Libros de Abel Carvajal

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jueves, 4 de septiembre de 2014

NUEVO: Todos los libros de Abel Carvajal en versión Kindle (KDP)



CAMINO A ORIENTE, un encuentro con la plenitud
EL MAGO DE MESOPOTAMIA
EL CENTURIÓN DE LA CALAVERA
LA ESPADA ESMERALDA
MIL MILLONES
EL TIEMPO DE LOS ROBLES
LA TURQUESA MÁGICA (cuento infantil)
y EL CAPITÁN ARAÑA

Ahora en amazon.es (Tienda Kindle -EUR):


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martes, 17 de junio de 2014

LA TURQUESA MÁGICA (enlace con la publicación original)



HE AQUÍ MAGIA


La Turquesa Mágica

Un cuento fantástico con magos, dragones, guerreros, princesas... Para niños, también para grandes y para los muy grandes


CUENTO INFANTIL ILUSTRADO 
con 32 dibujos a tinta de la mano del autor Abel Carvajal


LA TURQUESA MÁGICA cuento infantil ilustrado de Abel Carvajal


Descárguelo GRATIS en 


Léaselo a sus hijitos y reenvíelo a sus amigos con niños



El único pago que pretendo como autor es la felicidad que siente un niño al escuchar que su padre o su madre le lee un cuento. ¡Obséquiele tiempo a sus hijos mientras les inculcua amor por los libros!






miércoles, 28 de mayo de 2014

EL CAPITÁN ARAÑA (novela completa en primicia editorial)

Presento en este blog mi más reciente novela pero sin las fotografías y las intervenciones gráficas debido a cuestiones técnicas y de espacio, algunas de las que están referenciadas en corchetes [#] y que considero muy importantes para el lector. Por lo que recomiendo leer o descargar esta novela en archivo pdf, disponible (en sólo 102 páginas) completamente gratis con todas las fotos e ilustraciones en el sitio del editor (haga clic a continuación): http://sites.google.com/site/mateolevi/libros-en-pdf


EL CAPITÁN ARAÑA


Novela


   
ABEL CARVAJAL



©Abel Carvajal, 2014. Derechos de autor reservados. Ilustraciones, algunas fotos, así como las intervenciones y restauraciones fotográficas por el autor.  mateolevi@gmail.com 





A mis queridas tías Aluvia y Lucila Carvajal Botero
Y a quienes aman los ríos



“Cuantas más leyes y prohibiciones hay en el mundo, más pobre y mísero será el pueblo. Cuantas más armas tenga el imperio, más desorden y confusión habrá en el pueblo. Cuantas más artes e industrias tenga el pueblo, más cosas inservibles e inútiles habrá. Cuantas más órdenes y leyes dicten los gobiernos, más salteadores y ladrones habrá”

Lao Tse (Tao Te King)






CAPÍTULO 1

Contaba mi padre que hace tiempo navegaba por el Magdalena una gran lancha que transportaba ganado y otras mercancías, era la lancha del capitán Araña. Es su historia la que me propongo narrar.
         De su verdadero nombre sólo sé que se llamaba Alfonso, pues mi padre cuando se encontraba con él le decía tocayo, pero nunca supe su apellido. De sus orígenes una vez escuché que nació a orillas del río Cauca cerca a la antigua población de Santa Fe de Antioquia, en el año en que estalló la gran depresión económica en los países del norte y de cuyo coletazo no se salvó Colombia, 1929. Hijo de un pescador, chalupero o algo parecido, el que años después se trasladó con su familia al municipio antioqueño de Sopetrán donde había heredado una finca. Viviendo allí sus años de adolescente. Estudió en la escuela pública, y entre juegos y expediciones juveniles por entre aquellas admirables montañas cultivó amistades y muy seguramente saboreó la miel de los primeros amores.
         También aquellos amigos le endosaron el apodo con que se le conocería toda la vida: Araña. Por un inocultable lunar parduzco que le cubría desde el lado derecho de la nuca hasta la terminación del lóbulo de la oreja del mismo lado, un tatuaje perfecto de un arácnido que la naturaleza le dibujó como marca de nacimiento y presagio del legendario hombre en que se convertiría.
         Sin embargo, para él la verdadera marca fue el haber nacido en la ribera de un caudaloso río como lo es el Cauca. Pues quienes tenemos el privilegio de haber nacido o sido criado al lado de un río, sentimos y sabemos muy en el fondo de nuestros corazones que el espíritu del agua nos imprime su huella para siempre. Haciéndose inevitable, cuando nos alejamos por mucho tiempo, el dejarnos sumergir por los recuerdos del río que nos amamantó y bañó con sus aguas, más si en él nadamos y jugamos en la infancia o juventud.
         Así, que un día, cuando se llega a la edad de decidir y de vencer el miedo al destete de la familia, Araña, previendo un futuro ingrato en la finca de su padre al que cada vez le era más difícil sostener a su familia compuesta por una envejecida madre, él y un número indeterminado de hermanos más, decidió que su destino no sería el mismo de su ajado padre. Imitando a algunos de sus amigos y paisanos, empacó su escasa ropa, rápidamente se despidió de todos y se subió al bus escalera que partía esa mañana rumbo a Medellín para después en la estación del ferrocarril subirse a un tren rumbo a otro valle. Uno tan inmenso, agreste y caluroso como no lo imaginaba, un valle de majestuosos atardeceres formado por un ancho, caudaloso y profundo río. ­




CAPÍTULO 2

Poco antes de morir la hermana mayor de mi padre, ya nonagenaria, me entregó un extraño manuscrito de hojas amarillentas, que por el tipo de letra se podía ver que fue escrito en una de esas antiguas máquinas de escribir, con excelente ortografía y aceptable gramática, por lo que deduje a un autor bien educado o por lo menos frecuente lector.


         Se trataba de, ¡no lo podía creer!, la bitácora de la lancha Moralita.
         Tal vez lancha es un término muy ambiguo, lo más apropiado sería describirla como un remolcador con motor diesel que usaba un combustible también llamado “acpm”, el que navegaba empujando un inmenso planchón con una compartimentada jaula de hierro para cargar semovientes y otras mercaderías. Pero así, lancha, es como se le denomina comúnmente a este tipo de embarcación fluvial, por lo que así la seguiré llamando a lo largo de esta narración.
         Y precisamente la lancha Moralita era la del capitán Araña, cuya bitácora él mismo mecanografió. Algo insólito, pues nunca supe que se acostumbrara llevar bitácora en naves fluviales, menos en aquellos días. ¿Y por qué no la había escrito a mano alzada en algún vetusto cuaderno como se hubiera esperado? Sería que no le gustaba su caligrafía o tal vez se topó con alguna Remington cuya letra de molde lo sedujo… Finalmente había llegado un preciado material a mis manos con el que podía construir, junto con lo que le había escuchado a mi padre más cientos de preguntas con que asolé a mi tía en sus últimos días, esta historia.
         Antes, como dato curioso, debo mencionar que la bitácora nunca la firmó con su nombre de pila sino como “Cap. Araña”. Mi tía nunca pudo acordarse con certeza siquiera del primer apellido de este misterioso capitán de río, aunque pude haber investigado en notarías, pero opté por dejar en el olvido sus apellidos como creo él lo hubiera preferido.
         Volviendo a donde quedamos. Él llegó en el tren a Puerto Berrío y, como el primer beso, quedó calado por el Río Grande de la Magdalena. De inmediato abordó una chalupa de línea hacia el destino final.
Arribó así a Barrancabermeja justo en la mitad del siglo XX, una tarde del mes de junio de 1950.
         Antiguamente un rancherío de la comunidad indígena Yariguíes conocido como Latora (o Latocca) a orillas del que llamaban río Yuma, hoy río Magdalena, del que el primer español que divisó aquellas “barrancas bermejas” el 12 de octubre de 1536, Diego Hernández de Gallegos, informó a su comandante Gonzalo Jiménez de Quezada, quien tomó posesión en nombre del Rey. Aquellos promontorios rojizos, quizás con el auxilio de sus escasos habitantes, sirvieron de bastión para la recuperación de las agotadas huestes expedicionarias de este conquistador, para después desde allí iniciar la expedición que sometió al numeroso pueblo Chibcha que concluyó con la fundación de Santafé de Bogotá en 1538.
Ya para el año en que llegó nuestro personaje era el importante puerto de Barrancabermeja, al que tres palabras que comparten la misma inicial la describían: PETRÓLEO, PLATA Y PUTAS. Así, con mayúsculas. Sobra decir que la primera en abundancia trae como consecuencia la segunda y ésta la tercera, o más bien las terceras, en igual abundancia.
        

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Los antioqueños tienen la característica de apoyarse unos a otros, aún más si se encuentran fuera de su tierra, seguramente porque sus ancestros descubrieron la importancia de la colaboración mutua para sobrevivir o al menos tener una vida más llevadera mientras colonizaban sus agrestes montañas. Y Araña igualmente contó con el apoyo de sus paisanos cuando se les apareció más pelado que pepa de guama, con una mano por delante y otra por detrás, o para ser claro, con muchas ilusiones y el estómago vacío.
Pronto fue enganchado en la petrolera, una de las tantas de la multimillonaria familia Rockefeller, Tropical Oil Company. Cuyos más importantes cargos eran ocupados además de los gringos por varios antioqueños, reputados por su laboriosidad y emprendimiento. Su nuevo oficio lo asentó en el río, casualmente al igual que el primer trabajo de su padre, como chalupero. Para quienes no están familiarizados con el término, significa navegar una chalupa o un bote con motor fuera de borda, al que los lugareños también llamaban un Johnson por la marca del motor.
Araña, en uno de las tantas chalupas de la Compañía debía transportar todos los días a los trabajadores hasta los diversos campos petroleros a lo largo del río. Llevarlos en la mañana y recogerlos al final de la tarde a los más cercanos, a los más lejanos días después. Igualmente acarrear insumos, materiales, herramientas y alimentación. Labor sin tregua, a pleno sol y calor. Por lo que no tardó en comprar un sombrero aguadeño, conocido también como sombrero Panamá, afamado sobrero blanco hecho de fibra de palma que se popularizó por su uso entre los ingenieros, supervisores y trabajadores durante la construcción del gran canal, pese a que era hecho en Colombia y diseñado originalmente en Ecuador[3], siendo los mejores los fabricados a mano en el municipio de Aguadas. Como acotación, el sombrero aguadeño fue el principal producto de exportación de Colombia entre finales del siglo XIX y principios del XX, incluso por encima del café. ¿Cómo les parece? Un sombrero cuya popularidad se la dio Panamá, era fabricado en Colombia y había sido diseñado en Ecuador. ¡Y que digan que América Latina sólo está unida por el idioma y la religión!
         Se convertiría el sombrero aguadeño en uno de sus dos mejores compañeros de trabajo. El otro era el indispensable poncho[4], que le servía de cobija cuando debía dormir en el bote por trabajos extraordinarios en los pozos, también para protegerse del viento frio del amanecer, de la lluvia y de los inmisericordes zancudos, así como para secar el sudor de su frente en los días más calurosos. Dos implementos de su atuendo que siempre lo caracterizaron.


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Así transcurrieron los primeros cuatros años de su nueva vida. Como chalupero de la petrolera recorrió río arriba hasta Puerto Nare y río abajo hasta más allá de El Banco sin adentrarse en la gran depresión monposina. Frecuentó pequeños puertos y caseríos como Cantagallo, Puerto Wilches, San Pablo y Morales. Conoció todo meandro y en dónde se formaban los peligrosos remolinos, observó por dónde aparecían las crecientes que arrastraban troncos y material vegetal, memorizó los traicioneros playones más escondidos, descubrió las bravas corrientes ocultas que sacaban a flote hinchados cadáveres de animales y humanos (asesinados la mayoría), así como también cuáles orillas arborizadas debían evitarse por ser el hogar de cientos de culebras, cuyas variedades más venenosas él llegó a diferenciar con exactitud. ¿Quién le enseñó? Nadie. Los muchos errores que cometió, las incontables varadas, un par de volcadas, un naufragio en el que gracias a otro chalupero pudieron ser rescatados los pasajeros, él y la chalupa aunque se perdió el motor, y la casi mortal mordida en el cuello de una serpiente “talla X” cuando pasó demasiado cerca de una orilla con árboles frondosos. Le enseñó a navegar el río Magdalena la mejor profesora que podía tener, la implacable experiencia. Nunca se le ahogó un pasajero aunque no pocos fueron a dar de narices al río, ninguno sufrió un accidente grave, ni mordidas de víboras, no obstante algunos sí se llevaron más de un buen susto.
Durante esos cuatro años maduró como hombre, como un marinero de río, ¿o debería denominarlo como un “rionero”?, ¡no, horrible! Mejor continuemos. Araña se convirtió en un hombre hecho y derecho, al que la experiencia también le enseñó a cuidarse de las malas amistades, de las malas mujeres, de los malos negocios, de los hombres malos, pero sobretodo de las buenas putas, las que encoñan (¡perdón!). Es que no puedo dejar de referirme a esta última cuestión en términos proverbiales de marinería de agua dulce con la frase “pelo de cuca jala más que guaya de grúa”.
Y es que con, o por, una irresistible damisela empieza la leyenda del Capitán Araña.
¡Ah, casi lo olvido! En las novelas muchos autores acostumbran describir el físico del protagonista, ya saben, que de mediana estatura, que tenía ojos verdes, piel parduzca, nariz aguileña, etcétera. Pero no estoy seguro que ésta sea verdaderamente una novela, al mismo tiempo quiero darle a mis manos la libertad de escribir esta historia como les venga en gana, libre de cánones o códigos estilísticos, hasta haré caso omiso de un par de reglas gramaticales que el lector pronto descubrirá. No pretendo concursar por un, para mí, inalcanzable premio literario. Por lo demás prefiero dejar a la imaginación de las lectoras y lectores cómo era el legendario Capitán Araña. Cosa que me sirve para justificar mi estilo “muellero”.
Sólo sabrán ustedes de su característico lunar en la nuca y que él usaba poncho y sombrero aguadeño. También pueden ya calcular su edad a lo largo de la narración. No obstante seré generoso con las curiosas lectoras, Araña era como decían las señoras de Medellín en aquellos días “una estampa de hombre” o “un hombre muy bien parecido”.




BITÁCORA

Viernes 16 de julio de 1954.
Ubicación: En puerto, El Banco.
Clima: caluroso y despejado, como en toda la semana.
Madrugamos y compramos un planchón ganadero de segunda en muy buen estado, al que le habíamos echado el ojo hace varios días. A partir de hoy día de la Virgen del Carmen somos dueños de una lancha completa. A Ella queda entonces encomendada nuestra lancha y nosotros. Esperemos a que nos ayude a salir adelante, pues quedamos empeñados hasta el culo[7].
Abordamos la lancha remolcadora a eso de las 11 de la mañana. El turco y yo no nos cansamos de ver letra por letra el nuevo nombre recién pintado: Moralita. Aunque ponerle el nombre de aquella inolvidable mujer que nos unió en tan peligrosa circunstancia no sé si sea bueno. Espero que la Virgen no se moleste.
Quedó como nueva. Fue un acierto el haber mandado a pintarla de color verde con anchas franjas naranja, pues si lo hubiéramos repintado con el mismo rojo anterior, nos convertiríamos en sospechosos de ser liberales, y, si lo pintamos de azul en sospechosos de ser conservadores. ¡Maldita violencia política! Aunque me gusta el color verde y siento que el naranja nos traerá buena suerte.
Cargamos combustible. El motor encendió muy bien.
Partiremos mañana temprano a enganchar el planchón. Nos dicen que allá encontraremos tripulantes, porque aquí en el puerto no encontramos ninguno. Necesitamos un grumete urgente. Al maquinista lo veo muy viejo y lo pillé escondiendo unas botellas de ron entre los baúles de herramientas y repuestos. Veremos cómo nos sale este gago.



Hoja 1. ¿Sería que el capitán Nemo escribía la bitácora del Nautilus así?




CAPÍTULO 3

El corpulento texano cayó al agua sin tener tiempo de reaccionar. Con el pie izquierdo aún sobre el muelle y escasamente poniendo el pie derecho sobre la chalupa cuando, por un brusco movimiento, ocasionado por la primera ola que dejó la estela de otro Johnson  doble motor que acaba de pasar demasiado cerca, perdió el equilibrio y… ¡Splash!
         El lanchero en la proa, quien en un comienzo al abordar la chalupa le había estirado su mano pero que se la había rechazado con uno de sus acostumbrados gestos de vaquero macho, sin tiempo que perder le arrojó un lazo con una rueda salvavidas atada en el extremo. Para su desgracia, fue a dar en toda la cara del gringo casi noqueándolo. Los demás pasajeros, trabajadores todos de la Compañía, estallaron en carcajadas.
         El rubio texano, temido y odiado supervisor de perforación quien nunca dejaba de machacar sobre las maravillas de la industria y las proezas en los rodeos de Texas, ahora escupía groserías en inglés además de agua. Estaba rojo de la ira y no dejaba de mirar como un toro embravecido al preocupado johnsista, a quien el temor lo hizo alejarse hacia la popa en vez de ofrecerle de nuevo la mano.
         Apenas si pudo subir su pesado cuerpo por la borda del bote. Necesitó la ayuda de cuatro trabajadores más, lo que golpeó más su ego que su costillar.
         El furioso supervisor se puso de pie más mojado que un bocachico en medio de la todavía tambaleante chalupa y sin pensarlo se abalanzó contra el joven lanchero, pero éste, o sea Araña, lo burló ágilmente como un diestro torero pero sin capote, cayendo de nuevo a las aguas del Magdalena.
         Más risas. Exacerbadas, porque por fin los trabajadores veían la deseada venganza contra el maldito supervisor opresor y peor, un “yanqui explotador”, de acuerdo al discurso antiimperialista del incipiente movimiento sindicalista de la época, el que pocos años más tarde sería permeado por ideales marxistas excitados con el triunfo de la revolución cubana. Ideales, o idealismo para ser más exacto, que haría que hasta más de un cura iluso se arremangara la sotana para meterse al monte con un fusil, remedando a los barbudos que “liberaron” a los cubanos.
      El único que no reía era el torero, digo, el chalupero. No era pendejo, sabía que saldría como un matador triunfador en hombros, pero sin empleo. Así empezó aquel nefasto día.
         El texano esta vez nadó hacia la escalera de concreto del muelle, salió por sus propios medio raspándose panza y rodillas. Más que caminar corría, ¿a dónde?, en dirección la oficina de Personal. ¡Donde manda capitán no manda marinero! Aplicaría su última arma más temida, hacer despedir fulminantemente al… Ya imaginan el resto.

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Esa noche en la cantina de la calle novena cerca al muelle, que frecuentaba con el mono Sevillano, su mejor amigo y paisano de Sopetrán, decidió emborracharse como pocas veces lo había hecho Araña en su vida. Exclamó –Fue algo injusto.
Sevillano levantó la copa y brindó –¡Por un futuro mejor!
 Tratando de consolarlo, pese a que en su interior dudaba de que existiera algo mejor que trabajar para la petrolera norteamericana que pagaba jugosos sueldos.
         El ahora exjohnsista de la flamante Tropical Oil Company, llamada entre sus obreros y empleados simplemente como la Troco, replicó zampándose el primer aguardiente doble con cara de triple –Ahora qué voy a ha…
         Lo sorprendieron por detrás levantándolo cinco forzudos perforadores sobre sus hombros tal cual triunfador de la faena de esa mañana. Hicieron tanto algarabío que el cantinero dueño empuñó instintivamente el cuchillo carnicero de ocho pulgadas que escondía bajo el mostrador, el que en más de una ocasión había tenido que blandir ante los frecuentes conatos entre sus rudos clientes, la mayoría causados por disputas por alguna puta y hasta entre las mismas putas. (Me sabrán excusar, pero es que no imagino a obreros, marineros y cantineros hablando en términos de damiselas, cortesanas, rameras, prostitutas o mujeres de vida alegre. Aparte de que no podrán negarme la placentera libertad de utilizar este adjetivo y más que casi me salió en verso).
         Barrancabermeja siempre ha sido un caldero multicultural y en la mitad del siglo XX aún más. Lo de caldero por el calor sofocante, visítenla y sabrán de qué hablo. La diversidad cultural porque allí llegaban, y llegan, gente de todos los rincones del país y del extranjero. Pero en aquellos años predominaban además de los paisas o antioqueños, los alegres costeños, los elegantes rolos[8], los bravos santandereanos, uno que otro aventurero caldense y por supuesto los naturales, los barranqueños[9], que como resultado tenían, culturalmente formulando, más o menos un 40% de costeños más un 25% de antioqueños más un 20% de santandereanos más un restante 15% de los demás colombianos. Eso sin contar los norteamericanos. Aunque para hacerle honor a la verdad, se mantenían tan aislados en los horarios extralaborales en sus enmallados barrios prefabricados con bien podados jardines así como en el club de golf, que poco o nada penetraron la cultura nativa, excepto las nativas que terminaron inocultablemente preñadas.
         De modo que esa noche en la cantina, entre el humo de los cigarrillos y el olor a aguardiente y ron, se oían acentos tan dispares como el de un currambero[10] alegando con un encrespado opita[11], o el de un pastuso contándole chistes de su región a un grupo de desconfiados boyacenses con los que departía en su mesa. Se escuchaban regionalismos como “¡eche, no joda!” o “¡no me crea tan pingo!” o “¡ave María purísima!” o “¿ala, su merced podría…?” o “¡huy mano, venga!” o “¡está culimbo!”. Claro que otros clientes estaban ocupados en menesteres más placenteros con jóvenes damas (para que no me tilden de chapucero) entre sus piernas, venidas también de diversas regiones a desempeñar el oficio más antiguo… ¡Huy manitos, me desvié demasiado, qué pena!
         Regresemos pues a la escena con los trabajadores petroleros en la cantina que llevaban en hombros a su campeón:
Araña gritó –¡Bájenme! ¡Suéltenme! ¡Eh, ave María! ¿Les causa gracia que perdí mi trabajo tan injustamente? Entonces invítenme una botella de aguardiente, o mejor, consíganme otro empleo.
         Lo bajaron de inmediato ante el justificado enojo de Araña. Uno a uno se fueron alejando balbuceando excusas, pero teniendo cuidado de no ofender a su antes compañero lanchero. Se enteraron en ese instante del triste desenlace del evento de la mañana. 
         Iracundo todavía, llevándose las manos a la pretina del pantalón y con ambos dedos índices señalando hacia sus genitales, les gritó –¿Ahora sí me sueltan? Me celebran que le hice al hiju…ta[12] gringo lo que ustedes querían hacerle pero que no se atrevían por falta de huevas… ¡Y ni un trago son capaces de invitarme, malparidos[13]!
         ¡Hayyyyy… qué tan grosero es este escribidor! ¿Qué hago entonces? Ésta es una novela de río no una sobre clubes de la crema y nata de la sociedad. ¿Acaso imaginan a un iracundo chalupero escupiendo insultos como “tonto”, “imbécil”, “bobo”, “cretino”, “idiota” o “estúpido”, sea en singular o en plural? “¡Ayayay, a ese tal Araña se le moja la canoa…! ¡Batea para el otro equipo!” Sería lo primero que ustedes pensarían si escribiera los diálogos en estos términos, ¿o no?  De todos modos, y para que no me censuren, evitaré a partir de aquí lo soez, pero después no me califiquen la novela como de señoritera.
         Sigamos pues.
Sevillano, quien ocupaba un cargo de cierta importancia en la Troco y al que todos llamaban así por su apellido, anticipando una pelea segura, trataba de calmarlo.
         Los burleteros compañeros testigos del incidente, apachurrados por lo que se acababan de enterar, consideraron que Araña había pagado un alto precio por algo de lo que no era culpable, así que se hicieron los bobos y le dieron la espalda, ninguno le respondería, sería demasiada crueldad si lo cascaban para rematarle tan desgraciado día.
         Cosa diferente pensaba otro par de sujetos mal encarados que entraban justo en ese momento a la cantina.






CAPÍTULO 4

El 13 de junio de 1953 tuvo lugar el golpe militar contra el gobierno del presidente Laureano Gómez, que llevó a la Presidencia de la República al teniente general Gustavo Rojas Pinilla.
Golpe militar que vio el pueblo con buenos ojos por el desorden, caos, violencia, anarquía y desgobierno que imperaba en Colombia.
Rojas Pinilla contaba con el apoyo de los ex presidentes Mariano Ospina Pérez y Roberto Urdaneta Arbeláez así como de otros políticos importantes, además de las Fuerzas Armadas, la Policía Nacional, el Directorio Nacional Conservador y algunos representantes del Partido Liberal.
En la primera alocución presidencial, el General animó a los colombianos a defender las instituciones y presentó su premisa "Paz, Justicia y Libertad". El nuevo presidente dijo –La Patria no puede vivir tranquila mientras tenga hijos con hambre y desnudez...
La Asamblea Nacional Constituyente, convocada por el presidente Laureano Gómez, expidió un acto legislativo por el cual reafirmó la posición del presidente Gustavo Rojas Pinilla. Según su argumento, el 13 de junio de 1953 había quedado vacante el cargo de presidente de la República y afirmaba: "Que es legítimo el título del actual presidente de la República teniente general Gustavo Rojas Pinilla, quien ejercerá el cargo por el resto del período presidencial en curso". El nuevo gobierno siguió los postulados de paz, justicia y libertad, imponer el orden contra la anarquía, acabar con la violencia y restaurar la seguridad. El ex presidente Darío Echandía calificó el golpe militar de Rojas como un "golpe de opinión", debido al vasto y multitudinario respaldo nacional al nuevo presidente.
         Para aquel día, a mediados de 1954, cuando despiden injustamente a Araña de la Troco, está recién inaugurada la televisión nacional, uno de los tantos proyectos que llevó a cabo el general Rojas Pinilla, aunque menos de dos mil hogares en todo el país tenían televisor. Historia que vale la pena relatar por lo excepcional, además para que el lector se ponga a tono con la época y comprenda el valor de la moneda nacional en aquellos días.
El interés de Rojas Pinilla por la televisión nace años atrás en 1936, cuando siendo entonces Teniente, viaja a Alemania en una misión encomendada por el gobierno de Alfonso López Pumarejo, para comprar municiones para enfrentar la guerra contra Perú. Estando en Berlín conoció el novedoso invento, que por entonces estaba siendo desarrollado en distintas partes del mundo. La idea quedó fija en la mente del militar, quería hacer posible el proyecto de traer la Televisión al país.
Tan pronto como Rojas Pinilla sube al poder, inicia las labores para conseguir las tecnologías y los insumos necesarios para poner en marcha la transmisión de la televisión en todo el territorio nacional. Para ello encomienda a (permítanme mencionar a los padres de la televisión colombiana) Fernando Gómez Agudelo, quien se desempeñaba como el Director de la Radio Difusora Nacional, para gestionar todo lo relacionado a la puesta en marcha del proyecto. Varios problemas surgieron, pues ante la geografía tan abrupta del país, transmitir la señal era casi imposible, conseguir las antenas para superar este inconveniente no era tarea fácil. Gómez Agudelo se vio en la tarea de hacer consultas con expertos europeos y estadounidenses para encontrar la solución efectiva, logrando encontrar los equipos adecuados, que eran fabricados por la empresa alemana Siemens. Por medio del Ministerio de Hacienda se dio la orden de invertir 10 millones de pesos, una suma bastante sustancial para la época, para la compra de las antenas y demás tecnología necesaria.
Se necesitaba de lugares bastante elevados para lograr la cobertura en la transmisión. Así en Bogotá se escogió en Hospital Militar ubicado en los cerros orientales de la ciudad, que proveía un punto adecuado para la instalación de la antena que se elevaba a 30 metros de altura sobre el hospital. Se ubicaron a su vez las antenas repetidoras en el cerro del Gualí, en el nevado del Ruiz, que cubría Antioquia, Valle del Cauca y Caldas. Luego se instaló otra en el páramo de La Rusia para Boyacá. El reto fue inmenso. A paso rápido y firme se iba acercando el momento de hacer realidad el sueño. La orden era entonces inaugurar la Televisión en Colombia el día del primer aniversario del gobierno militar en la nación. El día cero era el 13 de junio de 1954. Ante tanto desafío operativo, nadie se percató que en el país no había personal capacitado en el manejo de las cámaras, ni expertos en la producción de televisión… Sólo unos días antes de la anunciada inauguración, se hizo visible la carencia. De inmediato el mismo Gómez Agudelo viaja a Cuba, donde pide la ayuda de veinticinco técnicos del Canal 11 de ese país, que acababa de quebrar, quienes fueron contratados y así el traspiés fue solucionado.
Aún quedaban muchas tareas por hacer, debía acondicionarse los estudios desde donde se iban a realizar los programas para la televisión en el lugar escogido: los sótanos de la Biblioteca Nacional. Además de toda la infraestructura necesaria, era indispensable que los colombianos contaran con los aparatos receptores, los televisores. Con una intensa publicidad se logró que 400 familias obtuvieran los aparatos. Sin embargo el número de televisores era bastante bajo. Se creó entonces una estrategia para que mas familias pudieran adquirir los aparatos, que para entonces tenían precios demasiado elevados en contraste con la baja capacidad adquisitiva de los colombianos, pues para la época el salario mínimo (mensual) era de 120 pesos aproximadamente y un aparato Siemens costaba 350 pesos. La estrategia consistía en importar 1.500 aparatos que se podían adquirir por medio del sistema de pago en bajas cuotas a través del Banco Popular.
Los primeros ensayos de las pruebas televisivas se hicieron el primero de mayo de 1954, emitiendo la señal entre Bogotá y Manizales, así como algunos otros ensayos transmitiendo desde el almacén J. Glottmann en la calle 24 de Bogotá. Finalmente todo estaba listo en la víspera del 13 de junio, la prensa y la radio difundieron el acontecimiento que tendría lugar al día siguiente. La meta estaba casi cumplida y la hora cero se aproximaba.
El 13 de junio de 1954 es inaugurada oficialmente la Televisión en Colombia, como un servicio prestado directamente por el Estado, en el marco de la celebración del primer año de gobierno del General Gustavo Rojas Pinilla. A las 7 p.m. se escuchan las notas del Himno Nacional de la República, pero lo realmente novedoso es que el sonido viene acompañado de las imágenes de la Orquesta Sinfónica de Colombia. Seguido al Himno Nacional el General Rojas Pinilla se dirige al País desde el Palacio San Carlos, actual Ministerio de Relaciones Exteriores, y declara oficialmente inaugurada la Televisión en Colombia. La señal era recibida en Bogotá y sus alrededores por el canal 8 y en Manizales por el canal 10. Seguido al acto inaugural se dio paso a la emisión de los primeros intentos de programas de entretenimiento, desde los estudios de la calle 24, con un programa animado por Álvaro Monroy Guzmán en el que también aparecieron un grupo de reconocidos humoristas: Los Tolimenses. Además se montó la obra “Tarde” de Paul Vilar. Esta primera emisión tuvo una duración de 3 horas y 45 minutos.
La imagen tenía una calidad excelente, se habían superado los distintos problemas técnicos en la instalación y puesta en marcha del sistema y la acogida fue inminente. Las personas que tenían acceso a los televisores disfrutaron de inmediato del nuevo medio de comunicación, y para aquellos que no podían adquirirlos, el gobierno instaló televisores en algunas vitrinas de Bogotá y Medellín desde donde muchos vivieron el acontecimiento.
El primer reto se había logrado, lo que seguiría era mantener el sistema e idear las formas para que cada vez la televisión se posicionara más y más en la vida cotidiana de los colombianos.
La empresa de la Televisión tenía unos ideales y principios claros que fueron formulados desde su carácter estatal. El gobierno en busca de herramientas para la divulgación cultural y la educación popular, encontró en la televisión el medio ideal que a su vez servía para difundir la imagen de las Fuerzas Armadas y el proyecto político del gobierno.
Poco a poco se fueron ampliando los espacios televisivos, que eran prácticamente improvisados, pues no había una programación establecida, ni espacios de televisión fijos. Por lo regular se emitía un programa en directo y seguido uno pregrabado para dar tiempo para acondicionar las escenografías y los vestuarios en estudio para la siguiente emisión. Unos meses después se abrieron los espacios para la propaganda. Se pusieron cuñas al principio y al final de los programas en Noticiero gráfico, creado para hacerle propaganda al gobierno, en Lápiz mágico, con los mejores caricaturistas y patrocinado por el Banco Popular. También Conozca a los autores, de corte educativo, Mares y marinos de Colombia... Los primeros espacios deportivos estuvieron a cargo de Carlos Arturo Rueda y otros especialistas de la radio.
Un año más tarde se gestó el organismo encargado del manejo y funcionamiento del nuevo medio, este se llamó Televisora Nacional. Con la apertura de los espacios de propagandas se abrió la puerta para que la empresa privada comercializara los espacios televisivos.
Para 1956 se arrendaban los espacios en televisión y Alberto Peñaranda junto con su esposa crean la primera programadora privada Punch. Al poco tiempo nace RTI creada por Fernando Gómez Agudelo, el mismo que había gestionado todo el proyecto de la televisión años atrás. Aparecieron también las empresas de publicidad como Atlas y MacCann así como algunas empresas privadas que alquilaban los espacios y con su patrocinio televisaban obras teatrales y musicales.
En la década de los sesenta nace INRAVISION (Instituto Nacional de Radio y Televisión), tras una fuerte crisis económica de los fondos de la televisión estatal, que desemboca en el sistema mixto del manejo de la televisión en el país. Con esto, el sector privado manejaba la programación y la explotación de los espacios en televisión, pero el Estado seguía siendo el dueño del medio.
Durante los primeros años existía un único canal de televisión, y toda la programación era emitida por este. Sólo hasta 1967 aparecería un segundo canal en Bogotá, pero eso es otra historia.[15]
¡Cómo les parece, un televisor a blanco y negro de marca Siemens costaba 350 pesos! Mientras el salario mínimo mensual de un colombiano era de 120 pesos. ¡Un televisor costaba el equivalente al trabajo de tres meses de un obrero! Ya podrán imaginar lo que costaba un automóvil Ford, Dodge, Chevrolet o un Jeep Willis.
Y ya que nos pusimos en contexto con aquellos años regresemos a nuestra historia.
Habíamos quedado en que dos tipos con cara de matar a la mamá entraron aquella noche a la cantina, justo en el instante en que Araña les hacía un gesto obsceno a sus ignorantes excompañeros que lo habían vitoreado y cargado en hombros.
La única persona que pudo leer en sus malévolos rostros las oscuras intenciones fue una damisela que estaba sentada abrazando a un muy entusiasmado cliente. Al que logró empujar a un lado apenas un instante antes de que la daga desenfundada por uno de los sujetos pudiera penetrar su costado, salvándolo así de una herida mortal. ¡Y se armó el zafarrancho!



BITÁCORA

Domingo 18 de julio de 1954.
Ubicación: Navegando río arriba hacia Barrancabermeja. Cerca de Morales.
Clima: Soleado y muy caluroso. Zancudos por millones cuando estábamos ayer en la tarde en la orilla aprovisionándonos.
Ayer enganchamos el planchón. Se reventó la vieja guaya de proa, pero nos desvaramos con gruesos lazos de manila. Tendremos que esperar hasta llegar a Barranca y comprar el cable de acero adecuado y seguro para mantener firme el planchón contra la lancha. Más gastos. Ojalá no surjan más inconvenientes.
Cargamos 350 bultos con plátano, yuca y maíz con destino a Barranca. Nuestro primer contrato, pero muy barequeado por el comerciante. Todavía tenemos mucho espacio para más carga, esperamos cargar más en Morales, según se nos ha dicho.
No pudimos encontrar otro tripulante. La verdad, no podemos pagar un sueldo atractivo. Tal vez en Barranca. Necesitamos con urgencia un muchacho trabajador aunque no sepa nada de lanchas. También una buena cocinera, mi socio y yo estamos rendidos de tanto oficio en la lancha, además de turnarnos para pilotear, tener que cocinar.
Menos mal que el maquinista no resultó perezoso y nos ayuda más allá de sus deberes, aunque se mantiene a media caña, bebe ron desde que se levanta hasta que se acuesta, su tufo apesta. Observo que habla sin gaguear mientras más ha tomado, ¿será que el ron es buen remedio para la tartamudez?
El planchón venía con un perro negro incluido. Lo tenía por casa, se alimentaba de iguanas que cazaba en la orilla, es buen nadador. No tenía dueño. Mi socio trató de echarlo pero el perro aullaba, puedo jurar que le suplicaba que no lo echara, me conmoví y lo convencí para que lo dejara. Me gustan los perros. Además nos sirve de guardián contra los ladrones. Con el perro somos ya cuatro tripulantes.



Hoja 2.



CAPÍTULO 5

Francisco Robledal, un fornido joven paisa recién llegado a Barrancabermeja, se había empleado como mecánico automotriz en la Troco, siendo la mecánica una de sus dos pasiones, la otra lo metería en problemas: una desmedida afición por las mujeres, en especial por las dedicadas al llamado oficio más antiguo del mundo.
En una de sus frecuentes visitas al prostíbulo de moda del caluroso puerto, esa misma noche en la cantina en la que estaba Araña, no pudo evitar fijarse en la más agraciada de las damiselas, una muy sensual. Como era hombre físicamente muy atractivo, no le fue difícil atraerla a su mesa. Luego de tomar un par de cervezas muy conversadas se le hizo impostergable la rigurosa visita al orinal.
Justo al tiempo entra un cabo de la Infantería de Marina, que va y se sienta con la que consideraba su novia, la misma mujer que esperaba a Francisco. Ella no se hizo rogar. No llevaban demasiado tiempo los dos acaramelados con sus jugueteos, risas y abrazos, cuando de repente irrumpe en el bar del burdel un par de sujetos mal encarados, uno sargento de la Chulavita[16] aunque vestido de civil, quien al descubrirlos enceguecido por los celos se arrojó ferozmente contra el joven suboficial de la Armada, pues la no casta meretriz era supuestamente (para él sargento) su novia. ¿Qué hacía en brazos de aquel marino?, se preguntó mientras desenfundaba un puñal que traía bajo la camisa entre el cinturón. Por un pelo ensarta al sorprendido pichón besuqueador sino es porque la mujer, quien anticipando el mortal envite, lo empuja ágilmente a un lado… El puñal atravesó el cuero del taburete y quedó atrancado allí.
Puños van, puños vienen. El cantinero no queriendo líos con los chulavitas escondió de nuevo su cuchillo carnicero, decidiendo no intervenir. Lucharon tal cual película del Oeste americano rodando por entre mesas, botellas, clientes y damas gritando, pero aquel marino era un moreno alto y bien fornido. El chulavita, un mestizo proveniente del altiplano cundiboyacense, muy bravo pero bajo de estatura, pronto se sintió en desventaja y decidió inclinar suciamente la balanza a su favor desenfundando una bayoneta (¡otra daga!) que tenía escondida bajo la bota derecha del pantalón. Hizo el lance y el marino sólo alcanzó a detener la mortal puñalada agarrando el arma por la hoja doblemente filosa con su mano izquierda. El agresor jaló ésta, cortando la carne de la mano que trataba de quitarle el cuchillo militar, la sangre afloró.
Pacho, que así llamaban cariñosamente a Francisco, quien en ese momento salía del baño subiéndose la bragueta, escuchó el grito de auxilio de la chica, sin pensarlo mucho se abalanzó sobre el chulavita. Siendo hombre corpulento y fuerte, se decía de él que había derribado un toro de más de 500 kilos, pronto dominó y desarmó al celoso sargento, lanzándolo después como un bulto de mazorcas fuera del establecimiento y quien corrió como alma que lleva el diablo.
El otro tipo que acompañaba al sargento, también policía chulavita, decidió apoyar a su amigo y acabar con el asunto de una vez por todas. Se llevó la mano derecha al costado izquierdo dentro de la camisa y sacó a relucir un revólver Smith & Wesson negro calibre 32.
Araña, quien estaba a su lado, sin tiempo que perder le sujetó la mano y la desvió hacia arriba. Un disparo atravesó el techo. El peligroso forcejeo continuó. Se escuchó el segundo tiro, el tercero y el cuarto…
Las mujeres gritaron, pues veían que el revólver siempre apuntaba hacia Araña. Pero el par de hombres seguían peleando sin cuartel. Sólo unos pocos huyeron despavoridos, pues a la mayoría les ganó la curiosidad o morbosidad por saber cómo terminaba el combate. Es más, el público aumentó, pues los disparos obligaron a salir rápidamente a las parejas, algunas desnudas, que estaban dentro de las habitaciones de la cantina-burdel.
La dama causante de esa batalla campal, le pidió auxilio a uno de los hombres desnudos, uno alto parecido al actor Clark Gable, que acababa de salir, o más bien de aparecer en el salón. Él corrió y agarró al chulavita por debajo de las axilas y elevándolo por los aires lo arrojó con violencia al piso, pero el maldito no soltaba el arma y alcanzó a disparar por quinta vez…
El desnudo hombre se miró y no vio sangre ni herida. En ese momento el corpulento Pacho aplastó con todo su peso al chulavita. Entre los dos dominaron al sujeto y lo desarmaron. Sin perder tiempo, la mujer se acercó con una botella de ron y se le partió en la cabeza al agresor que trataba de ponerse en pie cayendo privado en el acto.
El cantinero agitando su dedo índice izquierdo le advirtió a ella –La pagas, mujer. Era un ron car… ¡Dios mío, estoy herido!
En efecto, la quinta bala había sido detenida por la enorme masa de grasa y músculos de la cadera derecha del obeso dueño de la cantina. Pero en vez de acercasen a él todos miraron a Araña quien estaba aún de pie, increíblemente.
El preguntó abriendo sus manos –¿Qué me miran?
Asombrosamente ninguna bala le había dado, ni siquiera rozado.
Alguien dijo persignándose –Es un hombre cruzado, no le entran las balas.
La mujer pidió ayuda a Pacho, a “Clark Gable” y a Araña para llevar al cabo de infantería herido al hospital. También al ahora tambaleante cantinero.
¿Y Sevillano, el amigo con quien brindaba Araña? Se había quedado petrificado en su silla durante todo el jaleo, ni siquiera los disparos lo despabilaron.  Decidió no acompañarlos al hospital, dijo que necesitaba beber otro trago… o varios más.


ßà

Dos horas más tarde, cuando salían del hospital, después de curaciones, costuras, extracción de la bala, asepsia y vendajes de rigor, se encontraron con el iracundo sargento agresor, quien los esperaba junto a una docena de sus compinches armados con carabinas. Pacho, Araña, “Clark” y el marino, intentaron enfrentarlos pero los amenazaron de muerte. Fueron salvajemente golpeados, esposados y llevados a empellones al cuartel de la policía Chulavita. La chica y el cantinero, quienes venían detrás, alcanzando a atisbar el tropel se escondieron tras una puerta que daba a un cuarto guarda escobas.
En el cuartel los encadenaron de pie en medio del patio, descalzos sobre un charco de agua, donde los torturadores planeaban tirar un cable eléctrico de alta tensión…
La mujer, conociendo de lo que era capaz el sargento y tal vez verdaderamente enamorada (¿del marino, de Francisco o de “Clark Gable”?) o por un acto de misericordia, salió luego corriendo a la base de la Infantería de Marina. Allí buscó un teniente conocido suyo y le narró sollozante la conmovedora historia de cómo mientras atendía una inocente visita de su novio marino, un energúmeno chulavita que la venía asediando de un tiempo para acá, al verlos la abofeteó (ella cambió un poco la historia), su cabo la defendió a mano limpia… pelea… bayonetazo…  Pacho… Araña… hospital… y el posterior arresto, pues los acusaron de guerrilleros liberales, llevándolos al cuartel donde los pensaba torturar y asesinar. Le suplicó al teniente que salvara pronto a su subalterno y a sus amigos de tan infame destino.
El oficial de la Armada se encolerizó, no iba a permitir que le tocaran a uno de sus muchachos, menos por esos seudopolicías esbirros del Partido Conservador. Salió al trote rumbo al cuartel de la Chulavita seguido por un regimiento completo con mortero y ametralladoras.
Al llegar, sitió el cuartel sin vacilar. Ya amanecía. Amenazó a los nerviosamente atrincherados policías, gritándoles que si no soltaban a su hombre y a sus amigos de inmediato no dejaría polvo sobre piedra del cochino acantonamiento.
No demoraron en soltarlos. Ante mortero y ametralladoras no hay rifle que valga. Salieron los arrestados muy maltrechos, pero la preocupada damisela más tarde se esmeraría en cuidados para con los cuatro, claro.
El teniente, aunque fue denunciado por la policía, no sufrió consejo de guerra ni juicio alguno por la osada acción militar contra el cuartel de los paramilitares conservadores, por el contrario, su comandante lo felicitó por su heroico acto de justicia, dejando en alto el honor de la Armada, además de meterles un buen susto a esos tales por cuales chulavitas. Entre los infantes y aquellos “policías” había una proclamada enemistad de tiempo atrás.
Cuando todo pasó, mientras caminaban de regreso en la mañana, pudo la bella dama en cuestión presentarlos entre ellos. Ya Araña conocía a los recién llegados hermanos Robledal, antioqueños como él, Pacho era uno de los menores. El otro (que nos atañe por lo que sigue) a quien él no conocía hasta esa noche era al “Clark Gable”, con iguales ojos azulados y bigotico incluido, a quien todos llamaban el turco Anís.
¿Y la mujer? Pues ella se hacía llamar Moralita, porque provenía de Morales, un caserío en aquellos días a orillas del Magdalena. Nadie sabía su verdadero nombre.





CAPÍTULO 6

Llegaron a pie hasta la finca, en las afueras de El Banco. Una casa grande blanca pintada con cal, de un solo piso, con corrales a su alrededor y en uno de ellos, algo insólito: una tortuga morrocoy y un armadillo parecían andar en amores mientras un burro como testigo los miraba impávido. En la orilla del río Magdalena, atado a un pequeño muelle de madera vieron una canoa con motor fuera de borda, pero ningún remolcador.
         El turco Anís rascándose la cabeza dudó –¿Sí será aquí?
         Araña respondió –Sólo hay una manera de saberlo, preguntando.
        Tocaron a la puerta dos veces. Salieron por un lado de la casa tres perros criollos, es decir de razas inidentificables, ladrando pero sin intentar atacar. Tras ellos apareció una gorda mujer ya entrada en años que dio la orden de callar a los caninos, los que obedecieron en el acto. Mirando a los dos visitantes de pies a cabeza les preguntó con una sonrisa a flor de labios –¿Qué trae a mi humilde morada a este par de buenosmozos?
Araña preguntó con sonrisa inocente –¿Es usted doña Aromita?
La señora soltó la carcajada. Corrigió recalcando –Aromita no, ARAMINTA… Aunque sí emano buen aroma, ¿cierto muchachón?
Araña avergonzado miró al turco quien le había suministrado el nombre, obviamente mal entendido debido a la muy defectuosa pronunciación del castellano, que delataba su origen extranjero. Replicó –Discúlpeme doña…
Ella lo interrumpió –Hombre, llámeme niña Minta, como todo el mundo. ¿Y ustedes dos quiénes son?
Araña y el turco se presentaron.
El turco Anís había llegado junto con su familia, procedentes de Siria, a Barranquilla a mediados de los años 30s., cuando él era apenas un adolescente. Así que no era realmente turco sino sirio, pero en aquellos días a todos los inmigrantes del Oriente Medio les decían turcos porque desde antes de la primera guerra mundial el Imperio Turco-otomano incluía varios de aquellos países, siendo así que los nacidos en Líbano, Siria, Palestina y de otros países vecinos emigraban con pasaporte turco.
Estudió en un colegio de Barranquilla donde su padre encontró trabajo con un tío, que también había inmigrado a Colombia años atrás, como piloto de un pequeño ferry que servía en para pasar gente, ganado y carga de una orilla a otra del Magdalena. El pequeño Anís, que no era su nombre sino su apellido paterno, o mejor, el que al notario más se le pareció al verdadero apellido, admirado de tan grande río pronto aprendió los secretos de la navegación fluvial. Soñaba que algún día sería dueño y capitán de su propia embarcación.
No diré más de sus orígenes ni de su familia porque no voy a inventar, pues ni siquiera recuerdo su nombre de pila, así que lo mencionaremos como el turco Anís, como todo el mundo lo llamaba. Y es que él, cuando lo conoció Araña aquella fatal noche de 1954, ya andaba detrás de su sueño, de algún modo había conseguido un dinerillo y había ubicado una lancha remolcadora que estaba en venta. Pero como lo ahorrado no le alcanzaba andaba en busca de un socio. Justo ahí la Divina Providencia le presenta a Araña, ¿o debo decir Moralita?, un lanchero menor pero muy conocedor del río Magdalena y gracias a un orgulloso gringo ahora disponible… ¿Pero tenía plata para ser su socio?
A Araña la propuesta le había sonado, pero tenía muy poco ahorrado, pues la mitad de su salario lo enviaba religiosamente a su madre a Sopetrán, nunca olvidaba a su familia, y la otra mitad era para pagar el alquiler de la pieza donde dormía, su manutención y, bueno, los demás gastos propios de un hombre joven soltero. La falta de dinero no lo amilanó, vislumbró un buen futuro e iría tras él. Pidió a su amigo Sevillano un préstamo, con intereses claro, por la suma que el turco le dijo costaba la mitad de la lancha.
Habían arribado aquella mañana al puerto de El Banco con la firme intención de comprarla, a una viuda que la había heredado de su difunto marido.
Ante el descomunal pedido hecho por la niña Minta, el turco Anís no pudo ocultar su frustración –¡Demasiada plata! El doble de lo que me habían dicho que pedía.
La mujer sin amedrentarse, se llevó de nuevo el pocillo de café a la boca y luego de sorber un trago, agregó –Tal vez ciento veinte mil pesos parezca mucho, pero quiero que escuchen bien la segunda parte de mi oferta y se darán cuenta que no es demasiado.
Ella hizo una pausa. Tomando la cafetera les volvió a llenar los pocillos de tinto endulzado con panela. Segura de que contaba con toda la atención de los compradores, continuó –Me pagarán de a mil pesos mensuales anticipados durante diez años. A partir del momento en que firmemos la escritura de traspaso. La lancha quedará pignorada a mi nombre y me firmarán ciento diecinueve letras de mil pesos por la deuda restante, las que mes a mes le iré devolviendo a medida que me vayan pagando. ¿Comprendido?
La segunda parte de la oferta los sorprendió, pidieron que les repitiera. Ella les repitió palabra por palabra, además les explicó que prefería el pago así porque no sabía qué hacer con el dinero si le pagaban de contado, temía invertirlo mal, malgastarlo, que la estafaran o la robaran.
Araña hizo la primera interpelación, vacilando –Y si usted llegara a… a… a faltar…
Ella precisó –Morir es la palabra correcta, mijo. ¿Qué pasa si muero antes?
Él asintió con la cabeza y levantó sus hombros justificando el inevitable pensamiento.
Sin perturbarse ella misma se respondió –Le seguirán pagando a mi sobrina, la hija menor de mi única hermana viva, que vive conmigo pero ahora no está aquí. Así debe quedar consignado en el documento de la venta. Pues no tengo hijos, soy horra[17].
El turco intervino –Pero antes deberíamos mirar la lancha, que no la hemos visto.
La mujer asintió y los invitó a que la siguieran. Salieron de la casa por la puerta trasera, caminaron un largo sendero entre plataneras y maizales hasta un ancho caño que serpenteaba detrás de la finca, rodeaba un islote y volvía al río. En la orilla, amarrado al tronco de un gran árbol de guamas encontraron el remolcador. Mientras en la orilla de enfrente, en una playa del islote descubrieron una familia de manatíes jugueteando tiernamente, Araña y el turco no ocultaron su admiración, nunca habían visto uno aunque sí habían escuchado de ellos. Los apreciaron por largo rato. Ella les contó que antes también habitaban allá grandes caimanes, pero los colonos de la zona los mataron porque se comían los terneros, las gallinas, los cerdos y hasta dieron cuenta de un par de niños descuidados por sus padres.
Araña y Anís observaron el remolcador de proa a popa sin abordarlo. El casco se encontraba en perfecto estado así como toda la estructura y paredes sobre cubierta, algo despintado. Se podía leer bien el nombre: “Josefina”.
La viuda que seguía los ojos de los compradores rompió el silencio –¡Pongo una condición!
Araña levantó las cejas mostrando algo de sorpresa y dando a entender que la escuchaba.
Ella continuó –Sólo una condición pongo, que le cambien el maldito nombre.
El turco y Araña se miraron aún más sorprendidos. La curiosidad los carcomía.
Anticipando el interrogante ella exclamó –No soporto ver ese nombre más en la lancha… El desgraciado de mi marido me tuvo engañada por años, me hizo creer que era el nombre de su abuela… ¡Qué va! Sólo hasta hace poco, después de muerto, me enteré que era el nombre de una moza[18] suya, una zorra de Morales.
Silencio entre ellos. Un fugaz pensamiento se les debió pasar por la mente a los dos: “¡Mujeres bellas de Morales son mujeres fatales!”
Ella, olvidando por un momento a sus interlocutores, extendió sus brazos y levantando la cabeza al cielo susurró –¡Justo Tarsicio del Real Barros, ni una misa te mandaré a decir! ¿Me oyes? ¡Para que pases un largo rato en el purgatorio!
Ninguno de los dos se atrevía siquiera a pestañear.
Como si no la hubieran escuchado, la niña Minta continuó –¿De acuerdo? Le cambian el nombre de inmediato.
Ambos movieron la cabeza afirmativamente.
Ella sonriendo exclamó –Vea pues, un turco y un antioqueño mudos. ¡Digan algo, carajo!
Araña fue el primero que obedeció –¿Dónde está el planchón? Teníamos entendido que vendía el remolcador con un planchón ganadero.
Ella cambió de tono, el de esposa indignada por el de la pobre viejecita. Les explicó que se había visto obligado a entregarlo por una deuda que le dejó su difunto marido. Que el planchón, muy bueno por cierto, el nuevo dueño lo tenía para la venta amarrado río arriba no muy lejos de allí.
Para lograr nuevamente la atención de los compradores sobre el remolcador, agregó señalándoles la embarcación –¡Cómo les parece, bonita! Nueva no está, pero tampoco está vieja. Tiene un potente motor diesel alemán en perfecto estado y una hélice nuevecita que Tarsicio le puso justo antes de…
En ese instante alguien se movió dentro de la lancha remolcadora, justo en la planta baja donde está el motor, tumbando o dejando caer algo metálico.
La mujer gritó -¡Epa, Garabato, deja de fisgonear y ven acá!
Salió tambaleante de la lancha un largo, viejo y desgarbado hombre, con un inmenso bigote blanco, como el color de su escaso pelo, que contrastaba con la piel manchada por el carate. Igualmente eran escasos sus dientes, cosa que lo tenía sin cuidado pues no dejaba de sonreír.
La mujer les dijo que él, a quien apodaban Garabato, había sido la mano derecha de su difunto marido desde que adquirió la lancha. Era maquinista, mecánico, piloto y conocía el río como la palma de su mano. No tenía familia ni adonde ir, así que le había permitido quedarse a vivir dentro de la lancha a cambio de que la mantuviera en buen estado y la cuidara de los amigos de lo ajeno. Ella le suministraba la comida y algunos pesos como estipendio. Sería alguien muy útil para quien comprara a “Josefa” (la lancha no la amante), agregó concluyendo la presentación, no sin antes advertirles que él era tartamudo al extremo, por lo que poco hablaba.
Araña y el turco abordaron. Revisaron con parsimonia la cubierta y el interior, luego le pidieron a Garabato encender el motor. No sólo lo hizo sino que soltó amarras, subió al puente de mando con ellos, alejó la lancha unos metros de la orilla, marcha adelante, marcha atrás, giro a babor, giro a estribor… Los manatíes en la otra orilla parecían celebrar el movimiento de la embarcación, Araña casi podía jurar que estos mamíferos acuáticos conversaban vigorosamente entre ellos.
Finalmente Garabato orilló de nuevo la lancha y la amarró.
Ellos pidieron un rato a solas para discutir el negocio. Ambos estuvieron de acuerdo en que el remolcador era apropiado, que si lograban que le bajara al precio pedido podrían devolver la mayor parte del dinero a sus prestamistas, sí creían ser capaces de pagárselo en cuotas de a mil pesos mensuales. En ese momento el turco aclaró que la mayor parte del dinero que tenía se lo había prestado (a intereses) el anciano tío de su padre, quien en vez de comportarse como un familiar generoso era un viejo avaro, pese a que su padre le había entregado toda su vida como leal administrador de sus negocios fluviales.
Luego, para resumir, se presentó una largo tire y afloje por el precio entre los dos compradores y la perspicaz vendedora. Ya habían acordado un precio de cien mil pesos cuando en algún momento de la negociación ella mencionó que le gustaría tener algo que atemorizara a los ladrones que se aprovechaban de una vieja viuda acompañada por su sobrina, pues ya le habían robado algunos novillos, un macho[19] y hasta el primer motor Johnson de la chalupa que amarraba frente a su casa. Comentario que aprovechó Araña.
Él buscó en su maleta, extrajo una bayetilla roja que envolvía algo, sin descubrirlo dijo –Entonces lo que tengo aquí le puede interesar, digamos como la primera cuota.



  
BITÁCORA

Sábado 31 de julio de 1954.
Ubicación: Partimos esta mañana de Barrancabermeja rumbo a Puerto Berrío. Compramos un cable de acero nuevo en el almacén de Cristóbal Restrepo, este sí debe aguantar.
Clima: Muy caluroso (mientras más navegamos río arriba más calor).
Primer contrato importante: Cien novillos con destino a Puerto Berrío hacia la finca de don Eugenio Mesa, que le vendieron mi amigo Sevillano y su socio Alfonso Robledal.
El perro, a quien llamamos Negro, ya se hizo querer por mi socio y se ganó el puesto en la tripulación: antenoche espantó a un merodeador en el muelle de Barranca que trató de subirse a la lancha. Se llevó un doloroso mordisco y buen susto cuando Garabato le salió machete en mano. Este es un país de ladrones por oficio o por vicio.
Contratamos en Barranca a un muchacho como nuevo tripulante todero, el grumete que necesitábamos. Se encargará de mantener aseada la lancha, tirar amarras, embarcar ganado y cargar bultos o lo que se necesite, así como de vigilante adicional. No nos servirá de mensajero en tierra porque es sordomudo, aunque es un mono avispado y trabajador, pues se mantiene pendiente de las señas que le hacemos para indicarle sus labores del momento. Nadie le ofrecía empleo por su defecto y lo necesitaba, su muy querida madre nos lo encomendó mucho, una mujer necesitada con cuatro hijos menores más abandonados por el padre. Le anticipamos el sueldo del mes y se lo dimos a ella. Todo el mundo lo llama Cucufato, nada raro pues por aquí a casi todos los llaman por el sobrenombre. Él trata de hablar y cree que lo hace bien, pero apenas si se le entiende una especie de aullidos que emite, pobre jovencito, deben haberse burlado mucho de él.
Ya solamente nos falta la cocinera, que esperamos contratar en Puerto Berrío. Una mujer que conozco y sabe preparar tanto pescado como unos deliciosos fríjoles.


  
Hoja 3.



CAPÍTULO 7

Mientras partían rumbo a Morales y después de recibir las primeras instrucciones de pilotaje y navegación del remolcador, lo que no les era extraño del todo al chalupero Araña ni al otrora piloto de ferri Anís.
         Media hora después navegando río arriba, el turco no se aguantó más y le preguntó, sin disimular una sonrisa, a Araña –¿Cómo carajos te robaste el revólver del chulavita?
         Araña respondió –No fui yo. Fue Moralita, después del botellazo que le metió en la cabeza. Me lo entregó después.
         El turco lo miró de soslayo haciendo una mueca de “te pillé” –Así que se siguieron viendo, ¿no?
         Araña sonrío pícaramente.
         Anís agregó –Lo que más me cuesta creer es que la vieja haya aceptado el revólver como primera cuota con sólo una bala. ¡Mil pesos por un revólver sin papeles con una sola bala!
         Araña simplemente musitó –Una bala puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Además le prometí que el próximo mes le traigo más balas… ¿Dónde las conseguiré? Debí quedarme callado.
Garabato preguntó quién sería el capitán. El turco Anís miró a Araña y dijo –Mi socio estará de acuerdo en que sea yo, por una más amplia experiencia…
         Araña le salió al paso –Mi experimentado socio en manejo de ferri debe reconocer que nunca ha navegado más arriba de Barranquilla y que yo sí conozco muy bien casi todo el río navegable…
         Sin dejarlo terminar el turco interpeló –Pero mi socio debe reconocer que una chalupa es muy diferente a una lancha remolcadora.
         De nuevo Araña –Pero mi socio no querrá arriesgar la lancha metiéndose por donde no conoce, ¿cierto?
         El turco –Socio querido, yo…
         El gago Garabato, quien timoneaba, cortó a los dos que estaban a su lado agitando las manos y casi gritando –¡Pa… pa… pa… paren ya, ca… ca… carajo! ¡Pa… pa… pa… parecen un par de… de… de… locas e… e… ena… na… na… enamoradas, no joda! ¡En… en… entonces, que… que… que ambos sean ca… ca… capitanes!
         Salomónica intervención de Garabato. Les pareció bien y así lo acordaron. El turco Anís sería el capitán de día y Araña el capitán de noche, al mes siguiente cambiarían de turno y así sucesivamente cada mes.

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Ya en Morales dos días después y habiendo negociado, no sin algo de dificultad, el planchón ganadero al viejo agiotista que se lo había recibido a doña Araminta como pago por una deuda de su difunto marido, mandaron a pintar el remolcador por verde y anaranjado, y cambiarle el nombre de “Josefa” por el de “Moralita”.
         Tenían que encontrar pronto el primer cliente. Recaudar mil pesos al mes más los gastos normales de su nueva empresa fluvial, durante los próximos noventa y nueve meses, les parecía ahora un reto enorme. Sintieron miedo a fracasar, sin embargo ninguno se lo confesó al otro.




CAPÍTULO 8

El capitán Araña, al frente del timón en la cabina de mando, admiraba esa cálida noche por la rectangular escotilla a babor una inmensa luna llena que parecía nacer en la refinería petrolera, con tantas luces como una ciudad de hierro, mientras, por la escotilla a estribor observaba la sombra de la lancha sobre el río plateado por el reflejo de la luz del astro. Así mismo escuchaba como el ruido del motor del remolcador se fundía con el rumor de la refinería. El suave olor azufrado que percibía le era inconfundible, llegaba a su destino. Un éxtasis inundó su cuerpo, tuvo lo que llaman un momento estelar. Entendió porqué algunos escribían poesía y componían canciones ante magníficos paisajes como aquel, porqué los ríos enamoraban a sus navegantes y pescadores, porqué noches como esa se volvían inolvidables para quienes la vivían.
         Tocó la campana con entusiasmo, llamando a todos los tripulantes a sus puestos, en unos minutos atracarían en el muelle de Barrancabermeja. Su primera vez al mando de Moralita. “Ojalá mis padres y mis hermanos me pudieran ver”, pensó con nostalgia.



BITÁCORA

Martes 3 de agosto de 1954.
Ubicación: Muelle de Puerto Berrío.
Clima: Brisa. Menos calor y menos zancudos que en Barranca.
Descargamos el ganado en los corrales de la hacienda de don Eugenio Mesa. Una hacienda muy hermosa.
Acaban de contratarnos para llevar 4.500 cajas de cerveza Pilsen a Barranca. También para recoger 1350 bultos de cemento en Puerto Nare para el Almacén de Cristóbal Restrepo. El planchón quedará full, cargado hasta el techo. Dos buenos contratos, ya podré dormir mejor.
Partimos mañana temprano rumbo a Puerto Nare y luego hacia Barranca.
Contratamos a la cocinera, pero no a la que yo conocía sino a su hija, quien me aseguró que cocina igual que su mamá. Su nombre: Zordwa. Dice que es un nombre africano, su padre tenía un abuelo de África. La cuestión es que muchos entienden “Sorda”, lo que la enfurece. Hoy apenas abordó insultó a Garabato por llamarla así, ella es más grosera que un sargento del ejército.
La tripulación está completa: un perro negro, un maquinista gago, un grumete sordomudo, una cocinera boquisucia que le dicen sorda y, un turco y un paisa que por primera vez somos capitanes. Que Dios y la Virgen del Carmen nos bendiga y nos ayude.


  

Hoja 4.



CAPÍTULO 9

Sevillano esa noche en su casa después de escuchar toda la historia del negocio, con pelos y señales, de boca de Araña, se le ocurrió comentar –Dicen que finca de viuda vale la mitad, pero ahora podemos decir que lancha de viuda vale el doble.
         No pudo evitar reírse y agregó –¡Qué mujer tan fregada, eh ave María! ¡Los puso a trabajar para ella durante ocho años y cuatro meses! Esa vieja costeña salió más viva que un turco y un paisa juntos… Esta historia no me la voy a guardar, porque alguien tendrá que escribirla algún día.
         El ahora capitán Araña susurró –Y eso que no he contado los impuestos, timbres y gastos de registro… ¿Hicimos un mal negocio, cierto?
         Sevillano cambió su gozosa cara por una más circunspecta y respondió –No tanto. No fue malo si saben sacar provecho de la oportunidad. El precio a pagar es alto si únicamente se mira el total, pero teniendo en cuenta la forma de pago, a la larga no está cara si… ¡Mmm…! Mil pesos más los gastos mensualmente no son fáciles de ganar a punta de fletes normales transportando ganado, cemento, hierro, cerveza, gaseosa, maíz o plátanos, pero si… ¡Mmm…!
         Araña se dejó picar por la curiosidad –¿Pero si qué, hombre?
         Su pelirrojo y pecoso amigo miró a cada lado como para asegurarse de que nadie escuchara lo que se disponía a decir. Su esposa y la empleada para el servicio doméstico estaban atrás en la cocina preparando la cena. Luego, acercándose la oreja izquierda de Araña, le dijo en voz muy baja una palabra, sólo una.
         Araña al escucharla se quedó inmóvil en silencio por un breve tiempo, como deletreando en su mente la palabra. Giró lentamente su cabeza y muy serio miró a los ojos de su amigo, quien alzó sus cejas y sonrió.
Finalmente, el novato capitán de río movió su cabeza afirmativamente y sonrió también.
         La joven esposa entró a la sala palmeando con sus manos como una madre a sus hijos –Bueno jóvenes, pasen a comer.
         Ambos se levantaron del sofá. Sevillano dándole una suave palmada en el hombro a Araña le dijo –Les presentaré a un amigo que les servirá mucho en eso.

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Al mediodía siguiente se encontraron en la plaza de mercado y después de tomarse un tinto se encaminaron hacia la casa de los hermanos Robledal. Doblaron la última esquina de la cuadra en donde estaba la casa y descubrieron frente a un reconocido tipejo escoltado por cuatro policías chulavitas que golpeando fuertemente la puerta gritaba –¡Salga Alfonso Robledal, no se esconda entre las faldas de sus hermanas, sea macho!
         Araña y Sevillano se acercaron con cautela pero decididos a ayudar a su amigo y paisano. Sevillano preguntó cortésmente –¿Qué pasa, señores?
         El hombre vestido de civil, era un furibundo conservador que odiaba a morir, literalmente, a los liberales. Lo apodaban Rellena, por su afición a comer este delicioso embutido (con arroz y sangre de res o cerdo, actualmente conocido como morcilla) frito. Araña notó el revólver que escondía entre la camisa y el cinturón. Respondió con voz prepotente –¡No se metan en esto, piérdanse de aquí!
         Uno de los chulavitas desaseguró la carabina y con una sonrisita malévola escupió una pregunta –¿Ustedes también son unos malpa… liberales?
         Araña no dejándose intimidar arremetió -¡Eso a ustedes no les importa!
         El policía le apuntó. Rellena, entrecerrando sus ojos les repitió –¡Váyanse de aquí o no respondo!
         En ese momento Lucila, la hermana mayor de Alfonso, abrió la puerta –¡Sevillano cómo has estado, sigue con tu amigo! Ya estamos sirviendo los fríjoles con garra…
         Rellena interrumpió –¿Oiga señora, usted es sorda y ciega o se hace?
         Araña no se pudo contener –¡Respete cabrón o le enseño…!
         Sacando el revólver lo desafió –¿O me enseña qué? ¡A ver!
         Lucila tratando de atajar la mortal pelea intervino enojándose –Oiga Rellena, yo a usted lo conozco y a su familia, así que no se aparezca en mi casa tratando de asustar a mis amigos y diga de una vez por todas qué quiere.
         El sujeto sabía que Lucila era compañera del rosario diario en la catedral de su mujer, así que tratando de parecer amable respondió –Mire señora, vinimos a detener a su hermano Alfonso Robledal, así que déjenos entrar, lo esposamos y nos vamos…
         Ella sin dejarlo terminar –Pues sigan y búsquenlo a ver si lo encuentran, porque yo hace más de tres días que no lo veo, debe andar con alguna sinvergüenza quién sabe dónde.
         Les abrió la puerta de par en par y los invitó a seguir. Ellos no creyéndole entraron, buscaron por toda la casa pieza por pieza, en el baño y hasta en el cuartico de reblujo[20] pero no lo encontraron.
         No rindiéndose Rellena espetó a Lucila –¿Dónde se escondió?
         Lucila sonriendo socarronamente contestó –Yo que voy a saber dónde andan metidos mis hermanos, más bien dígame por qué lo quiere encarcelar.
         El chulavita que le había apuntado a Araña tomando la palabra auxilió a su copartidario –Es reserva del sumario, señora.
         Ella agitando su dedo índice dijo con enojo, al menos simulando estarlo porque lo que estaba era muy asustada –Qué reserva del sumario ni que ocho cuartos, ustedes quieren llevárselo nada más porque es liberal. Pero les advierto, mi hermano menor está en la academia militar en Bogotá y pronto se graduará de teniente del ejército, lo voy a llamar y le voy a decir que ustedes, y yo se los nombres de todos ustedes, andan persiguiendo a sus otros hermanos… ¡Y ya veremos qué pasa!
         Rellena, preguntó con ironía porque no le creía –No me diga, ¿y cuál hermano suyo está en la academia militar?
         Ella llevándose las manos a la cintura –Petronio, mi hermano menor. ¿Acaso no lo conoce?
         Uno de los objetivos del presidente Gustavo Rojas Pinilla era despolitizar a la policía. Los militares en ese momento eran sin lugar a dudas los más poderosos en el país.
         Sevillano decidió intervenir antes de que Araña se le adelantara reforzando –Señores, mejor váyanse ya y asunto olvidado. Pues Petronio sí tiene varios amigos oficiales que están aquí en el batallón… ¡Mmm! Hagamos de cuenta que no ha pasado nada y asunto concluido.
         Otros dos chulavitas le susurraron algo a Rellena, quien refunfuñando le dijo a Lucila –Está bien, pero dígale a su hermano que…
         Una voz se escuchó desde el patio trasero –Qué me tiene que decir.
         Su hermana llevándose la mano a su boca para tratar de ahogar un grito de angustia, sólo alcanzó a musitar –¡Alfonso…!
         El chulavita que había hablado antes corrió hacia él y le dio un culatazo con su carabina detrás de la oreja izquierda derribándolo. Araña de inmediato le dio un puñetazo tan bien puesto en la quijada a Rellena que soltó el revólver que llevaba en la mano, y cuando se agachó para recogerlo recibió un segundo golpe, una patada en la cara que lo hizo caer bocarriba sobre el piso de cemento.
Los otros cuatro chulavitas se lanzaron contra Araña tratando de inmovilizarlo. Rellena gateaba aturdido mientras escupía sangre, un par de dientes y palabras soeces –Lo voy a matar… lo voy a matar… perro hijue…
Otra voz tronó desde el fondo del corredor en la entrada de la casa –¿A quién va a matar, Rellena?
Era Pacho Robledal quien entraba acompañado por su nuevo amigo, el teniente de la Armada que lo había rescatado, días atrás, del cuartel de la policía chulavita, seguido de un pelotón de infantes de marina armados con sus fusiles.
Amparo, otra hermana de Lucila, quien fue la primera en divisar por la ventana a los policías que se acercaban dirigidos por el fanático del partido Conservador, encaramándose por la tapia del patio trasero         que daba a una casa vecina, corrió a buscar a su hermano Francisco no sin antes advertirle a su hermano Alfonso y a su hermana mayor.
Alfonso Robledal se había escondido en un viejo pozo de agua que estaba en el patio camuflado entre matorrales tapado con unas tablas de madera. Pero tal vez sintiéndose un cobarde o temiendo que arrestaran a sus amigos o para enfrentar a sus perseguidores decidió salir del pozo de agua, pese a que parecía que entre su hermana Lucila y Sevillano ya los tenían aplacados habiéndoles advertido sobre las conexiones del joven Petronio Robledal, quien ciertamente estudiaba en la academia militar pero todavía muy lejos de graduarse como subteniente del ejército, pues apenas ese año había empezado sus estudios de cuarto año de bachillerato.
Los chulavitas soltaron sus carabinas y alzaron sus manos en señal de rendición, sabían que aquel teniente no vacilaría en dar la orden de disparar si se resistían. Mientras, el capitán Araña aprovechó acercándose al oído de Rellena todavía en cuatro, para susurrarle –Mire Rellena, deje esa mierda de la política partidista que ahora los que mandan son los militares. No sea tan bruto, no crea que sus jefes conservadores lo van a proteger por andar matando liberales…
Rellena no dejándolo terminar exclamó a todo pulmón –¡Soy y seré conservador hasta la muerte como los más ilustres doctores, así como la Santa Iglesia es conservadora y hasta Jesucristo es conservador!
El teniente al escucharlo, meneando su cabeza, dijo –Estos fanáticos de los partidos son los que tienen jodido al País. Pero no se preocupen, dejen que nosotros nos hagamos cargo de este asuntico.
Y a todos ellos los arrestó.
¿Cómo se hicieron cargo los militares del asuntico? Lo único que puedo escribir es que el coronel a cargo del formidable batallón antiaéreo de Barrancabermeja en las siguientes semanas desarticuló con eficacia a toda la policía chulavita y desmanteló su cuartel, siguiendo instrucciones directas del Presidente Rojas Pinilla. Nunca más se volvió a ver a ninguno de aquellos ex policías en el puerto petrolero. De Rellena no supe cómo ni cuándo se reformó, pues más de veinte años después lo vi asistiendo al colegio católico donde estudiaba su hijo menor a una reunión de integración padres-hijos departiendo alegremente, no me lo van a creer, con Alfonso Robledal quien también tenía a su hijo mayor estudiando allí, se habían hecho amigos o al menos se habían reconciliado de tiempo atrás, no obstante cada uno seguía votando por los candidatos de su partido. Vueltas que da la vida.
Hablando de vueltas de la vida, es hora de aclarar para aquellos lectores que en algún momento pensaron que esta novela trataba de otro capitán, mencionado por una antigua tradición oral hispánica como “Capitán Araña”, que obviamente no es el mismo nuestro. Para quienes no lo sabían: Se dice que a finales del siglo XVIII por los puertos ibéricos andaba un tal capitán Arana o Aranha (sí, con “n” en vez de “ñ”), de origen vasco o portugués, reclutando a incautos soñadores de la aventura, a quienes embarcaba en naves con destino a América del sur con el verdadero propósito de engrosar las tropas reales que trataban de sofocar los primeros conatos independentistas, las primeras batallas que ya se libraban en Argentina y Chile. El “buen” capitán Arana, del que se creía era un viejo lobo de mar que se enriqueció comisionando por su bien montada artimaña, pues le hacía creer a sus víctimas que él también se embarcaría con ellos para dirigirlos en busca de la codiciada fortuna. Por supuesto, las naves partían con los “nuevones” marineros y soldados pero sin su tan famoso capitán a bordo.
El apellido Arana por aquello de las pronunciaciones y la tradición de boca en boca se deformó con el tiempo en Araña. Hoy en día se cita esta historia como analogía para hacer énfasis en el engaño y la traición de alguien. Hasta en algunos lugares, como en la costa Caribe colombiana, se cree que el tal capitán Araña era un tipo sin barco pero con una vieja carcasa que juraba le servía para navegar en cualquier agua y que tenía la repudiable costumbre de persuadir a sus amigos para que lo acompañaran en diversas correrías, llenas de aventuras y emociones, pero siempre sucedía que a la hora de emprender el viaje dejaba a los demás embarcados en la dizque bien dotada nave y él desaparecía. El Capitán Araña quedó así convertido en un símbolo de la traición, la mentira y la falta de arrojo.
Nuestro capitán Araña, que no lo llamaban así por el apellido sino por la forma del lunar en su nuca y que sí tenía nave, era muy diferente a ese viejo pillo. Y, peligros y aventuras apenas empezaba a vivir.





CAPÍTULO 10

La rolliza mujer al escuchar que el turco Anís le comentaba en voz baja, pero no lo suficiente, a su socio que ella era poco agraciada, reclamó –¿Quieres una buena cocinera o una puta buena?
         Anís se sonrojó. Araña se rió.
         Con esa elegante interpelación, aquella tarde en la plaza de mercado de Puerto Berrío, engancharon a la negra Zordwa como la cocinera de a bordo. La que se haría famosa entre la tripulación y los pasajeros de Moralita por su sabrosos sancochos de pescado así como por sus memorables fríjoles con coles acompañados de chicharrón.


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         Lo primero que ella hizo al abordar, luego de descargar su maleta en el pequeño camarote que estaba tras la cocina, fue escribir tres letreros en cartones y colgarlos en los dos únicos baños de la lancha, así: sobre la puerta de uno “ombres” y del otro “mujercitas”, dentro del baño de “ombres” pegó a un lado del sanitario sobre la caneca para el papel el tercer letrero que decía “no deje su cara en el baño”.
         Garabato fue el primero que necesitó ir al sanitario y, para su infortunio, entró en el de “mujercitas”. Apenas se había bajado los pantalones cuando abriendo la puerta intempestivamente, la energúmena Zordwa le grito –¿Qué carajos hace, acaso no sabe leer?
         El pobre gago no pudo pasar de repetir como cinco veces la primera sílaba de quién sabe qué palabra, por el susto que se llevó. Ya antes, en el momento en que Araña se la presentó, ella lo insultó cuando entendiendo mal su nombre él lo repitió –So… So… So… Sorda, ¿Sorda?
         El turco Anís llegó a tiempo ante tan indecorosa escena y le explicó a la nueva cocinera que Garabato era hombre analfabeta, no sabía leer siquiera la palabra “peligro”. Además, le dijo que “hombre” se escribía con “h”, a lo que ella respondió –Por supuesto patroncito, con “h” de huevón, ¿cierto?
         Anís no supo si enojarse o reírse. Prefirió hacer caso omiso al irónico comentario exigiendo que le aclarara quien había autorizado la nueva regla de separar los baños por sexo.
         Ella dijo –La madre Naturaleza así lo dispone. El aseo es la madre de la buena salud, ¿cierto patroncito? ¡No creerá que me voy a sentar en una taza chispeada con los orines de todos ustedes, ah!
         Araña llegó en ese instante somnoliento –¿Qué pasa? Me despertaron y todavía falta para comenzar mí turno.
         Anís explicó enojado mientras Garabato trataba de intervenir, ya con los pantalones puestos, pero su tartamudez se lo impedía. Se dio una larga discusión entre los cuatro, a la que después se unió el grumete mudo (¡créanlo o no!) lanzando agudos alaridos inentendibles, en fin, más bien parecían una algarabía de gallinas recién amanecidas, hasta que finalmente se pusieron de acuerdo: Ella y los dos capitanes, con el tácito compromiso de limpiar muy bien la taza después de orinar, usarían el baño al que le había colgado el letrero de “mujercitas”, el que cambiaría por “C. y C.” , capitanes y cocinera. Los demás tripulantes y eventuales pasajeros, excepto si llegaba a abordar alguna dama, usarían el baño de “ombres”, cuyo letrero cambiaría por el de “Tripulantes”.
         Más tarde en la noche, cuando estaba Anís entregando el turno en el puente de mando le preguntó a Araña –¿Socio, qué quiere decir ese letrero de “no deje su cara en el baño”?
         Levantando sus hombros dando a entender que no estaba seguro respondió –Tal vez es una frase filosófica.
         El turco replicó –¡Carajo, ahora sí estamos hechos! ¡Dimos con una cocinera filósofa!
         Araña mirando hacia el horizonte acotó –Y altanera. ¡Eh, ave María! Pero si cocina bien nos la tenemos que aguantar, porque ya estoy harto de comer el pescado seco que Garabato parece que fritara con aceite de motor… Socio, cambiando de tema, debemos hablar de una cuestión muy seria.        






BITÁCORA

Martes 10 de agosto de 1954.
Ubicación: Muelle de Barrancabermeja.
Clima: Calor suave. Más viento y menos zancudos.
Descargamos toda la cerveza y el cemento sin contratiempos.
En cinco días debemos estar en El Banco para pagar a doña Araminta la segunda cuota. Con los fletes recibidos hasta el momento podremos pagarle los 1.000 pesos, pagar los sueldos y la cuenta del cable donde Cristóbal Restrepo, y así quedamos pelados. Gracias a Dios que acaba de salirnos un contrato para llevar gaseosas a los distribuidores desde Puerto Wilches hasta El Banco.
Esta tarde acaban de cargar las cajas de gaseosas, en total son cinco camionados.
Así aseguramos tres contratos mensuales: cerveza desde Puerto Berrío a Barranca, cemento desde Puerto Nare a Barranca y gaseosas desde Barranca río abajo hasta El Banco. Se me acaba de ocurrir ofrecerles a los de la Cervecería Unión llevarles también cerveza río abajo más allá de Barranca, así me toque conseguir a los distribuidores que la compren en cada puerto. No debe ser difícil vender cerveza, plata para vicio siempre habrá.
Anoche Sevillano nos presentó a su amigo. Esta tarde se embarcará con nosotros y desde El Banco lo acompañaré hasta donde sus amigos. Parece un hombre confiable. Qué la Virgen del Carmen nos bendiga en este nuevo negocio, porque necesitamos que nos salga bien.
Negro sí es un perro muy inteligente, anoche se voló de la lancha y hasta ahora al mediodía apareció con un pedazo de carne cruda en la boca. Se cansaría de cazar iguanas y decidió robar carne de res en quien sabe cuál carnicería de las que están cerca del muelle. No se perdió ni lo aporrearon, gracias a Dios, pues ya todos le tenemos cariño, sobretodo la negra Zordwa que lo consiente y alimenta como si fuera un niño. Espero que no lo engorde demasiado.


Hoja 5.



CAPÍTULO 11

Don Carlos Villa era un antioqueño muy dicharachero, todo lo volvía chiste, pero muy elegante en el vestir y en el hablar. Hombre unos diez años mayor que Araña, amante del tabaco cubano y del buen Whiskey, así con “e” como lo escriben los norteamericanos no como los británicos que escriben Whisky, pues aseveraba que era el mejor. Les dio una clase sobre tan costoso licor explicándoles que el mejor Whiskey era el que provenía de un mismo grano y no el que provenía de mezclas, identificado como “blended”. También les explicó que el originario de los Estados Unidos había que diferenciarlo, pues uno se fabricaba a partir del grano de malta y otro del grano de maíz, y que a este último se le denomina Bourbon. Finalizó la lección con geografía, sentía ferviente admiración por la potencia americana, mencionándoles a sus dos nuevos socios que los mayores estados productores eran Kentucky y Tennessee, en el primero se fabricaban el Jack Daniel´s y en el segundo el Jim Beam, su marca favorita. Extrajo del bolsillo de su impecable camisa blanca de manga larga tres habanos medianos, se pasó lentamente uno bajo la nariz aspirando suavemente su aroma y les ofreció los otros dos, no sin antes preguntarles si sabían fumarlos, a lo que ambos capitanes confesaron su más completa ignorancia en tan fino tema, ni siquiera eran acostumbrados fumadores sino más bien esporádicos y de cigarrillos baratos. Entonces empezó la segunda lección, sacando su navaja suiza despuntó uno, se lo llevó a la boca y tras dos poderosas aspiradas con sendas bocanadas de humo lo encendió, mostrándoles luego que el cigarro se sostiene entre las falanges proximales de los dedos índices y medio en vez de las falanges medias como se acostumbra sostener al cigarrillo. Les enseñó también sobre cómo se debe fumar un puro, no se debe permitir pasar el humo inhalado de la garganta, muy distinto a fumar cigarrillo. Les dijo con solemnidad que el tabaco[22] a diferencia del cigarrillo se debe paladear y disfrutar su aroma, evitándose llevar el humo a los pulmones, siendo por eso, según él, menos dañino. Sin embargo, no iban a dejar de contrabandear los apetecidos Camel ni los demás cigarrillos americanos que se venden muchísimo más que los habanos, así como los whiskys ingleses y escoceses que los americanos.
         Mientras se levantaba de su silla en la terraza de la lancha donde se encontraban sentados los tres, aquella mañana, admirando el paisaje de las riberas después de desayunar, afirmó –El vicio es lo que más ganancia da y es más fácil de transportar que neveras, radios o ahora televisores, dos cajas de whisky, brandy o ron dan más plata y son más difíciles de esconder. Pero si algún cliente nos los encarga se los conseguimos, pero con pago adelantado, eso sí. Siempre cargaremos pocas cajas de cada especie. Cada cargamento debe caber en, máximo, un camión 600, de modo que si perdemos la mercancía no nos quebremos.
         Aspiró una bocanada de humo de su tabaco y continuó –En este negocio existen cuatro enemigos: la aduana, la competencia, los ladrones y los envidiosos sapos. Con frecuencia los segundos son los mismos terceros y cuartos. De modo que para disminuir riesgos hay que evitar llamar la atención con mucha mercancía, ese fue el error de algunos que conocí. Que quede claro entonces, cargaremos nada más lo que quepa en un camión. No hay que dejarse ganar por la codicia… La codicia es mala consejera en este negocio, bueno, en cualquier negocio. ¡A propósito, yo regresaré a Barranca en tren desde Santa Marta o Fundación! Esta será la primera y última vez que me verán en la lancha. Pues soy muy conocido en este negocio y no es conveniente que a ustedes los relacionen conmigo. De ahora en adelante se encontrarán conmigo cuando veamos a los proveedores en la costa y a los compradores en Barranca…
         Araña y el turco Anís lo escuchaban con suma atención. Habían dejado a Garabato a cargo de pilotear la lancha río abajo rumbo a El Banco.
         Ya debe inferir el lector que la palabra que Sevillano, aquella noche de la cena en su casa, le secreteó al capitán Araña fue “contrabando”, al igual que el amigo que le presentó fue a su paisano Carlos Villa, hombre con buenos contactos y suficiente experiencia en estos menesteres.
         Como no pretendo hacer una apología al contrabando, ni entrar en muchos detalles, nada más agregaré tres cosas.
La primera, que Araña no tuvo que hacer ningún esfuerzo por convencer al turco Anís para que se asociaran con Carlos Villa, a quien la lancha Moralita le caía como anillo al dedo, pues en el planchón, debajo de cajas de cerveza, gaseosa, bultos de cemento o mejor, debajo de la maloliente boñiga pisoteada por el ganado que con frecuencia transportaban río arriba o río abajo, podían esconder entre el casco la mercancía a contrabandear.
Pero, y he aquí la segunda cosa, en lo que sí tuvo que esmerarse nuestro personaje principal fue en convencer a su propia conciencia. Hasta debió ir a consultar a un cura amigo coadjutor de la catedral de Barrancabermeja, construida por los jesuitas y consagrada al Sagrado Corazón de Jesús, sobre tal cuestión moral, quien le dio el beneplácito citando la evangélica frase “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, o traducido por él mismo: “Contrabandear es comerciar sin pagar impuestos, pero como los impuestos son asuntos del Estado y no de la Iglesia o de Dios, pues no es pecado mortal”. Así quedó zanjada la duda y trabado un compromiso de no olvidar llevarle, de vez en cuando y a manera de diezmo, una caja con botellas de un gustoso vinillo español… para las misas, claro.
Y la tercera es que, como lo acordaron, se especializaron en traficar licores, cigarrillos y tabacos, los que compraban a los “importadores” en Maicao y Barranquilla, para vender luego exclusivamente a tres fiables comerciantes del puerto petrolero, paisas como Villa y Araña, por supuesto. Este negocio paralelo al visiblemente legal resultó, tal y como Sevillano lo calculó, no sólo la manera más segura para pagar la costosamente negociada embarcación fluvial y las deudas sino también de obtener unas merecidas buenas ganancias, las que en menor pero generosa proporción compartían con los demás miembros de la tripulación. Pero no todo les saldría a pedir de boca.
El capitán Araña fue precavido al no consignar nombres y referencias de la operación ilegal en su bitácora, con decir que apenas se puede esbozar algo al respecto a lo largo de las 252 páginas numeradas en el folder que llegó hasta mis manos. Hojas mecanografiadas que, a propósito, dejó de escribir repentinamente y sin ninguna explicación ni página final de despedida el 17 de agosto de 1959. A lo mejor se cansó de llevar dicho registro o quizás, porque no estoy seguro, existe o existió la continuación de la bitácora en otro o más fólderes desconocidos por este servidor.
Así pues, todo lo relacionado con este confidencial negocio y otros secretos sucesos que relataré a lo largo de los próximos capítulos llegaron hasta mis oídos por boca de mi padre y mi tía. ¡Ah! Y por un tío que coprotagonizó un peligroso drama de la vida real. Por lo que a partir de ahora, con el ánimo de no volver sosa ni alargar demasiado la lectura, no copiaré más hojas de la bitácora, pues con las cinco primeras en las que registró su inicio como capitán (¿alterno?) de Moralita y que les he presentado ya, pueden tener una idea de cómo era la personalidad, las preocupaciones y la forma de pensar de nuestro capitán Araña.
En las restantes páginas de esta bitácora, que llevó durante poco más de cinco años, escribió sobre ciertos acontecimientos que vale la pena narrar más adelante, no así sobre otros que obedecen más a la práctica diaria de la navegación de una lancha como Moralita. Así como una vez que el planchón escoró comprometiendo amenazadoramente al remolcador a causa de una pesada carga mal distribuida, toneladas de varillas de hierro que se rodaron hacia un lado. En otra ocasión, durante la Semana Santa de 1957, quedaron varios días a la deriva río abajo entre Morales y Santa Cruz de Mompox, debido a una rotura grave en la biela principal que da a la hélice, durante una creciente que les impedía fondear, hasta que Garabato logró reemplazarla. Y en más de una ocasión les tocó acoderar con otras lanchas atracadas en muelles congestionados, lo que se prestaba a enredos y pequeños daños con la coderas y las llantas viejas inservibles que colgaban a los costados desde la borda hasta la quilla como defensa, maniobra que con frecuencia terminaban en discusiones con otros capitanes y tripulantes, además de la molestia de tener que encender el motor y mover la lancha para permitir la salida de otra que partía primero. (¿Muchos términos de marinería que desconoce? Entonces, antes de pasar al siguiente capítulo, no se pierda el placer de buscar los significados en un buen diccionario de la lengua española, a la antigüita).





CAPÍTULO 12

Coronaron el primer viaje y muchos más que le siguieron a éste, como se dice en el argot del ilegal oficio.  Camuflaban las cajas de licor y de cigarrillos entre el casco del planchón debajo del ganado o de la carga legal, que compraban de inmediato los comerciantes en Barrancabermeja. Los obreros y, todavía más, los empleados con cargos medios y altos de la compañía petrolera eran asiduos bebedores y fumadores, exigentes, de las buenas marcas de whisky, brandy, ron y cigarrillos. Ganaban dinero suficiente para darse tales lujos, así como enlatados y jamones importados, que la mayoría de obreros y empleados de otras industrias del país no podían. Años más tarde, el presidente de la República Carlos Lleras Restrepo, en medio de una enconada revuelta sindicalista, los tildaría de “oligarcas de overol”.
         Así mismo concretaron el negocio con la Cervecería Unión S.A. para distribuir la cerveza a lo largo del río Magdalena, entre Puerto Nare y Mompox, el que les proporcionó buenas ganancias, pues la cerveza reemplazó poco a poco el consumo de la chicha[23] en aquellas riberas tan calurosas. En esos días las botellas eran retornables, así que se hizo habitual vender a los distribuidores canastas de botellas llenas y a la vuelta recoger las canastas con las botellas vacías, descontar los envases y reponer con más cerveza. También el transporte de ganado se incrementó, en especial desde los puertos de la costa como Barranquilla, El Banco, Morales y Puerto Wilches hacia Barrancabermeja y Puerto Berrío, y desde este último puerto las reses se embarcaban en tren hacia la feria de Medellín donde mejor se pagaba, con los años dicha feria se convirtió en la de referencia para el precio de los novillos y novillas en pie por kilogramo y por lote o hato. Igualmente el consumo de cemento y de hierro también aumentó con el tiempo, aunque hacía un recorrido opuesto, desde Puerto Nare y Puerto Berrío hacia los demás puertos del Magdalena. En fin, fletes nunca les faltaron.
         Así transcurrieron más de tres años, durante los cuales pagaban puntualmente mes a mes, los mil pesos acordados con la niña Minta. Aunque la mayoría de las veces debían mandar el pago con Garabato, debido a que no podían desviarse hasta allí por tanto trabajo que tenían. Ya las otras deudas, que había adquirido Araña con Sevillano y Anís con su tío, las habían saldado con intereses.
         Uno de aquellos días, durante la navidad de 1957, cuando ya había caído el General Rojas Pinilla y justo tres meses después de que Araña recibiera un telegrama en Barrancabermeja avisándole el fallecimiento de su padre en Sopetrán, ellos conocieron a una mujer que les cambiaría la vida.
         Esa mañana, cuatro días antes del día de la Natividad arribaron en Moralita al muelle frente a la casa de la niña Minta para pagar la cuota de ese mes y luego continuar su viaje hacia el puerto de El Banco. Pese al ruido del motor y de la maniobra de atraque y amarre nadie salió a recibirlos, ni siquiera los perros. Extrañados, Araña y el turco Anís, tocaron a la puerta insistentemente pero nadie les abrió.
         El capitán Araña probó suerte con la manija de la puerta, para su sorpresa estaba sin pasador. Abrió con cautela y gritó –¿HAY ALGUIEN?
         Silencio.
         Le dijo al turco –¡Qué tan raro! No se ve ganado en los potreros ni en los corrales…       
         Quien replicó –¿Raro por qué? A lo mejor se fue para el pueblo a mercar o quién sabe a hacer qué. O está arriando el ganado a otros potreros.
         Araña señalando su oreja izquierda susurró –Creo que escuché algo… Veamos.
         El turco siguió a su socio hasta una pieza con la puerta cerrada, detrás de la que se oía un suave pero repetitivo ruido, como el que hace un ventilador de piso encendido cuando gira de lado a lado. La puerta estaba ajustada, sin tranca. Lentamente Araña empujó la puerta. Descubrieron el inmenso cuerpo desnudo de una mujer profundamente dormida en una cama igualmente grande, con sábana pero sin almohadas, y frente a la cama el ventilador.      
         Como la desconocida obesa mujer no despertaba, se quedaron unos minutos observándola sin saber qué hacer. Hasta que, como suele suceder en estos casos, alguien apareció de súbito detrás de ellos tocándolos a ambos al mismo tiempo en hombros opuestos. Del susto el turco, al voltear su cuerpo, resbaló golpeándose en la frente contra la esquina de un viejo escaparate de madera.
         La voz a sus espaladas espetó –¿Qué hacen con mi sobrina, par de sinvergüenzas?
         Era la de doña Araminta. Ni para que narrar cómo se deshicieron en disculpas y explicaciones los dos capitanes de Moralita, ni cómo reaccionó su carnuda sobrina cuando la bulla la logró sacar de aquella modorra.
         Cuando pasó todo el barullo, les presentó a Mery (ya vestida), la sobrina que les mencionó la primera vez cuando les vendió la lancha, la que hasta ahora no habían tenido la oportunidad de conocer.


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Al mediodía, en el comedor de la casa, almorzaban cada uno un suculento bocachico cocinado en leche de coco acompañado de bollos de maíz y yuca fritos y plátano asado con queso, que les preparó Zordwa. El turco, aún masticando un bocado, comentó –¡No joda Garabato, te pescaste los papás de todos los bocachi…!
         La viuda lo interrumpió reprendiendo –¡En la mesa no se habla con la boca llena, hombre!
         Anís se excusó diciendo que llevaba demasiado tiempo en el río, entre marineros y coteros.
         Ella aún se hacía la enojada pues los quería tener como corderitos mansos en sus manos ante la solicitud que les hizo en ese momento –Les voy a pedir un último favor.
         Araña musitó –¿Último?
         Ella cavilando miró a Zordwa, a Garabato y a Cucufato quienes comían en absoluto silencio en otra mesa vecina, más cerca de la barra que comunicaba a la cocina con el comedor que la mesa principal. Finalmente respondió –¡Ajá, el último favor que me harán! Pero se los pediré cuando vayamos los cuatro a tomar el café en la sala.
         A buen entendedor pocas palabras, reza el adagio. Así que Cocinera, maquinista y grumete, sin decir ni mu, rápidamente se tomaron el agua de panela con limón que tenían como sobremesa, levantaron y lavaron presurosos los platos en la cocina, poniendo patitas fuera de la casa.
         Una vez que la viuda, su sobrina y los dos capitanes se sentaron en las sillas mecedoras de mimbre de la sala, ella procedió a servir el café con su acostumbrado protocolo en la antigua vajilla de porcelana que usaba para las ocasiones más especiales. Al terminar de llenar su pocillo dijo –No me interrumpan hasta que termine de hablar.
         Ninguno osó decir esta boca es mía. Araña sorbió el café tratando de disimular la intriga que lo aquejaba.
         Ella muy seria afirmó –Moriré el próximo sábado Santo.
         El capitán Anís casi escupe el trago de café que bebía en ese instante. El capitán Araña, muy serio y muy compuesto, miró de soslayo a la sobrina tratando de descubrir en la expresión de su rostro si sabía qué mosca le había picado a su tía, pero dormitaba de nuevo. Ella continuó –Así es, lo supe hace más de un mes cuando aparecieron las señales…
         Anís no pudo evitar elevar sus cejas hasta casi tocar el nacimiento de su mata de pelo. Miró con pesar a la joven gordita como queriendo decirle “¡esta tía tuya está bien chiflada, eh!”.
         La vieja mujer se anticipó –No estoy loca, no crean eso. Hay cosas de este mundo… y del otro, que ustedes ni se imaginan y que yo puedo ver. Hace más de un mes, cuando reapareció un maldito caimán que se comió en menos de tres noches a mis dos perros “Danyer” y “Caruso”…
         Araña recordando a su perro, el que debía andar cazando iguanas, exclamó -¡Negro! Hay que encontrarlo.
 Ella haciendo caso omiso continuó diciendo –Menos mal pudieron los vaqueros matarlo antes de que también se comiera a mi gata “Chapola”…
         Una gata negra como el azabache saltó en ese momento sobre la falda de la viuda, quizás al escuchar mencionar su nombre por su ama. Esta vez fue Araña el que alzó las cejas, pero ninguno de los dos se atrevía a interrumpirla.
         Retomó el tema mientras acariciaba la gata –Hace más de un mes, como les decía, tuve un sueño muy vivido… Bueno, me dijeron que moriría el próximo sábado Santo para resucitar con nuestro Señor en la primera hora del amanecer del domingo de Pascua. Lo que confirmé al día siguiente, cuando me levanté y me leí el tabaco…
         Anís no se aguantó –Ah, por favor doña Araminta, no nos venga…
         Ella lo traspasó con una fulminante mirada que calló en el acto al turco y lo reprendió de nuevo –No sea tan maleducado, carajo. Es una explicación larga y difícil la que tengo que decir para poder pedirles el favor.
         Araña extendió la mano diestra pidiéndole que continuara.
         Prefiriendo ir al grano, les pidió permiso, se paró de la silla y entró a su habitación, para luego salir con un pequeño cofre entre sus manos. Se lo entregó al capitán Araña a quien le pidió abrirlo.
         Encontrando adentro una gruesa suma de dinero en billetes de altas denominaciones, Araña preguntó –¿Qué quiere que hagamos con esta plata, doña Araminta?
         Ella respondió –Este es el favor que les ruego encarecidamente: Con ese dinero, que es todo lo que me han pagado cada mes hasta ahora más el producto de la venta del ganado que me quedaba, quiero que compren una buena casa en Barranca para mi sobrina…
         Continuó explicándoles con detalle el favor que les solicitaba, en un indudable acto de extrema confianza. Ella les repitió que estaba segura de que moriría el sábado de la próxima Semana Santa que se celebraría en unos cuatro meses, y que además de ese dinero les pensaba entregar el que esperaba obtener por la venta de la finca donde vivía, para que le abrieran una cuenta de ahorros a nombre de su hija en un banco de la ciudad.
         Concluyó –…Una cuenta en el Banco Comercial Antioqueño o en el Banco de Bogotá que gane intereses, y donde le seguirán consignando a partir del mes entrante los mil pesos acordados, para que mi querida Mery pueda vivir cómodamente hasta que encuentre un buen marido. ¡Cómo me gustaría que uno de ustedes se casara con ella!
         Ellos tragaron saliva mientras ella, haciendo una pausa, los miraba inquisitivamente. Araña y Anís se miraron recíprocamente esperando que el otro hablara primero, pero ambos temían que el que lo hiciera perdería, bueno, al menos su feliz soltería. La chica era muy gorda no obstante de bellas facciones, como dicen algunas señoras.
         La viuda rió y dirigiéndose a su sobrina, quien parecía inmutable, dijo –¡Se quedaron más mudos que Cucufato! Mira a este par de sinvergüenzas, prefieren seguir puteando que casarse con una niña linda y decente como tú… Y por ahí derecho hacerse a una buena dote.
         Pronunció esta última frase muy despacio, mirando de soslayo a los dos capitanes de río, como quien sabe que lanza un anzuelo con rica carnada a un par de peces astutos. Volvió a hacer una pausa mientras tomaba el sorbo final de su café, concediendo espacio para que alguno interviniera, pero ellos parecían un par de estatuas de yeso. Rindiéndose, ella finalizó –También en eso quiero que le ayuden. Consíganle un hombre que al menos la respete y pueda mantenerla, no al revés, cuidado que hay mucho crápula por ahí suelto. Cuídenla entonces como si fuera una de sus hermanas… ¡Si me fallan, no los dejaré tranquilos el resto de su vida! Pero si me cumplen, ya sabré como pagarles desde allá.
         Señaló hacia el cielo mientras decía esta última frase. Araña notó que el turco palideció un poco, se había tomado muy en serio la amenaza fantasmal y no era para menos, pues ella la había pronunciado mientras miraba como una maniática a los ojos de la gata negra, la que justo en ese instante chilló y saltó despavorida de las piernas de su ama.

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Antes del mediodía siguiente Mery llegó acompañada de Garabato, quien cargaba con mucho esfuerzo dos pesadas maletas y una caja mediana de madera, hasta una finca vecina de El Banco, donde embarcaban por una manga al planchón un gran lote de novillos con destino, precisamente, a Barrancabermeja.
No pasaré por alto que ya se había dado una conversación entre los dos capitanes más o menos así:
El turco –Esa vieja me pone nervioso, está más loca que una cabra y parece hasta peligrosa… O… O…
Araña terminó la frase –¿O es una bruja?
El turco –¿De veras le crees?
Araña –Mi madre siempre nos repetía “que las hay, las hay”. Pero como ella misma lo dijo, en Semana Santa sabremos si está loca o era bruja. Existen cosas extrañas, como en la finca que compraron Sevillano y Alfonso Robledal, allá en las mañanas aparecen los caballos con las crines inexplicablemente trenzadas y con el cuerpo sudado… Dicen que son las brujas las que les hacen las trenzas y los montan toda la noche.
El turco murmuró –Ya había escuchado eso… ¡Morir un sábado Santo para resucitar el domingo con Jesucristo! Igual que Georg Friedrich Händel.
Araña –¿Quién? No entiendo inglés.
El turco haciendo gala de sus conocimientos en música clásica explicó –Es un nombre alemán no inglés. Händel, fue un famoso compositor nacido en Alemania pero que emigró a Inglaterra, hombre de mucha fe que pedía a Dios morir un sábado Santo para resucitar el domingo con Jesucristo, y Dios se lo concedió[24]... ¡Yo tengo un disco con su oratorio “El Mesías”, su obra más famosa! Era el favorito de mi madre, esta noche lo pondré.
Araña –Qué interesante. Buena idea, recibamos a nuestra pasajera con un concierto de música clásica, para que vea que no somos tan chapuceros como su tía nos pintó.
Ambos rieron.
El turco luego cuestionó –¿Y nosotros que ganamos llevándonos a su sobrina y haciendo todo lo que ella nos pidió?
Araña –Socio, no todo en la vida son negocios. Hay que ayudar al prójimo, consignar en la cuenta de allá arriba es más importante que en la del banco aquí abajo. A propósito, mi estimado socio, ¿cuál es su religión? Perdóneme la pregunta, pero ya no aguanto la curiosidad, pues nunca lo he vis…
El turco interrumpiendo –De esa cuestión mejor no hablar. Religión y política son temas malditos, por eso tuvo mi familia que salir de su país y venir a Colombia… Aunque sí creo en Dios. Si algún día me caso le dejaré a mi mujer el tema de la religión.
Araña –Y usted se casará por la religión de la novia, sin ningún problema, ¿cierto?
El turco –Exacto, así será.
Así concluyó, esa mañana temprano, aquella conversación.
La que parecía la introvertida Mery se mostró mucho más extrovertida al abordar la lancha. Después de mostrarle su cabina, frente a la de Zordwa, y dejar allí su equipaje, le dio Araña un paseo por el resto de la embarcación.
Cuando descubrió el viejo fonógrafo y los discos de Anís no pudo evitar la emoción –¡Una lancha con música!
El capitán Araña le advirtió –Ni se le ocurra tocar alguno. Son sagrados para mi socio, es la herencia que le dejó su madre. Ella murió cuando él todavía estaba muy joven, era una profesora de historia muy apasionada por la música clásica…
Aquí debo señalar, estimado lector, que la lancha Moralita se hizo famosa a lo largo del Río Grande de la Magdalena, aparte de lo que más adelante leerá, porque de ella salía música, las obras de los clásicos, mientras navegaba. La gente de los pueblos, rancheríos y fincas salía lo largo de las orillas para escuchar los conciertos mientras pasaba frente a ellos. La mayoría jamás en sus vidas había escuchado la novena sinfonía ni la sonata “Claro de luna” de Beethoven, ni las “Cuatro estaciones” de Vivaldi, ni la “Música del Agua” de Haendel y mucho menos las misas de Bach. A muchos de aquellos miserables poblados ni siquiera llegaba un cura que les celebrara una verdadera misa dominical. Por lo que no era raro que en ocasiones, mientras embarcaban ganado en fincas o descargaban cerveza en los pueblos más pequeños, les pidieran tocar cualquier disco en el potente fonógrafo y, poco a poco, los habitantes se apilaban cerca al remolcador. El turco acostumbraba instalar el aparato sobre la terraza del remolcador. Araña también aprovechaba para leerles, principalmente a los niños, algún cuento, capítulos de alguna novela o artículos de la revista Selecciones que tenía en su pequeña biblioteca. Él, desde su época escolar, fue un asiduo lector de Julio Verne, Emilio Salgari, Arthur Conan Doyle, José Eustasio Rivera y más tarde de Tomás Carrasquilla, de los que había coleccionado casi todos sus libros, los que cuidaba con mucho celo y por tanto imprestables. Si bien, durante la década de los sesentas, empezó a regalar los libros a las escuelitas desprovistas de bibliotecas, después pasó a comprar en las librerías de Barranquilla colecciones de literatura juvenil y se las obsequiaba. Igualmente, el turco Anís, cambió el fonógrafo por un moderno tocadiscos y adquirió nuevos acetatos de música clásica, jazz, boleros, los tangos de Carlos Gardel para darle gusto a su socio, las pegajosas canciones de Buitraguito[25] por solicitud de Garabato y, por petición de la negra Zordwa, los porros y cumbias de Wilson Choperena[26] y José Barros[27] que estaban tan de moda. Así fue como los dos capitanes se convirtieron en “transportadores” de cultura además de cerveza, gaseosas, hierro, cemento y otras cosas.
La leyenda de dos capitanes de una lancha que navegaba por el Magdalena con música y libros empezó a crecer. Notoriedad que también les traería problemas.






CAPÍTULO 13

Regresemos a aquellos días de diciembre de 1957, en ese inolvidable viaje, en el que partieron desde El Banco llevando a Mery la sobrina de la niña Minta, más cientos de reses, hacia Barrancabermeja con el encargo de comprarle casa, establecerla y… ¿conseguirle marido? “Cosa bien difícil” opinó Garabato al respecto, agregando una noche en que estaba caído de la rasca, que era cuando podía hablar sin tartamudear, dijo de corrido –El hombre que se acueste con ella corre el riesgo de morir por asfixia o por aplastamiento si ella se le encarama…
         Obviamente él se aseguraba de que Mery no lo escuchara, o al menos eso creía, porque la segunda noche de navegación, se escucharon unos gritos pidiendo auxilio desde el río, Araña corrió una linterna hacia la popa, pudo distinguir al burletero gago luchando contra las aguas agitadas por la estela que deja la hélice y que lo pudo haber ahogado. Sobra señalar quien lo empujó al agua.
         Es que mientras Araña y el turco atendían a la pasajera, los otros tres tripulantes habían organizado esa noche una tremenda tertulia. Y, como ya lo había mencionado, el sordomudo Cucufato era el que más “hablaba” o soltaba chillidos mientras manoteaba para ser más preciso. ¿Cómo un sordo de nacimiento puede oír? Quizás porque sería sordo en noventa u ochenta por ciento. El caso es que Zordwa y Garabato lo escuchaban con atención, le entendían, se reían de sus apuntes, le preguntaban, le respondían, le corregían, le narraban historias y hasta le escuchaban confesiones. ¡Qué puedo decir! Ese sordomudo hablaba hasta por las orejas. El capitán Araña también aprendió a entender su peculiar lenguaje, no así el capitán Anís, quien se desesperaba tratando de entenderlo y, más, cuando tenía que llamarlo a gritos.
         Esa noche, después del comentario burlón hacia Mery y antes del incidente, Garabato les contó a sus dos interlocutores con asombrosa elocuencia, porque tenía en su barriga más ron que una cuba, cómo fue que casi se hace rico. Les narró que él y su hermano, hace muchos años cuando eran jóvenes, veían como en las noches de luna llena sobre la ciénaga que estaba cerca del ranchito de sus padres aparecía una luz dorada que parecía provenir del fondo, por el reflejo de la luna. Les juró –¡Por mi abuela que la luz era dorada como el oro! Habíamos escuchado desde niños que, en la época de la guerra de la independencia, el Virrey español en su huída llegó hasta Mompox y sintiendo que las tropas patriotas le pisaban los talones buscó en dónde esconder su tesoro, algunos ancianos alegaban haber visto que él y sus sirvientes, con afán por escapar, arrojaron varios baúles al fondo de aquella ciénaga… El asunto es que nunca nadie lo pudo encontrar. Así que mi hermano y yo nos entusiasmamos pensando que aquella luz dorada era el maldingo tesoro del Virrey. Una noche de luna llena, que vimos de nuevo la luz, porque no todas se dejaba ver… ver… ver…
         Se bebió otro trago de ron y continuó –Decía que esa noche mi hermano y yo decidimos bucear. Bueno, cuando llegamos escogimos que mi hermano buceara mientras yo me quedaba a vigilar que no apareciera alguien o un gran caimán que decían habitaba la ciénaga, pero que jamás habíamos visto.
         Cucufato chilló algo así como –¿Uugg gaaaggmaaanng? Caaagggaajjo, guee mmeeeddo.
         A lo que Garabato afirmó –Sí, un viejo caimán, decía la… la… la gen… gen… gente.
         Zordwa le pasó la botella –Toma, métete otro ron, para que podamos terminar toda la historia antes de llegar a Barranca.
         Recobrando la facilidad, prosiguió -¡Ah! Sí, el hecho fue que mi hermano se lanzó al agua, era un excelente nadador, buceó y buceó. Yo lo esperaba sentado en la orilla atisbando que no fuera a aparecer algún metido o el maldito cocodrilo. Al rato salió mi hermano gritando: “¡Lo encontré, lo encontré… el tesoro de los piratas, dentro de… Ahg!”
         Zordwa cuestionó -¿Ahg?
         Garabato se tomó otro ron y respondió –Sí, Ahg.
Cucufato se unió a la interpelación –¿Ahhhggg? ¿Ggoommo aggss?
Garabato explicó –¡Pues ahg! El maldito caimán apareció por debajo del agua y se lo zampó de una.
         Zordwa horrorizada exclamó –¿Así no más? Por Dios, eso no es cierto. ¡No seas mentiroso, hombre!
         Garabato tras un trago más afirmó sin ton ni son –Es verdad, lo juro, así murió mi hermano Hermenegildo. Nunca encontraron sus restos ni el tal tesoro… ni al ca… cai… caimán.
         Zordwa incrédula se levantó vociferando junto con Cucufato que igualmente se negaba a creer aquella historia agitando sus manos.
Garabato siguió sentado en la borda solo. Luego de otro largo sorbo de ron, repitió –Ahg.
         Justo en ese instante creyó sentir en su costado derecho la embestida de un toro, ¿o una vaca?... y, ¡cataplash!

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La noche siguiente a la venganza de Mery, después de la comida o cena que acostumbraba Zordwa servir a las seis de la tarde, Araña armó un agasajo con todos menos con Garabato a quien, como escarmiento por su impertinencia, ordenó pilotear la lancha hasta Barrancabermeja mientras ellos departían cómodamente sentados en la terraza del remolcador en unas sillas plegables de tela y madera, como las de los directores de cine, remojando el guargüero con una botella de aguardiente antioqueño y amenizando el ambiente con un disco de boleros.
         El capitán Araña, al mejor estilo de Humphrey Bogart, sacó de su bolsillo una cajita roja metálica con unos cigarritos (cigarros chicos y delgados como cigarrillos) en cuya tapa se leía Neos Vanilla Feelings y los ofreció. Mery y Zordwa aceptaron. Les encendió los de ellas y luego encendió uno para sí. Mientras, Anís sacó un habano de su bolsillo, lo despuntó con los dientes, escupió hacia el río y lo encendió. Zordwa, después de la primera bocanada de humo, empezó a tararear “Fumar es un placer…” Hasta que empezó a sonar el disco de boleros al que tuvo, el turco, que volver a darle arranque porque el fonógrafo se resistía.
         Cuando Araña sirvió el aguardiente en las copitas de cristal, Mery notó que nada más había cuatro. En el primer brindis, “por un buen viaje”, descubrió que el turco brindaba con otro líquido amarillento en un vaso diferente. En el segundo brindis, “por un feliz nuevo futuro para Mery”, no se aguantó más la curiosidad y soltó la lengua –¿Y mi turquito lindo por qué no toma aguardiente? ¿Acaso el anís le hace daño a don Anís?
         Todos callaron. Si había algo que molestara al turco era que le jugaran bromas con su nombre haciendo referencia al aguardiente, que en diversos lugares también lo pedían como anís o “anisito”, por aquello del anisado con el que se saborizaba este popular licor derivado de la caña de azúcar. Razón suficiente para no lo tomarlo, hasta lo detestaba, prefiriendo el whisky o el ron. A decir verdad, sólo era un bebedor social que no pasaba de dos tragos, repetía con frecuencia –Dos tragos es de caballeros, tres o más es de borrachos.
         Zordwa intervino tratando de salvar la fiesta que apenas comenzaba –¡Mamita, tendré que enseñarte un par de cosas sobre los hombres antes de que te bajes de la lancha! Una es sobre cómo debe hablar una dama y la otra… y la otra es…
Mery fustigó –Ya mujer, anda, desembucha de una vez. ¿Cuál es la otra cosa?
El capitán Araña tomó la palabra –Mientras Zordwa se acuerda de la segunda cosa que toda dama debe saber sobre los hombres, les voy a contar una historia que sucedió en Medellín hace unos años, de la que me acordé escuchando ahora la canción “El cumbanchero” del Jibarito[28]. Oigan bien, pues.
Se bebió el trago, aclaró su voz y prosiguió –Hace varios años en el club más encopetado de Medellín se iba a presentar por primera vez Rafael Hernández y su agrupación. Ante tan ilustre bolerista que los visitaba cuyas composiciones las emisoras de radio no dejaban de repetir, los socios del club y sus esposas, la crema y nata de la sociedad antioqueña, se emperifollaron y vistieron sus mejores galas. Es más, días antes de su llegada, se peleaban por quiénes serían los que lo invitarían esa noche a cenar a su mesa en el club. Y llegó la noche del baile.
Mery gritó –¿Y qué pasó, carajo?
Zordwa le susurró al turco –Esta mujer ha vivido demasiado tiempo entre campechanos.
Araña continuó –Apenas salió al escenario Rafael Hernández, ¡oh, sorpresa!, era negro… ¡Un negro era su ídolo!
Todos rieron menos Mery.
El turco dijo –Apuesto que el hombre terminó comiendo solo o en una mesa aparte con los demás músicos de la orquesta, ¡eh!
Mery murmuró –No entiendo. ¿Cuál es la gracia?
Araña explicó –A Rafael Hernández o escuchaban por la radio o por sus discos, no lo conocían y se lo imaginaban blanquito como ellos. El problema de la clase alta es que es racista y, peor, la de Medellín discrimina a los que venimos de los pueblos, los que no nacimos en la ciudad, dizque en el parque de Berrío, nos llaman “montañeros”.
Mery incrédula comentó –Pero si también son antioqueños.
 Araña recalcó –Es que algunos de Medellín creen que Antioquia termina en Bello al norte y en Sabaneta al sur.
El turco preguntó –¿Y entonces cómo llaman allá a los que nacieron, por ejemplo, en Barrancabermeja o en otro pueblo de Santander?
Su socio respondió –“Chilingos”. Un tal señor Molina dueño de una botica me llamó “Chilingo” hace tres meses que fui a Medellín, cuando le conté que vivía en Barrancabermeja.
Mery –¿Una botica? ¿Dueño de una bota chiquita?
Zordwa sin ocultar su desazón corrigió –Farmacia, mujer. Una farmacia. ¡Eh, ave María!
Anís repuso –¡Caramba, y yo que me quejo porque me dicen turco siendo en realidad sirio!
Mery –Casi lo olvido, tengo un regalo para ustedes que mandó mi tía.
La negra Zordwa casi gritó –Ya me acordé. La segunda cosa que toda mujer debe saber sobre los hombres es…
La joven mujer haciendo caso omiso a la cocinera de Moralita corrió escaleras abajo, pese a su peso.
La morocha terminó la frase como para ella misma, frustrada, con un apenas audible susurro –Es… Es que al corazón de los hombres se llega a través del estómago.
Al rato subió Mery cargando una mediana estatua de yeso, una imagen muy bien tallada y pintada de La Virgen del Carmen. Desde esa noche se convirtió en la patrona oficial de la lancha Moralita. Siempre la tuvieron expuesta sobre una mesita en una esquina del puente de mando, con una veladora encendida mientras navegaban.
El fonógrafo había parado de reproducir el disco de boleros. Garabato sacando su cara por una de las ventanas dijo –Yo conocí a José Barros.
Zordwa exclamó –¡Epa! ¿Está “sopereando”[29] o piloteando, papito?
Garabato gritó desde adentro de la cabina de mando –En serio. Sí, fue hace como quince años, en esta misma lancha, cuando se llamaba “Josefina”, con mi antiguo patrón don Justo. Lo llevamos hasta Barranca, con sus corotos. ¿Sabían que vivió allá? Por la noche, así como ésta, nos cantaba…
La serena noche fue interrumpida por un disparo.





CAPÍTULO 14

Los rodearon dos botes grises con potentes motores fuera de borda. Dentro de cada uno iban seis hombres con uniformes caquis y fusiles. Araña los reconoció de inmediato: infantes de marina.
         El que parecía ser el comandante ordenó –Orillen la lancha a estribor.
         A esa hora de la noche estaban cerca del puerto petrolero, casi frente a Cantagallo, en el lado opuesto.
         El turco le susurró a Araña –Espero que no vengan con los de la aduana.
         En la finca cerca a El Banco donde habían embarcado los novillos también subieron una mercancía, compuesta esta vez de atunes, sardinas, jamones y otros enlatados además de varias cajas de ron jamaiquino y otras con cigarrillos americanos, que Carlos Villa les había enviado desde Maicao con el dueño de un viejo camión y su ayudante, ambos de confianza.
         Araña replicó –No lo creo. Nunca han subido hasta tan cerca de Barranca. Esto se trata de otro asunto y no hay más qué hacer…
         Amarraron la lancha del tronco de un grueso árbol. En tierra, entre la penumbra se distinguían mujeres, niños y algunos hombres, habitantes de aquel pobre rancherío. Pero a Araña quien más le llamó la atención fue un misterioso hombre que sonreía, estaba vestido con guayabera y pantalón blanco al igual que un sombrero aguadeño, parecía fuera de lugar.
Abordó el comandante del contingente de la Armada que para sorpresa de Araña se trataba del antes teniente que los había librado la otra noche, hacía tres años, de los chulavitas. El ahora capitán también lo reconoció. Se saludaron amablemente de mano.
         Araña buscó de nuevo con sus ojos al extraño sujeto pero ya no estaba bajo el árbol que lo había visto, ni en ningún lado.
         El capitán dijo –Necesitamos de ustedes un favor urgente… ¿Están bebiendo mientras navegan la lancha? ¡La Nochebuena es mañana, no hoy!
         El oficial había percibido el leve tufo a aguardiente.
         Araña respondió cortésmente –Sólo unos digestivos. No se preocupe mi Capitán, que el piloto a cargo jamás bebe.
         “Jamás bebe agua, la sustituye con ron”, pensó mientras miró de reojo hacia la cabina de mando desde donde Garabato asomaba su calva cabeza. Y tratando de restarle importancia al comentario, prosiguió –Diga nada más en qué le podemos servir.
         El militar dijo –Acabamos de tener un fuerte enfrentamiento con la chusma y en el tiroteo salieron heridos dos civiles, campesinos de por aquí. Requieren atención médica, pero como debemos salir en persecución de esos bandidos no podemos llevarlos hasta la base en Barranca para que los remitan al Hospital.
         Araña miró al turco y sin esperar su aprobación dijo –Embárquelos. No hay problema, llevamos este ganado hasta el desembarcadero de una finca que está en Galán al lado de la base. Los llevaremos a ellos primero.
         El capitán agradeciendo agregó –Bien, pero hay alguien más. Una joven va a dar a luz, necesita atención urgente, no se ve bien…
         Se escuchó un tiroteo y luego una ráfaga de una de las ametralladoras de proa de un tercer bote, de más envergadura que los otros dos, con por lo menos diez soldados que se hallaba camuflado entre un matorral de la misma orilla a pocos metros de la lancha.
         Garabato se tiró al piso de la cabina, Mery y Zordwa corrieron a encerrarse en la cocina. Negro ladró con furia desde la proa del remolcador. Los novillos en el planchón también se asustaron y se empujaban unos a otros tratando de huir, muchos mugían con nerviosismo. Araña y Anís rápidamente ayudaron a abordar a los dos heridos, un hombre viejo que cojeaba y una mujer desmayada con el vestido bañado en sangre, la que más mal se veía. Dos soldados subieron a la mujer próxima a dar a luz, era apenas una niña que no superaba los catorce años, cosa común en aquellos arenales olvidados por el Estado. Hasta era frecuente el cruce entre miembros de las mismas familias llegando incluso al incesto, por lo que no escaseaban los niños que nacían bobos, mongólicos[30] o con carajaditas.
         Con increíble velocidad y coordinación hicieron la maniobra de partida. Afortunadamente Garabato tuvo la precaución de no apagar el motor. A toda máquina se alejaron.
         Acomodaron en la terraza a los heridos y a la joven parturienta. Mery y Zordwa la acudían.
         A lo lejos se escuchaba el tiroteo.
         De repente, Cucufato subió agitando las manos como si el mundo se fuera a acabar, esta vez no salía alarido alguno de su boca, estaba literalmente mudo del todo.
         El turco todavía nervioso, al frente del timón, gritó con desespero –¡AHORA QUÉ LE PASÓ, NO JODA!
         El pálido grumete señalaba con ambos dedos índices hacia la proa del remolcador. A lo que Araña, quien se encontraba asistiendo a su socio en tan riesgoso manejo nocturno a alta velocidad, conociendo bien a su joven marinero corrió escaleras abajo seguido de Zordwa.
         Encontraron sobre la proa, muy cerca a la borda de estribor, una caja de cartón desvencijado, escoltada por Negro que estaba echado al lado. Algo se movía adentro. Se inclinaron para ver.
         Zordwa fue la primera que pudo pronunciar palabra –¡Hay, Dios mío! ¿No será acaso el producto de una de sus andanzas?
         El capitán Araña no sabía si ofenderse o reírse por esa pregunta, pero el pánico que lo sobrecogió no lo dejaba discernir. Él Jamás en toda su vida se había esperado aquello.
        




CAPÍTULO 15


En la mañana temprano del último viernes del mes de febrero del año siguiente a aquella navidad, la niña Minta, como siempre la llamaron aunque a esas alturas de su vida ya de niña solamente tenía el remoquete, se despidió de la familia del nuevo dueño que le había comprado la finca y abordó, con una sola maleta, la lancha Moralita. La que otrora fuera de su difunto marido pero ahora era de la sociedad paisa-siria “Araña & Anís”.
Fue inevitable que afloraran lágrimas de sus ojos.
         Durante el tranquilo viaje hasta Barrancabermeja, que en esta ocasión sí fue sosegado, los dos capitanes y toda la tripulación se esmeraron en atenciones para con ella.
         Cuando entró a la nueva casa de su sobrina Mery, que Araña con la ayuda de Sevillano muy diligentes habían comprado a su paisano Víctor Castañeda quien había construido varias casas en la calle novena cerca del cementerio, gritó al verla con un bebé entre sus brazos –¿Cómo es posible, hija mía? Si apenas hace dos meses llegaste a Barranca…
         Empezó a darle puñetazos en los brazos al capitán Araña, quien venía tras ella con la maleta, insultándolo –Desgraciado, sinvergüenza, perjudicó a mi sobrina… Ahora se tendrá que casar con ella o ya verá cómo le jalo las patas y lo hago sufrir el resto de su vida…
         El capitán Araña descargando la valija y llevándose las manos a su cara, murmuró –¡Por qué siempre me ven como el malvado, Dios mío!
         Mery salió al rescate –Tía, tía, tía… No es lo que estás pensando. Esta bebita no es mía…
         Se necesitó de veinte minutos de explicaciones y una agüita aromática de yerbabuena para que se calmara. Pero cuando descubrió a un segundo bebé en una cuna de otra habitación, al cuidado de la doméstica, casi se desmaya.
         En la caja que Cucufato halló durante la maniobra de arrancada de la lancha, en aquella noche del tiroteo, Zordwa y Araña descubrieron a un desnudo bebé recién nacido, al que seguramente en medio de aquel jaleo una madre angustiada decidió abandonar a su suerte en la proa de Moralita. Cualquiera que fuera su suerte tenía que ser mejor que la que le esperaba entre tanta miseria y terror, debió pensar ella.
         El segundo bebé, una niña, nació esa misma noche en la terraza tras la cabina de mando, con complicaciones durante el parto que entre Mery, la negra Zordwa y el capitán Araña supieron sortear. Al llegar a la base, donde bajaron a al hombre herido y el cadáver de la otra mujer, quien murió en el trayecto debido a la gravedad de sus heridas pese a que Garabato y Cucufato le brindaron los primeros auxilios, la joven madre escapó como una gata pese a su debilidad sin que pudieran atajarla. Así dos vidas se dieron a cambio de una muerte esa noche en la lancha.
         En Barrancabermeja Araña trató en vano de encontrar familia u orfanato para las dos criaturas. Era una época con demasiados niños abandonados a causa de tanta violencia, no daba abasto el orfelinato municipal a cargo de unas monjitas.
         Mery se ofreció a cuidarlos mientras se les encontraba alguna familia que los adoptara. La hospedaron, junto con los bebes, las hermanas Robledal mientras le conseguían casa.
         No llevaba ella más de quince días en su nueva casa, todavía con los bebés, cuando apareció esa mañana su tía acompañada del capitán Araña, la que días antes le había dejado razón en la proveeduría en que se abastecían en El Banco, para que la recogiera y llevara hasta Barranca, pues ya había vendido la finca.
         Las siguientes semanas, tía y sobrina, se los dedicaron con especial atención a los bebes. La niña Minta se embelesó con ellos y se comportó como la más cariñosa abuela. Decidió que el dinero consignado en la cuenta de ahorros que Araña les abrió en el banco, más la gran suma que trajo producto de la venta de la finca adicional a las cuotas mensuales que todavía les debían, tendría también como destino la crianza y educación de aquellos dos niños enviados por la Providencia. Mery sería una buena madre. Y si para los hombres que pretendieran a su sobrina aquellos bebes eran un impedimento pues que se quedara soltera, “¡carajo!”.
         Doña Araminta Vda. Del Real, nombre con el que firmó la escritura de traspaso de la lancha Moralita al turco y a Araña (dejándola pignorada a favor de su sobrina, hasta que terminaran de pagarla según lo acordado) en aquellos días, murió de repente mientras dormía en la madrugada del sábado Santo de 1958. Tal y como ella misma lo predijo.
         Su sobrina Mery se casó, a principios de los sesentas, con un hombre mucho mayor que ella y más rico, propietario del aserrío más grande del puerto petrolero que estaba ubicado a orillas del Caño Cardales, quien sí aceptó a los dos niños adoptados y con quien tuvo además un hijo. Sin embargo las malas lenguas, que tanto abundan en Barranca, se lo adjudicaban a otro hombre más joven… Pero el objeto de este libro no es el chisme ni el juzgar, sino que tire la primera piedra quien esté libre de pecado, ¡a ver!
         Mery nunca adelgazó, ni se preocupó por intentarlo. No hay mujeres feas porque hay hombres de todos los gustos, además la belleza exterior dura pocos años mientras la belleza interior es imperecedera y es la que más vale a fin de cuentas.




  
CAPÍTULO 16

El evento que escribo a continuación y que no dejaré pasar, no lo puedo ubicar con exactitud en el tiempo, sólo puedo decir que sucedió una noche en los azarosos años cincuentas. No obstante, el humor de los colombianos sale a flote hasta en los tiempos más nefastos como aquellos. Alfonso Robledal narraba con gracia a sus amigos cómo su paisano suyo se salvó de ser asesinado por un grupo paramilitar o parapolítico, en la época de la violencia, por su agudeza creativa o la llamada malicia indígena.
Una noche, por un tenebroso camino rural del Magdalena Medio santandereano, el capitán Araña (aunque creo que aún era chalupero) se topó con un pequeño grupo de hombres armados. Encañonándolo le inquirieron –¿A qué partido pertenece?
El paisano Araña, tratando de ocultar el miedo con una sonrisa, contestó –Pues al de la “L”.
El líder del grupo armado, al tiempo que desaseguraba su pistola mostrando una criminal intención, riñó –¿Ah, un liberal hijuep…?
El asustado paisa clamó –¡Liberal no, no hombre! ¿Por Dios, cómo se le ocurre? ¡Soy laureanista, de la “L”, de Laureano!
Laureano Gómez era el reconocido jefe nacional del Partido Conservador.
Se la había jugado con una respuesta muy astuta, pues si los matones hubieran sido liberales, Araña se habría salido también con la suya gracias a la misma letra inicial del partido y habría respondido: “Pues claro, pertenezco al partido de la `L´, al Liberal”.

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         Y otro evento, que no puedo pasar por alto, fue el matrimonio del turco Anís en 1959, con una linda señorita bumanguesa, que conoció el primero de enero de ese mismo año en un paseo de olla al río Sogamoso. Amor a primera vista. El capitán Araña fue el padrino de una sencilla boda católica en la catedral de Bucaramanga. Compraron una casa para vivir en el puerto petrolero. La luna de miel fue durante un largo viaje por Barranquilla, Cartagena, Santa Marta y que concluyeron por el río Magdalena a bordo de Moralita, por supuesto.




  

CAPÍTULO 17


En 1961 la Empresa Colombiana de Petróleos (Ecopetrol) toma el control de la refinería de Barrancabermeja, luego de largas negociaciones desde los años cincuentas con la Tropical Oil Company (Troco) que tenía los derechos petroleros de la Concesión de Mares desde 1919 y que para 1949 había perforado 1.373 pozos de los cuales 1.297 se encontraban en producción (el 77% de los pozos productores totales del país).
Desde que murió la niña Minta pasaron otros tres años para el capitán Araña, sin más eventos que valgan la pena mencionarse, excepto que el turco Anís inició la moda de las bodas, pues en enero de 1963 se casó en la iglesia de San José, en Medellín, Alfonso Robledal con una hermosa señorita de la capital antioqueña. Así mismo su hermano Petronio se casó en 1965 con una bella amiga de la anterior, también en Medellín. Ambos conformaron sus hogares en Barrancabermeja. El tercer hermano, Francisco, ya para entonces había emigrado a Venezuela en busca de mejores horizontes ante tanta riqueza petrolera, se fue también acompañado de otra encantadora mujer oriunda de Puerto Wilches. ¿Y Araña qué? “Natillas”, era para las que trataban de agarrarlo más resbaloso que un jabón mojado, todo un solterón empedernido. Pero como dicen en Santander: “A todo marrano le llega su San Martín”. Ah, otro solterón en aquellos días también sentó cabeza, ¿o la agachó?, el acreditado Carlos Villa. En consecuencia, en los años siguientes vino una abundancia de bebés.
A mediados de la década del sesenta los barbudos de la Sierra Maestra decidieron exportar su modelo revolucionario desde la isla hacia el resto de América Latina. Colombia estaba, pensaron muchos, más madura que otros países para una revolución armada. Pero lo que sucedió fue que un puñado de inmaduros, idealistas y soñadores (¡qué peligrosa combinación!) replicaron una guerrilla al mejor estilo cubano, y como suele suceder en estos casos, reclutando a punta de retórica socialista o de fusil como carne de cañón a los más inocentes, que ciertamente no eran pocos, los ingenuos campesinos ignorantes de ideologías políticas foráneas. Así, comandados por sus primeros cabecillas, los hermanos Vásquez Castaño, enarbolaron la bandera roja y negra inaugurando en Santander y en el Magdalena Medio una época de sangre, dolor y lágrimas con su dizque popular ELN (Ejército de Liberación Nacional). Pero a diferencia de la promesa de Churchill, al ser elegido como Premier inglés en la Segunda Guerra Mundial, ellos no lograrían la esperada victoria y, en vez de salvadores, se convertirían en el terror del pueblo a través de sus armas.
         Al mediodía, de un día cualquiera de aquellos años, un sargento tocó a la puerta de la nueva casa, cerca del Parque Infantil, de las hermanas Robledal. Cuando Lucila le abrió, dijo –Mi coronel quiere que don Alfonso y don Petronio lo acompañen a hacer el reconocimiento de unos señores que la guerrilla asesinó hace unos días.
         Los occisos eran unos antioqueños dueños de una muy productiva hacienda ganadera de ese lado de Santander, conocidos como los hermanos Saldarriaga. Para quienes el término asesinato se queda corto, pues fueron brutalmente torturados y masacrados por los guerrilleros del ELN, cuando se resistieron a dejarse secuestrar. Así este grupo guerrillero mostró las garras de corrompidos depredadores. El poder corrompe y el poder absoluto, que da las armas, corrompe absolutamente.
No bastándoles tan monstruoso crimen, aquellos bandoleros sacaron los mutilados cadáveres a la carretera con el ánimo de que los otros hacendados escarmentaran. Cuerpos que Alfonso y Petronio Robledal tuvieron el terrible deber de reconocer, ante los legistas, a los que ya de antemano se sabía eran los hermanos Saldarriaga, sus amigos. Empezaba así la más repudiada y macabra fuente de financiamiento de la “revolución”, la que con el tiempo les haría perder lo que les quedaba de apoyo popular, si es que en verdad alguna vez lo tuvieron. Por crímenes como aquel, y otros más aberrantes, les salió el tiro por la culata. Lo increíble es que hasta un par de ilusos curas cambiaron la sotana y el misal por las botas y el fusil entregando sus vidas a tan engañosa ideolgía.

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Petronio Robledal, apenas con el grado de subteniente del ejército, había renunciado a la carrera militar debido a un no muy claro incidente con un oficial superior.
         De nuevo en la vida civil, muy joven aun, Petronio decidió buscarse un porvenir junto a sus hermanos en Barrancabermeja. Al lado de Alfonso se dedicó a la compra-venta de ganado vacuno y porcino, mostrando gran capacidad en el negocio. Pues esta particular profesión mercantil exigía una habilidad especial en la época, en que no existían muchas básculas para pesar el ganado, la de calcular a ojo el peso de la res o del cerdo en la finca del ganadero o del criador y en función de ese cálculo comprar el ganado en pie para luego venderlo en el matadero pesado en canal, una vez el animal es sacrificado, sangrado, abierto, sin las tripas y demás despojos. En otras palabras, al ganadero se le debía pagar el animal vivo y al carnicero se le debía cobrar lo que pesara únicamente la carne y los huesos. De modo que si se sobrevaloraba el futuro peso en canal esto se traduciría en pérdida para el comerciante o mayorista de ganado al venderlo al carnicero, pero si se acertaba o se compraba subvalorado el peso habría una ganancia, multiplicada por la cantidad de cabezas compradas. Ambos hermanos tenían una gran habilidad, aprendida de su padre, para calcular a ojo el peso de una res o de un marrano, lo que los hizo exitosos en dicho negocio.
Luego de varios años dedicado a la compra-venta de ganado, Petronio ahorró sus buenos pesos y fue cuando aceptó la invitación, de su amigo y paisano Carlos Villa, de entrar en el negocio de “importar” desde Maicao en la Guajira hasta el puerto petrolero en Santander, donde había bastante dinero contante y sonante en los bolsillos de los ejecutivos, trabajadores y contratistas de Ecopetrol, siempre listos a disfrutar de los placeres que prometían los licores, los cigarrillos y demás mercancías de calidad “made in USA”.
En la pequeña ciudad de Maicao cargaron un camión grande, tipo jaula, con toda clase de mercancías que compraron discretamente. Partieron de noche cubriéndose con la cómplice oscuridad. Iba el chofer al volante del camión y a su lado Petronio y Villa.
Al amanecer, decidieron parar a descansar y desayunar en un pueblito del Departamento del Cesar. Habían recorrido muchos kilómetros sin ningún contratiempo, ni siquiera se habían topado con otro automotor, mucho menos con retén alguno de la aduana, policía o ejército.
Terminando el desayuno, Petronio decidió ir a la oficina del inspector del corregimiento, amigo suyo y antioqueño igualmente, más que a saludarlo a preguntarle si tenía información de por dónde andaban las patrullas de los alcabaleros ese día, llevándole una botella de whisky como obsequio. La sorpresa fue para Petronio y Villa, el inspector amigo ya sabía del matute que transportaban y lo peor, las autoridades también. Estaban detrás de ellos buscándolos. A pocos kilómetros, les contó, había un retén de la policía junto con los aduaneros exclusivamente para capturarlos y decomisar la mercancía.
El inspector concluyó –Amigos, creo que los “sapearon”.
Semejante información bien había valido una botella del mejor licor de malta escocés.
Rápidamente subieron al camión y azuzaron al conductor a dar arranque, poniendo pies en polvorosa. No se dejarían quitar la mercancía tan fácilmente. Petronio conocía muy bien casi toda la costa atlántica colombiana gracias a sus correrías de compras de ganado en los últimos años, siendo él muy conocido entre los hacendados, finqueros, administradores, mayordomos y trabajadores de la región. Se desviaron por una maltrecha carretera rural que atravesaba unas fincas y los alejaba de la carretera principal que iba hacia Aguachica, donde los aduaneros debían tener instalado el retén. Cruzaron con facilidad los portones de las haciendas, pues aunque algunos estaban cerrados con cadena y candado, los cuidanderos o trabajadores les abrían al reconocer al señor Robledal quien como agradecimiento les obsequiaba un paquete de cajetillas de Marlboro o de Kent. Aquel camionero condujo hábilmente el camión a lo largo de dificultosas trochas dentro de los grandes predios, sin chistar demasiado, confiaba en que sería bien recompensado si no los atrapaban.
Elaborando Petronio un mapa en su cabeza decidió salir hasta la orilla del río Magdalena, para luego bajar hasta el puerto de El Banco y una vez allí improvisaría. Ruta tan larguísima y escabrosa que a ningún “chirrinchero”[32] se le ocurriría anticipar. Como la gasolina no les alcanzaría para el nuevo trayecto, se aprovisionaron en una hacienda conocida.
Llegaron a aquella población ribereña del Departamento del Magdalena, por donde muchísimos años antes fondeaba la piragua de Guillermo Cubillos cargada asimismo de contrabando, a quien le dedicaron la memorable cumbia, allí se les ocurrió a un plan para evadir a sus perseguidores y lograr llevar el contrabando hasta Barrancabermeja.
Un furibundo sargento, acompañado de otros cuatro policías y tres aduaneros ordenó –¡Bájense de inmediato, que vamos a requisar todo!
Petronio y el conductor descendieron del camión tranquilamente ofreciendo sus documentos de identidad, pero el uniformado los rechazó de mala gana, innegablemente ya tenía identificados a los escurridizos contrabandistas, lo que confirmó al preguntar –¿Y dónde está el señor Carlos Villa?
Extendiendo Petronio palmas arriba sus manos, queriendo indicar que no entendía por qué le preguntaba por su amigo, respondió con serenidad –No sabría decirle, debe andar por Barranca.
Sin lugar a dudas alguien los había aventado en Maicao con nombres y apellidos. Pero Petronio en ese momento ya iba sólo, junto al conductor, en el camión cargado con diez novillos.
Luego de la infructuosa búsqueda de sus hombres a lo largo y ancho de la jaula con las reses, por entre la cabina, hasta por encima y debajo del motor, el suboficial volvió a inquirir –¿Y dónde está escondido el matute?
Petronio, poniendo cara de ofendido ante la acusación –¿Cuál matute? ¿O es que así llaman ahora al ganado? Por aquí todo el mundo me conoce y sabe que compro ganado para venderlo en la plaza de Barranca.
Ante la falta de evidencia, o más bien de mercancía, no tuvo más remedio el sargento de la policía que dejarlos ir.
Mientras se alejaban en el camión escucharon al sargento maldecir –¿Cómo  este hijuep… se deshizo de la mercancía? ¡Seguro que el malpa… de Villa la lleva por otro lado!
Dos días después, descansado y habiendo ya descargado la noche anterior los novillos en los corrales de la finca de su hermano Alfonso en Galán, Barrancabermeja, regresó Petronio al desembarcadero que daba al río. Observó como el capitán Araña con lenta precisión atracaba el remolcador que empujaba el planchón ganadero contra la orilla. Al lado de éste, en el puente de mando, veía a su sonriente amigo Carlos Villa agitando la mano a modo de saludo. El plan había funcionado.
Sucedió que en el muelle de El Banco, Carlos Villa encontró por coincidencia sus otros socios, quienes esta vez no eran partícipes del negocio pero a cambio de un moderado flete les propuso esconder su mercancía junto a otra que recién habían cargado, de la que a su vez no era partícipe Villa, ya la sociedad había empezado a disolverse por exceso de socios capitalistas, digamos. Además los convenció de que le prestaran diez de los novillos del ganado que llevaba para cargarlos en el camión y despistar a sus perseguidores. En Barrancabermeja, en la finca de Alfonso Robledal en Galán, una de las pocas que tenía desembarcadero al río, descargarían la mercancía y volverían a cargar en la lancha el ganado prestado para que la embarcación continuara su viaje hasta el destino final, Puerto Berrío. Por supuesto, Carlos Villa se embarcó para despistar y como responsable del matute. Fue su último viaje en Moralita.
Todo había salido de acuerdo al plan. Coronaron. Pero Petronio sabía que ya estaba fichado por las autoridades, que tenía delator propio en Maicao y que la suerte no siempre le sonreiría, por lo que cada vez se le haría más peligroso este oficio. Así que una vez se repartieron las ganancias le dijo a su amigo que volvería a lo suyo, a negociar ganado. Carlos Villa sí continuó, por su cuenta en la profesión por varios años, prefiriendo ya el ferrocarril en el que montó a punta de sobornos una pequeña red de tráfico de mercancías, invitando como socio a un hermano suyo, hasta que acumuló suficiente dinero para retirarse a vivir con su familia holgadamente en Medellín. Ellos siempre fueron grandes amigos entre sí, hasta se cubrían las espaldas cuando alguno se enteraba de algo que pudiera afectar al otro. Lealtad era una palabra que se tenía que incluir en la definición de amistad o sociedad entre los antioqueños del siglo XX. ¿La lealtad por encima de la legalidad? Pues sí, para ellos el orden de prioridades era: Familia, Dios y Patria. En este estricto orden, más cuando el concepto Patria sólo significaba impuestos, burocracia, injusticia y corrupción. Y los amigos, a los verdaderos amigos, se les consideraban como de la familia.
Araña y Anís para 1963 ya habían pagado la totalidad de la lancha. Despignorada, ahora era totalmente suya. No tenían deudas, nunca les faltaban los contratos de transporte de ganado, cemento, hierro, cerveza, gaseosas y productos agrícolas, además las ganancias del otro “negocio” era exclusivamente para ellos, pues tenían capital suficiente para prescindir de un tercer socio. Pero, “una cosa es lo que piensa el burro y otro el que lo arrea”, reza el refrán y, aquí, los burros eran ellos y el que los arreaba era la Divina Providencia, ¿quién más?

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Una pausa con una nota referente a la historia de la aviación civil colombiana, para que descansemos de tanta agua. El gobierno de Rojas Pinilla dio gran impulso a esta industria tan importante para el país, por nuestra difícil y montañosa geografía en la que siempre ha sido difícil y muy costoso construir carreteras.
Un día entre los archivos de mi tía, encontré un viejo título por 20 acciones de la aerolínea Taxader (Taxi Aéreo de Santander, S.A.). Cuando indagué sobre estas acciones, simplemente me respondió que la compañía se quebró. Ella perdió así todos sus ahorros, los que en 1956 había invertido en dicha emisión de acciones que pretendía capitalizar esta aerolínea con sede en Bucaramanga, que tuvo aviones Douglas DC-3 y DC-4 entre otras aeronaves. Esta empresa fundada en 1948, que cubría vuelos desde Bucaramanga hasta ciudades de la costa como Santa Marta, Valledupar, Riohacha y Maicao y, años después, vía Barranquilla hasta Miami, logró sobrevivir con muchos altibajos hasta 1965, año en que fue liquidada. Los inversionistas, la mayoría de Santander y luego algunos de la Costa Caribe, perdieron toda la inversión debido principalmente a una serie de desafortunados siniestros aéreos consecutivos ocurridos entre 1957 y 1964, además de una implacable competencia, impuestos y trabas burocráticas, sospechosas de favorecer a otras aerolíneas, por los gobiernos posteriores a Rojas.
¿Y a qué viene esta historia? Pues para que vea mi estimado lector lo difícil que era en aquella época hacer empresa, aún más si era de transporte aéreo o fluvial.

        



CAPÍTULO 18

El capitán Araña después de afeitarse una barba de tres días con su nueva maquinita porta cuchillas Gillette, se untó loción Aqua Velba, se vistió elegantemente con una camisa blanca Primavera manga corta y un pantalón de dril caqui, ató los cordones de los zapatos Corona de cuero brillante negro y luego se acomodó su infaltable sombrero aguadeño. Se despidió del ya viejo perro Negro quien salió a su encuentro meneándole la cola, también de Zordwa y conminó a Garabato para que vigilara en vez de dormir. Bajó de la lancha al muelle. Caminó a paso lento por la calle novena, pasó por el Almacén Americano y saludó rápidamente a los Cárdenas Restrepo, sus paisanos, quienes le informaron que acababan de matar al presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy. Comentaron brevemente tan increíble noticia, se despidieron y él continuó. Caminó por el andén de la plaza principal de mercado, cruzó y anduvo varias cuadras más hasta pasar por el hospital. Saludó a Sor Juan, la madre superiora a cargo del hospital, quien estaba parada en la entrada conversando con el Dr. Juan José Montoya, un distinguido médico cirujano y paisano también. Finalmente llegó hasta el parque Infantil. Lo atravesó y se dirigió hacia la carrera 17, en la misma manzana de la nueva iglesia de la Inmaculada, hacia la casa recién construida de las hermanas Robledal, donde su hermano Alfonso también tenía unas pesebreras en el patio trasero.
Con Alfonso había quedado de encontrarse, al mediodía en la casa de sus hermanas, para saldar el flete de un ganado que le había traído desde San Pablo. 
         Justo cuando pasaba frente a la iglesia vio al mismo misterioso hombre, que había visto aquella fatídica noche en que recogieron a los heridos y a la joven a punto de parir cerca de Cantagallo, vestido igual, impecablemente de blanco y con sobrero también blanco, pero esta vez estaba descalzo, sin medias ni zapatos. Atuendo extraño. Se miraron fijamente y aquel individuo, a modo de saludo, le sonrió. Al capitán Araña le pareció ver por un instante que al tipo le brillaban sus ojos como un par de rubíes, ¡rojos! Decidió hacer caso omiso del raro sujeto y, dirigiendo desde el atrio la mirada hacia el altar de la iglesia a través del portón abierto con un respetuoso gesto se quitó el sombrero con la mano izquierda y se persignó. Cuando volvió la cabeza descubrió que el individuo ya no estaba, por ningún lado. Esa súbita desaparición lo dejó turbado.
         Apenas había doblado la última esquina y escuchó un grito de mujer, aceleró el paso hasta la casa de las Robledal, la que descubrió con la puerta abierta. Se asomó sin tocar la puerta. Vio que, desde una ventana de la cocina que daba al comedor, Lucila Robledal increpaba con gritos a un desconocido que cargaba el televisor que debía estar sobre su mesita en una esquina del comedor. Dedujo que era un ladrón.
         El ladrón se detuvo sorprendido por Araña, quien le obstaculizaba la salida.
         El capitán de río se llevó la mano derecha al bolsillo de su pantalón y le advirtió al sujeto con voz muy segura –Deje el televisor en el piso y lárguese o le meto un tiro.
         El delincuente dudo. Araña amagó con sacar su arma. El ladrón palideció y soltando de golpe el televisor corrió hacia Araña, quien lo esquivó alcanzando hacerle una zancadilla con el pie. Pero el ágil individuo no cayó en la acera sino que trastabillando siguió corriendo como alma que lleva el diablo.
         Araña corrió hacia donde Lucila y le preguntó si se encontraba bien. Ella le respondió –Sí, fue sólo el susto cuando lo vi cargándose el televisor. Estoy sola, Aluvia salió a comprar unas mazorcas que me faltaban… Menos mal que apareciste. El hombre se asustó cuando vio que ibas a sacar el revólver.
         Él, palpándose el bolsillo derecho, dijo sonriendo –Yo nunca cargo revólver ni armas.
        
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Por la tarde, cuando se aproximaba al muelle, vio que Zordwa le salía corriendo al encuentro. Ella entre sollozos exclamó algo sobre el perro pero él no entendió. Ya más cerca le ordenó –¡Cálmate, mujer! ¿Qué pasó?
         La morocha balbuceó –Negro está muerto… lo mataron… lo envenenaron…
         El astuto perro, como lo acostumbraba en el muelle de Barranca, salió poco después del capitán Araña en busca de algún suculento botín cárnico, pese a que Zordwa lo alimentaba muy bien, y esta vez le tendieron una mortal trampa, un pedazo de carne envenenada.





CAPÍTULO 19

Subió por las escaleras hasta el segundo piso, lo encontró desocupado, sin mobiliario ni estantería ni archivadores como lo conocía, no tenía puertas ni marcos de ventanas ni techo. Salió al balcón y miró hacia el río. Del pequeño edificio de dos pisos, donde quedaba la antigua oficina de la capitanía del puerto, sólo quedaba una espléndida vista.


         Se disponía a bajar cuando, al girar su cuerpo, vio a una desconsolada mujer vestida con harapos. Ella empezó a llorar.
         El capitán Araña le preguntó –¿Qué le pasa, mujer?
         Ella respondió con otra pregunta –¿Ha visto a mis hijos?
         Araña, extendiendo sus manos palmas arriba, respondió –No señora, no he visto niños por aquí.
         Ella lanzó un estridente chillido como él nunca antes había escuchado de mujer alguna –¡MIS HIJOS! ¿DÓOOOOONDE ESTÁN MIS HIJOS? ¡MIS HIIIIIIIIIJOS…!
         Gritaba mientras corría escaleras abajo.
         Araña trató de seguirla pero apenas cruzó el umbral de la puerta que daba a las escalas no vio a nadie, ni escuchaba los alaridos de la mujer. Bajó. Salió hasta la calle, no había señal alguna de la escalofriante mujer. Caminó hasta la esquina, la calle a esa temprana hora de la mañana estaba sin un alma. De repente al doblar se encontró cara a cara con el misterioso hombre vestido de blanco, con sombrero de igual color y, al igual que en la ocasión anterior, estaba descalzo. Él extraño personaje volvió a sonreírle y de nuevo sus ojos brillaron como un par de rubíes, de sobrenatural rojo.
         Se estremeció del susto. Había visto al extraño sujeto la noche de 1958 en aquel caserío cerca de Cantagallo, luego en 1963 en Barrancabermeja frente a la iglesia de la Inmaculada y nuevamente ahora, a mediados de 1964, en Puerto Wilches. Esta vez no lo pasaría de largo. Le inquirió –¿Quién es usted y qué quiere?
         El sujeto, sin dejar de sonreír, le señaló con el índice de la mano izquierda la cuadra de enfrente. El capitán Araña miró hacia donde le indicaba y descubrió la entrada al cementerio. Al girar de nuevo su cabeza el extraño había desaparecido, como si se hubiera desvanecido en el aire.
         Mientras caminaba de regreso hacia el muelle donde estaba amarrada Moralita no podía dejar de pensar en aquel hombre, si es que lo era.
         Abordó el remolcador, parecía que todos dormían ese domingo, lo que era normal si estaban en puerto. Había trascurrido casi seis meses desde que murió Negro y todavía extrañaba el efusivo saludo con que siempre lo recibía. Después de las caminatas matutinas, que acostumbraba realizar cuando estaban en puerto,  Araña desayunaba, pero en vista de que Zordwa aún dormía decidió él mismo preparar el café mientras esperaba a que se levantara.
Miró de nuevo su reloj, las nueve en punto. Ya llevaba dos tintos cerreros sin azúcar y nada que aparecía Zordwa. Cucufato estaba a su lado compartiendo el café, también había subido a la cocina en busca del desayuno.
Finalmente Araña exclamó –Algo anda mal. Nada que sube Zordwa y no veo a Garabato ni en su hamaca ni por ningún lado. ¡Me parece raro a esta hora!
El turco Anís no iba a bordo pues estaba, digamos, de licencia por el nacimiento de su segundo hijo.
         Araña descargó el pocillo sobre la mesa, se paró y caminó los pocos pasos que separaban el comedor del camarote de la cocinera. Golpeó la puerta dos veces y empezó a llamar –Zordwa, Zordwa… ¿Acaso amaneciste enferma, mujer?
         Silencio del otro lado de la puerta. Trató de abrir, la manija no cedió estaba con pasador desde adentro. Golpeó de nuevo otras tres veces infructuosamente. Entonces le gritó  a Cucufato quien se había acercado –VE Y TRAE HERRAMIENTAS PARA TUMBAR ESTA PUERTA. ¡CORRIENDO, HOMBRE, CORRIENDO!
         Demoraron casi quince minutos hasta que lograron sacar con destornillador de pala y martillo los pines de las bisagras.
         Al abrir no necesitaron entrar al pequeño camarote para hallar una inesperada escena:          Sobre la cama estaba tendido bocarriba el cuerpo desnudo de Garabato, quien parecía dormir con una plácida sonrisa, aunque no roncaba, ni siquiera respiraba. Al lado de la cama, sentada en cuclillas sobre el piso y recostada de espaldas contra una de las paredes, paralizada, inmóvil como una estatua de yeso, Zordwa con sus ojos fijos en el largo y rígido pene… erecto.
Un facultativo calificaría tal evento como un extraño caso de “rigor mortis”[34] post coito, ¿o pre coito?

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Garabato, a los 56 años de edad (aunque parecía de mucha más edad debido a los estragos de tanto alcohol en su cuerpo), fue enterrado ese mismo domingo a las seis de la tarde en el cementerio de Puerto Wilches, el 3 de mayo de 1964, el día de la Santa Cruz. En medio de la procesión de los mil “jesúses” que inició después de la misa fúnebre en la catedral, en la que los fieles repetían una decena de “Jesús, Jesús, Jesús…” después de la jaculatoria que recitaba el sacerdote: “Si en la hora de mi muerte el demonio me tentare, le diré que no tiene parte en mi alma porque el día de la Santa Cruz dije mil veces Jesús”, cien veces.
         Zordwa lloraba como viuda inconsolable.
Antes de que echara el sepulturero encima del sencillo féretro la primera palada de tierra, el capitán Araña le susurró algo al oído izquierdo, por el que aparentemente escuchaba un poquito, a Cucufato quien de inmediato salió corriendo. Regresó jadeando diez y seis minutos después con seis botellas de ron entre sus brazos.
         Araña le preguntó –¿No encontró más?
         A lo que el sordomudo negó con la cabeza.
         El capitán pidió al sepulturero que abriera la caja. El sepulturero arqueó las cejas. Araña se le acercó y le metió un billete de veinte pesos en el bolsillo de su camisa. Abrió la caja. Cucufato repartió las seis botellas de ron por los bordes.  
         Araña le dijo al difunto –Llévate todo el ron que tenías escondido, para el camino, por si acaso te da sed.
         Un lejano trueno se escuchó.
         Justo después de la última palada de tierra en la tumba, se largó un torrencial chaparrón con truenos y relámpagos. El infaltable aguacero de la Santa Cruz, según reza la tradición.


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El capitán Araña ascendió a Cucufato al grado de piloto-maquinista, pues ya desde hacía mucho tiempo había aprendido a navegar la lancha y, observando a Garabato, los intríngulis del funcionamiento del motor diesel, engranajes, bielas y hélices.
         En Barranca, esa misma semana, Araña reclutó como nuevo grumete a un joven cotero del puerto, de nombre Sixto, que no era sordomudo ni gago, pero sí tuerto y con fama de pendenciero.





CAPÍTULO 20

Araña suspiró –Tres veces en tres sitios diferentes se me apareció ese tipo y ¡zas!... tres muertos en Moralita, contando a Negro. ¿Será el diablo, la muerte en persona o quién carajos es? Llevo casi dos semanas sin poder dormir pensando en esa vaina.
         El turco Anís, mientras tocaba la campana de la cabina de mando avisándole a los demás tripulantes que se prepararan para la maniobra de atraque en el muelle de Puerto Berrío, replicó –¡Que va, yo no creo! Ha sido pura coincidencia. ¡Casualidades de la vida, hombre! Socio, no piense más en eso, ya verá que no  vuelve a ver más a ese hijuep…
         Araña agregó –Todo es tan raro… ¿Y qué hay de la mujer que se me apareció chillando como loca por sus hijos? Pregunté por ella y en Puerto Wilches nadie conocía a una mujer así. ¿Me estaré enloqueciendo, socio?
         Zordwa acababa de subir con un par de tintos en una charola[36], ya conociendo el evento y habiendo escuchado esto último, intervino –Es la Llorona, patroncito. ¡Se le apareció la Llorona! El espectro de una antigua mujer a la que le robaron sus hijos. Dicen que lloró y gritó con desespero por sus hijos sin descanso hasta que murió… Pero después siguió apareciéndosele a algunos igualmente llorando y preguntando entre llantos por sus hijos. Todo el mundo conoce esa leyenda. Además no hay que andar caminando por ahí, solo, entre edificios abandonados y, menos, cerca de un cementerio.
         Tras decir la última frase la cocinera tocó el escapulario de la Virgen del Carmen y se santiguó.
         El capitán, quitándose el sombrero con la mano izquierda y cubriendo con la derecha sus ojos, exclamó –Lo que me faltaba, por Dios. No sólo se me aparece la muerte o el demonio sino también un fantasma. ¿Ahora qué más sigue?






CAPÍTULO 21

Luego de la muerte de Garabato, durante casi cuatro años vivieron una época próspera y tranquila, sin más muertes en la lancha ni apariciones del misterioso hombre descalzo vestido de blanco al capitán Araña, tampoco de espíritus vagabundos como la Llorona. Tal vez el turco tenía razón y fueron simples casualidades o fue, gracias a que siguió el consejo de Zordwa, por protegerse llevando consigo un escapulario en un bolsillo del pantalón y una camándula colgada al cuello.
         En la lancha Moralita cargaban un botiquín muy bien dotado de antisépticos, esparadrapos, calmantes, jeringas y demás implementos para prestar los primeros auxilios. Igualmente llevaban medicamentos adicionales como desinflamatorios, analgésicos, antiofídicos  y hasta abundantes ampollas de penicilina, la que era muy necesaria pero escasa en la mayoría de los caseríos más pobres a lo largo del río Magdalena. Por lo que Araña y Anís eran generosos con esta medicina cuando veían personas muy enfermas o con infecciones graves. Si no había enfermera o boticario, médico menos, que aplicara la inyección, el mismo Araña o el turco se la aplicaba al enfermo. Así los dos capitanes se convirtieron sin proponérselo en boticarios, enfermeros y hasta paramédicos. Aprendieron algo con el Dr. Montoya, de quien se hicieron buenos amigos y al que, de vez en cuando, invitaban a viajar con ellos en jornadas médicas por las riberas del Magdalena Medio, mientras ellos cumplían con lo fleteado por sus clientes, por supuesto.
         Una mañana del sábado víspera del domingo de ramos de 1968, después de embarcar un ganado en una hacienda a hora y media en la lancha río abajo de El Banco, mientras el turco Anís iniciaba desde la cabina de mando la primera maniobra para la partida y Araña en tierra inyectaba con penicilina a la mujer de uno de los peones que parecía tener septicemia, apareció de repente un grupo de hombres armados, mas no desconocidos por los dueños de la finca quienes entre susurros le advirtieron a Araña que eran marimberos[37] guajiros.
         La marihuana, en sus dos variedades más conocidas: el cannabis sativo y el cannabis indica, cuyo origen y uso se ha localizado en China miles de años atrás, era inicialmente utilizada como medicina. Su cultivo y uso como narcótico en Colombia está identificado desde los años veinte del siglo pasado. Si bien desde aquellos años su cultivo (y consumo interno) aumentó de forma sostenida en varias regiones del país, principalmente de la Costa Caribe, no fue sino hasta la década de los cincuenta en que la marihuana se convirtió en un fenómeno problemático, impulsado por un incremento significativo del consumo interno. Este problema se agrandaría durante los sesenta, década en la que comenzaron las “exportaciones” hacia los Estados Unidos, trayendo una bonanza desde los setenta hasta principios de los ochenta. Luego disminuyó notablemente su comercio debido a la preferencia de los consumidores estadounidenses por la cocaína, entonces el problema fue peor, pero esta es otra historia.
         El que parecía ser el jefe de los marimberos preguntó, con la seguridad que les da a algunos llevar un revólver al cinto, al capitán Araña –¿Es usted el dueño de la lancha?
         Araña mientras guardaba tranquilamente la jeringa y el alcohol antiséptico en el estuche contestó –Uno de los dueños. ¿En qué puedo servirle?
         El traficante dijo –Sí puede servirnos y mucho. La lancha que debía recoger nuestra mercancía tuvo un serio inconveniente… Necesitamos que usted nos la lleve hasta veinte kilómetros antes de Barranquilla, le pagaremos muy bien.
         El capitán agarrando su sombrero, que había puesto sobre una mesa mientras inyectaba a la señora enferma, se lo acomodó y mirando a los ojos a su interlocutor repuso –No podemos, mi estimado señor. Debemos llevar este ganado hasta Puerto Berrío, no podemos ir en sentido contrario hasta Barranquilla, el ganado no aguantaría.
         El  marimbero objetó –Mmm… Pues entonces descargue el ganado. Nos lleva la merca primero y luego viene por él.
         Araña –De ningún modo, ya el ganado está embarcado y tenemos un contrato que cumplir. Es mejor que busque otra lancha. Debemos partir, adiós señor.
         El jefe de los traficantes miró a sus esbirros.        Se tomó un momento para pensar lo que iba a decir y sujetando por el brazo izquierdo al capitán objetó –Es mejor que me haga caso… Yo se que usted contrabandea whiskys y cigarrillos, a usted le dicen en Maicao “capitán Ballantine´s”. Si me colabora yo le ayudaré con mis primos para que le vendan a mejor precio y hasta lo cuiden, pero si no…
         Araña soltando de un tirón el brazo sujetado inquirió –Pero si no, ¿qué?
         El marimbero escupió a un lado el palillo que tenía entre sus dientes y con una sonrisa malévola dijo lentamente –Pero si no me ayuda no respondo por lo que en el futuro pueda pasarle a sus matutes.
         Al capitán le empezó a hervir la sangre. El turco Anís, sin escuchar bien la conversación pero intuyendo que su socio estaba en problemas tocó la campana dando la señal de partida.
         Con el último repique de la campana Araña descubrió detrás de los otros cuatro sujetos que acompañaban al guajiro al misterioso hombre vestido de blanco y con el mismo sombrero, pero esta vez calzaba zapatos negros, como la primera vez que lo vio cerca de Cantagallo. Se le heló la sangre. “De nuevo la muerte, ¿quién será esta vez?”, pensó. No podía apartar la mirada de la aparición. El marimbero buscó con sus ojos a quien miraba fijamente el capitán, pero sólo vio a sus cuatro compinches, supuso que estaba tramando algo y dijo amenazadoramente –No se le ocurra tirárselas de gallito fino, que…
         Antes de que terminara la frase escuchó un grito a sus espaldas. Al voltearse vio como uno de sus hombres forcejeaba, cerca de la lancha, con el tuerto Sixto. Brilló la hoja afilada de una navaja y saltó la sangre…
         Sixto, quien sí estaba lo suficientemente cerca para escuchar todo, decidió actuar sin medir las consecuencias, apuñaleó mortalmente en la garganta al guajiro más próximo. Este acto impulsivo de su grumete no lo sorprendió, pues ya en anteriores ocasiones se había involucrado en varias trifulcas, pero de esta no saldría bien librado. El jefe al ver caer a su secuaz de inmediato desenfundó su arma, pero no alcanzó a apuntar porque Araña agarrándolo del brazo desvió el cañón. Se escucharon tres disparos, pero no habían salido del revólver de su rival. Araña miró hacia la lancha y vio a Sixto tambalearse y caer. Los tres sujetos ahora corrían hacia él, pistolas en mano, dispuestos a ayudar a su jefe. Entonces trató de quitarle el revólver al guajiro, al que derribó golpeándolo con su pierna izquierda en la parte trasera de las rodillas mientras lo empujaba con sus manos, pero no pudo ganar el arma. Se dio una lucha a muerte… Hasta que tronaron los seis tiros.
         Los otros guajiros que habían corrido hasta los dos luchadores se detuvieron en seco. Araña se levantó primero y los miró como tigre enfurecido. Ellos observaron a su jefe, quien también se levantó, con el revólver en la mano. Miraron de nuevo a Araña de pies a cabeza, limpio de sangre y ni una herida.
         Uno de ellos exclamó –Pero cómo… ¡Yo vi que el primo le vació el revólver!
         El mayordomo de la hacienda advirtió –Ustedes no saben con quién se están metiendo. El capitán Araña es un hombre cruzado, dicen que tiene pacto con el diablo… Pero yo creo que más bien es con la Virgen porque es un buen hombre. ¡Ahora están malditos!
         Los otros dos se santiguaron. Muchos guajiros son agüeristas y temerosos de las invisibles fuerzas ocultas.    
El jefe se limitó a ordenarles –Vámonos, primos.
         El que había hablado volvió a decir –Déjeme yo mato a este ca…
         El jefe le gritó –¡Deja ya, que el diablo anda por aquí! ¡Yo nunca fallo y menos tan cerquita!
         Araña viendo que le temían, actuó como si verdaderamente tuviera un pacto con Belcebú y no dejó de mirarlos fijamente con los brazos cruzados sobre su pecho.
Dos fueron y cargaron el cadáver del degollado, lo subieron al jeep Willis en el que habían llegado. El tercero y su jefe miraban en silencio a Araña, aún con las pistolas en la mano apuntándole, pensando qué hacer o qué decir ante tan prodigioso hecho.
De nuevo, Araña vio detrás de ellos al misterioso hombre de blanco, el que esta vez sonriendo se quitó el sombrero  a modo de saludo como queriendo decirle “me place servirte, capitán Araña”. Luego se desvaneció en el aire.
Finalmente, el jefe se atrevió a amenazar –Esto no se quedará así.
Araña sin mostrarse intimidado le apuntó con el índice de la derecha para lograr un mayor efecto dramático y vociferó –Sí, así se quedará. Por su culpa usted perdió un hombre y yo perdí uno de los míos. ¡Pero si insiste, el próximo que muera será usted!
Lanzó esta última exclamación con verdadera ira.
Un trueno se escuchó sobre sus cabezas. Todos se persignaron menos Araña y el marimbero que aunque sintió miedo trató de disimularlo. Se subió al jeep y se fueron.
 Araña agradeció con el pensamiento este magistral cierre teatral a su nuevo amigo, del que ya sabía quién era, el Ángel de la Muerte, del que su abuela le hablaba cuando niño y que él creía era un mito. Ahora lo entendía, cuando se le aparecía descalzo alguien moriría de muerte natural o al menos sin violencia, pero sí lo veía con zapatos habría muerte violenta. La cuestión era por qué se le aparecía nada más a él y por qué, evidentemente, lo protegía.
Una anciana bajita de la finca se le acercó, lo jaló de la manga de la camisa y le susurró al oído –Yo también vi al hombre de blanco…
         La leyenda del capitán Araña, a quien no le entraban las balas porque tenía un pacto con la Virgen o con el diablo, se extendió a todo lo largo del río Magdalena.




CAPÍTULO 22

El turco Anís, bien entrada la noche muchas horas después del grave incidente, al frente del timón, quiso cortar el ambiente fúnebre murmurando –¡Así que capitán Ballantine´s! ¡Aj! Carajo, tantos años yendo a Maicao y hasta ahora me entero…
         Araña, a su lado, no quiso seguir la broma –Socio, se nos acabó el matuteo. Esto ya llegó demasiado lejos, uno de los nuestros murió… ¡Ya no más!
         Anís al recordar la muerte de Sixto, de cómo tuvieron que esperar a que llegara el inspector más cercano para realizar el levantamiento del cadáver y luego enterrarlo en el cementerio de El Banco, porque al igual que a Garabato a él tampoco le conocían familia, puso cara seria y preguntó –¿Qué quiere decir, socio? Sixto no debió atacar a ese malp…
         El capitán Ballantine´s, Araña quiero decir, movió su diestra extendida dándole a entender que no era ese el tema. Aclarando su voz  expuso –Esto dejó de ser un negocio entre comerciantes y pasó a ser un oficio de crápulas, de criminales, de bandidos. Antes el único riesgo que se corría contrabandeando licores, cigarrillos y las demás mercancías era que las decomisaran, se perdía la plata, pero nada más. Negociábamos entre caballeros, de palabra. Nadie amenazaba y mucho menos se andaba armado, en cambio ahora mire, se metió una gentuza mala que se comporta como bandoleros, además mezclándole “yerba” al negocio. Se tiraron el negocio. Ahora nadie es de fiar, ya no se puede confiar casi en nadie, al menor descuido le roban a uno y hasta matan por robar, además quieren involucrar a los demás a la brava en ese maldito negocio de llevarle maracachafa a los gringos… No me gusta, esto no pinta bien para el futuro. ¡No vale la pena! ¿Para qué correr riesgos innecesarios? Ya no tenemos deudas y podemos vivir muy bien con lo que ganamos transportando ganado, cerveza, gaseosas, cemento, hierro, ladrillos, tejas… Tuvimos suerte, pocas veces nos decomisaron mercancía y eso que somos requeteconocidos. Antes cuando caía la aduana o la policía, el asunto se arreglaba fácil, con plata. Hoy en día hasta se duda si las autoridades son también delincuentes o enviados por ellos, no les basta el soborno, ahora vienen por todo, quieren toda la mercancía… Y lo peor es que algunos son capaces de matar por robarla… ¡No freguemos más, dejemos ya este negocio! Dediquémonos de ahora en adelante a los negocios legales nada más y vivamos tranquilos.
         El turco Anís, quien ya venía pensando lo mismo, estuvo de acuerdo. Y así, fue como en ese mismo viaje durante la Semana Santa de 1968, llevó Moralita escondido el último matute de Whiskys Haig y Ballantine´s así como de cigarrillos Marlboro y Kent. Pero no seguiría una vida tranquila.





CAPÍTULO 23

Uno de los primeros en ser secuestrado por el ELN fue don Eugenio Mesa, sobrino medio de los hermanos Robledal. Él, un próspero ganadero y comerciante afincado en Puerto Berrío, fue violentamente retenido por numerosos guerrilleros, internándolo y encadenándolo luego en algún lugar de la espesa selva del Magdalena Medio.
Durante semanas su familia nada supo sobre la suerte de don Eugenio, como tampoco las autoridades.
Él mientras tanto eligió, ante sus captores, como negociador de su liberación a su tío Alfonso Robledal, a quien enteraron de su aburridor nombramiento a través de una carta que le hicieron llegar secretamente a su familia.
Después de arduas y sutiles negociaciones en diferente sitios recónditos a lo largo del extenso Magdalena Medio, previamente seleccionados por los secuestradores o sus emisarios, logró acordar un “moderado precio” por la liberación de su sobrino.
         Se fijó una fecha para la entrega de la enorme cantidad de dinero en efectivo, que el mismo debía llevar en cajas de cartón a bordo de una chalupa por el río Magdalena, acompañado únicamente por su esposa y el lanchero, como garantía (exigida por los muy cobardes) de que él no les tendería una trampa en conjunto con el ejército. En la proa del bote, con un potente motor fuera de borda y varios bidones con combustible de reserva, debía colgar una bayetilla o trapo rojo como marca o señal para que los espías de la guerrilla apostados a lo largo del río lo identificaran.
         Luego de un largo navegar río arriba, desde su finca en Galán hasta Puerto Berrío y siguiendo las indicaciones dadas por el último emisario enviado por los guerrilleros, un par de hombres les agitaron otro paño rojo en una de las orillas. Se acercaron con cautela, pero los mismos sujetos no los dejaron arrimar sino que les gritaron mostrándoles por dónde debían doblar, por un caño cercano, para luego desembarcar las cajas con el dinero donde había un grupo de hombres con otra tela roja.
         El flagelado don Eugenio Mesa fue liberado pocos días después del pago por el rescate cerca de Puerto Berrío. Pero él jamás pudo recuperase de tan traumático evento.
         El lanchero era el capitán Araña quien, para esos días, a fines ya de la década de los sesenta, conocía el río como pocos.






CAPÍTULO 24


“El día que me quieras” se titula la más famosa película de Carlos Gardel, rodada en los estudios de la Paramount en Long Island (New York) en enero de 1935, pocos meses antes de morir en el trágico accidente aéreo en Medellín. Fue la película que el capitán Araña vio esa tarde en el Teatro Barranca, en una semana dedicada al cine de los treinta, junto con su novia.
         Así como lo leen, finalmente, de 39 años el escurridizo capitán cayó en las redes del amor. ¿Quién era la dama? I don’t know. “Yo sólo sabo que nada sabo” sobre este asunto, como decía Cantinflas. ¡Pues no sé quién era y qué! ¿Acaso el autor debe saberlo todo? Este es otro misterio que rodea la leyenda del capitán Araña. Y tampoco sé si se casó con ella, con otra o siguió solterito, ni si tuvo hijos.
Aunque hablando de hijos, alguna vez le escuché a mi padre decir que el legendario capitán de río no podía tener hijos porque le dio paperas en la edad adulta y se le bajaron… ¿A dónde se le bajaron las paperas? ¡Ptsss…! Allá mismo donde se están imaginando. La cuestión es que una médica, amiga mía, me explicó que las glándulas parótidas (en los cachetes) no tienen manera de bajarse hasta los testículos, pero de lo que ella no estaba segura es que las paperas (arriba o abajo) fueran causa de esterilidad.
Como este capítulo dedicado al amor ha sabido terminar pasen al próximo, que es más fogoso… De fuego, de balas, no de ardiente o de pasión, ¡eh!




CAPÍTULO 25


Anís le dijo al capitán Araña –El río cada vez se ve más sucio, con una nata aceitosa en la superficie. Debe ser petróleo o residuos que sueltan de la refinería o combustible de las lanchas…
Araña sintetizó –O ambas cosas. Por no hablar de todos los alcantarillados que vierten las aguas negras sobre el río, más los cadáveres de animales que arrojan. Está muy contaminado y, pensar que, del Magdalena toman agua millares de personas.
         Anís corrigió –Millones de personas toman agua de él, desde el nacimiento bien al sur río arriba hasta Barranquilla… ¡Mira!
         Desde la cabina el turco señaló en la orilla a estribor a un grupo de hombres armados, con botas de caucho y algunos con uniforme verde oliva, quienes al parecer le hacían señas.
         Araña murmuró –No me gustan, parecen chusmeros. Querrán el cemento o que los transportemos…
         Apenas terminaba de decir esto cuando se escuchó el disparo. Uno de advertencia, era obvio.
         Anís se exaltó –¡Hijuep…! Estamos a tiro de ellos, ¿qué hacemos?
         Araña descubrió detrás de ellos a su “viejo amigo” de impecable ropa blanca y… con zapatos negros, sonriéndole. Sin vacilar le dijo a su socio quien estaba al frente del timón –¡A toda máquina, acelera, que habrá muerte violenta!
         Anís no esperó explicación. Tañó la campana de advertencia a la tripulación y llevó la palanca de velocidad hasta el máximo al tiempo que decía –No me jodas, acabas de ver al carajo ése, ¿cierto?
         Araña afirmó con su cabeza. Otro disparo. Anís volvió a tocar la campana.
         Zordwa subió asustada –¿Qué pasa, por qué nos disparan?
         Araña respondió pausadamente tratando de trasmitirle calma –Quieren que arrimemos, pero vi la muerte… con zapatos.
         La cocinera sabiendo de qué hablaba se persignó y le prendió la vela a la Virgen del Carmen en el altar de la cabina de mando. Rogándole –Santa Madre auxílianos y protégenos.
         El tercer disparo. La bala entró por una escotilla lateral y rozó la frente del turco. Más por el susto que por el quemón cayó sentado sobre el banco dispuesto para el timonel. Araña al ver el hilo de sangre que salía de la herida le pidió que se quedara quieto y se puso al frente del timón.
         El río en esa época del año, entre Puerto Nare y Puerto Berrío, era estrecho por los islotes que en el verano se formaban en medio del río. El capitán exclamó –Tendremos que rendirnos, nos persiguen desde la orilla y no puedo poner distancia suficiente que nos aleje de las balas…
         Zordwa, llena de fe, musitó –No se preocupe patroncito, que la Santa Madre viene en nuestro auxilio.        Abrió el gabinete bajo el altar y sacó cuatro cirios pascuales, que ella misma había guardado de las últimas cuatro Semanas Santas anteriores. Los encendió. Le pidió a Cucufato, quien acababa de subir al puente de mando, que pusiera dos en cada esquina de la proa del planchón y ella se dirigió con los otros dos hacia la popa del remolcador poniéndolos en cada esquina.
         Araña observó como ella levantaba los brazos al cielo y repetía a todo pulmón –SANGRE DE CRISTO CÚBRENOS, SANGRE DE CRISTO CÚBRENOS, SANGRE DE CRISTO CÚBRENOS…
         Lo más increíble era como las balas les zumbaban por todos lados, pero ninguna daba en el blanco, al menos no en sus cuerpos. Uno que otro bulto del cemento que recién habían embarcado en Nare fue impactado y nada más.
         Minutos después los disparos cesaron. Era como si aquellos bandoleros no pudieran verlos pese a que Araña los podía ver uno por uno, estaban a poco más de cien metros de distancia y aún era de día, todavía el reloj no marcaba las seis de la tarde. Tampoco había neblina ni llovía.
         Los dos capitanes se miraban sin poder creer lo que pasaba. ¿Se habían hecho invisibles? ¿Era posible que un remolcador y un planchón cargado con miles de bultos de cemento desaparecieran de la vista de aquellos, seguramente, guerrilleros?
         Pero no de dos que habían nadado desde la orilla y lograron abordar. Sin armas de fuego, por el agua, pero sí con sendos machetes.
         El primero que los vio fue Cucufato quien advirtió chillando y manoteando como loco. El bandido le lanzó dos machetazos pero no lo alcanzó, trepaba por las varillas del planchón con más agilidad que un mico perseguido por un jaguar. Desistió de perseguirlo y se unió al otro bandido en dirección al remolcador. El capitán Araña le pidió al turco que lo relevara en el timón y rápidamente desenfundó de un largo estuche de cuero una carabina Remington 22, que escondían en el mismo gabinete debajo de la Virgen, la que habían adquirido después del incidente con los marimberos, por si acaso. La desaseguró y jaló el cerrojo, la primera bala entró a la recámara de percusión. Apuntó al primer asaltante que ya estaba a punto de alcanzar la terraza sobre la que estaba la cabina de mando. Apretó el gatillo. La bala penetró justo en el esternón del bandolero, el impacto lo tiró hacia atrás cayendo el ya inerte cuerpo al río. El segundo, el que había agredido a Cucufato, al ver con sorpresa lo sucedido se lanzó por su cuenta el agua, cayendo para su desgracia muy cerca de la popa, las aspas de la hélice principal que giraba al máximo lo envolvió destrozándolo en el acto.
         Araña vio como el Ángel de la Muerte se quitaba de nuevo su sombrero con un gesto de saludo para luego desaparecer en el aire. Suspiró –No más, ya no aguanto más. Esto me llenó la copa.
         Cuando entró de nuevo a la cabina el turco comentó –Estos guerrilleros que pregonan luchar por el pueblo van es a terminar de joderlo, de jodernos a todos.
         El capitán Araña acotó –Ya se dieron cuenta del poder que le da las armas y eso los enceguece. Además, qué se puede esperar de un montón de pendejos campesinos a los que unos señoritos universitarios les han lavado el cerebro. Lo peor es que estos cabrones apenas están empezando, vienen muchos años malos para el país por cuenta de dizque “la revolución”.
         Anís cambiando de tema dijo sonriendo –Nadie nos va a creer esto de que nos volvimos invisibles, nunca.
         Araña replicó –Ni esto ni muchas cosas más que nos han pasado. ¡Hasta aquí llegué, Socio! Se acabó para mí.
         El turco no entendiendo preguntó –¿Qué se acabó, Socio?




  
CAPÍTULO 26


Algunos decían, muchos años después de aquel septiembre de 1969 en el que comandó por última vez a Moralita cuando se hizo invisible ante los guerrilleros, haber visto al capitán Araña en la terraza de una gran casa de Monpox con vista al río Magdalena, en donde se sentaba a tomar el café en las tardes. Otros que en la terraza de una bella casa del barrio El Prado en Barranquilla. Otros más, que lo vieron capitaneando una lancha en el río Orinoco en Venezuela. Tampoco faltaron quienes alegaban que regresó a su pueblo natal, a Santa Fe de Antioquia, que compró allí una finca al lado del río Cauca. En fin, así suelen terminar las historias de los hombres que se convierten en leyenda. Por mi parte, la verdad es que nunca supe dónde ni cómo terminó este asombroso capitán de río, ni mi tía ni mi padre me lo pudieron decir con exactitud.
Al día siguiente del ataque, al llegar al muelle de Barrancabermeja empacó sus pertenencias se despidió de Zordwa, de Cucufato, del nuevo grumete y del turco Anís, a quien le entregó un papelito con una dirección, un número telefónico y el número de su cuenta bancaria, pidiéndole –Vende mi parte de la lancha al precio que te parezca conveniente y, por favor, me consignas el 90%, toma el 3% como tu comisión y el restante 7% repártelo entre la tripulación como mi obsequio de despedida y de agradecimiento. Me llamas y vendré a firmar los papeles de traspaso. Así, el único que supo su destino inmediato fue el turco, quien lo guardó como secreto de confesión, tal vez temiendo represalias por parte de la guerrilla o por simple lealtad a su amigo.
El turco cumplió a cabalidad el pedido, no quiso él mismo comprarle aunque podía, porque no quería llevar solo la responsabilidad de capitanear a Moralita, le parecía demasiado trabajo y riesgo. Aquella misma semana apareció un hombre joven, enviado por la Divina Providencia, quien manifestó haber vendido una finca heredada de su padre y estar muy interesado en comprar la mitad de la lancha. Su nombre (no lo van a creer, pero así fue): Justo del Real.
El turco, quien ya creía que todo era posible en la lancha Moralita, escuetamente musitó –No me digas, eres el hijo de Justo Tarsicio del Real, el anterior dueño… Eres el hijo de una señora que vivía en Morales.
         El hombre sorprendido hasta más no poder preguntó –¿Cómo sabe todo eso de mí?
         El turco respondió –En el río no hay secretos y suceden cosas de lo más raras, no va a creer todo lo que le contaré…
         Decidieron, para confundir a los guerrilleros y a los viejos enemigos como los marimberos guajiros, repintar la lancha cambiando el verde y el naranja por el azul y el rojo, además de rebautizarla. Justo del Real en honor a su pueblo pidió que el nuevo nombre fuera “Morales” y el turco aceptó.
         En los años setentas, bajo el gobierno del presidente Alfonso López Michelsen, tuvieron una bonanza jamás vista con las grandes exportaciones de ganado hacia el rico país de Venezuela, ganaron mucho dinero transportando ganado desde las haciendas y embarcaderos de la costa hasta Barrancabermeja, desembarcándolo en la finca de Alfonso Robledal en Galán, desde donde lo transportaban en interminables caravanas de camiones hasta Cúcuta y desde allí, en otros camiones jaulas, hasta las haciendas de los venezolanos.
         En una reunión privada en Cúcuta a la que asistieron, entre otros, el turco y Alfonso Robledal, Alfonso López Michelsen pronunció su memorable frase “Los negocios se hacen con ricos y no con pobres…”
         ¡Qué cómo lo sé si era una reunión privada! Seguramente algunos lectores ya lo habrán inferido o sospechado, el que escribe esto es el hijo mayor de Alfonso Robledal, quien fuera uno de los mejores amigos de su tocayo el capitán Araña.



ßFINà



ABEL CARVAJAL
Barrancabermeja, Colombia, 1964.
Autor del libro fabulado CAMINO A ORIENTE (Editorial Colina, Medellín, 1998) y del ameno libro de historias cortas EL TIEMPO DE LOS ROBLES (2012), así como de las novelas breves LA ESPADA ESMERALDA (1998), EL MAGO DE MESOPOTAMIA (2000), MIL MILLONES (2008) y EL CENTURIÓN DE LA CALAVERA (2012). Ahora (2014) nos presenta EL CAPITÁN ARAÑA: La historia novelada de un legendario capitán de río, quien vivió situaciones y aventuras sorprendentes.
Descargue todos sus libros, gratis, en: http://sites.google.com/site/mateolevi


EL CAPITÁN ARAÑA
©Abel Carvajal, 2014. Derechos de autor reservados. Ilustraciones por el autor, así como las intervenciones y restauraciones de las fotografías. Algunas fotos fueron tomadas por autores desconocidos o cuya autoría no pudo ser establecida, por lo que se omiten sus nombres.
Contacto: mateolevi@gmail.com




[1] Máquina de escribir Remington de 1955.
[2] Refinería de Barrancabermeja. Foto de autor desconocido, tomada en los años 50s.
[3] La llegada del ecuatoriano Juan Crisóstomo Flórez al municipio de Aguadas, en el Departamento colombiano de Caldas, en 1860, dio origen a la industria del sombrero aguadeño. Cuenta la historia que el forastero procedente de Cuenca, trajo un sombrero tejido en fibra extraída de la palma de iraca, lo desbarató y con él enseñó a algunas humildes señoras el secreto de su tejido…
[4] Manta o ruana tejida de algodón, con una abertura en el centro por el que se introduce la cabeza de modo que cuelgue de los hombros cubriendo espalda y pecho llegando hasta la cintura. Prenda típica de Colombia. A propósito, la palabra ruana viene del francés Rouen (la ciudad donde nació Flaubert), parece que en alguna época trajeron paños de Rouen e hicieron ponchos que llamaron ruanas.
[5] Foto de autor desconocido, posiblemente tomada en los años 40s. Transporte sobre rieles entre El Centro y la refinería de Barrancabermeja, de la Troco.
[6]Planchón y lanchas en el dique seco  de la Troco en Galán, Barrancabermeja. Fotos de autor desconocido, tomadas posiblemente en los años 40s.
[7] Originalmente estaba escrito así, pero alguien agregó con lápiz las letras “e” y “l” para que se leyera “cuello”, quizá el mismo capitán Araña en un posterior acto de contrición.
[8] Término coloquial para designar a los bogotanos y cundinamarqueses.
[9] Algunos discuten que el gentilicio correcto es “Barramejo”, ¡qué esperpento! Para los lingüistas “alegones”, a los del municipio de Barrancas en la Guajira se les dice “Barranqueros”. ¡Y por favor, no metan a la Real Academia Española en esta discusión tan parroquial, eh!
[10] Oriundo de Barranquilla.
[11] Oriundo del hoy Departamento de Huila, antes perteneciente al Tolima Grande.
[12] Contracción de “Hijo de p…”, pero dicho con ganas en Colombia. Expresión de la que hoy en día abusan muchos muchachos para lucir muy machitos y las muchachas para parecerse a los muchachos, ¡qué confundidos están!
[13] Dícese del sujeto que, al momento de alumbrarlo su madre, nació con dificultad. Término peyorativo… ¡Que algunos se merecen, carajo!
[14] Esta página publicitaria y las siguientes que se presentan fueron tomadas de ediciones entre 1947 y 1955 de la revista Selecciones. En 1955 se vendía al público en 70 centavos ($0,70) colombianos cada ejemplar.
[15] Historia de la televisión colombiana, adaptada de http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/exhibiciones/historia_tv/television_colombia.htm
[16] En la época de “La Violencia” se había creado un cuerpo de policía al servicio del partido (Conservador) que gobernaba antes del golpe militar. Policía denominada como “La Chulavita”, que cometió actos infames y crueles.
[17] Término para las yeguas, burras y vacas estériles.
[18] Amante (en Colombia).
[19] Mulo.
[20] Término coloquial antioqueño para llamar al cuarto de chécheres o útil.
[21] Lancha de la Tropical Oil Co. En el río Magdalena. Foto de autor desconocido, tomada probablemente en los años 40s.
[22] En Colombia se les dice tabacos a los cigarros.
[23] Bebida casera fermentada a partir del maíz o de la piña.
[24] Jorge Federico Haendel falleció en Londres un sábado de Semana Santa, el 14 de abril de 1759, habiendo vivido 74 años y estando absolutamente ciego al final de su vida. Fue enterrado en la abadía de Westminster el 20 de abril de 1759, al lado de otro grande: Shakespeare. Estrenó en Dublín, en 1742, su famoso oratorio “El Mesías”. Toda su obra es considerada como la culminación del período barroco y fue tan importante que el mismo Beethoven, en sus últimos años, se dedicó a estudiar la obra de Haendel.
[25] Guillermo de Jesús Buitrago Henríquez fue un ameno guitarrista, compositor y original cantante de Ciénaga (Magdalena), hijo de padre antioqueño (de Marinilla), más conocido como “Buitraguito” y quien murió cuando apenas contaba con 29 años por una no muy clara enfermedad, ha puesto a bailar a varias generaciones de colombianos con sus popularísimas canciones “La víspera de año nuevo”, “La mujeres a mí no me quieren”, “Compae Heliodoro” y muchas canciones más. Buitrago también fue uno de los primeros en interpretar los vallenatos del juglar Rafael Escalona, y ambos tuvieron el honor de ser citados por el nobel Gabriel García Márquez en una de sus crónicas.
[26] Autor de “La pollera colorá”, que se dice compuso y cantó un día de 1959 en un burdel de Barrancabermeja, donde vivía.  Canción con doble sentido, pues no hacía referencia como muchos creen al faldón que usaban las mujeres sino a una prostituta famosa por “descorchar” a los jóvenes vírgenes o a los más pollos, de ahí que la apodaban “La pollera”. Lo de “colorá” es por colorada en marcado acento costeño. Pero dejemos que él mismo lo cuente: “Me inspiré en el Grill Hawái, donde tocábamos las tardes de domingo. Ahí llegaban parejas, hombres solos, mujeres, matrimonios. Ese día me mandó Dios esa esbeltez con una pollera colorá. Me causó admiración ver esa morena, entonces el maestro Pedro Salcedo le dijo a Juan Madera que tocara la cumbiecita que tenía por ahí [...] Ese día yo había llegado como songosorongo y me inspiró la morena con su espectáculo de baile de cumbia”. Choperena también fue el autor de “La negra soledad”, inspirada en una “morena simpática” que entró a uno de sus ensayos…
[27] José Benito Barros es sin lugar a dudas el compositor de la cumbia más famosa de Colombia: “La piragua”.
[28] Rafael Hernández Marín (1892-1965), también conocido como El Jibarito, fue un compositor puertorriqueño mundialmente conocido por sus boleros y canciones como “El cumbanchero”, “Campanitas de cristal” y “Lamento Borincano”.
[29] Soperear: Escuchar conversaciones ajenas, “verbo” coloquial antioqueño muy utilizado en el siglo XX, sinónimo de fisgonear o espiar.
[30] Con síndrome de Down.
[31] Balancín que bombea el petróleo de los pozos a la superficie, llamado coloquialmente por los habitantes de Barrancabermeja como machine. Foto de autor desconocido.
[32] Chirrinche o chirrinchero: Términos despectivos para referirse al agente de aduana o alcabalero, utilizados en algunas regiones de Colombia, ya hoy en desuso.
[33] Título original por 20 acciones de Taxader – Taxi Aéreo de Santander, S.A. Expedido en Bucaramanga el 28 de junio de 1956.
[34] Del latín: rigidez de la muerte.
[35] Botella de ron de los años 60s. producido en Jamaica y con etiqueta en idioma alemán, así como lo leen, de las que se “importaban” al puerto petrolero.
[36] En Colombia bandeja metálica para servir.
[37]Así llamaban a los primeros traficantes de Marihuana en Colombia.
[38] Río Magdalena y puerto de Barrancabermeja: el edificio de dos pisos que se ve en primer plano, de estilo republicano, es el magnífico Hotel Pipatón, por lo que la foto (aérea) probablemente fue tomada en los años 60s.


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