viernes 6 de enero de 2012

El tiempo de los robles (cuarta entrega)

En primicia editorial, en simultánea con el blog http://territorio64.blogspot.com/ , presentamos a continuación la cuarta entrega del más reciente libro de Abel Carvajal:

El tiempo de los robles




Historias basadas en personajes y acontecimientos reales.



Por: Abel Carvajal


 

Francisco Abel Carvajal Botero, subcampeon nacional de Venezuela peso pesado en levantamiento de pesas. Caracas, entre los años 60s y 70s.



SEGUNDA PARTE

 

HISTORIAS SECRETAS DE ROBLES




A la memoria de mi padre Alfonso Carvajal Botero.

Quien supo gozar de la vida siempre y engañar a la muerte varias veces.



(Capítulos 1 y 2 de la Segunda Parte: HISTORIAS SECRETAS DE ROBLES)



1

 

EL MATUTE


 

Petronio Carvajal Botero y su esposa, Barrancabermeja, años 60s.


 
Introducción fraudulenta de géneros de consumo en una población, es la primera corta definición que se encuentra en un viejo diccionario ilustrado de la lengua española para la palabra matute. Pero para Petronio Carvajal Botero, el hijo menor de don Abel Carvajal Múnera, como para muchos ambiciosos colombianos era la definición más elegante de un lucrativo negocio, con cierto riesgo pero asumible, en aquella transición de los años sesentas a los setentas: Contrabando de whiskys, otros licores, electrodomésticos, cigarros, cigarrillos y otras mercancías muy apreciadas de procedencia norteamericana en su mayoría.


Productos tasados con altos impuestos cuando se les importaba legalmente, algunos en casi condición de monopolio, que se vendían muy caros y en consecuencia ofrecían un alto margen para contrabandearlos. Cosa que no era difícil de lograr a través de la inmensa franja del litoral Caribe que tiene Colombia, mal vigilada en aquellos años, principalmente por la desértica península de la Guajira. Ventaja, vale la pena anotar, que muy pronto fomentaría un negocio ilícito aún más lucrativo: el tráfico de la marihuana, tan demandada en su momento en los Estados Unidos de América… Iniciándose así quizá la maldición que más sangre y lágrimas le ha costado a Colombia, que todavía sufre: el narcotráfico.


A Petronio Carvajal ni a ninguno de sus hermanos les interesó jamás el tráfico de marihuana como tampoco, años después, el de la coca o de la cocaína, pese a que las tentaciones abundaron. Entre la ambición y la codicia hay una singladura que separa moralmente el bien del mal.


Él fue quien tuvo la mayor oportunidad y predisposición a estudiar entre los Carvajal Botero, su hermana Lucila se aseguró de que así fuera. Lo envió a Medellín a estudiar el bachillerato y luego a la academia militar en Bogotá, donde se graduó de subteniente del ejército. Pero poco tiempo vistió el dril militar, pues en medio de una fatal combinación de alcohol y orgullo juvenil, un día de farra, le propinó tremendo puñetazo a un oficial de mayor jerarquía que supuestamente lo ofendió…


De nuevo en la vida civil, muy joven, Petronio decidió buscarse un porvenir junto a sus hermanos y hermanas en Barrancabermeja. Al lado de Alfonso se dedicó también a la compra-venta de ganado vacuno y porcino, mostrando gran capacidad en el negocio. Pues esta particular profesión mercantil exigía una habilidad especial en la época, en que no existían muchas básculas para pesar el ganado, la de calcular a ojo el peso de la res o del cerdo en la finca del ganadero o del criador y en función de ese cálculo comprar el ganado en pie para luego venderlo en el matadero pesado en canal, es decir una vez el animal es sacrificado, sangrado, abierto, sin las tripas y demás despojos. En otras palabras, al ganadero se le debía comprar el animal vivo y al carnicero se le debía vender lo que pesaba únicamente la carne y los huesos. De modo que si se sobrevaloraba el futuro peso en canal esto se traduciría en pérdida para el comerciante o mayorista de ganado al venderlo al carnicero, pero si se acertaba o se compraba subvalorado el peso habría una ganancia. Todo multiplicado por la cantidad de cabezas compradas.


Su habilidad como calculista preciso del peso de los semovientes fue puesta a prueba una tarde en que desembarcaron en el antiguo matadero de Barrancabermeja, junto al Caño Cardales (del Río Magdalena), un enorme cerdo traído desde una finca de Casabe, al otro lado del río. El impresionante marrano cojudo, por lo gigantesco, pronto incitó ese día una apuesta entre los carniceros, comerciantes y matarifes, sobre cuánto pesaba. Un reconocido carnicero organizó el envite, extrajo su ajetreada libreta y anotando en cada renglón el nombre de cada apostador y el peso en arrobas que le calculaba al frente, pronto reunió una atractiva bolsa. Era simple, quien quería apostar le entregaba el estipendio fijado, dictaba su nombre y peso que le calculaba al verraco, esa noche luego de sacrificarlo, lo pesarían antes de sangrarlo y abrirlo, así se sabría el ganador: quien más se hubiera aproximado al peso arrojado por el animal completo, no en canal esta vez.


Petronio llegó al final de la tarde al matadero con unos novillos para la venta, su hermano Alfonso quien había sido testigo de todo el evento desde la llegada del cerdote, se le acercó y le pidió su opinión para entrar en la apuesta a nombre de los dos. -¡Veintidós arrobas y cuarto!-, respondió Petronio. Lo que a Alfonso le pareció demasiado, pero su hermano menor le insistió en que le apostara a ese peso que ese marrano pesaba más de lo que todos creían. Alfonso le hizo caso y se registró con ese peso en la bolsa de la apuesta… Varios de los presentes al escuchar dictar el peso al que apostaba rieron, pues les parecía absurdo tanto peso. “¡Ni que fuera un novillo!”, se burló alguien. Alfonso vacilando miró a Petronio quien con un guiño le dio confianza. Ninguna de las demás apuestas superaba las veinte arrobas.


La bolsa creció a lo largo de toda la tarde hasta minutos antes del sacrificio. Llegaron hasta vecinos que nada tenían que ver con los negocios o actividades diarias del matadero municipal a ver el marranote y muchos cedieron a la tentación de apostar, creciendo aún más la bolsa.


Llegó la hora. Garrotazo en seco sobre la cabeza del animal por el fornido matarife. Privado del conocimiento, no muerto pues luego viene la fatal puñalada bajo la llamada paleta para desangrarlo y luego desollarlo, lo montaron entre seis hombres sobre la báscula, la aguja del reloj dio varias vueltas antes de detenerse temblando en 22 arrobas y media.


¡A Petronio únicamente le había faltado un cuarto de arroba! Ganaron toda la bolsa. Nadie más se había aproximado a ese peso.


Luego de varios años en la compra-venta de ganado ahorró sus buenos pesos y fue cuando Petronio aceptó la invitación, de un amigo y paisano de apellido Villa, de entrar en un negocio de contrabando desde Maicao en la Guajira hasta el puerto petrolero en Santander, donde él vivía y había bastante dinero contante y sonante en los bolsillos de los ejecutivos, trabajadores y contratistas de la empresa petrolera, listos a disfrutar de los placeres que prometían las mercancías de calidad “made in USA” y los licores europeos.


En la pequeña ciudad de Maicao, epicentro del contrabando en Colombia, contrataron y cargaron un camión grande tipo jaula, de toda clase de mercancías que discretamente compraron, o al menos eso creyeron.


Como contrabandistas que se respeten partieron de noche cubriéndose con la cómplice oscuridad. El chofer al volante del camión y a su lado Petronio y Villa, su socio.


Al amanecer, decidieron parar a descansar y desayunar en un pueblucho del Departamento del Cesar. Habían recorrido muchos kilómetros sin ningún contratiempo, ni siquiera se habían topado con otro automotor, mucho menos con retén alguno de la aduana, policía o ejército.


Terminando el desayuno, Petronio decidió ir a la oficina del inspector del corregimiento, amigo suyo y antioqueño igualmente, más que a saludarlo a preguntarle si tenía información de por dónde andaban las patrullas de los alcabaleros ese día, llevándole una botella de whisky como obsequio. La sorpresa fue para Petronio y Villa, el inspector amigo ya sabía del camionado de matute que transportaban y lo peor, las autoridades también, estaban detrás de ellos buscándolos. A pocos kilómetros había establecido un retén la policía junto con los aduaneros exclusivamente para capturarlos y decomisar la mercancía…


-¡Amigos míos, creo que los sapearon! -Concluyó el inspector. Semejante información bien había valido una botella del mejor licor de malta escocés.


Rápidamente subieron al camión y azuzaron al conductor a dar arranque, poniendo pies en polvorosa.


No se dejarían quitar el matute sin presentar lucha. Petronio conocía muy bien casi toda la costa atlántica colombiana gracias a sus correrías de compras de ganado en los últimos años, siendo él mismo muy conocido entre los hacendados, finqueros, administradores, mayordomos y trabajadores de la región.


Se desviaron por una maltrecha carretera rural que atravesaba unas fincas y los alejaba de la carretera principal que iba hacia Aguachica, donde suponían debían tener instalado el retén.


-No se preocupen, yo se por donde nos metemos. ¡Se quedarán esperándonos los malpa…! –Musitó Petronio.


Atravesaron con facilidad los portones de las haciendas, pues aunque algunos estaban cerrados con cadena y candado, los cuidanderos o trabajadores les abrían al reconocer al señor Carvajal y a manera de agradecimiento recibían un paquete de cajetillas de Marlboro o Kent. Condujo hábilmente el camión su chofer por dificultosas trochas dentro de los grandes predios, sin chistar demasiado, confiaba en que sería bien recompensado si no los atrapaban.


Elaborando Petronio un mapa en su cabeza decidió salir hasta la orilla del río Magdalena, para luego bajar hasta el puerto de El Banco y una vez allí improvisaría. Ruta larga y escabrosa que a ningún chirrinche* se le ocurriría que ellos tomarían. Como la gasolina no les alcanzaría para el nuevo trayecto, se aprovisionaron en una hacienda conocida.


Ya en aquella población ribereña del Departamento del Magdalena, por donde muchísimos años antes fondeaba la piragua de Guillermo Cubillos cargada asimismo de matute y a quien le dedicaron la memorable cumbia, se le ocurrió un plan para evadir a sus perseguidores y lograr llevar el contrabando hasta Barrancabermeja.


-¡Bájense de inmediato, que vamos a requisar todo! –Gritó un furibundo sargento, acompañado de otros policías y tres aduaneros. Petronio y el chofer se apearon del camión tranquilamente ofreciendo sus documentos de identidad, pero el uniformado los rechazó de mala gana, indudablemente ya tenían identificados a los escurridizos matuteros, lo que confirmó al preguntar por su socio: -¿Y dónde está Carlos Villa?


-No se, debe andar por Barranca –respondió serenamente, extendiendo las palmas de sus manos queriendo indicar que no entendía por qué le preguntaba por su amigo.


Los había aventado alguien en Maicao con nombres y apellidos. Pero Petronio en ese momento ya iba sólo, junto al conductor, en el camión cargado con diez novillos…


-¿Y dónde tiene escondido el matute? –Volvió a murmurar el suboficial. Luego de la infructuosa búsqueda de sus hombres a lo largo y ancho de la jaula con las reses, por entre la cabina y hasta por encima y debajo del motor.


-¿Cuál matute o es que así llaman ahora al ganado? –Replicó Petronio, poniendo cara de sorprendido ante la acusación-. ¡Por aquí todo el mundo me conoce y saben que compro ganado para venderlo en la plaza de Barranca! –Agregó.


Ante la falta de evidencia, o más bien de mercancía, no tuvo más remedio el sargento que dejarlo ir.


-¿Cómo este hijuep… Carvajal se deshizo de la mercancía? ¡Seguro que el tal Villa la lleva por otro lado! –Alcanzaron a escuchar al sargento vociferar, mientras se alejaban muy sonrientes en el camión.


Habían transcurrido dos días. Descansado, después de descargar los novillos en los corrales de la finca de su hermano Alfonso en Barrancabermeja, el día anterior, se dirigió Petronio al desembarcadero de ganado de la misma finca que daba al río. Observó como el capitán con lenta precisión atracaba el remolcador que empujaba un planchón ganadero contra la orilla, conjunto al que llaman lancha. Al lado de éste, en el puente de mando, veía a su amigo Carlos Villa agitando la mano a modo de saludo. El plan había funcionado.



Ana Cecilia Ochoa, esposa de Petronio Carvajal, en una finca en Antioquia, años 60s.


Sucedió que en el muelle de El Banco, descubrió Petronio al reconocido capitán y propietario de una gran lancha dedicada a transportar ganado, gaseosa, cerveza, cemento y otras cosas por el río Magdalena, a quien a cambio de una moderada parte le propuso esconder el contrabando entre el planchón bajo el ganado que transportaba en el momento. Además lo convenció de que le prestara diez de los novillos que llevaba para cargarlos en el camión y despistar a sus perseguidores. En Barrancabermeja, en la finca de su hermano, una de las pocas que tenía desembarcadero al río, descargarían la mercancía y volverían a cargar en la lancha el ganado prestado para que la embarcación continuara su viaje hasta el destino final, Puerto Berrío. Por supuesto, Carlos Villa viajaría como custodio del matute.


Todo había salido de acuerdo al plan. Coronaron, como se dice en el argot del contrabando. Pero Petronio sabía que ya era “famoso” entre las autoridades, que tenía delator propio en Maicao y que la suerte no siempre le sonreiría, por lo que cada vez se le haría más peligroso contrabandear; así que una vez se repartieron las ganancias le dijo a su amigo que volvería a lo suyo, a negociar ganado. Carlos Villa sí continuó en la profesión por largos años. Siempre fueron grandes amigos.


Petronio Carvajal murió en el 2010 rodeado de su familia en la ciudad de Medellín a los 75 años de edad, luego de padecer un cáncer hepático. Su funeral, en la iglesia de Santa Teresita del tradicional barrio Laureles, fue muy concurrido.


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(*)Chirrinche, cherrinche o chirrinchero: Términos despectivos para referirse al agente de aduana o alcabalero, utilizados en algunas regiones de Colombia, ya hoy en desuso.

 

2

 

UN ROBLE INCORRUPTIBLE

 

Izquiera a derecha: Petronio, Ana Ceciia, desconocido y Alfoso Carvajal (de pie). Feria de ganados de Barrancabermeja, inicios de los años 70s.

 
El hijo menor de don Abel Carvajal Múnera fue Petronio y el hijo mayor fue José, el que muchas historias debió protagonizar pues era hombre rebelde, bohemio y con gran fama de mujeriego; reputación que se patentiza por la cantidad de hijos que procreó desde muy joven. Se le conocieron no menos de nueve hijos, con dos compañeras con las que convivió en Barrancabermeja a donde llegó siendo un adolescente, en busca de fortuna, cuando todavía vivían su padre y sus hermanos en Carolina del Príncipe, a finales de la década del cuarenta.


De José Eusebio Carvajal Botero se puede decir que era un hombre íntegro, tal vez su mayor virtud en todo el sentido de la palabra. Pero a veces la rectitud riñe con la riqueza, como dos amigas que no se hablan, volviéndose una esquiva en aparecer cuando la otra está presente.


José logró conseguir un buen empleo en la Tropical Oil Company, gracias a sus paisanos antioqueños, los que se ayudaban unos a otros en el puerto petrolero, cosa que para nadie era un secreto. De todas formas el personal que provenía del vecino Departamento de Antioquia gozaba de una merecida fama de incansables y dedicados trabajadores, incluso entre los ejecutivos gringos; por lo que en Barrancabermeja se manifestaba una considerable colonia de antioqueños, muchos de ellos llegando a escalar los más altos puestos en la posteriormente nacionalizada empresa petrolera, que recibió el nombre de Ecopetrol (Empresa Colombiana de Petróleos S.A.) y la que aún hoy es de lejos la empresa más grande e importante de Colombia. José Carvajal fue uno de ellos. Antes de terminar la década de los cincuentas, ostentaba el importante cargo de jefe de compras de ganado en la empresa.


¿Para qué una compañía petrolera compra ganado? Siempre ha sido apetecido el ser empleado de Ecopetrol, pues además de los atractivos salarios y bonificaciones que pagan a sus trabajadores y ejecutivos, ofrecen generosas prebendas como los subsidios de educación para sus hijos o como la abundante alimentación digna de un hotel cinco estrellas en las horas laborables a todo su personal. Razón por la cual el jefe de compras de ganado debe asegurarse de comprar suficiente cantidad semanal de ganado, sacrificarlo y abastecer así, con carne de primerísima calidad a las cocinas de los casinos, como son llamados los gigantescos restaurantes donde comen sus miles de empleados. Además en aquellos años, los mismos trabajadores podían mercar todos los alimentos y artículos de consumo familiar para sus casas en un gran supermercado, exclusivo para ellos, llamado El Comisariato; incluida la carne que quisieran, a precios increíblemente baratos, pues eran subsidiados por la empresa.


Privilegios de los que ningún obrero o empleado de otra industria del país gozaba. Una de las razones por la que en un enconado discurso el entonces presidente de la república Carlos Lleras Restrepo, ante una desafiante huelga sindical liderada por los trabajadores afiliados a la USO (Unión Sindical Obrera), los tildara de “…oligarcas de overol”.


José desempeñaba muy bien su papel en el importante cargo ejecutivo, era conocedor del buen ganado desde niño y un exigente comprador. Supervisaba él mismo el sacrificio de las reses así como el posterior proceso de despelleje y corte. No se dejaba apabullar ni por arrogantes ganaderos ni embaucar por voraces comisionistas. Como la empresa era una impecable y puntual pagadora, muchos se peleaban y hacían lo que fuera por ser sus proveedores hasta el punto de ofrecer sobornos o “comisiones” a los diferentes compradores de insumos, materiales, herramientas, maquinaria, automotores y semovientes.

 
Él no fue la excepción a tales ofrecimientos y como hombre honesto que era las rechazaba de plano. Nunca se doblegaba ni se dejaba tentar, por grande que fuera la suma. Consideraba que era su obligación moral para con la compañía y sus trabajadores el adquirir novillos de primera y al mejor precio posible. Ni siquiera le importaba que el vendedor fuera su amigo o paisano, o peor, que se pavoneara amenazante como amigo de alguno de sus jefes.


Así José Carvajal Botero se ganó la fama de incorruptible.


Pero las “quejas” a sus superiores, en especial a su jefe directo, no se hicieron esperar. Las cadenas se parten por el eslabón más corroído. Su ávido jefe, con título de subgerente, esperaba que los jefes de compras y demás compradores de los diversos géneros aceptaran las “comisioncillas” ofrecidas por algunos proveedores para que los privilegiaran al momento de decidir una adquisición; luego, le debían pasar una buena tajada a él, claro está. Algunos así lo hacían, tal vez por temor o por codicia igualmente. Pero otros eran insobornables, como el jefe de compras de ganado.


No tardó el codiciosillo subgerente en insinuarle a José que fuera un poco más “flexible” con ciertos amigos suyos, que estaban dispuestos a recompensarlo si se mostraba favorable a sus intereses a la hora de seleccionar sus lotes de novillos y fijarles un más adecuado precio. Los que, no por casualidad, con frecuencia ofrecían el peor ganado.


Fue un terrible choque para él aunque no lo sorprendió demasiado, pues ya se rumoraba en los pasillos de los chanchullos que el señor subgerente gustaba de liar.


Un poco preocupado José, les comentó lo sucedido a sus más jóvenes hermanos. Dos de ellos, Petronio y Alfonso, sin vacilar lo arengaron a aceptar las “comisiones”, lo que tampoco lo asombró, pues conocía de sobra los principios y una más relajada moral con que se guiaban en sus negocios. No todos los robles son incorruptibles.


-¡Deje de ser huevón, que en ese puesto se puede llenar de plata…! –Trataban ellos de persuadirlo. Pero José se negó una y otra vez tajantemente.


Las insinuaciones del jefe pronto se convirtieron en presiones y más tarde, ante las rotundas negativas, en amenazas de despido.


No tuvo tiempo el honrado José Carvajal en diseñar un plan de defensa, como por ejemplo el de aventar a su corrupto jefe ante los más altos directivos, pues muy pronto le llegó la breve carta de destitución. Así, sin ton ni son.


Pese a su rectitud en el trabajo, era un hombre de contrastes, pues daba buena cuenta de su salario los fines de semana entre las botellas de aguardiente y las camas de los prostíbulos. Lo que posiblemente facilitó la justificación, ante los superiores o el departamento de Relaciones Industriales, de la decisión de despido tomada por su jefe inmediato.


El hijo mayor de don Abel jamás volvería a conseguir empleo en una empresa. Era como si una maldición hubiera caído sobre él. Podría parecer que la vida en vez de premiar su ejemplar actitud lo castigó. Pero más bien se debe pensar es que él no pudo aceptar esta supuesta injusticia Divina decepcionándose de los hombres y de su mundo, hundiéndose en el pesimismo y la fatalidad, sin lamentablemente volver a salir a flote. A muchos les ocurre igual ante algún arrollador golpe que reciben, perdiéndose así potenciales grandes seres humanos. Pero de eso se trata la vida, de sobreponernos ante los repentinos golpes y aprender de ellos, así es que evolucionamos espiritualmente y maduramos mentalmente. La vida es una escuela de sudor, lágrimas y hasta sangre, pues si no fuera así lo más probable es que no asimiláramos las enseñanzas.

 
Curiosamente una historia similar se repetiría muchos años después con otro de sus hermanos menores: Rafael, otro roble incorruptible (hay más de uno en este bosque familiar, afortunadamente); quien ocupaba un discreto pero valioso puesto ejecutivo en otra empresa, una gran productora de fertilizantes asentada igualmente en Barrancabermeja, a la que había dedicado la mayor parte de su vida… Aunque ésa tiene un mejor final, dejémosla aquí.


José Carvajal franqueó grandes dificultades económicas el resto de su vida, a duras penas pudo sostener su numerosa familia. Nunca encontró otra labor que lo satisficiera, pese a que sus hermanos Alfonso y Petronio trataron de involucrarlo en sus negocios con ganado, pero su cada vez más rebelde y problemático temperamento no lo permitió.


En sus últimos años se dedicó a vender frutas en una carretilla de madera, todos los días de la semana de sol a sol, en una esquina de la concurrida calle novena cerca al parque Infantil de la calurosa ciudad petrolera. Murió a los 59 años a causa de una cirrosis, en el Hospital San Rafael de Barrancabermeja, en 1980 si mal no recuerdo.


Lo que sí recuerdo bien es que el suyo fue el primer cadáver que me tocó ayudar a cargar a mano limpia: Yo sujetándolo por los tobillos y mi fornido tío Francisco por los hombros, lo pasamos de la cama en que falleció a la camilla que trajo un enclenque conductor del carro de la funeraria, el que llegó sin ayudante y el hospital no contaba con enfermeros para esos menesteres o nunca aparecieron.



Francisco Abel Carvajal Botero, cuando practicó fútbol en Venezuela, años 60s.

 

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(Espere en la próxima entrega otros dos de los más increíbles capítulos de esta Segunda Parte: HISTORIA SECRETAS DE ROBLES)

 


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sábado 10 de diciembre de 2011

El tiempo de los robles (tercera entrega)

En primicia editorial y en simultánea con el blog http://territorio64.blogspot.com/ , presentamos a continuación la tercera entrega del nuevo libro de Abel Carvajal:

El tiempo de los robles


Historias basadas en personajes y acontecimientos reales.


Alfonso Carvajal Botero, Barrancabermeja, a principios de los años 70´s.


(Capítulos 7 y 8 de la segunda parte: HISTORIAS DE ROBLES)


Por: Abel Carvajal





7

EL ENCENDEDOR

En los azarosos 50´s ya habían arribado José y Francisco Carvajal Botero a la progresista ciudad de Barrancabermeja, en el Departamento de Santander. No tardó en llegar asimismo su hermano Alfonso, quien se apareció nada más que con unos aperos y una silla de montar en la mano, pues la yegua con la que había partido desde Carolina la había perdido a mitad del camino en una mala apuesta de una riña de gallos en Puerto Berrío (Antioquia).

Pronto entró a trabajar como medidor de los tanques de almacenamiento de crudo y productos refinados en la Tropical Oil Company, mejor conocida como la Troco.  Empleo que no supo conservar por causa de su rebelde espíritu: Una tarde él, camuflado entre los tanques a los que periódicamente debía medirles el nivel del líquido, disfrutaba de una breve siesta en horas de trabajo, pese a considerarse juicioso en su tarea.  Sin advertirlo se le apareció el jefe, un  fornido gringo muy impetuoso que para despertarlo y ponerlo en evidencia se le ocurrió, a mala hora, agarrarlo por el cabello y derribarlo, reclamándole a gritos su irresponsabilidad. Alfonso Carvajal, hombre de pacíficos modales excepto cuando se sentía violentado, extrajo de su bolsillo una afilada navaja barbera, implemento infaltable de los antioqueños y con la agilidad de un gato rayó con la cuchilla de lado a lado la pronunciada barriga del supervisor norteamericano.

Afortunadamente para ambos no fue una herida muy profunda, pero hubo la suficiente sangre para que el abusador gringo, huyera despavorido y jamás volviera a comportarse como el típico colono imperial con el esclavo; según se decía entre los obreros de la refinería luego del difundido acontecimiento.

Para Carvajal el precio de su osadía contra el Mister fue el despido tajante. Lo que a la larga se convirtió en un favor para él, pues en su tiempo libre se dedicaba a la compra-venta de cerdos y reses con destino al matadero, negocio que le resultaba muy lucrativo. Los cambios aunque parezcan adversidades en un principio al final terminan siendo favores de la Vida.  Se dedicó entonces de tiempo completo, como negociante independiente, al comercio de animales y carne.

Pronto compró una finca en sociedad con un paisano suyo, de apellido Sevillano, que les sirvió de base para el lucrativo comercio. La que vendieron a los pocos años ante una irrechazable oferta. La mitad del cuantioso dinero que le correspondió por la venta, le escuché decir muchos años después con una mezcla de orgullo y desprecio por el dinero, se la gastó en una semana en tragos y putas… “A este mundo venimos en pelota y nos vamos igual”, era una de sus frases favoritas.

Sevillano trabajó hasta su jubilación en la industria petrolera, mientras su ex socio Carvajal asumió como profesión para el resto de su vida la comercialización de ganado y carne. Más tarde reuniría de nuevo capital suficiente para comprarse él sólo otra finca, una muy buena, a orillas del río Magdalena con un exclusivo desembarcadero de ganado, muy adecuada para su negocio y para mantener sus caballos de paso fino, su más grande afición. Si bien continuó siendo un asiduo concurrente de burdeles, nunca volvió a gastar tan desaforada suma en ellos.

Sus negocios con el ganado fueron creciendo a través del tiempo, llegando a convertirse en el mayor proveedor de carne en canal de las plazas de mercado Central y Torcoroma de Barrancabermeja. Por su finca La Esperancita, gracias al exclusivo embarcadero río-tierra, pasó buena parte del ganado que Colombia exportó desde la costa Caribe a Venezuela en los 70´s durante el gobierno del sagaz presidente Alfonso López Michelsen, su más admirado tocayo y Liberal como él. Del que citaba una frase que le escuchó en una cena en la ciudad de Cúcuta con los ganaderos y representantes del gobierno venezolanos: “Los negocios se hacen es con los ricos no con los pobres…”

Fue con un rico ganadero de San Pablo, al sur del Departamento de Bolívar, al que le compraba ganado con frecuencia, que vivió una inolvidable anécdota a finales de aquellos fructíferos años 70´s:

El ganadero, un costeño campechano  muy adinerado pero poco conocedor de las modernidades del mundo tal vez debido a una vida demasiada dedicada al trabajo, poco estudio y excesivo aislamiento en el campo, se vio obligado a embarcarse un día río arriba desde San Pablo hasta Barranca, donde vivía Alfonso Carvajal, para que le pagara un ganado que le había vendido días atrás, tal y como lo acordaron.

En aquellos días las fáciles transacciones bancarias como las conocemos hoy no existían allá. Hasta recuerdo las veces que en sus viajes de negocios por el río, y siendo quien esto escribe un niño todavía, le cargaba a él, mi padre, una sucia mochila de fique con el hierro y la tinta para marcar el ganado, en la que ocultaba en su fondo fardos de billetes para pagarles en efectivo a los ganaderos y finqueros. Él, muy astutamente creía que a ningún bandido se le ocurriría pensar que a un niño se le confiaría tanto dinero contante y sonante;  tuvo razón, jamás sufrimos de ningún atraco o robo, pese a que nos paraban de vez en cuando en algunos retenes el ejército o la policía y hasta la guerrilla. ¡Una cochina mochila con hierro y tinta de marcar que manchaba la ropa de lo lindo, quién la quería tocar!

Pues bien, el finquero fue recibido por mi padre en el puerto y en su campero Nissan 4x4, que tenía en aquellos días (en el que aprendimos mis hermanos y yo a conducir), lo llevó hasta nuestra casa donde le pagó en efectivo la compra del ganado, pues el rico campesino ni cuenta bancaria tenía. Luego, para agasajarlo lo invitó  a almorzar y a conocer La Esperancita,  la finca donde pastaba el ganado comprado mientras lo enviaba al matadero, así como sus caballos que tanto lo enorgullecían.

Durante la excursión el hombre no ocultó su admiración por el moderno Nissan, que ciertamente estaba casi nuevo, de los pocos que circulaban las calles Barranqueñas.

En algún momento de la travesía, mientras mi padre al volante del campero le conversaba, el campesino sacó un tabaco (cigarro rústico) de su mochila de fique. Buscó fallidamente la cajetilla de fósforos o cerillos en la misma, luego en los bolsillos de su camisa y después en los de su pantalón… no la encontraba. Mi padre advirtiendo su necesidad y con el ánimo de impresionarlo con la innovación tecnológica, le dijo que no precisaba de fósforos,  ya que el carro traía encendedor. Se lo mostró, lo obturó, un minuto después se disparó, lo desenchufó y se lo entregó, el finquero lo recibió con cierto resquemor pero encendió su tabaco, expulsó una bocanada de humo y… ¡arrojó el encendedor por la ventanilla!

Demoraron más de quince minutos hasta que hallaron al borde de la carretera el tal accesorio metálico de los vehículos modernos  para fumadores. ¡Qué no es desechable!

Para Alfonso Carvajal Botero, el lapso de tiempo que abarcó desde finales de los años 50´s hasta la mitad de los 80´s, fue su época dorada. Pero la rueda de la vida da muchas vueltas, se dice, aún más para quienes vivimos en un país como Colombia en la que parece girar más rápida, como veremos a continuación:


8

UNA LENGUA LEGENDARIA


Para Alfonso Carvajal Botero, la afición por los caballos de paso terminó obligadamente con el ingreso del dinero de los narcotraficantes a este negocio, cuando comenzaban los convulsionados 80´s. Los precios de los más finos equinos alcanzaron cifras exorbitantes, alejando a buena parte de los antiguos criadores. Como alguna vez se lamentó: “Los mafiosos se tiraron este deporte”, (y corrompieron muchas cosas más del sencillo estilo de vida y moral de los colombianos).
   
Pero una desgracia mayor cayó sobre el país. A partir de los 60´s, inspirados en el triunfo de la revolución cubana, justificándose en las desigualdades sociales y aprovechando la compleja geografía, surgieron en Colombia los movimientos guerrilleros. Conformados mayoritariamente por campesinos, quienes adoctrinados por sus comandantes, varios con formación universitaria, adoptaron ideologías foráneas provenientes de Cuba, de la Unión Soviética y de la China maoísta. Los que para financiarse optaron por la extorsión y el secuestro, principalmente a ganaderos y empresarios del sector rural, en las zonas donde en un comienzo se movilizaban.

Pronto descubrieron la mina de oro en que estaban sentados con sus fusiles, extendiendo su negocio a todo el país. El secuestro se convirtió en una industria maldita, la que a su vez les significó su perdición, pues perdieron todo el apoyo popular para su causa y todavía más cuando desarrollaron su segunda línea de negocios: el narcotráfico. Se condenaron a sí mismos, odiados y temidos por su propio pueblo, al que pretendían defender.

Una de las primeras víctimas de este monstruoso crimen fue don Eugenio Mesa Carvajal, hijo de Graciela Carvajal, la primera hija de don Abel Carvajal Múnera. Él, un próspero ganadero y comerciante afincado en Puerto Berrío (Antioquia), fue violentamente secuestrado por el autodenominado ELN. Eligió como negociador a su tío Alfonso Carvajal Botero… Pero por ahora dejemos aquí, pues esa es otra historia, secreta todavía. Así como la del secuestro de su mejor amigo años después por las temibles FARC.

Pero Alfonso Carvajal tampoco se salvaría de ser víctima.

Antes de concluir esta tenebrosa década de los 80´s, un día en horas de la madrugada mientras conducía en aquel entonces su campero Toyota 4x4, por la carretera que conduce de Barrancabermeja al corregimiento de Yarima (Santander), viajando solo, con destino a una hacienda donde pensaba comprar un ganado, intempestivamente debió frenar por un tronco de árbol caído atravesado en el camino, tras el que descubrió a varios hombres vestidos de camuflaje, de mal aspecto calzando botas de caucho y armados con fusiles. Apareciendo luego más tropa a ambos lados de la carretera.

De inmediato supo quiénes eran y de qué se trataba el asunto. No había manera de retroceder el carro o escapar corriendo, las probabilidades de éxito eran contrarias a tal evento. Aunque algunas veces cargaba su viejo revólver Smith & Wesson calibre 32, no era tan estúpido como para enfrentarse a tiros contra una veintena de guerrilleros armados con poderosos fusiles soviéticos AK-47 y similares. Así que decidió recurrir a su mejor arma, una con la que la naturaleza le había dotado: su lengua.

Lo obligaron a apearse del automotor. Él pacífica y cordialmente accedió.

El comandante guerrillero le preguntó si él era Alfonso Carvajal, a lo que respondió que ciertamente así se llamaba, pero no creía que él fuese el mismo al que ellos buscaban…

Levantando las cejas el dudoso comandante le exigió que se explicara.

Le replicó que él sí se llamaba Alfonso Carvajal, que era un empleado del Fondo Ganadero de Santander, que venía de Bucaramanga y que se encontraba de visita en la región para revisar unos ganados de la entidad, pero que él no era el viejo rico de Barranca que igualmente se llamaba Alfonso Carvajal para su infortunio, al que también conocía y que seguramente era al que buscaban…

Para fundamentar su historia les mostró un supuesto carnet que tenía su foto y su nombre que lo acreditaba como empleado de la entidad. La que realmente era una escarapela que había usado como invitado a la última asamblea de ganaderos del Fondo. 

Jugándosela a confundir a su interlocutor. Agregó, poniendo cara de cansancio, para acabar de convencerlo:

-¿No creerá usted que un rico ganadero como ese señor Carvajal andaría solitario por aquí a estas horas? Esta hijuep… madrugadera solo nos toca a nosotros los de la sufrida clase proletaria.

Ante la aparición de la duda y el desconcierto en los rostros de los bandidos, él, para ganarse su simpatía les propuso con una inocente sonrisa: -Muchachos, qué tal si mejor desayunamos, porque yo tengo hambre y ustedes me imagino que también, ¿cierto?

Abrió la puerta del campero y les mostró las cinco libras de solomo y el paquete de arepas que llevaba para obsequiar en la finca a la que se dirigía; tal y como acostumbraba, que le servía de doble propósito: de desayuno y como táctica negociadora para ablandar al vendedor, pues siempre se aparecía con esta clase de obsequios a los finqueros.

Por supuesto que el jefe de la cuadrilla no aceptó prender una fogata y azar carne, pero sí se la llevó como regalo junto con las arepas. ¡Lamentando mucho la equivocación, le ofreció disculpas a nombre de las FARC a este Alfonso Carvajal que no podía ser el viejo rico que buscaban! Le aconsejó además que en vez de continuar el camino e ir a revisar los ganados del Fondo se devolviera. Recomendación que acató sin discusión dando marcha atrás.

Su legendaria lengua o poder de persuasión lo había salvado.

No pasó mucho tiempo antes de que la misma guerrilla descubriera el engaño y la burla hecha a la “Causa” por Alfonso Carvajal, al menos así decretaba parte de la orden escrita en la que le pusieron precio a su cabeza, copia que meses después caería en manos de las autoridades. Por lo que el Coronel de la policía lo llamó y le rogó que se marchara de la ciudad, pues no podrían protegerlo.

Esa misma semana, una noche, contrató en secreto una chalupa y se marchó para siempre de su amada tierra adoptiva, tal y como había llegado casi 40 años atrás, sin equipaje.

Sus hijos y su esposa por diferentes motivos, años antes, se habían ido de Barrancabermeja. Pero esa precipitada y forzada salida, que entre otras cosas lo obligó a mal vender la finca La Esperancita, marcó el inicio de su ruina moral y económica.

Podría narrar más aventuras que él vivió, como cuando ayudó a fugarse de una cárcel a un amigo suyo en los 70´s, o cuando recibió una puñalada trapera que casi lo mata por un carnicero drogado en una plaza de mercado, o cuando salvó a un moribundo perro de fina raza traído de Estados Unidos por unos indolentes traficantes de cocaína, o cuando él se salvó de un mortal atentado en una trampa que le tendieron, o cuando lo atropelló un bus  elevándolo por los aires y más historias del más duro roble que he conocido. Pero las relataré en otra parte.

Mi extraordinario padre Alfonso Carvajal Botero murió en Medellín la mañana del 10 de diciembre de 1999, de una sorpresiva falla cardiorrespiratoria, en su cama estando dormido y embriagado, había bebido demasiado aguardiente la noche anterior. ¡Tal vez ni cuenta se dio del instante en que abandonó este mundo!

“Morirá en su ley”,  había sentenciado varios años atrás su hermana mayor y se cumplió.

Sus cenizas fueron esparcidas en el río Magdalena.

Murió con el siglo en el que nació y vivió. Centuria dramática y difícil para Colombia, tiempo y lugar del mundo en el que surgieron muchos hombres y muchísimas mujeres, fuertes y tenaces, como aquellos árboles cuya madera es muy dura y resistente. El siglo XX, el tiempo de los robles*.

Fin de la primera parte: HISTORIAS DE ROBLES*, (19 de mayo de 2009).

©2009, crónicas por Abel Carvajal bajo el título original de “Historias de robles”.  



"Llueve sobre Medellín". Foto por Abel Carvajal

 (*) Nota del autor

El apellido Carvajal es de origen leonés, del siglo X y significa "lugar o bosque de carvajos", procedente de la palabra "carvajo" que significa roble. También en portugués tiene significado similar. En América no está claro quiénes eran los primeros Carvajal que llegaron. Seguramente no procedían de un alto linaje sino más bien todo lo contrario, como la gran mayoría de conquistadores y colonizadores ibéricos de aquellos oscuros tiempos. Sin embargo, no puedo dejar de observar que buena parte de los hombres y mujeres que he conocido y de los que he escuchado, dentro y fuera de mi familia portadores del apellido Carvajal, le hacen honor al significado figurativo del roble: persona muy fuerte y resistente, en todos los aspectos.

Varios de estos robles, muy cercanos familiarmente a quien les escribe, fallecidos ya, protagonizaron las historias inspiradas en acontecimientos reales que me relataron o que conocí de la fuente primaria, los que escribo aquí tratando de estar muy apegado a esos hechos; aunque a decir verdad no faltaron los adornos y fantasías estilísticas propias de una amena narración. Sucesos que tal vez rayaron con lo ilegal o lo inmoral, pero no es asunto del escritor o del lector el juzgar. Conservé los nombres de pila originales de los protagonistas así como los de algunos personajes que aparecen, pero cambié los nombres de otros más para evitar agravios o susceptibilidades.

Estos Carvajal aparte de la sangre y el apellido, tenían en común el que eran antioqueños, es decir nacidos en la emérita Provincia, Estado y ahora Departamento de Antioquia en la  República de Colombia. Todas estas historias transcurrieron en el agitado siglo XX, en determinados pueblos y ciudades de los hermanos países  Colombia y Venezuela, pues otra característica propia de los antioqueños es el de emigrar con facilidad en busca de fortuna o de una mejor vida.

Desde hace varios años quienes escucharon o conocieron algunas de estas historias han pedido que se escriban. Dudé en redactarlas por mucho tiempo, debido a diferentes motivos o supuestas justificaciones, hasta que entendí que era parte de mi inexorable destino y aquí están.  Además todo aquel que ha sido conocedor o testigo de la Historia creo que tiene la obligación de registrarla, porque es cierto que el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.

Primero seleccioné las que consideré más atractivas y verosímiles para una masa de desconocidos lectores en la Internet, que en estilo de historias cortas o crónicas publiqué bajo el título “HISTORIAS DE ROBLES” (©2009, Abel Carvajal). Consignadas de nuevo en esta primera parte del libro pero ahora en versión revisada, corregida y adaptada. Me guardé, en ese momento, muchas historias más que calificaba de secretas o de no publicables…

Escribí estas narraciones no tanto para guardar la memoria de los personajes, del apellido o de una familia, lo que de por sí solamente sería válido, sino para que las próximas generaciones de habitantes de este mundo tengan una idea de cómo pensaban, actuaban y vivían muchos de los colombianos del siglo XX. Para que se conozca y se comprenda mejor la historia de este sorprendente país y a su asombrosa gente. Para que los colombianos (y todos los iberoamericanos) del  presente y del futuro encuentren el lugar que les corresponde al tener vigente nuestros orígenes, los que a veces parecen no importarnos. Para que respeten su pasado honrando a sus ancestros, sus tradiciones y sus costumbres. Para que se cuestionen las culturas importadas y prácticas foráneas, algunas más perniciosas de lo que creemos, aunque vengan en nombre de un  equivocado concepto de Globalización o peor, en nombre de un supuesto mundo dizque más avanzado.

A continuación escribo las demás historias que conservo en mi memoria, las no publicadas y las merecedoras de relatar. Con la entrada a escena de otros dos robles.  Algunas de las historias secretas, debo advertir, pueden parecer increíbles al lector o producto de la fantasía del escritor, pero ciertamente ocurrieron…  más o menos así:


(En la próxima entrega: Capítulos 1 y 2 de la segunda parte: HISTORIAS SECRETAS DE ROBLES... ¡Espérela en enero del 2012!)


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jueves 24 de noviembre de 2011

El tiempo de los robles (segunda entrega)

En exclusiva editorial, como primicia para los amables lectores de este blog (en simultánea con el blog http://librosdeabelcarvajal.blogspot.com/ ), a continuación la segunda entrega del nuevo libro de Abel Carvajal:




 
El tiempo de los robles

Relatos inspirados en hechos y personajes reales


Alfonso Carvajal Botero con su hijo primogénito (el autor), Barrancabermeja, 1964.



(Capítulos 4, 5 y 6 de la Primera Parte: Historias de robles)

 
Por: Abel Carvajal



4

UNA NOVIA PARA TRES


 
Antes de empezar la década de los 50’s Colombia entró en uno de los períodos más violentos de su historia: Se desató una cruenta y larga pelea por el poder entre los dos partidos políticos tradicionales, el Liberal y el Conservador, que trajo como consecuencia múltiples crímenes y asesinatos como el del popular candidato liberal a la presidencia de la República el abogado Jorge Eliécer Gaitán. Se conformaron grupos paramilitares partidistas como “la Chulavita” (conservadores), y nacieron los grupos guerrilleros como las “Autodefensas Campesinas” (liberales). Esta época de terror se conoce simplemente como “la Violencia”, que duró hasta bien entrada la década de los 60’s.

Durante la Violencia, la orgía de sangre enloqueció a millares de colombianos, facilitándose una siniestra creatividad que cómodamente superaba a la de los más temibles criminales de la humanidad. No bastaba con matar al enemigo sino además torturarlo en el acto mismo y exhibirlo como trofeo.  Algunos seccionaban la garganta de su contrario y le extraían la lengua por el corte dejándola colgada sobre el pecho del cadáver, cruel método que se llegó a conocer internacionalmente como “la corbata colombiana”. Distinto procedimiento pero también practicado con reiteración, era cercenar el pene del rival e introducírselo en su agonizante boca. Otro, con una variante no menos psicopatológica, era que en vez del pene cortaban sus testículos…  Podría citar más horrendos casos, pero ya es suficiente ilustración.

Las endebles fuerzas militares y policiales de aquellos días, reflejo de también débiles y corruptos gobiernos de turno, poco podían hacer. Cuando no gobierna un soberano fuerte y enérgico, aparecen los feudos dominados por poderosos señores, malvados la mayoría; ésta siempre ha sido la repetida lección de toda la historia humana.

Fue en los inicios de esta escabrosa década en que falleció don Abel Carvajal Múnera. A los pocos años emigraron sus hijos mayores a Barrancabermeja, el pujante puerto petrolero sobre el río Magdalena en el Departamento de Santander, en busca de fortuna y una nueva vida. Uno de ellos, Francisco Abel Carvajal Botero, a quien llamaban Pacho, fue de los primeros en arribar a la naciente ciudad de las tres “P”, por lo de Petróleo, Plata (dinero) y Putas. En donde una gran colonia de antioqueños se había afincado, empleándose casi todos en los campos petroleros o en la refinería de la Tropical Oil Company o convirtiéndose en proveedores de mercancías o servicios para esta gran empresa o para sus trabajadores.

El joven Francisco Carvajal se había empleado como mecánico automotriz, una de sus dos pasiones,  pero la segunda lo metería en problemas. Tenía una insistida afición por las mujeres, en especial por las dedicadas al llamado oficio más antiguo del mundo, lo que por poco le cuesta la vida en aquellos peligrosos días:

En una de sus frecuentes visitas al prostíbulo de moda del caluroso puerto, no pudo evitar fijarse en la más agraciada de las damiselas, una voluptuosa antioqueña, paisana suya. Como era hombre  físicamente muy atractivo, no le fue difícil atraerla a su mesa. Rato después, de tomar un par de cervezas muy conversadas, se le hizo impostergable la rigurosa visita al orinal.

Justo al tiempo entra un cabo de la Infantería de Marina, que va y se sienta con la que consideraba su novia, la misma mujer que esperaba a Francisco. No llevaban demasiado  tiempo los dos acaramelados con sus jugueteos, risas y abrazos, cuando de repente irrumpe en el bar del burdel un sargento de la Chulavita, quien al descubrirlos enceguecido de celos se arrojó ferozmente contra el joven suboficial de la Armada, pues la no casta meretriz era supuestamente (por él) también su novia. Lucharon tal cual película del Oeste americano rodando por entre mesas, botellas, clientes y damas gritando, pero aquel marino era un moreno alto y bien fornido. El chulavita, un mestizo proveniente del altiplano cundiboyacense (centro de Colombia), siendo muy bravo pero bajo de estatura, pronto se sintió en desventaja y decidió inclinar suciamente la balanza a su favor desenfundando una bayoneta que llevaba al cinto. El marino sólo alcanzó a agarrar la mortal arma por la hoja doblemente filosa con su mano izquierda. El agresor haló ésta cortando la carne de la mano que trataba de quitarle el mortal cuchillo militar, la sangre afloró.

Pacho, quien en ese momento salía del baño subiéndose la bragueta, escuchó el grito de auxilio de la chica en disputa y sin pensarlo mucho se abalanzó sobre el chulavita. Siendo  hombre corpulento y fuerte como un roble pronto dominó y desarmó al celoso paramilitar, lanzándolo después como un bulto de mazorcas fuera del establecimiento. Luego, con ayuda de la mujer, persuadieron y llevaron al cabo herido al hospital.

Más tarde, cuando salían del hospital después de las curaciones, costuras y vendajes de rigor, se encontraron con el iracundo sargento agresor y una docena de sus compinches armados con carabinas. Pacho y su ahora agradecido amigo marinero, fueron salvajemente golpeados, esposados y llevados a empellones al cuartel de la mal llamada policía Chulavita. Allí los encadenaron de pie en medio del patio, descalzos sobre un charco de agua, donde los torturadores planeaban tirar un cable eléctrico de alta tensión.

La cortesana conociendo de lo que era capaz el sargento y tal vez verdaderamente enamorada (¿del marino o de Francisco?) o por un acto de misericordia, se dirigió corriendo a donde un teniente, “conocido” suyo, de la base de la Infantería de Marina del puerto a la que estaba adscrito su novio, bueno digamos que el número uno. Le narró sollozante la conmovedora historia de cómo mientras atendía una inocente visita de su novio marino, un energúmeno chulavita que la venía asediando de un tiempo para acá, al verlos  la abofeteo (ella adornó un poco la historia), su marinero la defendió a mano limpia… pelea… bayonetazo…  Pacho… hospital… y el posterior arresto, pues los acusó de guerrilleros liberales, llevándolos al cuartel donde los pensaba torturar y asesinar. Le suplicó que salvara pronto a su subalterno y su amigo de tan infame destino.

El oficial de la Armada se encolerizó, no iba a permitir que le tocaran a uno de sus muchachos, menos por esos seudopolicías. Trotó rumbo al cuartel de la Chulavita acompañado de un regimiento completo con mortero y ametralladoras. Lo sitió y amenazó a los nerviosamente atrincherados policías, gritándoles que si no soltaban a su hombre y a su amigo de inmediato no dejaría polvo sobre piedra del cochino acantonamiento.

No demoraron en soltarlos. Salieron muy maltrechos, pero la preocupada damisela más tarde se esmeraría en cuidados, para con los dos, claro.

El teniente no sufrió consejo de guerra ni juicio alguno por el osado acto de guerra contra los paramilitares conservadores, por el contrario su comandante lo felicitó por su heroico acto de justicia, dejando en alto el honor de los marinos, además de propinarles un buen susto a los tales por cuales chulavitas. Entre los infantes y aquellos paramilitares había una proclamada enemistad de tiempo atrás.

Francisco Abel Carvajal Botero ya no podría continuar con su vida de aventurero en Barrancabermeja sin correr grave riesgo, así que a los pocos días empacó sus escasas pertenencias, se despidió de sus hermanos y partió hacia la lejana ciudad fronteriza de Cúcuta.

La plata o el petróleo, o ambos, son un imán irresistible para muchos hombres y mujeres, pues poco tiempo después emigraría de su patria a donde había de las dos “P” en muchísima  más abundancia: Venezuela, la próspera nación hermana de Colombia; país que bien lo acogió, en donde él viviría feliz y agradecido por el resto de su todavía larga vida. Allá protagonizaría, debido también a su debilidad por las mujeres, años después, una muy anecdótica aventura que le valió un apodo.




5

TRESCIENTOS


 
A partir de la segunda mitad del siglo XX, mientras Colombia todavía un país rural cuya economía afincada en el sector agropecuario se hundía en el período más violento de su historia, Venezuela entraba en una extraordinaria bonanza económica gracias a su muy abundante petróleo, llegando a convertirse en el país más rico y flamante de América Latina; lo que fácilmente se evidenciaba en las calles, autopistas y edificios de su moderna capital Caracas. La ilustre patria de Miranda, Bello, Bolívar y Sucre acogió a millones de inmigrantes provenientes de los más diversos países en busca de las oportunidades que ofrecía, en especial a los hijos de Colombia, su hermana siamesa no sólo por su historia y un origen común, sino además por la inmensa franja que las une desde el ombligo y que llega hasta el corazón de ambas: los majestuosos Llanos Colombo-venezolanos. Inmigrantes que contribuyeron de manera considerable a su desarrollo y prosperidad.

Es en los años 70’s, cuando Venezuela estaba en la cumbre de esta época dorada es que ocurre la aventura que relataré de Francisco Abel Carvajal Botero, quien aunque nunca se casó ni engendró hijos, llevaba viviendo desde hacía más de veinte años con una bella y leal señora como compañera, madre viuda de cinco juiciosas hijas, primero en Guatire y después en Caracas. Él se había desempeñado como mecánico de vehículos pesados y luego con sus ahorros compró un minibús o van de transporte público urbano en Caracas, que nadie más que él conducía. No sobra agregar que él fue un destacado deportista, practicó la halterofilia o el levantamiento de pesas llegando a ser subcampeón nacional de Venezuela en la categoría de peso pesado, con lo que ganó un portentoso físico que lo hacía muy atractivo para las damas.

Un día en la madrugada, cuando conducía su minibus como de costumbre hacia la terminal para iniciar la ruta asignada, sobre la acera de una calle cualquiera vio que una hermosa joven le hacía señas para que se detuviera. La escasa y seductora vestimenta de ella ayudó en tal propósito, los hombres a veces pensamos más con las hormonas que con las neuronas.

Ella abrió la puerta delantera sentándose en la primera silla situada justo a su lado. Francisco le explicó que todavía no estaba en ruta, a lo que ella replicó coquetamente que iba justamente cerca de la terminal y que le sería de “buena” compañía. No necesitó de más argumentos para que él aceptara darle el aventón.

Se dio la conversación rompehielos de rigor, no muy extensa. Pronto la inquieta mano diestra del sonriente conductor “confundió” la palanca de cambios con la pierna de su acompañante, quien no mostró signos de rechazo… La mano siguió subiendo por la pierna, ella se le acercó más y le rodeó el cuello con su brazo. Los dedos de él se encaminaron ahora hacia la entrepierna de ella bajo sus cortos shorts, avanzaron por el bosque hasta que en vez de encontrar la entrada a una deseada cueva tropezaron con un inesperado tronco…  ¡Francisco, sacó su mano de un tirón como si hubiera tocado la cabeza de una serpiente cascabel! La pasajera resultó que era un pasajero, un hombre en vez de una mujer.

Sintiéndose burlado y con el ego masculino herido, agarró un recortado cable eléctrico de una pulgada de diámetro que guardaba bajo su silla como arma de dotación choferil y empezó a azotarlo mientras lo insultaba. El aterrorizado travesti saltó al pavimento y corrió como alma que lleva el diablo.

Cuando el sorprendido Pacho se inclinó a cerrar la puerta que dejó abierta su afanado pasajero descubrió bajo la silla un fajo enrollado de billetes. Dedujo que cuando había retirado abruptamente su mano debió sacarle accidentalmente el rollo; decidió tomarlo como resarcimiento y aceleró de inmediato la minivan. Estacionado ya en la terminal contó el dinero: 300 bolívares exactos, una pequeña pero no despreciable suma en aquellos días.

Jocosamente narró el incidente a un par de colegas, quienes lo comunicaron a otros, y éstos a otros, hasta que a alguien se le ocurrió apodarlo “Trescientos”. A partir de ese día así se le llamó entre el gremio de conductores.

Francisco Carvajal Botero, “Trescientos”, murió sexagenario en 1997, desconociéndose el lugar y fecha precisa, pues un misterioso manto cubre aún hoy cómo vivió sus últimos días. Su cadáver fue hallado en el año 2000 en una tumba común de un viejo cementerio público de Caracas, por Lucila su hermana mayor, quien al no tener noticias de él por más de cinco años viajó desde Colombia y con la ayuda de la ex señora y de sus hijas, que tampoco sabían de su paradero desde hacía más de doce años cuando él había decidido abandonarlas por una joven mujer, indagaron hasta descubrir su sepultura.

En los archivos forenses anotaron brevemente que su cuerpo fue encontrado abandonado en una solitaria calle en las afueras de Caracas, el que llevaba varios días expuesto a la intemperie y que habría fallecido por un aparente infarto.

En los archivos de la flota de buses descubrieron unos sospechosos registros en los que se evidenciaba que dos autobuses que aparecían como de su propiedad pasaron misteriosamente a manos de un tercero. En las instalaciones de la empresa transportadora, mientras ellas indagaban, un viejo chofer se les acercó, quien afirmando haber conocido a este Carvajal les aconsejó “dejar las cosas así”. Optaron por abandonar la investigación y poner todo en manos de la Justicia Divina, que no falla ni se corrompe como la de los hombres.

También en Venezuela vivió y murió María del Amparo Carvajal Botero, otra hermana de Lucila y de Francisco. Mujer valiente y trabajadora, quien sola (nunca se casó), supo enfrentar con éxito el desafiante mundo machista de casi todo el siglo XX.

Amparo, con muy poca educación emigró contra la voluntad de sus hermanos en los 60’s desde Colombia. Se desempeñó en humildes labores pero siempre llena de entusiasmo y dedicación. Poseía un gran don de gentes y espíritu muy sociable por naturaleza, lo que la llevaría a tratar personalmente con tres presidentes de la República de Venezuela: Carlos Andrés Pérez, Luís Herrera Campins y Jaime Lusinchi, a quienes les consiguió millares de votos en sus respectivas campañas. No obstante ella nunca quiso enlistarse en un forcejeo electoral a título propio para algún cabildo o asamblea, pese a que ellos así se lo propusieron en más de una ocasión.

En algo más de la última década de su larga vida vivió alejada de su hermano Francisco Abel, debido a una tonta discusión por una pistola automática que él había traído desde Barrancabermeja (Colombia), en donde su hermano Alfonso se la había obsequiado. Pues Francisco le debía a ella un dinero que supuestamente le había prestado para completar la cantidad necesaria para la compra de un autobús. Él le mostró la pistola y ella se deslumbró con el arma. Tal vez debido a su solitaria vida ella se sentía vulnerable a los peligros de una ciudad como Caracas y quiso la pistola para sí, tratando de canjearla por la deuda, pero su hermano por diferentes motivos y razones se negó… Este evento tristemente los alejó radicalmente por el resto de sus vidas, pese a que se apoyaron mutuamente por muchísimos años, principalmente en los inicios de su vida de inmigrantes.

A lo mejor si su hermano hubiera estado presente no habría sido víctima del engaño, o más bien del fraude, por parte de un inescrupuloso italiano quien la había convencido de montar en sociedad una fábrica de zapatos.

Ella ya entrada en años y pensionada pero con buen ánimo emprendedor aceptó confiadamente ser la socia capitalista. Pocos meses después con la planta de producción en funcionamiento, un lunes en la mañana llegó como acostumbraba a su empresa, encontrando a unos asombrados trabajadores afuera de las instalaciones. El socio y gerente se había llevado toda la maquinaria, el mobiliario y el inventario el domingo cuando la fábrica estaba cerrada, según el celador. Sobra decir que antes había desocupado asimismo la cuenta bancaria de la empresa.

Amparo trató a través de sus influyentes amigos y conocidos en la policía y entes fiscales de atrapar al timador, pero él sin perder tiempo se dio a la fuga con el botín realizado hacia su país de origen. Amparo Carvajal perdió así todos los ahorros de su laboriosa vida, quedando apenas con su viejo apartamento en el popular barrio de Petare y en el que debió alquilar un par de habitaciones para redondear su exigua pensión.

Ha sido la mujer con más sentido humano que he conocido en mi vida. Tuve el privilegio de acompañarla en sus últimos días, quien postrada en una pequeña clínica de Caracas, ya desahuciada por metástasis y soportando agudos dolores mantenía una sonrisa a flor de labios mientras me narraba con lujo de detalles algunas de las historias familiares que aquí escribo. Allí compartía habitación con otras dos pacientes, a quienes atendía y escuchaba con esmero y preocupación pese a que estaban menos graves que ella misma, actos que significaron para mí una gran lección de humanismo.

No dejaré de mencionar que en aquellos tristes días ella, mi admirable tía, me dio la instrucción precisa de que no permitiera que sus cenizas las llevaran para Colombia, sino que las esparcieran en cierta zona de la costa venezolana o en un cerro también señalado por ella de Caracas, dos lugares que le encantaban. Lo que demuestra una vez más que uno no es de donde nace sino de donde vive y muere.

Amparo Carvajal Botero falleció ya octogenaria a la 1:10 de la tarde del 15 de diciembre de 2005, en el apartamento que había comprado su hermano Francisco en un agradable barrio de Caracas para su compañera y sus hijas años atrás, justo antes de abandonarlas. Expiró su último aliento en medio de los cariñosos cuidados de dos de las cinco hijas adoptivas de su hermano. Sus cenizas fueron engrandecidas por el viento y el mar en su lugar favorito de la costa venezolana, cumpliéndose su voluntad.

A su memoria dedico Historias de robles (Primera parte de EL TIEMPO DE LOS ROBLES). Quien sin lugar a dudas fue un gran roble,  como lo fue otro hermano suyo que tuvo una fascinante vida digna de un libro, el que tiene ante sus ojos amable lector.




6

EL NOVIO FUGITIVO



Apenas murió don Abel Carvajal Múnera en el año de 1950, ya viudo desde hacía quince años, debió Lucila, su joven hija mayor asumir la difícil responsabilidad  de sustituirlo como cabeza de familia ante sus demás hermanos y trabajadores de las fincas.

Tratando ella de asegurar la manutención y una buena educación para los menores, debió empezar a liquidar el ganado y vender las fincas que su padre les había dejado. Pero ante una sociedad tan machista y un inabordable mundo de los negocios para una inocente mujer de aquella época, encargó para tal fin a su hermano Alfonso, el segundo varón de la familia y único disponible con edad suficiente; pues José, el mayor de todos, se había marchado tempranamente para Barrancabermeja en busca de fortuna y aventuras, luego de haberse gastado la mayor parte de la herencia que le correspondía en las cantinas y entre las bragaduras de varias señoras alegres de Carolina del Príncipe y de los pueblos circundantes.

El joven Luís Alfonso Carvajal Botero, quien siempre prefirió que lo llamaran por su segundo nombre, ensilló su bestia favorita y con la ayuda de un par de arrieros se dirigió con un gran hato de ganado hacia la feria del municipio de Yarumal. La pequeña ciudad de donde era oriunda su difunta madre doña Magdalena Botero. Pero allí, como en toda feria ganadera que se respetara además de reses abundaban negociantes, comisionistas,  vaqueros y mujeres detrás del cuantioso dinero que circulaba, por supuesto.

Pasaron ocho días, tiempo más que suficiente para que su hermano Alfonso hubiese regresado con el producto de la venta de aquellos semovientes, pero no aparecía por ningún lado ni noticia alguna se sabía de él, aunque los arrieros habían regresado al día siguiente de partir asegurándole a Lucila que habían encerrado sin problemas las reses en uno de los corrales de la feria, lo que no dejó de preocuparla. Envió entonces a Francisco, su otro hermano aún adolescente, a buscar a Alfonso.

Transcurrieron otros siete días y ahora no aparecían ni Alfonso ni Francisco, pero escuchaba de boca de otros hombres que regresaban de la feria a Carolina, que a sus jóvenes hermanos los habían visto muy saludables y bien “acompañados”. Tal vez esta última palabra, o más bien el tono socarrón con que la pronunciaban, fue lo que más preocupó a la angustiada hermana mayor, quien sin pensarlo mucho montó su caballo (tenía fama de ser la mejor amazona de la región) y dejando encargada a sus otras dos hermanas de la casa y de los dos niños, salió al galope a descubrir qué pasaba con sus hermanos y el ganado o el dinero.

No necesitó ella de muchas pesquisas pues pronto encontró a Alfonso en la plaza principal de Yarumal entre los cariñosos brazos de una hermosa joven nativa. 

El susto que él se llevó al ver a su furiosa hermana fue tal, que se cayó de la banca donde estaba apoltronado con su amada como par de tortolitos. Luego de las vagueantes explicaciones dadas, Lucila lo obligó a que le entregara de inmediato el dinero producido por la venta del ganado y se marchó en busca de Francisco, a quien tampoco demoró en hallar. El adolescente estaba en su habitación del hotel no en brazos sino de cabeza entre los muslos de una señorita.

Regresó la consternada hermana mayor a Carolina acompañada, no de muy buena gana de Francisco, quien ahora poseía una adolorida y roja oreja; con el dinero, o mejor, con lo que quedaba, que afortunadamente era el mayor porcentaje de la venta.

Alfonso, esgrimiendo su mayoría de edad, se rebeló y permaneció en Yarumal. Planeando secretamente casarse con la chica, de quien estaba muy enamorado. Sosteniéndose con parte del dinero que él astutamente había separado y no declarado a su hermana, que consideraba su justa comisión por la venta del ganado. Dormía alternando en las diferentes casas de sus familiares maternos.

Habiendo pedido la mano, acto no dificultoso gracias al reconocido linaje materno que lo antecedía, fijó pronto la fecha de la boda para esa misma semana y se fue a celebrar con sus amigos. Despedida de soltero que duró tres noches y tres días con aguardiente y comida a granel, por cuenta del platudo novio.

La víspera de las nupcias, en la noche en medio de la borrachera, sus amigos en un solidario acto de conciencia  o de complicidad varonil, ¡le hicieron caer en cuenta de la tremenda brutalidad que se disponía a cometer!

Alfonso Carvajal sacó de su bolsillo la argolla que llevaba con el nombre grabado de la novia y la observó por largo rato. Un destello de luz reflejado en el oro de la joya bastó para espabilarlo y lograr sobreponer la razón al amor. Corrió sin vacilar hacia la flota de transporte llegando justo cuando partía hacia Medellín el último bus escalera que salía esa noche. Embarcándose con lo único que llevaba en la mano en aquel momento, la montura de su mula favorita, con la que había arreado el ganado hasta la feria y que había vendido justo pocas horas antes. No siendo esta la única vez que él llegaría a un nuevo destino sólo con una silla de montar en mano.

A la mañana siguiente, a la hora acordada para la celebración matrimonial, la novia y su familia se quedaron esperando en la puerta de la iglesia a que apareciera el novio. Mientras, él dormía la rasca en Medellín quién sabe sobre qué cama, con la argolla de oro en su bolsillo. Anillo que años después terminaría en el cofre de su verdadera futura esposa, una distinguida y hermosa dama de Medellín con quien sí se casó en enero de 1963… con otra muy diferente argolla matrimonial. De esta unión nacerían tres hijos varones.

Alfonso Carvajal Botero no volvió a pisar el suelo de Yarumal hasta muchos años después de aquella escabrosa retirada. Honrando la frase que él mismo repetía a manera de justificación cuando pícaramente contaba aquella historia: “Para el mamón no hay ley”.

Su hermana Lucila, nunca se casó ni tuvo hijos, pese a que se cuentan historias proverbiales de amor hacia ella por varios hombres que la pretendieron. No obstante además de madre obligada por el Destino de sus hermanos menores, fue también como una segunda esmerada madre, ya voluntaria, de casi todos sus sobrinos y sobrinas.

Al momento de escribir estas líneas Lucila Carvajal Botero aún está viva y asombrosamente lúcida, pese a su muy avanzada edad, lo que ha sido una suerte para la obtención de una mayor precisión en los detalles y veracidad de estos relatos.  Ella es evidentemente otro auténtico, resistente y longevo roble; como lo fue su hermano, de quien apenas empiezo a narrar sus historias.





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PRÓXIMA ENTREGA: Capítulos 7 y 8. (Fin de la Primera Parte: Historias de robles)



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