les trajo la inevitable pobreza además del dolor. Los hijos mayores salieron en busca de fortuna, dejando a su madre al cuidado del más joven, Edirpo, quien con audacia y entereza trabajó como siervo en diferentes fincas, para mantener a su madre con miserables pagas y sobras de comida, hasta llegar al hostal donde mejoró un poco su situación. Desde aquel fatídico día hasta nuestro encuentro habían transcurrido cinco años. De sus hermanos no volvió a saber nada y una grave enfermedad hacía pocos meses dio cuenta de su madre.
La espada del asesino era ésta. Edirpo, no tenía la menor duda. Como tampoco de que yo no era el mercenario, pues de lo contrario sus intenciones al penetrar subrepticiamente a mi habitación hubiesen sido más letales. El deseo de venganza es uno de los sentimientos más difíciles de doblegar. Quería robar la espada para, algún día, matar con ella al asesino de su padre.
Me describió con detalle al dueño de la espada, que concordaba con precisión al que yo traía esculpido en mi memoria, nunca se olvida a quien ha tratado de matarnos. Así confirmé que el muchacho no mentía ni inventó la historia. Para su tranquilidad le dije que no me cabía duda que se trataba del mismo centurión ya que llevaba tatuaje de la guardia pretoriana, calzado y espada de dotación oficial. También le conté que me vi obligado a matarlo, en los muelles de Ancona, mostrándolo como un vil asaltante. Su semblante cambió como si lo hubiera liberado de un pesado fardo a sus espaladas.
A la inevitable pregunta de si aquel desgraciado centurión no habría tratado más bien de liquidarme por encargo, no se me ocurrió más que la evasiva respuesta de que nunca antes lo había visto y que no sabía de nadie que me quisiera muerto. Edirpo sin duda era un joven astuto, me agradaba, pero mi natural desconfianza no me permitía ser más sincero con él a riesgo de descubrirme.
Todo aquello parecía demasiada casualidad, pero no creo en las casualidades, los caminos del Padre Celestial son inconmensurables. Me resisto a creer que seamos el producto del azar, de una simple suma de casualidades o accidentes. Estoy convencido  que  todos hacemos parte de un complejísimo drama que se presenta día a día en el inmenso anfiteatro que llamamos mundo, en el que al mismo tiempo somos actores y espectadores, mientras, debemos aprender las enseñanzas de cada acto, para que nuestro espíritu evolucione o se prepare para poder trascender al siguiente plano, donde podremos conocer al Director o a sus asistentes y, tal vez, entender cuál es el propósito de esta vida. Ahí, en ese momento estelar, lo comprenderemos todo.
-¿Todavía quieres la espada? –pregunté al muchacho.
No pude conciliar el sueño ante la sorpresiva petición que me dio por respuesta. Me revolqué en la cama por horas pensando qué decisión tomar.




III

Avanzaba el día, pronto se pondría el sol y ya empezaban a dolerme las sentaderas, pese a que desde que salimos del hostal a primeras horas de la mañana varias veces había desmontado del asno que Edirpo había comprado con los denarios que le di. No parábamos a descansar, apenas si habíamos comido algo de pan. El agreste paisaje de la costa sur de la isla de Sicilia era maravilloso, aunque no lo había disfrutado al máximo porque en mi cabeza no dejaba de darme vueltas si la decisión de adoptar al muchacho como siervo habría sido la correcta y, porque de cuando en cuando,  miraba hacia atrás para asegurarme que nadie nos siguiera. La constante sensación de persecución es lo peor de la fuga.
Edirpo no quiso la espada del pretoriano sino que me lo llevase como mi sirviente, me rogó hasta más no poder luego de tratar inútilmente de venderme la idea con los supuestos beneficios que su contratación me traería. Lo que me doblegó fue cuando mencionó que el haber, yo justamente, liquidado al asesino de su padre y  traer la espada conmigo eran señales del Cielo, que nuestras vidas estaban a cruzadas; rematando que se sentía muy solo en este mundo y quería que alguien lo protegiera… ¡Tan duro que soy por fuera, pero tan débil por dentro!
 Con esta imprevista decisión había echado abajo mis elaborados planes, pero lo que más me preocupaba era que tarde o temprano se haría necesario descubrirle mi secreto, o parte de éste.
Por el momento sólo le dije que necesitaba llegar pronto a Cartago, pero de la manera más discreta posible, a lo que me recomendó dirigirnos hacia Agrigento[10] donde con facilidad podríamos embarcarnos en una de las tantas naves que surcan el mar rumbo a la ciudad africana.
El camino desde Siracusa hasta allá era largo, así que pernoctamos esa noche en una modesta posada en la población de Gela, a mitad del trayecto.
Por fin, quizás por sentirme acompañado por Edirpo, aunque él durmiera confiando en que yo era su protector, pude soñar bien una noche completa desde mi partida. Debía enseñarle a pelear aprovechando su juventud, entrenarlo en las artes de la lucha y de la esgrima, mis dos especialidades, pues no estaba demás contar con un par adicional de brazos adiestrados. El problema es que necesitaba de un lugar adecuado y del tiempo necesario para tal propósito.
Se me hizo muy difícil levantarme al día siguiente, sentía una extraña pesadez y excesivo cansancio.
No estaba aún el sol en su cenit cuando avistamos a un anciano bajo la sombra de un árbol al lado derecho del camino. Al pasar a su lado, incliné la cabeza a manera de saludo, a lo que me respondió:
-¿Por qué huyes con tanta prisa, Marco Trajano; acaso no confías en los designios del Señor?
Quedé perplejo. Halé la rienda por un acto reflejo deteniendo al asno. No supe que replicar.
-¡Sigamos mi Señor, este viejo está loco o borracho, te confundió con el emperador! –susurró Edirpo estrujando mi brazo izquierdo.
La visión se me nubló como si hubieran puesto un velo blanco ante mis ojos, sentí en la frente un sudor frío… Fue lo último que recordé.




IV


Que no hay mal que no convenga,  siempre lo he pregonado; que lo malo que nos acontece en la vida nos disguste, no tiene mayor importancia; pero que un hecho fortuito y sin relevancia, como el toparme con un anciano, nos cambie la vida para siempre, sí que es sorprendente.
Desperté sudoroso y sintiendo la lengua reseca en medio de un claro amanecer. Lo primero que vi fue, a través de un rosetón, lo que parecía ser un pozo de agua. Giré lentamente mi cabeza y descubrí  tendido a mi lado a Edirpo dormido, abrazado a las alforjas y más allá, sentado de espalda contra la pared mirándome fijamente, al viejo que conocía mi verdadero nombre. Esbozó una leve sonrisa. Supuse que me conoció en el pasado aunque no me era familiar y no suelo olvidar  un rostro con facilidad, menos uno con tan frondosa barba blanca. 
-Tienes un leal escudero, Marco Trajano. ¿O debo llamarte Petronio “el Hispánico”? –dijo mirando al muchacho, quien se inclinó como un rayo al oír la grave voz del anciano y sin ocultar su emoción murmuró:
-¡Creí que morirías, mi señor! Llevabas casi tres días sin recobrar el conocimiento…
-¿Tres días? ¿Qué me pasó? ¿Dónde estamos y quién es usted? –pregunté al viejo.
-Primero lo más importante, acabar de recuperarte luego de la larga batalla que has librado contra tu antigua amiga, la muerte –repuso, incorporándose-. Vienes enfermo de tiempo atrás, colapsó tu cuerpo cuando llegaste hasta mí, lo exigiste más allá del límite en el viaje. Debemos bajar al pozo, que el agua viva te sanará.
Me intrigaba este tipo, la forma en que hablaba y lo que decía. Busqué de soslayo con los ojos mi espada, estaba bajo las bolsas de cuero que el buen Edirpo custodiaba.
-No te preocupes, señor de la guerra, que no soy tu enemigo. Tu espada y tu dinero están a salvo conmigo –parecía que él todo lo veía o lo anticipaba, cosa que me hacía desconfiar aún más. Aunque a decir verdad, siempre he sido un hombre desconfiado en exceso, lo que Sulamita no dejaba de criticarme.
-¡Señor de la guerra! ¿Me llamas así porque peleaste a mi lado en las guerras por la Dacia? ¿Acaso fuiste un legionario? –interpelé.
-Todo a su debido tiempo, hijo de Poseidón. Confía en tu destino. Por ahora a zambullirte en tu medio. Levántate y anda hacia el pozo…
¿Hijo de Poseidón? Sólo unas pocas veces, varios años atrás en Bitinia[11], cuando cumplía una misión secreta para el emperador, me habían llamado así por jugar con unos delfines. ¿Quién era este misterioso anciano que parecía conocer todo sobre mí?
Las piernas me flaqueaban, lentamente con la ayuda de Edirpo me puse de pie. Bajamos por una escalera en caracol hasta el pozo.
-¡Desnúdate y bucea hacia el fondo! –dijo. Lo miré como si estuviera fuera de sus cabales-. No tengas miedo. Verás una luz, síguela y luego podrás respirar.
Por alguna inexplicable razón decidí obedecerle quitándome la túnica, pero el muchacho me sujetó del brazo indicándome con la cabeza que no lo hiciera, hablando entre dientes:
-¿Por qué le haces caso no ves que está loco? Te confunde con el emperador, con el hijo de Poseidón; le he dicho que te llamas Petronio de Hispania y se ríe… Ahora quiere ahogarte, después de tres días de fiebre en que sólo has sorbido agua de una esponja que te ponía en la boca…
-Tranquilo, muchacho –traté de calmarlo-. Más adelante lo entenderás. Agradezco tus cuidados y que hayas velado por mi salud, por eso te has ganado mi mayor confianza, ahora espérame aquí –tras esas palabras llené mis pulmones de aire y me lancé al agua.
Nadé bajo el agua en dirección de la luz y pronto emergí en una gran caverna resplandeciente, en la que había un solitario arbolito en la orilla. Algunos orificios debían filtrar luz y aire suficiente para que el arbusto sobreviviera. 
Antes de salir a la orilla probé el agua, me pareció bebible, sacié la sed. Me senté en una roca al lado del pequeño árbol, cuya especie no identifiqué, tampoco tenía fruto alguno pero sí grandes flores blancuzcas. El silencio era sepulcral. Mi mente divagaba, me sentía con más vigor que nunca. Me pregunté si el pozo se construyó aprovechando la magnífica fuente de agua en esta gruta o la descubrirían después, que debía estar bajo una montaña justo al lado del pozo, pues el nivel de agua aquí debía estar al mismo nivel de allá. Caí en cuenta que llevaba tres días sin comer pero no tenía hambre, por el contrario me sentía fuerte y lleno de energía. ¿A qué se refería el viejo cuando dijo que era un pozo de agua viva? Se me ocurrió que las sumergidas raíces del arbolito debían soltar sustancias que enriquecían el agua con algunas propiedades medicinales, pues ciertamente después del baño y de beberla me sentía saludable. Noté que respiraba mejor, ni siquiera tosía y ya no me dolía la espalda ni el talón de mi pie derecho. Varios años atrás había enfermado de los pulmones, con frecuencia me asfixiaba y me daban ataques de tos, así como una antigua lesión de guerra en la parte baja de la espalda me mortificaba de cuando en cuando, además después de largas caminatas mi pie pasaba su cuenta con más frecuencia.
El tiempo pasó sin darme cuenta, pues cuando emergí del pozo mi cabeza  casi se estrella contra la de mi joven siervo quien trataba de llegar hasta el fondo con su mirada buscando mi cuerpo.
-¡Estás vivo, mi señor! ¿Cómo pudo aguantar tanto tiempo sin respirar? ¡En verdad que eres hijo de Poseidón! –gritaba. Detrás el anciano reía-. ¡Por las barbas de Júpiter, si apenas puedo reconocerlo! –Exclamó de nuevo llevándose las manos a la cabeza, agregando eufórico-: ¡Salió rejuvenecido, parece de veinte años menos, hasta su cabellera está más tupida y sin canas! ¿Es acaso esto brujería o…? –interrumpió la frase mirando con temor al viejo.


V

Un día no bastó para tantas explicaciones que requeríamos.
Edirpo no dejaba de observarme con asombro como si yo fuese el mismísimo César desde que acepté mi verdadera identidad. A propósito, la mayoría de los sicilianos todavía no se habían enterado de la muerte del emperador Trajano ni de la entronización de Adriano, mientras más alejadas están las provincias más tardan en llegar las noticias de la capital de tan colosal imperio, el que nunca fue tan extenso como lo era al morir el Dácico.
Lo que sucedió fue que luego de mi desmayo en vista de que no reaccionaba el barbado anciano ofreció su refugio para hospedarme, no teniendo más remedio el asustado Edirpo que aceptar. 
Se internaron durante horas por un estrecho sendero entre peñascos, arrastrando el burro que cargaba mi cuerpo,  hasta llegar a las ruinas del palacio de veraneo de un antiquísimo rey, enclavado en una desolada montaña en medio de un bosque que lo camuflaba, donde el misterioso viejo vivía como ermitaño. De la arquitectura original sólo quedaba en pie menos de la tercera parte, en donde estaba el pozo y, sobre éste en un segundo piso, un amplio recinto que probablemente se utilizaba como comedor para la servidumbre, en el que me resguardaron hasta que recobré el conocimiento al amanecer del tercer día.
Nadie intenta acercarse a la montaña ni adentrarse en el bosque, menos escudriñar en el palacio, desde muchos años atrás se rumora que allí habita un brujo y que el bosque está encantado, me diría después el leal muchacho, quien no ocultaba cierto temor cuando el viejo se acercaba.
Del pozo de agua viva, como lo llamaba, emergí como un hombre más joven y saludable, desapareciendo la enfermedad y todos los males menores que acechaban mi cuerpo, hasta mis ojos recobraron la agudeza perdida. En verdad aquella agua era más que sanadora, era milagrosa.
Mientras estuve meditando en aquella caverna al lado del extraño arbusto tuve una alucinación: Vi a un hombre desnudo agonizante extendiendo su mano izquierda hacia un compasivo ser que se le acercaba desde el cielo señalándolo, en el fondo estaba Jesús crucificado entre peñascos al lado del mar… Tomé conciencia de que ese hombre era yo, aunque me veía más joven. Me embargó una inmensa tristeza, no sabría decir porqué, así como tampoco entendí el significado de esa visión. Sin embargo sí pensé que podría tratarse de un presagio  sobre una muerte inminente, la mía. 
En cuanto al  tal brujo, se trataba de nuestro anfitrión quien se había encargado con mucha eficacia de crear tal superstición con el fin de mantener alejados a los intrusos, asustando con algunos trucos en los que no entró en detalle a quienes se pasaban de valientes. Vivía solitario, era un ermitaño, llevaba tanto tiempo viviendo allí que ya no podía recordar con exactitud cuánto. Se alimentaba de frutos, raíces y una que otra presa de caza o peces de un riachuelo cercano, de los que también comimos en abundancia. Tenía prácticas sencillas, muy higiénicas y siempre vestía con impecables túnicas blancas, que junto con su blanca barba y serena voz, lo hacían ver como un venerable asceta. Me preguntaba cómo podía transformase en un temible brujo que espantara a los merodeadores y a los bandidos que andan en busca de botín o de refugio. Vi en una esquina una antigua lanza, un arco y una bolsa con flechas, armas de las que a lo mejor se valía para lograrlo.
Él nunca antes me había visto y nadie le había advertido de mi paso por el camino donde salió a mi encuentro. ¿Cómo sabía tanto de mí y cuándo pasaría por aquel lugar? La respuesta puede resultar increíble para muchos, pero no para mí. Años atrás había conocido a un personaje similar en Mesopotamia, llamado Abreu, respetado y venerado como mago, quien fue en su momento discípulo de uno de los apóstoles elegidos por el Maestro de Nazaret, tenía el don del Espíritu.
Ahora, este anciano me mostraba sin alegría el tatuaje de su legión[12], uno que no reconocía. Parecía el de una muy antigua legión anterior a Trajano, e incluso a Nerva y Domiciano[13], el que encuadró una vez me hubo narrado su extraordinaria historia.
Acepté la invitación que nos hizo a quedarnos allí cuanto tiempo quisiéramos. Me pareció un territorio seguro, estaría a salvo de mis perseguidores o de sus espías, quienes desde Siracusa debían haber perdido mi rastro. Me sentía saludable y plácido, confiaba en él e intuía que era parte importante de mi destino; además ése era el espacio adecuado para entrenar a Edirpo como lo había pensado, aprovechando igualmente para educarlo, pues ni siquiera sabía leer.
Así pues, tuvimos tiempo de sobra para tales propósitos y para rumiar todo lo que nos narró el anciano así como sus enseñanzas. ¿Quién era este hombre? 



VI

Ignoraba el centurión[14] Casio que había sido elegido por la Divina Providencia para ser actor y testigo de la más importante escena en la historia de la humanidad, él estuvo allí, aquél nefasto viernes.
Era un hombre que ya no se veía joven, sí muy enérgico, rudo, pocas veces reía, respetado por sus soldados y leal a sus comandantes. No vacilaba en obedecer las órdenes aunque no fuesen de su agrado, pero detestaba lo abusos y la injusticia. Cumplidor estricto de sus deberes, no hablaba a espaldas de sus jefes ni de los poderosos romanos a quienes servía aunque tampoco era amigo de lisonjearlos. Escasos amigos se le conocían. Por todo lo anterior fue ascendido a centurión por su protector y tal vez su único amigo, el ahora comandante del Fuerte de Antonia en Jerusalén, quien a su vez era el protegido del procurador romano en Judea Poncio Pilato[15].
Tenía conciencia de que pertenecía a un ejército invasor, peor aún, su mismo rango era símbolo del sometimiento y por lo tanto odiado por los subyugados nativos, por lo que nunca buscó fraternizar con ellos. Los centuriones eran quienes debían ejecutar junto a sus soldados el trabajo sucio para mantener la “pax romana”. Muy dentro de sí admiraba a los judíos, que pregonaban ser el pueblo elegido de Dios, pero no porque él les creyera esto sino por la ferviente religiosidad y ancestral cultura que se evidenciaba en la cotidianidad, inclusive en los hábitos más simples de la vida. Casio consideraba por sobretodos los hombres a los más cultos. Los sabios e ilustrados, para él, debían ser más venerados y respetados que los poderosos o los ricos. Él mismo trataba de ser uno, por lo que leía cuanto libro escrito en latín o griego se ponía ante sus ya muy desgastados ojos así como con mucha discreción prestaba oídos a las enseñanzas de los que tenían fama de maestros o eruditos, los que en aquella lejana y rebelde provincia imperial abundaban. Convirtiéndose en un centurión poco común del que no dejaban de burlarse los demás legionarios, quienes se cuidaban de no ser escuchados por él, pues recién un desenfrenado soldado que no tuvo tal precaución casi pierde la vida por cuenta de sus fornidos brazos si no hubiera sido por la oportuna intervención del comandante del fuerte y de cinco soldados más.
El centurión Casio era tan temible, que ningún soldado o compañero se había atrevido a ponerle un apodo, hasta aquél viernes que siguió a la cena de la pascua judía.
Uno de los maestros o rabí, como lo llamaban sus seguidores, de quien había oído y deseaba conocerlo, era un tal Jesús hijo de José[16], también llamado el Galileo, por la región donde vivía que hace parte de Palestina[17]. Le intrigaba las álgidas disputas que sólo su nombre ocasionaba entre los judíos, para sus partidarios era un profeta de la talla del legendario Elías pero para sus oponentes era un blasfemo que pretendía acabar hasta con el Templo, lo más sagrado de la ciudad. Todo el que vivía en Jerusalén o en las cercanías ya había oído de Jesús; algunos ya lo aclamaban como el Mesías, el esperado líder guerrero que convertiría a Judea en una potencia capaz de derrotar a Roma, rumor que sin duda era ya una exageración de algunos fanáticos o tal vez se trataba de una estratagema montada por los zelotes[18] para confundir al procurador y a los comandantes romanos sobre quiénes eran los verdaderos enemigos del imperio.
Judea había sido un hueso duro de roer para los romanos, se dieron feroces batallas allí durante muchos años, sin lograr romanizar a cabalidad a este aguerrido pueblo de tribus pastoriles. Ahora, había gran tensión política entre el procónsul Pilato, el poderoso sanedrín[19] y el reyezuelo Herodes, además de la presión ejercida por el gobernador de Siria, quien a su vez era presionado por el emperador Tiberio que no veía una firme lealtad de todos sus vasallos en aquella estratégica provincia. Algunos generales cansados de la difícil situación en Palestina eran partidarios de la aniquilación total de los judíos para después reconstruirla y repoblarla con tribus vecinas más afines y leales a Roma, borrando el nombre de Judea del mapa de una vez por todas, a ese plan lo denominaban la romanización definitiva.
El jueves al anochecer, el comandante del Fuerte de Antonia le ordenó a Casio y a otro centurión que buscaran al galileo, quería interrogarlo, descubrir porqué ocasionaba tanta agitación su presencia en la ciudad, antes de que los sacerdotes del templo y miembros del sanedrín se tomaran la ley en sus manos como cada vez más a menudo lo hacían, provocándole más problemas a su amigo el procónsul. Ya estaba al tanto de la destrucción de los puestos de los vendedores en el Templo por el galileo, acto que no le perdonarían los sumos sacerdotes, pues había dejado un mal precedente, violado sus rígidas normas y amenazado un negocio que jugosas utilidades les tributaban y, peor aún, les había pisoteado sus magnas vanidades al enfrentarlos en acalorados pero inteligentes debates teológicos. Tal vez este Jesús es más enemigo del sanedrín que de Roma, les dijo a los centuriones.
Cada uno salió de prisa por su lado sin dirigirse la palabra. Desconocía Casio hacia dónde partiría la escuadra de su compañero de legión en pos de cumplir la misión, rivalizaban, cada uno trataría de hallarlo primero.
Halló a uno de sus informantes quien le dijo haber visto a varios de los seguidores del Galileo entrar y salir de una casa dentro de la ciudad durante el día, donde era probable que estuviesen celebrando la cena de pascua a esas horas de la noche. El centurión y una docena de sus soldados se encaminaron hacia allá.
El centurión golpeó a la puerta y una mujer abrió, sin mediar palabra la apartó con un suave empujón, entrando veloz con sus soldados. En el primer piso descubrió pilas de jarrones de arcilla, dedujo que la casa debía pertenecer a un vendedor de vinos o de tinturas. Como no había nadie aparte de la asustada mujer subió por la burda escalera al piso superior, ninguno de los soldados lo siguió, tampoco encontró persona alguna, sólo tres gatos; pero le llamó la atención que vio un mesón en el centro del mediano salón, con residuos de comida y vino aún en los platos y en las rústicas copas de madera.
Los judíos ricos a diferencia de los romanos no comían recostados en triclinios sino sentados en sillas o bancas alrededor de una mesa, los más pobres en el piso sobre tapetes. Una silla sobresalía por sobre las demás aunque todas eran semejantes, no sabía el porqué, sintió un viento frío sobrecogedor a sus espaldas mientras la observaba y le pareció escuchar una voz etérea que le dijo: “Aquí se sentó Él”. No sintió temor, sino una enorme melancolía. Tenía certeza de que había llegado tarde para lo que se vendría contra aquél misterioso Maestro, algo muy malo, lo presentía.
Bajó y se encontró con la más penetrante mirada que mujer alguna le había cruzado, leyó en sus ojos que no estaba asustada por ella sino por el mismo mal vaticinio que él sentía.
Se acercó a la mujer y le preguntó su nombre.
-Susana –respondió mientras le puso suavemente su mano sobre la que empuñaba la espada.
Casio admiró la osadía de la mujer, pero no se perturbó. Más palabras sobraban. Dio la orden de retirada. Antes de atravesar el portón escuchó a la mujer exclamar:
-¡Ten compasión de Él en su hora!
Se detuvo un instante al escuchar la extraña súplica, pero sin siquiera voltear su cabeza salió.
El informante saltó desde un callejón cercano, cuchicheando:
 -¡Señor, señor, ya se en dónde está el líder de esos galileos!
-Habla de una vez –exigió el centurión.
-Lo apresaron los guardias del Templo comandados por Malco, el mayordomo del sumo sacerdote. Estaba escondido en un huerto al otro lado del torrente Cedrón junto con sus secuaces.
-¿A dónde lo llevaron?
-Creo que a la casa de Anás, el suegro del sumo sacerdote Caifás.
-¿Arrestarlo y a estas horas de la noche hacerlo llevar hasta sus casas? ¿Qué pretenderán ahora estos malditos confabuladores? –pensó Casio en voz alta. Ordenó a sus hombres-: ¡Corriendo, hacia el fuerte!
Jadeando entró al recinto del comandante y lo enteró sobre lo sucedido.
Temprano en la mañana cuando apenas  desayunaban el comandante y los demás centuriones irrumpió un guardia del pretorio[20], dirigiéndose al capitán:
-¡Mi señor,  el procurador urge de tu presencia!
Entró al pretorio el comandante acompañado del centurión Casio y dos docenas de soldados de la cohorte[21] bajo su mando apostados en el Fuerte de Antonia.
Poncio Pilato estaba parado frente a un hombre que por su aspecto debía tratarse de un nativo que no era rico, de complexión fuerte, con unos ojos negros que irradiaban serenidad y seguridad en sí mismo. Su túnica estaba desgarrada, hecha tirones y con manchas de sangre, evidenciando que lo habían flagelado. Lo rodeaban seis soldados a cargo de la custodia del pretorio.
El procónsul y el comandante se alejaron hacia una esquina donde parlamentaron en secreto.
Casio sintió de nuevo el escalofrío en su espalda cuando su mirada se cruzó con la del hombre judío. Sin duda aquel era Jesús de Nazaret, al fin lo conocía después de casi dos años de escuchar de Él a través de sus espías e informantes; ya en varias ocasiones anteriores el comandante le había encomendado la misión de investigarlo. Algunos le habían relatado con detalle sus predicaciones, no las comprendía bien, pero veía que no eran subversivas, por el contrario un discurso que dio en una montaña atestada de gente sobre los bienaventurados le pareció una invitación a la paz y no a la guerra.
Pilato salió del pretorio acompañado del capitán quien le hizo una señal al centurión para que lo escoltara con sus hombres. Afuera estaban los sacerdotes judíos, los guardias del templo y otros más, quienes no se atrevían a entrar por considerar a todo lo romano como impuro. Les preguntó:
-¿Por qué me traen a este hombre, de qué lo acusan?
-Si éste no fuera un malhechor y un profanador no te lo entregaríamos –respondió uno de ellos.
Pilato miró al comandante. Replicó:
-No ha cometido crimen contra Roma, sin embargo ya ha sido azotado, ahora júzguenlo ustedes de acuerdo a sus leyes.
-Tenemos prohibido darle muerte –contestó el jefe de los sacerdotes.
-¡Quieren matarlo! –farfulló entre dientes Pilato para que nada más lo escuchara su amigo comandante.
Les hizo una señal de que lo esperaran y entró de nuevo al palacio. Con sarcasmo le preguntó al Galileo:
-¿Eres el rey de los judíos?
-¿Lo crees tu o lo preguntas porque otros te lo dicen? –replicó Jesús.
-¿Acaso soy judío? Tu nación y los sacerdotes te entregan a mí para que te mate. ¿No oyes de cuántas cosas te acusan, qué has hecho?
-Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo mis soldados habrían peleado para que no me apresaran. Pero mi reino no es de aquí.
Pilato vaciló ante esa extraña afirmación, sólo se le ocurrió escudriñar:
-¿Entonces sí eres rey?
-Tú lo has dicho. Pero sólo he venido a este mundo a dar testimonio de la verdad. Quien está con la verdad escucha lo que digo.
Poncio Pilato sonrió tratando de disimular su perturbación ante las incomprensibles respuestas de Jesús. Alejándose de Él agitó su mano diciendo:
-¡Ah! ¿Qué es la verdad?
Esperó un momento la respuesta,  pero el Galileo no habló más. Se dirigió hacia el capitán y le susurró al oído:
-Este hombre no teme a la muerte, está loco o…
-O amenaza el poder de los sumos sacerdotes, he escuchado que muchas de sus prédicas les es muy molesta, hasta los desafía. Cuídate más de ellos que de este hombre –dijo el capitán completando la frase del procónsul. Salían en dirección de los acusadores cuando Pilato descubrió a su esposa espiando tras una columna. Ella le hizo una seña llamándolo.
-¡Poncio, no condenes a este hombre! ¡He tenido un sueño horrible, un mal presagio!  Déjalo libre, no vaya y sea que te condenes tu también –rogó ella.
-¿Qué cosas dices, mujer? ¿Acaso la locura de éste y sus seguidores se te ha contagiado? –reclamó la sorpresiva advertencia de su consorte. Sabía bien que su esposa, Claudia Prócula,  siempre era muy acertada con su intuición además de ser una mujer culta y bien educada, hija de noble y acaudalada familia romana, la palanca en que se había apoyado él para su exitosa carrera política, pese a ser considerado por muchos como un hombre poco apto para el importante puesto que ahora ocupaba en tan conflictiva región. Con su diestra le indicó que abandonara el lugar.
Salió de nuevo con Jesús a su lado encontrando una turba agitada. El comandante le ordenó a Casio que pusiera a los soldados y a la guardia del pretorio en posición de combate para amedrentarlos.
Por la pascua Poncio Pilato acostumbraba a liberar un prisionero que la gente eligiera, inútil táctica que pensaba lo congraciaba con el pueblo. Trató de solucionar el problema por ese lado, subestimando el poder de los sumos sacerdotes. La turba instigada y manipulada por ellos prefirió que soltara a un peligroso preso llamado Barrabás en vez de al Nazareno. Trató de defenderlo alegando no encontrar culpa alguna en Él que mereciera la pena máxima, pero todo fue en vano. El alterado procurador, débil de carácter y temeroso de un amotinamiento, ahora era víctima de su ineficaz estrategia. Ante las vociferaciones de que lo matara, sólo se le ocurrió el teatral acto de lavarse las manos en público como símbolo de que no se hacía responsable de la muerte de este inocente, queriendo culpar así a los judíos. Lo condenó a la más inhumana de las muertes.
 El capitán y el centurión se miraron consternados, quienes a partir de aquel día despreciaron a Pilato. Uno de los mayores poderes y por tanto uno de los más delicados es el poder religioso; quienes lo aprovechan para mal son capaces de conducir a los suyos como borregos al matadero. Cuántas injusticias se cometen en nombre de un dogma o religión. Y también, cuánto mal  puede ocasionar un hombre incapaz o injusto o corrupto al frente de un cargo con poder sobre los demás, como el político o el judicial. Importantes enseñanzas que nos dejan la condena a muerte del Maestro de Galilea.
Se dice que Poncio Pilato se arrepintió el resto de su vida por tan equivocado y blando proceder. Además, los vientos cambiantes de la política se volvieron en su contra no reapareciendo en otro cargo importante en el imperio. Se suicidó años más tarde en la Galia, su tierra natal a donde regresó. Claudia Prócula se convirtió al cristianismo no logrando convertir a su esposo, siendo ella una de las primeras romanas nobles en predicar el evangelio de Jesús de Nazaret.
Pero lo peor apenas comenzaba.
Los soldados pretorianos a quienes Pilato les encomendó la ejecución se portaron como poseídos por demonios, no bastándoles con los desgarradores latigazos que le asestaron antes de la sentencia, lo desnudaron, lo escupieron y se burlaron del  “rey de los judíos” atornillando a su cabeza una corona trenzada de espinas y azotándolo de nuevo con una caña hasta sangrarlo. Luego, obligándolo a cargar la viga de su propia cruz, lo condujeron a empellones y más latigazos incitados por los gritos de la gente a su alrededor hasta el monte llamado de La Calavera[22] afuera de las murallas de la ciudad, donde crucificaban a los criminales y enemigos de Roma.
Uno de los soldados más leales del centurión viendo aquello corrió a informarle de los abusos  cometidos por los pretorianos contra el Nazareno.
Sin pensarlo montó de prisa en su caballo y galopó hasta el lugar aquél. Viendo desde la distancia mientras espoleaba su caballo como los guardias del palacio entre mofas torturaban a Jesús ya crucificado, con el cuerpo tembloroso y el rostro transido de dolor… A su lado, descubrió a otros dos martirizados en sendas cruces. Nunca pudo soportar tan cruel castigo, aunque lo justificaba en su interior como una merecedora pena impuesta sólo a los más peligrosos asesinos y criminales, pero no era éste el caso. Sintió deseos de vomitar.
Desmontó furioso y con el casco golpeó a uno en la cabeza que con su lanza trataba burlonamente de meter una esponja empapada en vinagre en la reseca boca de Jesús, hiriéndole aún más.
-¡Hijos de malas madres! ¿Qué honor hay para un soldado al torturar a un enemigo moribundo y desarmado? –les gritaba con su potente voz. Parecía un león que se los tragaría vivos. Ninguno se atrevió a refutar, eran conscientes que un centurión podía disponer de sus vidas en determinadas circunstancias.
Los maldijo y reprendió con severidad, amenazándolos si continuaban con tan indigno comportamiento.  En ese momento estalló un gran trueno en el oscurecido cielo aunque era apenas la media tarde, lo que los atemorizó más. Casio también se asustó y calló. Miró a su alrededor descubriendo que los azuzadores y curiosos se alejaban con prisa, las espesas nubes inspiraban miedo. Vio en la distancia como otro soldado le negaba el paso a tres mujeres y a un hombre joven que le suplicaban los dejara acercase a Jesús alegando ser sus familiares.
-¡Oye, imbécil! –Le gritó al soldado-. ¿Acaso no tienes madre? ¡La familia de un condenado tiene derecho a acompañarlo en sus últimos momentos!
La escena que siguió retorció el endurecido corazón del centurión: Jesús agonizando balbuceaba palabras de consuelo a su adolorida madre y al joven que la abrazaba sosteniéndola en pie; mientras, a un lado los indolentes guardias se jugaban a suerte la ropa del crucificado.
No era la primera vez que asistía a una crucifixión, pues era el máximo castigo romano utilizado con frecuencia,  pero ésta se le hacía insoportable verla. Así que montó en su caballo y se fue.
 Se hallaba próximo a pasar bajo el umbral del portón principal del fuerte cuando sintió de nuevo el escalofrío en su espalda y oyó la voz, que esta vez le decía: “¡Vuelve!”. Detuvo el caballo. Recordó el pedido de la mujer de aquella casa, Susana: “¡Ten compasión de Él en su hora!”. Dio vuelta.
Regresando al lugar de La Calavera vio como los pretorianos quebraban con un mazo las piernas de los otros dos crucificados, en medio de desgarradores alaridos de dolor, para que sus cuerpos colgaran de los brazos y murieran más rápido por asfixia.
-¿Por qué hacen eso, desgraciados? –inquirió sin todavía detener su caballo.
-Son órdenes del procónsul –se adelantó uno de ellos señalando a dos judíos acompañados de varios guardias del Templo que estaban a un lado.
-Hoy es víspera del sábado, el más solemne de nuestros días. Deben morir pronto para que no queden los cuerpos en la cruz durante el sábado –dijo el más viejo de los enviados.
Vio a poca distancia al joven familiar de Jesús sosteniendo a una de las mujeres desmayada mientras las otras horrorizadas por lo que veían, de rodillas,  lanzaban angustiosos gritos con su manos extendidas suplicando misericordia.
-Te conozco. Estabas entre los acusadores del Galileo –replicó Casio, sin ocultar su ira. Agregó-: ¡No les basta con condenarlo a la peor de las muertes sino que ahora pretenden desmembrarlo! ¿Acaso para exhibir sus partes y demostrar al pueblo que Él no era el Mesías?
-No te metas en lo que no te incumbe, centurión –se atrevió a impugnar el viejo.
Un soldado se acercó a Jesús y viendo que estaba muerto así lo declaró.
-¿Estás seguro, soldado? –instó el otro judío.
Casio, aún sobre su corcel, decidido a no permitir que fueran a destrozar las rodillas del Nazareno y enardecido por la ira arrebató la lanza del soldado más cercano clavándola en el costado[23] de Jesús, al tiempo que exclamaba:
-¿Es suficiente…? –no pudiendo terminar la frase pues brotó enseguida de la herida abierta un chorro de sangre y agua que lo bañó.
En ese instante la tierra rugió, tembló y se abrió, el caballo relinchó parándose bruscamente sobre su tren trasero derribando al sorprendido jinete. El animal aterrorizado corrió hacia un despeñadero donde se precipitó.
Poniéndose de pie el aturdido Casio, dijo:
-¡En verdad este hombre era Hijo de Dios!




VII

La fogata iluminaba el rostro de los tres que estábamos alrededor de ella esa noche. Se había silenciado el anciano de barba blanca en este punto de la historia, permitiendo que afloraran lágrimas de sus ojos. Vi que Edirpo también lloraba.
No negaré que también me sentí acongojado por esta historia que ya antes la había escuchado, más de una vez, de algunos nazarenos[24] y del venerable Abreu en aquel inolvidable viaje a Mesopotamia, aunque nunca con tantos detalles y menos de boca de uno de los más importantes testigos.
-En aquel momento en que me bañó su sangre y agua bendita, el Espíritu Divino entró en mí –reinició la narración el viejo Casio-. Mis enfermos ojos recuperaron su agudeza al instante, milagrosamente. En los últimos años había perdido casi toda la visión del ojo derecho, cubriéndolo una mancha blanca; así como pocas semanas antes descubrí que empezaba a crecerme otra en el ojo izquierdo. Temía quedarme ciego. Entró en mi cuerpo un extraño vigor que me hizo sentir rejuvenecido y fuerte, ya no sentía ninguna dolencia de las que padecía por los años y la vida desordenada que llevaba. Era un hombre nuevo de cuerpo y espíritu.
-Igual me sentí cuando emergí del pozo que llamas de agua viva –señalé.
El anciano sonreía mientras movía su cabeza en gesto afirmativo. Dijo:
-¡Marco, Marco, Marco…! ¿Acaso no imaginas por qué es agua viva?
En mi rostro debió leer que no comprendía. Entonces sacó con delicadeza de entre su túnica un vaso de cerámica de cuello largo y estrecho con dos asas, de cuerpo redondeado con base terminada en puta. Sellado con corcho y cera derretida. Lo mostró sin ofrecerlo.
-Esta pequeña ánfora, aquella tarde, contenía vino que vacié en mi garganta, luego de detener mi montura bajo el umbral del portón del fuerte al escuchar esa  tenue voz que me pedía volver –Hizo una pausa guardándola de nuevo en un bolsillo oculto-. Siempre la llevaba conmigo entre el cinturón, en aquellos días era un hombre aficionado al vino en exceso. Pero en el momento en que la guardé el corcho con que la taponaba debió caer al piso al virar bruscamente mi caballo, sin que me diera cuenta.
Lo que sigue es fácil de conjeturar. Cuando del costado abierto del Señor brotó agua y sangre, parte del bendito fluido fue a dar dentro del ánfora que llevaba entre el cinturón.
-¡Nunca hubiese imaginado tal cosa! –exclamó Edirpo.
-Escucharás y verás cosas todavía más increíbles, mi querido muchacho –aseveró.
-¿La lanza es aquella que tienes en allá, cierto? –señalé hacia las ruinas del palacio que estaba a pocos pasos a mi espalda.
Afirmó con un leve movimiento de su cabeza mientras dirigía su miraba hacia el fuego. Continuó:
-A partir de ese viernes me llamaron Casio “el de la Lanza”.
Una profunda tristeza lo embargó.
-El pozo es de agua viva porque vertiste en él algunas gotas del sagrado líquido… o… ¿o lo vaciaste todo allí? –La duda me intrigaba.
-El agua y la sangre del costado del Mesías Crucificado es más que sagrada, Marco Trajano. Bastaron unas pocas gotas para que toda el agua de este pozo se transformara en agua viva, en agua milagrosa; en agua que cura y rejuvenece el cuerpo, la mente y hasta el alma.
Eso explicaba mi sanación y la extraordinaria longevidad de nuestro anfitrión Casio, el centurión de la Calavera; pues según mis cálculos a partir de la época de los acontecimientos, debía contar ahora con más de ciento diez años de edad, no obstante su cuerpo y rostro demostraban alrededor de ochenta.
-¿Y por qué lo hiciste? –pregunté.
Él continuaba con la mirada fija en la fogata.
-Por uno de los hijos del Trueno –respondió.
  


VIII

Orar era algo que quería  pero no sabía hacer, Casio “el de la lanza”. Sentía rabia, dolor, odio contra el mundo, contra el imperio, contra el magistrado, contra el comandante, contra los judíos del sanedrín, contra aquellos bárbaros pretorianos,  contra aquel pueblo y hasta contra él mismo. Se preguntaba una y otra vez, mientras se revolcaba en la cama de su alojamiento: ¿Por qué nadie hizo nada para salvarlo? ¿Por qué lo dejaron crucificar si era tan amado y seguido por muchos?... ¿Por qué le clavé esta maldita lanza? La tenía a su lado. Así pasó en vela por tres noches, las más horribles de su vida.
Se encontraba tan desesperado y arrepentido, su mente la carcomía el remordimiento, se sentía el más desgraciado de los hombres y su miserable vida le era tan insoportable que planeó esa madrugada su suicidio. Se levantaría, se alejaría lo que más pudiera de la ciudad y en la soledad del desierto enterraría la misma lanza en posición vertical hasta la mitad apuntando hacia arriba, luego se arrojaría desde su caballo apuntando su pecho hacia ella.
Después de beber una gran cantidad de agua, sin desayunar, bajó a las pesebreras del fuerte y ensilló su otro caballo, uno más joven de color blanco que nada más montaba para pasear en sus días de descanso o en las noches de juerga, pues el otro, el que se había despeñado en el monte de La Calavera era el que utilizaba para las extenuantes jornadas militares, el que supuestamente era menos nervioso y más adiestrado para la batalla.
Salió a todo galope, sin saludar siquiera a los guardias como solía hacerlo todas las mañanas. Avizoró a lo lejos una desértica llanura en la que varias veces había acampado con su centuria de soldados. Espoleó al potro.
Cabalgando ya en medio de aquella llanura, de repente, descubrió sobre su cabeza una enorme nube blanca que se expandía de la nada de forma muy extraña. Estalló un ensordecedor trueno y el caballo, al igual que el anterior, lo derribó de su montura.
Tumbado aún en el suelo escuchó una estentórea voz que le increpó:
-¿POR QUÉ MATASTE A MI HIJO?
Miró hacia el cielo y vio una gigantesca cabeza completamente blanca como la nube, sin barba ni cabellera, que con enfurecida mirada acusadora lo traspasaba. Sintió temor, pensó que moriría ahí.
-¿POR QUÉ MATASTE A MI HIJO? –repitió la estruendosa voz.
Casio contestó:
-¡Perdóname, Señor! ¡No sabía quién era…! ¡Perdóname!
-¡PERDONADO ESTÁS, AHORA PROCLAMA LA VERDAD! –La gran cabeza se transformó en una enceguecedora luz blanca y desapareció al tiempo que otro trueno se escuchó.
Hincado de rodillas contra la tierra para responder se dejó caer de nuevo. Cerró sus ojos a fin de poner su mente en orden, pero se durmió.
Cuando despertó el sol ya estaba más allá de su cenit. Durmió durante más de medio día, afortunadamente unos arbustos lo cubrían con su sombra pues de lo contrario la piel de su cara se habría quemado.  Escuchó un siseo a su lado, volteó la cabeza para hallar a muy pocos pasos a una mediana serpiente negra en posición de ataque, se paralizó vacilando qué hacer, escuchó una ronca voz que parecía salir de ésta que le dijo:
-¡Ssss…! ¡No le hagas caso, mira como dejó matar a su Hijo; sírveme y te haré rico y poderoso! ¡Ssss…!
Casio se levanto de prisa, ya no tenía miedo. Soltando una carcajada, exclamó:
-¡Riquezas y poder! –rió más todavía-. ¡Ah, Riquezas y poder! Antes tal vez me hubieses comprado; pero el Señor como barro en manos del alfarero ha roto mi vida y la hizo de nuevo, he vuelto a nacer y ahora sólo sirvo a un Señor: ¡Al Padre Celestial, el único y verdadero Dios! –dicho esto desenvainó su espada y con un rápido movimiento decapitó a la serpiente.
Cerrando sus ojos aspiró y exhaló con suavidad el aire de la brisa que acariciaba su cara. Se sorprendió sonriendo.
-¡Cuánto hace que no sonreía, nunca me había sentido tan pleno! –Suspiró de nuevo-. Así que para esto he nacido, para ser testigo y dar testimonio de lo que vi y oí aquí en Jerusalén, en le pretorio y en la Calavera, en la más grande batalla librada entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal… –pensó en voz alta-. ¡Con mi ojos aquí en este mundo y con mis oídos en el otro! –agregó, riendo de nuevo.
El caballo estaba pastando a pocos pasos. Le acarició la crin, sentía una paz interior que no podía describir, su mente estaba serena y en silencio. Dios lo había perdonado, es más, se le había aparecido y no en un sueño, estaba seguro de eso. El asunto es que nadie le creería y lo tomarían por loco, así que prometió para sus adentros morderse la lengua antes que compartir con alguien todo esto.
Le impuso marcha lenta al potro de regreso al fuerte, el centurión de la Calavera quería tiempo para reflexionar y dejar que su cuerpo saboreara el éxtasis que circulaba por sus venas.
Ahora veía con claridad que leer a lo largo de su vida tantos libros una y otra vez sin guía ni discernimiento había sido un error, pues algunos de los leídos por él se sobrepusieron a lo razonable, incluso a su propio conocimiento adquirido por la experiencia y observación, en particular aquellos que trataban de ciertas filosofías y religiones. Un libro debe enseñar, instruir o entretener, pero no es un maestro a quien se debe seguir a ciegas o sin razón. Es de tontos esclavizarse por un libro o por las palabras de otro, por sagrado que supuestamente sea. Los libros mal elegidos o mal interpretados pueden llegar a convertirse en una maldición, hacerle creer a un hombre que es más grande de lo que verdaderamente es, llevarlo por caminos equivocados y hasta hacerle perder la razón o el buen juicio. Cuántos hombres se convierten en fanáticos o locos por causa de este error; como los que habían confabulado, así como los que se habían dejado manipular, en contra del Galileo.
Tomó la decisión de no leer más libros, sino de buscar a un maestro, a uno que hubiera sido discípulo del Maestro de maestros, que le pudiera enseñar la Verdad. La que ni siquiera romanos tan cultos y bien educados como Poncio Pilato conocían. Sólo había visto a uno de ellos, el joven que acompañó a las mujeres hasta el lugar de la Calavera, sabía por sus espías que era uno de los hijos de un famoso naviero del lago de Galilea llamado Zebedeo, a quien le decían el Trueno.
Apenas atravesó la puerta principal del fuerte uno de los guardias le preguntó:
-¿Señor, qué ha pasado con su cabello?
-¿Qué dices, hombre? –preguntó, llevándose su mano a la cabeza recordando que en el afán de la mañana había olvidado ponerse el casco reglamentario de centurión.
-¡Toda su cabellera está más blanca que la nieve! ¡Ah, casi lo olvido, el comandante lo busca desde esta mañana!
Subió al despacho de la comandancia. El capitán lo reprendió con desgano por su extraña desaparición, pero el asunto que le preocupaba era muy diferente, así que no exigió explicación.
-¡Sabía que con condenar a muerte al tal Jesús, no calmaría los ánimos sino todo lo contrario! –exclamó descargando sus manos empuñadas sobre la mesa que tenía ante sí. Agregó:- Ahora se ha armado otro embrollo, ayer en la tarde regresaron a donde Pilato los sumos sacerdotes acusando con ofuscación a los seguidores del Galileo que habían ultrajado la tumba de éste saqueando su cadáver, pese a que los guardias del Templo la custodiaban… ¡Se durmieron de seguro y los burlaron! ¿Para qué cuernos quieren su cuerpo?
-¿En cuál sepulcro dicen que depositaron su cuerpo?
-Uno nuevo, en un predio de un tal Arimatea –viendo el capitán que Casio movía la cabeza afirmativamente, inquirió-: ¿Acaso lo conoces?
-Sí, señor. José de Arimatea es un importante miembro del sanedrín. Lo vi llegar con uno de sus sirvientes después de que Jesús murió, con la mortaja y perfumes, ayudaron al hombre joven que acompañaba a las mujeres a bajarlo de la cruz. Nunca olvidaré como la madre se deshizo en lágrimas mientras limpiaba la cabeza de su hijo recostado sobre sus piernas…
-¿Para qué me cuentas eso, hombre? –interrumpió con un ademán.
-¿Qué hizo el procurador ante los reclamos del robo del cuerpo? –indagó el centurión.
-¡Nada, esta harto de esta gente! Me los ha enviado para que los calme, investigue y encuentre el cadáver de este hombre al que parecen odiar más allá de la misma muerte. ¡Todo esto me repugna! ¡No se, quieren tal vez quemarlo o enterrarlo secretamente! ¡Prefiero pelear tres batallas seguidas que lidiar con estos malditos!
-Señor yo también estoy cansado, quiero mi baja, solicito oficialmente mi retiro –dijo Casio, con serenidad.
El comandante levantó las cejas sin ocultar su sorpresa.
-¡Oh, no! ¡Nada más esto me faltaba! Un centurión no abandona a su capitán en medio de la guerra, amigo mío. ¡Por Marte, no me hagas esto! –se le acercó poniéndole la diestra sobre el hombro, mostrándole su afecto.
-En guerra siempre estamos y estaremos –replicó Casio, sin siquiera parpadear.
Leyó el comandante en la firme mirada del centurión que su decisión era irrevocable.
-Bien. Te conozco Casio, se que eres más terco que una mula. Antes de concederte, con honores y una buena retribución, tu merecido retiro del ejército imperial te ordeno que cumplas una última misión.
-¿Qué quieres que haga, señor?
Le explicó largamente en detalle lo que debía hacer, en voz baja para asegurarse de que nadie más lo escuchara.
Se disponía a salir de la comandancia, cuando el capitán señalando hacia su cabeza le inquirió:
-¿Y qué has hecho con tu cabello para que de un día a otro esté encanecido completamente?
Casio levantó los hombros e hizo un gesto dando a entender que ni él mismo lo sabía y se marchó.
  


IX

Que debemos vivir siempre conscientes de que el “Enemigo” plantó el mal y la maldad en medio de nosotros, la Creación de Dios; y que Él, Dios Padre, no quiere destruir su Creación para no devastar nuestro campo de aprendizaje, el mundo en que nos dio vida. Que las espigas de trigo compitan por los nutrientes, por el agua y por la luz del sol contra la mala hierba, así se harán más fuertes, por simple selección natural. En medio del mal nos hacemos más fuertes en el Señor.
A esto se refería Jesús de Nazaret cuando predicó que Dios quiere que su trigal se libere de la mala hierba por sí. Que se pierda la menor cantidad de espigas en la siega.
Nos explicó el anciano centurión Casio “el de la Lanza”, como acotación a la fascinante historia que nos narraba. Ya el fuego se había apagado, estaba muy tarde y la noche era fría.
Pero antes de irnos a dormir, me increpó:
-Dios no tiene una voluntad particular para cada uno, Él quiere armonía porque tiene una voluntad común. Si existiera la predeterminación no habría el libre albedrío. Hay que encontrar el tono particular para entrar en la armonía. Esto debes entenderlo muy bien, Marco Trajano, tu que pregonas que todo está destinado.
-Explícate mejor, maestro –pidió Edirpo, llamándolo por primera vez así.
-No me llames así, que no soy digno de tal título. Entre nosotros Maestro sólo es uno, Jesús de Nazaret –dijo señalando con su dedo índice derecho hacia el cielo mientras sonreía para no amilanar al muchacho. Continuó-: ¿Cuál es tu tono? El tono es tu vocación particular y tus talentos naturales para entrar en la armonía común. ¿Qué es la armonía común? Quien me enseñó esto me dijo: “Dios nos creó con un Fin, ordenado. Lo que no está con el Fin es desordenado. El Fin debe ser el absoluto de tu vida, de nuestra vida, lo demás es relativo. Debemos servirnos de todo lo que nos ayude a alcanzar el Fin y alejarnos de lo que nos lo impida…”
Edirpo me miró como preguntándome si había entendido. Siendo sincero, también debía meditarlo.
-¡Ah, no es fácil entender a Dios! Medítalo esta noche que mañana les contaré más… Lo más difícil de creer –agregó.




X

Una vez tocó a la puerta de aquella casa, la misma mujer, Susana le abrió. Sin mostrarse sorprendida lo invitó a pasar con un leve movimiento de su cabeza, cerrando la puerta apenas entró.
-¡Has visto a Dios, centurión! –dijo ella extendiendo su mano hasta rozar su blanco cabello. Lo reconoció pese a que él no llevaba puesto el uniforme militar ni insignia alguna, sólo la espada camuflada entre su manto. Este gesto entre una judía y un romano puede ser malinterpretado y pone en gran riesgo la buena reputación de la mujer, tomándola como mujer corintia[25], pero ambos hicieron caso omiso de eso.
-¿Sabes algo al respecto? –inquirió mientras se tocaba un mechón de pelo.
-El pelo blanqueado es la marca de Dios para con los hombres que le han visto, como Moisés y Elías –dijo ella, como si fuera algo por todos conocido. Afirmando luego-: ¡Se que lo has visto y se también por qué has venido!
-¿Sí? –preguntó con recelo.
-Así es, al igual que tu, yo también escucho voces del más allá. El Espíritu nos ha concedido el mismo don… El que tal vez no te cause gracia.
El centurión la miró fijamente sin saber qué decir.
-Y no se dónde pueda estar –continuó Susana.
-¿Qué? ¿Quién?
-Pues, que Juan el hijo del Trueno[26] no está aquí ni se en dónde se ha escondido junto con los otros diez. ¿Acaso no es a él a quien buscas, centurión?
Estrepitosamente se abrió la puerta entrando dos hombres jóvenes gritando jubilosos y abrazándola:
-¡RESUCITÓ, HA RESUCITADO! ¡MADRE, JESÚS DE NAZARET HA RESUCITADO!
-He aquí a mis hijos –los presentó sonriendo.
-¿Quién es este hombre? –indagó entrecerrando los ojos el que parecía el mayor.
-Un amigo del Maestro –respondió ella, tranquilizándolo.
-¡Entonces ya sabes que el Rabí ha resucitado y viniste a contarnos la buena nueva, eh! –supuso el menor.
-Lo que se es que su cuerpo ha sido robado de su sepulcro –afirmó Casio, con tristeza.
-¡No, hombre! ¡Él ha resucitado! Entre ayer y hoy se le ha aparecido a María de Magdala, a algunos de los apóstoles y a María su madre… -repuso el menor.
-¿Cómo es posible eso, si yo mismo le abrí el costado? ¡No puede estar vivo!
 La madre finalmente logró calmar a sus iracundos hijos, no era para menos, ¿el centurión romano que clavó la lanza en el costado del Nazareno Crucificado, en su casa?
Partieron los cuatro hacia la casa de otra mujer, de quien dijo Susana era muy cercana a Él, para oír qué les podía decir ella sobre este insistente rumor que circulaba entre sus seguidores.
No dejaba Casio de pensar que en cualquier momento uno de los dos jóvenes, o cualquier otro de los discípulos, pudiera dejarse llevar por la sed de venganza y apuñalearlo.
La casa estaba en las afueras de la ciudad. Caminaron en medio de un pesado ambiente de nerviosismo que se respiraba en Jerusalén. Los soldados apostados a la entrada principal de la ciudad lo reconocieron, pero les hizo un ademán para que no lo saludaran ni se le acercaran.
-¿Quién es la mujer? –indagó mientras se alejaban de las murallas.
-María de Magdala –respondió Susana.
La sencilla casa de la mujer se veía solitaria. Se disponía Susana a tocar a la puerta cuando en el pozo no muy lejos de allí lo vieron, inmaculado, con una túnica nueva de anchas rayas verticales rojas y negras. Les mostró los huecos en sus manos hecho por los clavos, pero no estaban ensangrentados. Quedaron petrificados.
La mujer y los dos muchachos se pusieron de rodillas extendiendo sus brazos hacia El Resucitado, pero ninguno emitía voz alguna. El centurión trató de acercársele, pero Él levantó su diestra indicándole que no debía hacerlo. Comprendió que no era el momento todavía, pues primero debía cruzar el umbral que separa a la vida de la muerte, entonces dejándose caer de rodillas lloró.
Cuando levantó la cabeza había desaparecido.
  


XI

Esa mañana en el aposento del piso superior del antiguo palacio se encontraban desayunando recostados alrededor de un viejo tapete sobre el que había diversas frutas, carne seca de jabalí y pan ácimo.
-¡Miedo! –Exclamó el anciano Casio, ante la curiosidad de Edirpo-. ¿Qué hay más allá de los propios miedos? El miedo a nosotros mismos es por no aceptarnos, el miedo a los demás nos hace disfrazarnos y el miedo a Dios nos paraliza. Es una gran equivocación vivir con temor a Dios, no debe hacerse del miedo un estilo de vida sino entender el miedo como lo que es, un momento vital.
Jesús de Nazaret vino precisamente a eso, a traernos la Verdad, la buena noticia, que el último de los miedos: la muerte, debía ser superado. No hay porqué tener miedo al más allá sino todo lo contrario, una confianza absoluta. ¿Por qué tener miedo al Reino de Jesús?
-¡Ah, que pan tan delicioso! Eres buen panadero –observé, cuando concluyó.
-No lo preparé yo –respondió sin inmutarse. Edirpo y yo nos miramos extrañados, llevábamos varios días allí y no habíamos visto a nadie más. Advirtiendo nuestro asombro, dijo-: ¡No pensarían que soy un ermitaño apartado totalmente de cualquier otro humano, eh!
-¿Qué hay en el más allá? –preguntó Edirpo muy interesado en el tema, posponiendo la cuestión sobre quién trajo aquel  pan.
-Empecemos por el más acá. Este mundo es el espacio para la preparación y crecimiento del alma o del espíritu que mora en cada cuerpo carnal para, luego, el nacimiento definitivo a la vida eterna, que es el más allá. Así como nueve meses de gestación en el vientre de una madre son necesarios para la preparación y maduración del cuerpo humano y así poder nacer en este mundo. Aunque aquí, para unos el tiempo es diferente que para otros. Es por esto, a propósito, que el suicidio es condenado por el Señor. Es como si decidiéramos interrumpir la gestación de un feto en el cuarto mes para obligarlo a nacer anticipadamente, su cuerpo no estaría preparado aún para nacer en este mundo; igual quitarnos la vida. Para renacer en la Verdadera Vida, en el Reino al que Jesús se refería, aquí debemos antes aprender, preparar, madurar o evolucionar nuestro espíritu.
-¿Es en otro cuerpo diferente en el que renaceremos? –volvió a preguntar.
-Es un error creer que los muertos resucitaran con el mismo cuerpo en que vivieron en este mundo. La carne y los huesos aquí se envejecen, se corrompen, se pudren hasta desaparecer, por que lo que es de la tierra a la tierra ha de volver. De polvo es tu cuerpo y en polvo se convertirá, cuando tu alma lo abandone. El Reino de los Cielos no es de sustancia ni materia conocida aquí, por lo tanto nuestro cuerpo resucitado allá es diferente al de aquí.
-¿La vida más allá de la muerte es igual para todos? –pregunté.
-No, por supuesto que no. Así como la vida aquí es diferente para cada uno. El cielo o el infierno empieza aquí, en este mundo; lo que aquí sembramos allá cosecharemos.  La Verdad no es lo que es sino lo que será.
-¿Infierno? –intervino de nuevo el muchacho.
-¿Haz hecho algo de lo que te arrepentiste profundamente?
-Sí, varias veces –respondió-. La primera que recuerdo fue cuando era niño, maté una paloma a garrotazos con un palo sin razón alguna. Mi padre me reprendió por aquel acto tan cruel. Los días siguientes me sentí mal, todavía me arrepiento de eso.
-Digamos que tu consciencia propició tu pequeño infierno, sufriste por un acto que no debiste cometer. Algo así pero en diferente forma y proporción para cada uno será su infierno… O su cielo, que es lo contrario, la cosecha que recogeremos allá por actuar bien aquí, como Jesús de Nazaret nos enseña e insiste.
-Su consciencia le generó sus remordimientos pero porque su padre le enseñó lo que es bueno y lo que es malo –repuse.
-Exacto, porque su padre ya ha crecido y madurado en este mundo aprendiendo la diferencia entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto. Es esto lo que espera Dios de nosotros en este mundo, que aprendamos aquí; siendo precisamente esto parte de la preparación necesaria para poder renacer en la otra vida –dijo el anciano.
-A los malos actos se les denominan pecados –acoté.
-Pecado es lo que hace daño a otros seres, al mundo o a nosotros mismos.  
-Yo también he pecado mucho y en consecuencia he engendrado mis propios remordimientos y sufrimientos, es decir, mi propio infierno. Así mismo aprendí de las enseñanzas del Nazareno que si me arrepentía de corazón y trataba de enmendar el daño ocasionado, nuestro Padre Celestial nos perdonaría. ¡No sabes cuánta verdad hay en esto, Edirpo! El arrepentimiento, la reparación y el verdadero compromiso de portarnos como Él quiere y espera que lo hagamos nos sacan del infierno en el que caemos –agregué.
-¿Cómo un asesino puede enmendar el crimen ya cometido aunque se arrepienta y ser perdonado? –interpeló Edirpo con resentimiento en su voz. No supe qué responder, pero Casio sí:
-Sí puede. Recuerda lo que hablamos sobre el orden del todo, la armonía que Dios quiere en su Creación. Si un tejido se rompe puedes remendarlo con sumo cuidado y paciencia, igual en este caso. El asesino ha roto la armonía, se ha ido en contra de la Voluntad Divina, se arrepiente pero no puede revivir a su víctima, debe entonces ser muy creativo y paciente para remendar el roto hecho al lienzo de Dios, que es el orden común, si es necesario dedicando hasta el resto de su vida, de sus bienes, de sus talentos para servir a los demás,  para proteger y mejorar otras vidas. Haciendo el bien por diez o por cien o por mil para pagar un mal tan grave como ése. Quien arrepentido obra así agradará a Dios y será perdonado.
-Pero yo no podría perdonar al asesino de mi padre aunque se hubiera arrepentido y me pidiera perdón –afirmó Edirpo.
-¡Ah, la falta de perdón hace tanto daño al causante como a sus víctimas y damnificados! El odio, el resentimiento y la sed de venganza sólo se apagan con el perdón, de lo contrario son como venenos que nos bebemos y tarde que temprano terminan por hacernos daño. El perdón es tan necesario para el que lo recibe como para el que lo da de corazón.
-Entonces las cárceles estarían desocupadas…
-No confundas perdón con justicia, muchacho –dijo Casio-. El perdón se otorga pero la justicia de los hombres debe seguir su curso. El asesino puede ser perdonado por la familia de la víctima pero no por eso dejar de sufrir la pena dictada por el juez. El perdón es semilla en abundancia para el día de la cosecha en la otra vida, tanto para el que lo da como para el que lo pide o recibe. Recuerda el ejemplo del Galileo que perdonó a sus acusadores y a nosotros sus asesinos.
-¿Y quien no alcanza a redimir con actos buenos su mal acto o su pecado? –se me ocurrió.
-El tiempo de los hombres no es el de Dios. El pedir perdón de corazón al Padre Celestial justo antes de morir involucra muchas cosas más allá de nuestra comprensión. Jesús al respecto dijo que para los hombres es imposible pero nada lo es para Dios… Esto nos lo enseñó cuando redimió a uno, el que se lo pidió,  de los otros dos condenados que fueron crucificados a su lado. De eso doy testimonio, como lo di ante Juan de Zebedeo, el más joven de sus apóstoles.
De repente escuchamos la voz de una mujer:
-¡Abuelo!
Una bella joven subió por las escalas trayendo algo en sus manos.




XII

Sucedió entonces que Casio el de la Lanza, fue presentado al apóstol Juan por María de Magdala y él lo introdujo en la comunidad de los discípulos de Jesús. Dio testimonio ante ellos de todo lo que había visto y oído en el juicio y crucifixión. A su vez se hizo discípulo del mismo Juan de quien, durante los meses siguientes junto con sus dos hijas pues su mujer había muerto varios años atrás, aprendió todo sobre las enseñanzas y la vida del Resucitado.
La misión que le había encargado el capitán del Fuerte de Antonia, encontrar y confiscar el cadáver del Galileo obviamente no la pudo llevar a cabo. Al principio, cuando le reportó lo de la resurrección, el capitán pensó que todo aquello había sido demasiado para su mejor centurión lo que lo estaba llevando a perder la cordura, así que le permitió el retiro definitivo de la legión con la justa retribución económica. Pero aquél comandante también fue tocado por el Espíritu y a través de su esposa, muy amiga de Claudia Prócula la esposa de Pilato, escuchó las enseñanzas y creyó. Meses después cuando el procónsul fue sustituido se retiró igualmente de la legión.
Casio era amigo del capitán de la Cohorte Itálica apostada en el puerto de Cesarea, llamado Cornelio, a quien visitaba con frecuencia y le transmitió todo lo que aprendió y vio del Nazareno. Así mismo lo introdujo entre los discípulos de los apóstoles. Este buen hombre y su familia, se convertirían en importantes miembros y protectores de la naciente comunidad nazarena de Jerusalén. La protección de romanos importantes como Cornelio o temidos como Casio salvó la vida de muchos durante las persecuciones contra los seguidores que se desataron poco después de la crucifixión; siendo la primera víctima un elocuente joven llamado Esteban, a quien por atreverse a transmitir el Mensaje en la plaza pública fue apedreado hasta morir.
Tiempo después los doce apóstoles decidieron ir por el mundo a compartir el Evangelio, habían nombrado a un tal Matías en reemplazo de Judas el traidor quien no soportando el remordimiento se ahorcó colgándose de un árbol. Doce habían sido elegidos y doce debían cumplir la misión encomendada por Jesús.
Casio el de la Lanza decidió entonces regresar a su patria, pero como su hija mayor ya se había casado con otro legionario y conformado su propia familia, partió hacia la isla de Sicilia acompañado únicamente de su hija menor.
Allí recorrió algunas de las principales ciudades y aldeas, visitando familiares y antiguos amigos, con los que muy discretamente trató de propagar el Mensaje pero tuvo poco éxito. Cansado y viendo que era rechazado entre los suyos por sus extrañas creencias entendió que no era esa su misión, entonces recordó el antiguo palacio abandonado cerca de donde vivió de niño con sus padres, en el que pasaba mucho tiempo jugando, y se estableció allí. Pocos años más tarde otro hombre sí lograría que la semilla del Evangelio germinara en Siracusa, un ciudadano romano llamado Saulo de Tarso, más conocido como Pablo.
La hija menor de Casio algún día se topó con un cazador en el bosque, se enamoraron y muy pronto se casó con él. Vivían en una cabaña a mitad de camino entre el bosque que rodeaba el antiguo palacio y la aldea más próxima.
Un día, años después, escuchó de nuevo la voz que le avisó de la llegada del hijo del Trueno. Acudió a su encuentro.  Descubrió a un envejecido Juan muy enfermo que viajaba desde Éfeso hacia a Roma y una tormenta lo había desviado hasta Sicilia. Lo llevó hasta su escondida morada y lo atendió lo mejor que pudo, pero en vista de que cada día empeoraba y temiendo lo peor, por primera vez destapó aquella pequeña ánfora que contenía el agua y la sangre del costado del Nazareno con el propósito de derramarla sobre el cuerpo del apóstol. Pero él se lo impidió, deteniendo su mano le dijo:
-No malgastes lo que es bendito. Se que todavía no ha llegado mi hora pues es muy larga mi misión. También se que debía llegar hasta ti, para que así como el águila ya madura se renueva desplumándose, arrancándose las garras y tumbándose el pico contra las rocas, yo debo rejuvenecer mi cansado cuerpo en este risco… Pero basta una sola gota de su sangre en un pozo de agua para que se transforme en una fuente de vida, en Agua Viva.
Y así lo hizo.
Juan se sumergió luego en el pozo y emergió como un hombre nuevo, sano y fuerte. Fue él también quien descubrió la gruta oculta, no sobra recordar que como antiguo pescador e hijo de un constructor de barcazas debía ser un excelente nadador.
Tres semanas más tarde continuó su viaje, no sin antes convertir a más de uno en Siracusa. No aceptó la Lanza que Casio le ofreció, no podía un apóstol de Jesús andar por el mundo cargando un arma, menos una lanza de legionario, símbolo del Imperio. Tampoco el ánfora; era el legado del centurión que evitó le rompieran los huesos, además le dijo que Jesús a sus discípulos los había instruido para viajar por el mundo muy ligeros de equipaje…
Juan el apóstol alcanzó una muy avanzada edad, muriendo en el año tercero del emperador Trajano en Éfeso. Según me dijo Casio.
Esta es la historia de aquel centurión que tuvo la bendición de ser elegido por la Divina Providencia como actor del más grande drama de la Humanidad, a quien he tenido el privilegio de conocer.
Pero el ahora viejo de frondosa barba blanca nos tenía guardada una sorpresa más.




XIII

Una vieja lanza de legionario común,  pero con un gran clavo oxidado que atravesaba el asta justo donde se incrustaba en el metal puntiagudo. Lo señalé a modo de interrogación y me respondió:
-Uno de los clavos con que fue crucificado. Con el que clavaron sus pies al taco que le servía de apoyo en el madero. Fue el único que pude recuperar, pues los otros dos se los habían robado los soldados; el hierro es algo valioso y más en aquellos tiempos…
Continuamos comiendo más de aquel delicioso pan que acababa de traer recién horneado la tataranieta: la hija menor del hijo mayor del hijo único de la hija menor del centenario centurión. ¡Y todos estaban aún vivos! Ni siquiera era necesario preguntar cómo podía ser posible. Pero lo más increíble era que nadie más en Sicilia aparte de la longeva familia conocía la misteriosa virtud del pozo de Agua Viva. Tal vez porque dudaban de sus aguas milagrosas, porque él nunca a nadie le explicó la esencia del secreto, ni siquiera a su hija; por lo que me dijo, sus descendientes creían que el agua simplemente tenía propiedades curativas por algún mineral.
El ánfora, o más bien su contenido, era un secreto del que apenas tuvo conocimiento Juan el apóstol y ahora Edirpo y yo. Igual la gruta oculta a la que se llegaba buceando a través del pozo.
-¿Por qué les ocultaste toda la verdad? –pregunté más tarde, cuando su joven tataranieta se marchó acompañada por Edirpo.
-Un secreto deja de serlo cuando más de uno lo sabe.
-¿Y por qué con nosotros lo compartiste?
-Porque a ustedes dos se les confiará una misión, una diferente para cada uno. La hora de la tuya ha llegado, la de Edirpo la sabrá en su momento –me miró a los ojos como si él pudiera ver algo que yo no podía.
-¿Cuál es la mía?
-Escribir todo lo que has visto, oído y vivido que consideres deban conocer los hombres y mujeres de los tiempos venideros. Para esto has nacido, por eso se te ha brindado una muy buena educación y generosas comodidades en esta vida –sentenció.
-¿Ese mandato proviene de ti o…?
-De lo alto –interrumpió mi cuestionamiento señalando con su índice derecho hacia el cielo.
-¿Y la de Edirpo? –curioseé.
-Sólo él la sabrá –afirmó tajantemente. Agregó-: Empieza a escribir ya, que el tiempo tuyo no es el mismo de la Divina Providencia.
No entendí muy bien esto último, pero no me atreví a pedir una explicación. Se levantó y abrió un baúl en el que había varios rollos de papiro, tinta y plumas que me señaló sin decir más. En las que ahora escribo este libro.
Súbitamente, en ese preciso momento, regresó la muchacha corriendo al aposento en el piso superior en el que nos encontrábamos Casio y yo. Balbuceó entre sollozos:
-¡Lo raptaron...! ¡Se lo llevaron… los…unos traficantes de esclavos! Una trampa en el bosque… Una red nos cayó encima, sólo yo pude zafarme y esconderme…
-¿Cuántos hombres?
-Cinco –me respondió.
Salté en busca de mi espada. El viejo centurión mostrando que aún podía moverse rápido hizo lo propio y tomó la bolsa de flechas y el arco. Salimos los tres al rescate.
-¡Necesitaremos de más ayuda! –dijo el anciano mientras corríamos tras la chica y empezó a silbar.
No muchos pasos más adelante nos detuvimos en seco la chica y yo, no podíamos creer lo que veían nuestros ojos: un león, sí, leyeron bien, ¡un león africano estaba sentado ante nosotros con el hocico ensangrentado!
-¡Un león en Sicilia, no puede ser! –exclamé.
La explicación que después me daría a tan insólita fiera que acudió al llamado de ayuda era creíble pero impensable: Hace algunos años un barco que transportaba tigres, leopardos y leones desde África hacia Roma con destino al coliseo naufragó cerca de la costa sur de Sicilia, sólo Dios sabe como uno de los leones fue arrastrado por las olas hasta la playa, tal vez flotó sobre restos del navío. Agonizando lo encontró, al regreso de una de sus excursiones nocturnas de pesca que acostumbraba, el viejo Casio.
Lo más difícil de creer es lo que sigue: Le dio de comer los peces que había pescado y le dio de beber del agua del pozo que llevaba en un odre. El león recuperándose se levantó y decidió seguir a su salvador.  Se hicieron amigos. Acordaron que el león viviría entre lo más espeso del bosque cazando jabalíes, liebres y demás animales silvestres, sin acercarse jamás a los humanos ni a sus viviendas. ¡Lo escribo tal y como me lo narró!
De vez en cuando se hacía acompañar del melenudo gato para asustar a los merodeadores del bosque, en el que habitaba un “brujo que se convertía en león...”  Su truco favorito.
Llegamos hasta el sitio de la trampa, se observaban rastros de lucha, el muchacho no se rindió fácilmente. Aunque me preocupó la sangre que descubrí.
No fue difícil seguirlos, pues no se tomaron la molestia de borrar sus huellas; además el olfato del gran felino que iba a nuestro lado, el que no dejaba de ponerme nervioso, era infalible. Pronto les pisamos los talones.
La chica se quedó atrás por orden de su tatarabuelo. Luego nosotros dos, o mejor dicho tres, los acechamos desde unos árboles.
-¿Cuál es el plan, Capitán? –me preguntó Casio medio en broma.
-Mi favorito, Centurión: Ataque por sorpresa –le hice un guiño indicando su bolsa de flechas.
Hizo gala de excelente arquero: Disparó la primera y ¡zas…! Cayó el primer bandido con la flecha atravesada en el corazón. Luego la segunda se clavó en un ojo de otro, fue horroroso el grito que emitió mientras se desplomaba. Se dejaron venir los otros cuatro piratas con burdas espadas, hachas y lanzas contra nosotros, pues eran seis y no cinco.
Me dispuse a presentar batalla. Apenas iba a realizar el primer movimiento con mi espada cuando desde un árbol por encima de mi cabeza saltó como un rayo el león. Basta con decir que aterrizó clavando sus poderosas garras delanteras contra sendas gargantas… Sólo quedaban dos vivos, quienes horrorizados vacilaron entre huir o enfrentarlo.
El león escuchando de nuevo el silbido corrió ocultándose en la manigua. Miré a Casio que estaba tras de mí con una sonrisa a flor de labios y dijo:
-¡No pensarías que toda la lucha se lo dejaría al león, eh! ¡Me hace falta una buena pelea a muerte para ejercitar estos viejos huesos!
-¿No es esto pecado? –inquirí con un dejo de sarcasmo.
-¿Por salvar al inocente del criminal y en defensa propia? ¡Nunca!
Dicho eso se abalanzó, sin que le viese arma alguna en sus manos, contra uno de los piratas que rabiosamente amenazaba con una lanza. Hice lo mismo contra el otro que tenía una cimitarra persa con la que tomando impulso quiso decapitarme, craso error, pues dejó al descubierto todo su pecho donde mi dura espada entró como cuchillo en el pan…
Vi como el primero terminó traspasado mortalmente con su propia lanza luego de volar proyectado por encima de la fuerte espalda del viejo, un clásico ejercicio de lucha pero con un remate para nada deportivo. Entendí porqué fue un centurión tan temido en su época. ¡Y yo que llegué a preocuparme porque el anciano trabó combate a mano limpia!
Edirpo no estaba por ningún lado. Me angustié.
Buscamos algún rastro y ciertamente lo encontramos, girones de la túnica del muchacho colgaban de uno que otro arbusto guiándonos a una trocha que mostraba pisadas recién hechas.  Las seguimos.
Empezaba a oscurecer.
Al poco rato escuchamos música, nos acercamos hasta descubrir a una hermosa mujer recostada contra un árbol mientras tocaba una lira y a su lado, de pie, un hombre con barba afeitada y vestido al mejor estilo romano, con una costosa túnica y brazalete de oro en su muñeca izquierda, lo que me pareció muy extraño en aquel sitio y circunstancia. Él se acercaba a Edirpo, quien estaba desnudo y maniatado casi colgando de sus brazos de la gruesa rama del árbol, con una de sus piernas sangrando por una herida.
El tipo no cargaba arma alguna en sus manos pero tampoco teníamos claras sus intenciones.
Casio sujetándome de un hombro me detuvo bruscamente y me obligó a agacharme. Acechamos camuflados entre la espesura desde donde creímos que no podrían vernos.
El raro hombre empezó a acariciar a Edirpo de una manera obscena, tocando sus partes más íntimas hasta llegar a sus genitales.
Vi el miedo en el rostro del muchacho.

 El centurión de la Calavera, novela de Abel Carvajal

Apreté la empuñadura de mi espada, antes de saltar, Casio susurró:
-De nada te servirá la espada con…
Pero la ira me ganó y sin dejarle terminar su frase corrí en su auxilio.
-¡Ah, por fin vienes a rescatar de tu mancebo, Marco Trajano! –Gritó el hombre sin mirar en la dirección de donde salí y sin siquiera dejar de manosear al asustado Edirpo.
Al oír mi nombre quedé paralizado.




XIV

Cuando el Hombre aún no poblaba la Tierra, en el principio, hubo guerra en los Cielos:
Uno de los ángeles, el más bello pero también el más vanidoso, se rebeló contra el Padre Celestial, su nombre era Luzbel. A este ángel rebelde, que quería ser absolutamente libre y desobedecer los designios y la jerarquía establecida, lo siguieron un tercio de los ángeles de la Creación.
Otro ángel, llamado Miguel, viendo esto gritó:
-¡QUIÉN CONTRA DIOS!
Y junto con los otros dos tercios de ángeles se lanzó a sofocar la rebelión celestial. Se dio así la gran batalla, la madre de todas las batallas del Universo, miles de legiones de los ángeles de Luzbel contra dos veces más de miles de legiones de los ángeles de Miguel.
Finalmente Miguel y sus ángeles derrotaron a Luzbel y los suyos.
A Miguel se le nombró Arcángel y jefe de toda la milicia celestial.
Se decidió que el castigo para los rebeldes sería la expulsión de los Cielos y de la jerarquía establecida[27]. Esperaba Dios que algún día estos ángeles volvieran bajo su regazo.
Exiliaron pues a Luzbel y a sus seguidores a esta parte del Universo, donde se halla el Sol y la Tierra, convirtiéndose así en el Príncipe de este mundo y cambiando su nombre por el de Lucifer, el ángel caído. A los demás ángeles rebeldes se les llamó demonios.
Cuando el Hombre pobló la Tierra quiso gobernarlo, pero Dios a los hombres les dio como regalo algo único entre todos los seres de la Creación: el libre albedrío. De modo que ni a los ángeles, ni a las Potestades, ni a las Dominaciones, ni a la Corte Celestial ni siquiera a Dios mismo están obligados a obedecer. Así los protegió de Lucifer y su séquito de demonios.
Viendo Lucifer que no podía obligarlos ni someterlos nombró ministro a un demonio llamado Satanás, para que junto con otros demonios tratara siempre de atraer a los hombres hacia él y alejarlos del Padre, valiéndose de toda trampa y artimaña para influenciar sus pensamientos y actos, conociendo así el Hombre la maldad.
A Lucifer los hombres lo llamaron el diablo y a Satanás lo conocieron como el dragón.
Ante tanta maldad y temiendo que el Hombre se perdiera vino entonces a este mundo el Hijo ungido de Dios, el Rey del Universo, encarnándose en Jesús hijo de María y José, para enseñarle la Verdad y como alcanzar el Reino de Dios.
Se dio así otra batalla, una muy diferente, aquí en la Tierra entre el Rey del Universo encarnado y el Príncipe del mundo, por el Hombre. Entre la Luz y la Oscuridad para los hombres.
Ganó la Luz. Aunque el diablo trató primero de corromperlo pero no pudo, creyó entonces que haciendo matar a Jesús hecho hombre él ganaría, pero sucedió todo lo contrario porque Él es el único que está por encima de su propia muerte y más allá del bien y del mal. Mostrando esto a los hombres para que creyeran en Él.
Pero como los hombres gozan de libre albedrío, tienen libertad de escoger si creen en la Verdad y siguen a Dios o no; y aunque escojan esto último el Padre y el Hijo los siguen amando.
Es por esto que hay que velar, pues el diablo, el dragón y sus demonios siguen sembrando la confusión, la discordia y la maldad entre los hombres, sus jueces, sus gobernantes y sus reyes.
Todo esto se lo dijo Juan el apóstol a Casio el de la Lanza.




XV

En ese momento de vacilación, ante aquel depravado que pronunció mi nombre, me adelantó el león caminando lentamente con intención de atacarlo. El extraño sujeto lo miró con furia, brillando de color rojo sus ojos como un par de rubíes, el león se intimidó y huyó. Continuó acariciando a Edirpo, esta vez por el rostro.
Sentí que Casio llegaba hasta mi lado. Exclamé:
-¿Quién es éste que hasta las fieras le temen?
-El “Enemigo” –musitó.
La mujer seguía tocando la lira de un modo poco armónico, ignorándonos por completo.
-¡Ah, tan bajo has caído desde que murió tu tío que te escondes bajo la túnica de un decrépito y patrañero anciano, Marco! –repitió mi nombre como si nos conociéramos de antaño-. No creas sus cuentos del judío crucificado y resucitado, es un viejo loco que delira. ¿Acaso no eres lo suficientemente inteligente y bien educado como para dar por ciertas tantas leyendas? Todo aquello fue una intriga montada por esa banda de galileos para unificar a su favor a los judíos y ponerlos en contra del imperio romano. ¡Ahora, todos ellos están bien muertos y nada pasó! Y tú, como una estúpida oveja te dejas manipular y convencer de escribir esas fábulas; mejor escribe la verdad que yo te digo y así no creerán que te uniste a estos fanáticos... Y puedo hacer que Adriano te nombre gobernador de una rica provincia.
-¿Sí todo fue así, por qué le preocupa tanto lo que yo crea? Generar duda y confusión es una mala estrategia para conmigo –repliqué.
-¿Qué quiere aquí el dragón para atreverse a salir de su mundo de fuego y dejarse ver de estos mortales? –espetó el viejo centurión.
-¡Calla, maldito traidor! Bien hacías lo tuyo hasta que te dejaste embaucar por esa pandilla de galileos –vociferó. Agregó-: Mi asunto aquí era simple, pero esos ineptos que me juraron sus almas no fueron capaces de lograrlo. Ustedes me hicieron un favor dando cuenta de ellos. ¡Ah, desgraciado Casio Abenader, todavía no olvido el dolor que me causaste con tu espada, debería cobrártelo! –se llevó su diestra al cuello de una manera sobreactuada. Sí, esto me acordaba una de aquellas escenas de los dramas que vi junto a Sulamita en el anfiteatro de Roma. Pero aquí todo esto era peligrosamente real. Era la primera vez que escuchaba el nombre completo del centurión, pues por alguna razón nunca me lo había dicho.
-Una serpiente ponzoñosa antes y un rico romano ahora. ¿De cuántas maneras más se disfraza Satanás para merodear entre los hombres y causar confusión? –replicó Casio con desprecio.
Al comienzo tenía dudas de quién pudiera ser este perverso individuo, me resistía a creerlo pero todo encajaba.
Se llevó la mano derecha a la boca y escupiendo sobre ella la pasó por la herida en la pierna de Edirpo. Al quitarla había sanado como si nunca hubiese existido una herida, sólo quedó la sangre en su piel como evidencia.
-¡Toma sano y salvo a tu precioso cachorro, amigo Marco! –dijo cortando de un modo asombroso, con la uña del meñique de la mano izquierda, el lazo del que colgaba maniatado el asustado muchacho. 
Terminando de desatarse corrió hacia nosotros.
La mujer continuaba tocando la lira pero ahora de un modo rápido. La paciencia no es virtud entre los demonios.
-La tarea de esos sarnosos era recuperar lo que me pertenece –continuó diciendo-. Pero los muy idiotas decidieron que también podían raptar a la sobrina de éste y a tu siervo. ¡Querían mis favores pero sin obedecerme! ¡Hombres, nos invocan sin querer dar nada a cambio!
Miré con gesto de interrogación al viejo.
-Quiere la Lanza –farfulló.
-Vamos, dame lo que me corresponde y me iré, no sin antes recompensarlos. Haré de ti un hombre joven y atractivo, para que te ame más tu mancebo o cualquier mujer joven –dijo esto último mostrándome las palmas de sus manos y sonriendo con aire paternal.
-Largo de aquí, Satanás. Nadie hará tratos contigo. Sólo reconocemos a Jesús de Nazaret como nuestro Rey y al Padre Celestial como nuestro Dios, que también es tu Creador –repliqué con firmeza mientras apuntaba mi espada hacia él, lo que lo enardeció de ira.
Se lanzó como un rayo contra mí y atravesándose él mismo la espada en su pecho hasta la empuñadura, me dijo al oído remarcando cada palabra con colérica y aterradora voz:
-¡CREES PODER MATAR AL AMO DEL MUNDO CON EL ACERO FORJADO POR UN MISERABLE HOMBRE!
Dicho esto me agarró por la entrepiernas y me lanzó hacia atrás elevándome por los aires con la fuerza de dos elefantes. Choqué de espaldas contra el tronco de un árbol, pero el dolor más fuerte lo sentí en los testículos. Mi espada había quedado enclavada en su cuerpo, se la desenterró de un tirón hacia adelante y ni siquiera sangró la herida que hubiera matado a cualquier hombre en el acto.
-¡La mayor debilidad de los hombres es su propia mortalidad, y aún así, creen en poder derrotarnos! –vociferó de nuevo mientras miraba la espada.
Edirpo corrió a ayudarme a ponerme de pie, susurró:
-Tengo miedo, mi señor.
La noche en el bosque estaba oscura y silenciosa como pocas, no se veía ni escuchaba una sola ave ni animal nocturno.
En menos de un parpadeo el Maligno estaba tras el muchacho y sujetándolo con fuerza por el pecho puso la espada contra su garganta, diciendo:
-¡Tráeme la Lanza o lo degollaré como a un cervatillo! ¿No querrás ver como sale a borbotones la sangre por su tierno cuello? Se que has visto morir a otros así…
-Ningún demonio puede matar a un hombre, ni siquiera los ángeles pueden –afirmó el anciano.
-¿Eso crees? –rió como un verdadero demonio.
-¡SI SANGRE QUIERES, PUES SANGRE TENDRÁS! –gritó entonces Casio como jamás lo había oído, al tiempo que extraía de entre su túnica la pequeña ánfora. La descorchó de un tirón y aproximándose a Satanás lo amenazó con sorprendente serenidad-: ¿Quieres que te rocíe con la sangre de Jesús de Nazaret, nuestro Señor?
La mujer lanzó un grito espeluznante dejando de tocar la lira para luego partirla con sus manos demostrando una fuerza sobrehumana.
El Maligno dejó caer la espada y soltando a Edirpo se echó para atrás con gran temor en su rostro. Su cuerpo empezó a emanar humo transformándose en una horripilante bestia parecida a un murciélago gigantesco pero con larga cola y una cabezota con hocico de lobo por la que exhalaba fuego… Vi entonces porque lo llamaban el dragón. 
La hermosa mujer se convirtió en la más fea bruja imaginable, chillaba con más estridencia que tres gatas en celo peleando.
Ambos seres del inframundo se desvanecieron en el aire, dejando una estela de humo negro con un inaguantable olor a azufre.
De prisa nos alejándonos de aquel sitio.



XVI

Días después descubrimos con tristeza el cuerpo inerte del león entre la espesura, no supimos bien si falleció por una herida recibida en la lucha o por la mortífera mirada del Maligno. Desapareciendo así el único león que, tal vez, haya vivido en la isla de Sicilia.
Los cadáveres de los piratas los enterramos de inmediato.
Con Agua Viva del pozo rociamos todo el lugar del encuentro, el que todavía olía a azufre, con el fin de bendecirlo, cerrando así las compuertas al inframundo que hubieran podido quedar abiertas.
Viendo que la Lanza era un objeto ahora de codicia, aunque ignorábamos el porqué pues no descubrimos en ella poder alguno, decidimos que lo mejor era esconderla de los hombres. Tal vez era lo que significaba o simbolizaba lo que temían el diablo, su ministro y demás demonios; y si para ellos era así, igual lo sería para los hombres. ¿Cuántos reyes o líderes quisieran poseerla a como diera lugar? Los objetos de por sí no tienen poder alguno son los hombres los que se los atribuyen.
Nadé bajo el agua hasta salir de nuevo a la caverna donde estaba el raro arbusto. Allí encontré un apropiado lugar entre las rocas de la pared donde escondí la Lanza, la pequeña ánfora y una bolsa de cuero con las dos terceras partes de mis riquezas representadas en monedas de oro y plata así como varias piedras preciosas. Luego, me senté a meditar en la roca más grande que sobresalía del agua, de repente tuve una visión: Un hombre gigante sin rostro definido, cubierto desde la cabeza con una saya de colores luminosos, llegó hasta el lugar donde acababa de ocultar aquel tesoro tomando sólo la Lanza y la ánfora, llevándolas después entre sus brazos atravesó las piedras de la pared de la cueva hasta desaparecer. Mientras una paz indescriptible me invadió y una voz me susurró al oído: “Mira el Arcángel del Señor...”
No quise revisar el escondite. Sentí que no debía hacerlo. Me lancé al agua y emergí del pozo. Le conté a Casio lo que vi, sonrió y sin decir una palabra al respecto me invitó a pescar al lago. Nunca más volvimos a hablar sobre aquello, quizá porque pensábamos que habíamos hecho lo correcto para proteger tan sagradas reliquias; ahora quedaban en manos de la Divina Providencia o del destino.
La mayor parte de mis riquezas también las escondí allí por considerarlo un lugar muy seguro. ¿Cuántos imaginan que hay una cueva bajo el pozo y se lanzan a sus aguas a buscar tesoros?
Una extraña melancolía me embargó días después, quizás porque veía que por donde yo iba la muerte rondaba. Comprendí que esa era una constante en mi vida mientras rememoraba todo mi pasado, recapitulé las principales escenas vividas en retrospectiva desde mi llegada a Sicilia hasta mi infancia en la pastoril Hispania. Recordé que mi madre y mis tías decían que nací muriendo, pues el cordón umbilical me ahorcaba, fue mi primera batalla contra la muerte que gané.
Pasaron los días, semanas y meses siguientes entre estas reflexiones, el escribir este libro y las profundas charlas con el anciano, pues queríamos Edirpo y yo exprimir todo el conocimiento que el apóstol Juan le había alcanzado a transmitir al anciano centurión. Bueno, no todo el tiempo, pues disfrutamos junto con su tataranieta y demás miembros de su familia de la caza en el bosque, de la pesca, de nadar y hasta jugar como niños en el lago.
Con la ayuda de Casio le enseñamos a Edirpo a leer, a escribir, a calcular y hasta algunos principios de geometría, materia que siempre me apasionó; de igual modo algo de geografía. Pero lo que más le gustaba al joven siciliano era dibujar, para lo que demostró tener talento, dando cuenta de buena parte del inventario de papiros y tinta que el anciano guardaba en su baúl, dejando apenas lo suficiente para este libro.
También tratamos de entrenarlo en las artes combativas descubriendo que le eran vedadas excepto el tiro con el arco. Se convirtió en un buen cazador, el principal proveedor de carne en nuestra hoguera. No todos los hombres están hechos para la guerra, la naturaleza es sabia, pues qué sería del mundo y de la humanidad si todos fuéramos dotados guerreros ávidos de lucha.
Así pues han transcurrido las cuatro estaciones desde que llegué a esta maravillosa isla. Un tiempo que puedo definir como de aprendizaje, desasimiento y plenitud, irónicamente sin los lujos ni las comodidades a las que había estado acostumbrado. La felicidad no es una suma de momentos eufóricos sino un estado de satisfacción y tranquilidad con lo que se tiene donde se vive.
Hoy al escribir esta página estoy pensando en continuar mi viaje a Cartago, pues ya ha pasado tiempo suficiente para que los esbirros de Atiano hayan dejado de buscarme y el nuevo César Adriano, ya afianzado en su trono, considere que no represento ningún peligro para él. Hasta creerán que sucumbí en la huída al no ser visto por ninguno de sus espías durante un año, o a lo mejor, me estoy dando mucha importancia y hace tiempo se olvidaron de mí.
De todos modos continuaré mi viaje con discreción.



XVII

Indicando con una mano un rollo de pergamino que llevaba en la otra, Casio Abenader me dijo:
-Lo pongo bajo tu custodia.
-¿Qué es?
-“El Libro de la Vida” –fue su única respuesta y me lo entregó.
Sentí mucha curiosidad respecto al título y al contenido, pero lo primero que se me ocurrió preguntar fue:
-¿Quién lo escribió?
-Juan el hijo del Trueno.
Bastaba ese nombre para entender la importancia de aquél pequeño libro. Lo envolví en una manta con sumo cuidado, guardándola dentro de una de las dos alforjas que llevaría como equipaje.
Al momento de escribir estas últimas palabras nos disponemos a partir Edirpo y yo, ya todo está listo. Iremos hasta Agrigento donde nos embarcaremos hacia Cartago.
Me embarga cierta tristeza al dejar a este extraordinario hombre, tal vez nunca más lo vuelva a ver en esta vida o puede que sí. Me llevo sus historias y enseñanzas, muchas más de las que escribí aquí, que más adelante escribiré si la Divina Providencia así lo quiere
Decidí dejar las dos terceras partes de mi riqueza material representada en oro, plata y piedras preciosas allí donde las escondí junto con las dos sagradas reliquias. Me parece muy riesgoso viajar con toda esta fortuna, además con la tercera parte que llevo podemos vivir de manera holgada por diez años más y, si es la Voluntad Divina, pienso regresar antes de tres años a visitar a mi amigo, el centurión de la Calavera.
De todos modos le he dado instrucciones a él y a Edirpo para que, en caso de que mi tiempo en este mundo se acabe, repartan la mitad entre ellos y regalen la otra mitad entre los pobres de la región. No obstante acordamos que el tesoro, como lo llamamos, seria un secreto sólo entre los tres. ¿Si ninguno sobreviviese para disponer de él? Pues quien encuentre este libro ojalá obre con sabiduría, generosidad y sea digno de lo que está allí; sin dejar de advertirle que no olvide que en el Cosmos todas nuestras obras se devuelven multiplicadas, el bien por bien y el mal por mal.
Que venga pues lo que ha de seguir.




XVIII

Oh, que tristes recuerdos me trae el escribir aquí.  Cada vez que he leído este libro he pensado en concluirlo, por fin hoy me atrevo.
Quien esto escribe es Edirpo, nueve años después de nuestra partida hacia Cartago.
Al finalizar la tarde de aquel día, cuando nos aproximábamos al puerto de Agrigento, vimos a una mujer y a cuatro niños en una carreta halada por un asno al borde de un acantilado en inminente peligro. Corrimos en su auxilio pero llegamos tarde, la mujer alcanzó a saltar con dos de los pequeños entre sus brazos, la carreta se desbarrancó con los otros dos.
Mi señor Marco se lanzó al acantilado en su rescate. El mar estaba muy agitado con altas olas que golpeaban los peñascos.
Nadó, se sumergió y logró sacar al primer niño, al que a duras penas pude sujetar entre las mojadas rocas y entregarlo a su madre. Se sumergió de nuevo, vimos como luchando contra las aguas con gran esfuerzo arrancó de las garras de la muerte al segundo infante. Alguna vez lo llamaron hijo de Poseidón y como tal nadó.
A salvo al segundo niño, entre la agradecida mujer y yo sacamos y arrastramos el pesado cuerpo de mi señor, quien con su brazo izquierdo había logrado aferrarse a una roca. Pensamos que estaba demasiado exhausto y golpeado, pero ya en tierra firme descubrimos que agonizaba, tenía su mano derecha agarrada del pecho, sólo alcanzó a musitar:
-¡Padre, perdóname… llévame a tu Reino…!
Me sonrió y murió.
Tal vez aquel esfuerzo fue demasiado para su corazón, pero él no vaciló en ofrecer su vida por la de los niños. Se que volvería a hacerlo.
Llevé su cuerpo de regreso al antiguo palacio, donde el anciano Casio ya me esperaba. Lo quemamos de acuerdo a la tradición romana pero encomendando su alma a nuestro Señor Jesús de Nazaret. Sus cenizas las enterramos en un bello lugar del bosque cerca al lago.
Días después cumplimos su deseo sobre sus bienes materiales. Regalamos la mitad en su nombre a los más pobres de la isla y la otra mitad nos la repartimos. Esperábamos que conociéndose su nombre llegara hasta Roma la noticia de que había muerto en Sicilia. Lo que se logró, pues meses después aparecieron algunos legionarios indagando sobre la veracidad de la noticia. No se si tendría alguna relevancia en la capital del imperio o si fue importante para alguien. Nunca nos habló de su familia ni de sus amigos.
Compré sin dificultad la tierra de mi padre y de mis ancestros, allí construí una nueva casa, en donde vivo y cuido de mis rebaños y cultivos. El usurero que a través del asesinato de mi padre se había apoderado de ellas ya había tenido un terrible final, sobre el que no vale la pena escribir aquí, nada más mencionar que lo mal habido siempre trae desgracias en vez de alegrías.
Durante estos años, además, me he dedicado a leer y estudiar, invirtiendo bastante dinero en la adquisición de libros. Ahora, dispongo de una de las bibliotecas más grandes de Sicilia, la que con gusto comparto con todo hombre o mujer, sea joven o viejo, aquí en un gran salón de mi nueva casa. Hasta he contratado a un bibliotecario para que guíe y custodie los libros, algunos ciertamente valiosos, también para que enseñe a leer a quien no sabe.
En esta biblioteca he guardado y puesto bajo especial cuidado “El Libro de la Vida”, escrito por el apóstol Juan, que Casio me confió. Igualmente aquí se guarda este libro, que mi señor Marco Trajano escribió y que ahora concluyo, junto con los dibujos que hice. Estos dos no están a disposición de los demás lectores, sino en un lugar oculto y seguro. Por ahora no es prudente que se revele el secreto consignado aquí sobre las reliquias sagradas, ni el escrito maravilloso de Juan. Más, teniendo en cuenta que me he convertido en uno de los líderes de la comunidad de nazarenos de Sicilia, la que con tantos enemigos y perseguidores, me obliga a actuar con recelo y prudencia para el bien de todos. Son tiempos difíciles para quienes pregonamos las enseñanzas de Jesús de Nazaret.
De mis hermanos mayores jamás he vuelto a saber, asumo que ya no viven.
Finalmente debo escribir que, un año después del renacimiento en la Otra Vida de mi señor Marco Trajano, murió Casio Abenader, el centurión de la Calavera. Sus descendientes son hoy importantes miembros de nuestra comunidad y su bella tataranieta ahora es mi esposa.
De vez en cuando voy a tomar vigorizantes baños al pozo del deshabitado antiguo palacio, al que aún nadie osa acercarse.




FN





[1] Marco Ulpio Trajano "El Dácico": Nacido en Itálica (España) en el año 53 d.C. cerca de Sevilla. En el año 98 D.C. se convirtió en el primer extranjero que ascendió al trono del Emperador romano. Murió en el año 117 D.C., después de un gobierno progresista de 19 años  que destacó por el saneamiento de la política administrativa imperial y por el impulso dado al comercio y a la agricultura. Construyó numerosas obras de infraestructura como el gran Foro Romano, importantes vías como la Vía Trajana y otras más; así como puentes, puertos y monumentos. Además apoyó el arte y la literatura. No persiguió con inclemencia a los cristianos como sí lo hicieron otros césares, no obstante los consideró fuera de la ley. Se ganó el apodo de “El Dácico” por sus victorias en las dos guerras por la Dacia, que convirtió finalmente en provincia romana en el año 107. Tras su muerte a la edad de 64 años lo sucedió el polémico Adriano.
[2] Latium (en latín). Región cerca a Roma, entre el Tiber y los Montes Albanos, de donde son originarios los latinos.
[3] Publio Elio Adriano: Nació en Roma en el 76 d.C. y murió en Baia en el 138. Procedente de una familia hispana de Itálica (cerca a la actual Sevilla, España) con rango senatorial. Al quedar huérfano a los diez años el niño fue enviado a Roma y Trajano se convirtió en uno de sus tutores. Su amistad con la emperatriz y el matrimonio con Sabina una sobrina de Trajano, sellaron su vínculo. Acompañó a Trajano en la segunda guerra por la Dacia, luego lo nombró gobernador de Panonia Inferior, después cónsul y finalmente gobernador de Siria. Adriano ascendió al trono imperial en extrañas circunstancias, con el apoyo e influencia en el senado de la emperatriz. Se aseguró el apoyo del ejército elevando la paga de los legionarios. Su prefecto del pretorio, Atiano, hizo ejecutar sin juicio a varios de sus adversarios, a quien recompensó encumbrándolo como senador. Su reinado se caracterizó por enfrentamientos con el Senado y constantes viajes. Inició campañas militares en Britania, donde se construyó la famosa muralla con su nombre y enfrentó la segunda gran rebelión de los judíos (132-135), no obstante abandonó las conquistas de Trajano en Oriente y perdió regiones ya romanizadas. Introdujo reformas en el ejército y en la recaudación de impuestos, también promovió grandes obras públicas. Sus colaboradores lo abandonaron al final de su reinado no logrando restaurar la sucesión hereditaria.
[4] Syracuse (en latín), isla de Sicilia.
[5] Brundisium o Brindisium. Uno de los puertos construidos por Trajano.
[6] Croton.
[7] El padre del emperador Marco Ulpio Trajano se casó con una hermana del anciano padre de Adriano, fue comandante de una legión en Judea bajo el reinado de Vespasiano (69 al 79 d.C.), llegó a ser cónsul en Roma y, luego, gobernador de Asia. Su hijo, del mismo nombre, siguió sus pasos  logrando hacerse nombrar cónsul en el año 93… Llegando todavía más alto, al trono de los césares.
[8] Hispania para el año 117, a la muerte del emperador Trajano, se dividía en tres provincias: Tarraconensis, Lusitania y Baetica, en esta última estaba situada Itálica, la ciudad donde nació el mismo Marco Trajano.
[9] Cartago en aquellos días pertenecía a la provincia senatorial romana del África Proconsular.
[10] Agrigentum, ciudad costera al sur de Sicilia.
[11] Bithynia: Antigua provincia romana,  hoy en el noreste de Turquía.
[12] Cuerpo de tropa romana, compuesto de infantería y caballería, que se dividía en diez cohortes cada una con de a seis centurias, para un total de seis mil soldados.
[13] Al emperador Trajano lo antecedió Nerva, a éste Domiciano, a éste Tito, a éste Vespasiano y a éste otros siete emperadores hasta llegar al gran César Augusto, primer emperador de Roma desde el año 27 antes de Cristo. Al magnánimo Trajano (117 d.C.)  lo sucedieron otros 29 emperadores incluidos los tres últimos del Imperio Romano original, hasta en el año 285. Manteniéndose por 312 años continuos el portentoso imperio fundado por César.
[14] Jefe de una centuria romana, compañía de cien hombres del ejército romano.
[15] Pilatus tenía el cargo de procónsul o procurador, no de gobernador como en algunos textos se lee, pues él debía responder al gobernador de Siria, provincia a la que estaba adscrita Judea o Palestina en aquellos días.
[16] Joshua ben Josep, más o menos así se pronunciaba en arameo.
[17] Palestina, la denominaban los romanos.
[18] Facción de judíos rebeldes a Roma, que llegaron a utilizar tácticas guerrilleras en el combate. Se cree que el apóstol Judas Iscariote pertenecía a este grupo.
[19] Consejo supremo de los judíos en que se juzgaban asuntos de religión y hasta de Estado.
[20] Palacio del pretor o del magistrado romano que ejercía jurisdicción en Roma o en las provincias.
[21] Batallón de seis centurias o seiscientos hombres.
[22] Gólgota en hebreo.
[23] Los legionarios romanos ponían fin a la larga agonía de un enemigo mortalmente herido en la batalla clavándole una lanza entre las costillas más próximas al corazón. Aquello se consideraba un acto de compasión.
[24] Se les empezó a llamar cristianos a los seguidores de Jesús de Nazaret solamente a partir del siglo II, en la ciudad de Antioquia (Siria), donde estaba la comunidad más organizada y representativa; antes se les llamaba nazarenos y eran considerados una secta judía.
[25] Las mujeres de Corinto tenían muy mala reputación debido a que su culto a la diosa Afrodita involucraba actos muy libertinos.
[26] “Nombró, pues a los doce: A simón lo llamó Pedro; a Santiago de Zebedeo y a su hermano Juan, a quienes llamó Boanerges -que significa hijos del Trueno-; Andrés y Felipe; Bartolomé (llamado también Natanael) y Mateo; Tomás, Santiago de Alfeo y Tadeo; Simón el cananeo y Judas Iscariote, el que también le traicionó”. (Marcos 3, 16-19)
[27] Coro


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