viernes, 5 de junio de 2020

Hasta junio los eBooks de Abel Carvajal gratis en Amazon

Durante los últimos años se ha ofrecido periódicamente la descarga gratuita de todos los eBooks del autor Abel Carvajal en Amazon, como promoción. Oferta que durante el primer semestre del 2020 se incrementó al máximo permitido por decisión del autor, para apoyar la lectura y el entretenimiento de niños, jóvenes y adultos, por el confinamiento en casa durante la pandemia.  Únicamente hasta el 30 de junio se continuará ofreciendo gratuitamente algunos de sus eBooks (kindle) en Amazon, especialmente durante la semana del lunes 8 al viernes 12 de junio, quedando algunos títulos que conforman la TRILOGÍA ROMANA para las tres semanas siguientes. ¡Aproveche esta oportunidad que el autor ofrece!

domingo, 24 de mayo de 2020

NUEVO LIBRO: La muerte camina descalza


Vista gratuita del libro:

Bajo la forma de dos atrapantes relatos, con dos fondos y en dos estilos, pero fundamentados en la historia y en la tradición, Abel Carvajal nos transporta con la imaginación a dos épocas que cambiaron la humanidad. Un breve libro para leer de una sentada... porque no se puede soltar.

Disponible en eBook y en edición impresa en Amazon.

lunes, 3 de febrero de 2020

Finalmente Abel Carvajal decidió compartir su larga experiencia en los negocios bursátiles

Vista gratuita del eBook VIVIENDO DE LA BOLSA -edición de bolsillo-:
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El libro que todo inversionista debe leer y tener a la mano: VIVIENDO DE LA BOLSA, memorias y lecciones de un inversionista profesional -edición de bolsillo- 


Métodos y estrategias de un discreto pero exitoso inversionista bursátil con más de treinta años de experiencia, quien además ha recopilado los principios y criterios aplicados por los mejores maestros del arte de la especulación y de las inversiones en acciones.

El ingeniero industrial Abel Carvajal alcanzó la independencia laboral y financiera antes de cumplir los 40 años, gracias a temerarias inversiones en acciones en la Bolsa de Valores de Colombia. Finalmente decidió compartir su aprendizaje y experiencia.

"Sólo puede entender los problemas de la Bolsa el que los ha vivido con su propia experiencia." (André Kostolany)

ATENCIÓN: Por la compra de la edición impresa del libro de bolsillo (sección libros Amazondescargue sin costo adicional este eBook.


Vista del libro impreso VIVIENDO DE LA BOLSA -edición de bolsillo- en Amazon.com:
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Otras ediciones:

Edición rústica VIVIENDO DE LA BOLSA
Vista gratuita del eBook: 
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Edición de lujo -a color- VIVIENDO DE LA BOLSA
Vista gratuita del eBook:

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viernes, 11 de octubre de 2019

París 1946


París 1946*


Se sentó en la barra y pidió al viejo barman, a quien conocía de La Resistencia durante la guerra, un vaso de agua tónica con hielo, llevaba cinco años sin beber alcohol. Lo bebió de una vez hasta el fondo, estaba sediento. Pidió un segundo vaso. Al escuchar las dos palabras de la contraseña, que aquella temible cara del viejo pronunció, caminó lentamente hasta el baño. Minutos después, al salir, tratando aún de desatascar la cremallera de su pantalón a medio cerrar, oyó un trueno, aunque esa noche no llovía, que cortó en seco la algarabía en el bar. Se encontró frente a ella, con una pistola Luger apuntándole. La reconoció, descalza, como acostumbraba cada vez que liquidaba. Detrás descubrió al barman en el piso desangrándose mientras su agónico cuerpo temblaba.


(*)Primer capítulo, del nuevo libro LA MUERTE CAMINA DESCALZA, aún en escritura por Abel Carvajal.


domingo, 1 de septiembre de 2019

A Vincent


A Vincent




Admirado Vincent, aclarándole que la admiración que le profeso es más por su obra, arrojo y perseverancia que por su trágica vida, me permito escribirle para iniciar una futura amistad. Inicio con una noticia: es usted ahora objeto de culto entre los de su oficio, los de la misma especie que lo criticaron, lo vilipendiaron y hasta lo degradaron de maestro del lienzo a dizque pintorcito de obras infantiles, como se atrevieron a decírselo.
Sin duda, fue usted un incomprendido de su época porque fue un adelantado a ella, como suele suceder con los relegados. ¿Por qué fue un artista solitario y postergado su reconocimiento?
Empecemos por su tardío ingreso al mundo de las artes plásticas, a aquella exclusiva cofradía plagada de pintores envidiosos, críticos de arte frustrados por su falta de talento y marchantes pusilánimes carentes de osadía. Es que Vincent, pintar su primer cuadro a los 28 años de edad, ya de por sí, fue un escupitajo a la cara de aquellos que pontificaban en esa Europa radical del siglo XIX, que se debía pasar de joven aprendiz a maestro pintor, no que las primeras pinceladas fueran dignas de un maestro experimentado. La genialidad siempre es cuestionada, excepto por otro genio o unos pocos mortales con visión, como sus amigos y su hermano Theo.
Luego, les da una cachetada a los miembros de aquél sanedrín de jerarcas del arte: Líneas gruesas, contornos desafiantes, pinceladas sueltas y rápidas y, lo imperdonable por ellos, cuadros resplandecientes con abundancia de colores y tonos. Atrevido sí, irreverente también, pero sobresaliente. Elevó el impresionismo a lo inadmitido por la rigurosidad clásica. Esta suma es lo que despierta mi admiración por usted y su obra.
Monet intentó salvarlo, como Nicodemo y José de Arimatea trataron de salvar a Jesús de Nazaret de los suyos, los fariseos, al decir públicamente que usted era el más brillante pintor de su época. Pero, al igual que para el Carpintero de Galilea, no sirvió; ambos fueron crucificados, de diferente modo, por un grupillo de fariseos confabuladores.
Admirable es también que usted no se amilanó, pintó como un gigante tocado por la Divinidad, con locura pero consciente de su chispa. La humildad, don escaso y por lo tanto falso en la mayoría de los humanos, es una supuesta virtud que inventó la sociedad para oscurecer el brillo de las estrellas, de las mentes creativas destacadas como la suya. Haga caso omiso de tan risible acusación, que ni siquiera es virtud de dios alguno de la mitología greco-romana. Usted los opaca con su sobrehumana producción: En los nueve años que duró su vida artística pintó más de doscientos cuadros, ¡doscientos! ¡Dos cuadros por semana! No se habían secado las pinceladas de oleo del último cuando ya estaba pintando el siguiente. Me quito el sombrero, el que por cierto usted pocas veces se quitaba, señal de que estaba en medio de un proceso creativo.


Lo de la oreja que cercenó de un navajazo, la oreja más famosa de la Historia, ¿como protesta al matrimonio de Theo o como consecuencia de la discusión con Paul Gauguin o para entregarla como obsequio a una mujer casquivana que lo decepcionó o por las tres razones o por ninguna?, es entendible, errar es humano. Entendible que una mente portentosa es a su vez tormentosa. En la actualidad, un marchante o subastador de arte le diría que fue un original y sensacional golpe de marketing. Su oreja, créalo o no, ha encarecido sus cuadros sobremanera, hasta alcanzar unos precios que jamás imaginó. Confirmación de que usted tenía la razón cuando se fue contra la pureza del estilo en la pintura, aún del impresionismo. Cotizaciones que nunca ha superado otro artista, muerto o vivo, hasta la segunda década del siglo XXI.
Demoraron en reconocer el valor de su obra, pues solo treinta y seis años después de su aparente suicidio a sus 37 años, aparente porque al parecer usted protegió a su asesino, un verdadero conocedor de arte lo redescubrió.
Es lamentable que no haya experimentado el placer de vender más de un único cuadro, ni que su querido hermano Theo lo haya podido ver. Pero fue esa la predestinación de su talento, el que la Divina Providencia le otorgó para alegrar el alma de los que apreciamos sus pinturas.
Admirado Vincent van Gogh, usted vino al mundo, sufrió en él y, al final, lo venció. Espéreme, si le complace, como su amigo.

Abel Carvajal, mayo 24 de 2019.

jueves, 4 de julio de 2019

Devaneo

Devaneo


En el diccionario de la RAE hay tres significados para la palabra devaneo:
1. Delirio, desatino, desconcierto.
2. Distracción o pasatiempo vano o reprensible.
3Amorío pasajero.
Y es que devaneo, el título, creo se ajusta a la historia que narraré:
Una vez terminé mi primaria en el colegio mixto de las hermanas Bethlemitas de Barrancabermeja, que para ser más exacto, mixto solo era el kínder y la primaria, mis padres me matricularon para cursar el bachillerato en el Seminario San Pedro Claver de la misma ciudad en que nací, que contrario al de las hermanas, era solo para varones. Me despaché primero de bachillerato sin pena ni gloria, pero sí con mucho juego y nuevos amigos. Luego, empecé el segundo grado, ahí sí la cosa se puso con más pena que gloria, descubrí que el asunto de estudiar era algo serio, no todo era jugar y jugar, al menos no con las matemáticas ni con el español ni con el inglés ni con la geografía ni con la historia, aunque estas dos últimas no tenían profesores tan acuciosos con sus alumnos, quizás porque eran profesoras y, sentía que les caía bien, por lo que me relajaba un poco. Bastaba con poner en las lecciones orales cara de ternero huérfano y, pese a que mis respuestas demostraban que no abría los libros ni cuadernos en casa, me pasaban; me pasaban mi ignorancia y me pasaban la materia. Empecé a maliciar entonces, por pura observación y sindéresis ―no sé bien qué carajos significa esta palabra pero suena cool para este texto, que a propósito, así hacía mis tareas en aquellos años setenta, por malicia no por sindéresis―, que tenía cierto “don” para con las damas, y para con las profesoras.
La primera vez que sospeché del “don”, para mi infortunio, fue cuatro años atrás, en el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, en el que cursé el kínder y la primaria, en el de las monjitas ya mencionadas. Pues aunque aquellas hermanas ciertamente fueron contempladoras, condescendientes, amables, indulgentes y solícitas  conmigo ―excepto una, la profesora de religión en kínder, de cuyo nombre no quiero acordarme ni me acordaré―, supuse que igualmente lo eran con todos los niños y niñas; pero con el paso del tiempo descubrí, para mi beneficio, que ellas no eran así de obsequiosas con todos los niños, menos con las niñas. Hasta me incluyeron en la tuna del colegio, no como guitarrista, que fue mi solicitud con la ensayada cara de ternero huérfano, sino como el chico de la clave. La clave, me dijo la hermana Felisa, directora de la tuna, son dos palitos cortos que supuestamente sirven para marcar el ritmo; un instrumento musical, que creo se lo inventaron para asignarlo a los sujetos como yo, que en vez de poseer un fino y virtuoso oído musical tenemos es un inmaculado oído de artillero. Pero retomando el tema, no sea que me tache alguna de mis severas lectoras de anacoluto, anacoluto el texto no el autor ―¡cuidado, eh!―, cuatro años atrás cursaba el cuarto grado de primaria y fue el año en que hice la primera comunión, pese a mi primera profesora de religión, que objeciones a consumar tal evento no le faltaron. Es que en mi primera comunión, en traje de paño gris y corbatín negro no obstante las altas temperaturas por la que es famosa mi ciudad natal, me pusieron de compañerita para recibir el sacramento ―no faltó la monja creativa que se le ocurrió emparejar a los niños con las niñas como si fuera el otro sacramento, el temido, ya saben― a Martha Gamboa. Ella lucía un vestidito de novia para acabar de ajustar, así disfrazaban a algunas chicas para su primera comunión, a otras con hábito de religiosas, no sé cuál es peor.
El tema no habría pasado a mayores, si ella, Martha Gamboa, fastidiosa como todas las niñitas de su edad, misma edad que yo tenía aunque era unos cinco centímetros más grande que ella, no hubiera quedado en todas, recalco, en T-O-D-A-S las pinches fotos que nos tomaron ese día, mirándome siempre, siempre, siempre... Recibí mi hostia del padre Garzón y Martha Gamboa mirándome con la boca abierta antes de su turno y ¡flash!, foto de los dos. Luego mi mamá me abrazó entre lágrimas, de ella no mías, y Martha Gamboa mirándome con la boca abierta, se tragó de sopetón su hostia, y ¡flash!, foto de los dos. Luego mi abuela me abrazó, sin lágrimas, fue criada en un orfanato, y Martha Gamboa mirándome con la boca abierta, no se cansaba, y ¡flash!, foto de los dos. Siguieron cuatro abrazos más: el de mi papá y el de mi abuelo y el de mi tía Lucila y el de mi tía Aluvia… y ¡flash, flash, flash, flash! Sí, Martha Gamboa quedó en todas las fotos, sin excepción, con sus ojotes siempre en mi dirección y la boca abierta, como si la gravedad fuera más fuerte que sus músculos maceteros y pterigoideos internos y externos, y le fuera imposible cerrar su mandíbula. Incluso  cuando llegó el momento de cortar la torta envinada con cobertura de costra de azúcar, que las reverendas nos tenían preparada, con vino barato imitación champaña para los adultos ―¡qué esperaba, es presupuesto de monjas!― y gaseosa para los sacramentados. ¡Flash!, foto… y, ¡otra vez Martha Gamboa! Sus ojos casi se le salían de sus cuencas y yo, atormentado como el que más, miraba para otro lado, la evitaba a toda costa ¡qué niña tan fastidiosa! Creo que ella se tomó en serio lo de las parejitas y se imaginó un matrimonio, ¡conmigo! ¡Juré que nunca me casaría, jamás! ¡Ese sacramento siguiente no era para mí! ―cumplí el juramento hasta mis 41 años, ¡por poco lo logro!―.
Desde aquél día fue evidente que Martha Gamboa quería ser mi novia. Es más, lo declaró, que era mi novia. Sí, así se lo decía la muy descarada a todas sus amigas y, peor, a mis amigos del colegio. Para qué cuento más. El resto del curso, cuarto de primaria, se me hizo insufrible, igual el quinto. Pese a que la castigué con el látigo de la indiferencia, no dejó de hacer sus intentos de acercamiento. ¿A qué niño de  nueve años le interesa una novia? ¡Pssst… estaba loca!
Cuando terminé la primaria no la volví a ver hasta que, casi dos años después cuando cursaba el mencionado espinoso segundo de bachillerato, un sábado, mientras acompañaba a mi madre a visitar al doctor en el nuevo Hospital San Rafael de las hermanas hospitalarias ―a veces pienso que las preladas eran mi ventura en aquellos días―, cuya superiora se llamaba Sor Juan, sí, con nombre de hombre, es que las monjas son una especie interesante. Sigamos. Cuando, repito, cuando la vi. Sí, vi a Martha Gamboa. Traté de ocultarme de sus escrutadores ojos, inclinando mi cuerpo en la silla en que esperaba a mi madre frente al consultorio de su doctor, hasta agacharme. Pero con tan mala suerte, que mi cabeza quedó bajo la ventanilla desde la que atendía una enfermera de la sala de urgencias, y mis pies dos sillas más allá.
Justo en ese momento ella encendió el micrófono para llamar a alguien de la sala. Hablaba algo gangosa, dijo por el micrófono: —A los familiades del señod Damido Pédez se les infodma que ha muedto.
La esposa o amante del occiso, vaya uno a saber qué relación tenía con el difunto recién tostado, digo fallecido, quien estaba sentada en la hilera detrás de mi silla, gritó: —¡No me joda!
La enfermera, que la oyó, olvidando apagar el micrófono replicó: —No mejoda ni mejodó ni mejodadá, se mudió.
Además de la gangosa enfermera, de la ahora llorosa viuda y del apuesto niño alto escondido de su “exnovia” ―¡sobra explicar quién es quién!―, no había nadie más en aquella sala de espera del Hospital. Por lo que pronto me sentí atravesado por la mirada de, ¡oh, Dios!, Martha Gamboa me había descubierto, prácticamente acostado en la hilera de sillas junto a la ventanilla, en medio de una inentendible explicación que aquella profesional daba a la inconsolable viuda. No sé si la futura enlutada entendería de qué murió su marido o amante, pues comprender a una enfermera con dificultad para pronunciar la erre, letra que no falta en los términos clínicos, ha de ser desafiante.
Martha Gamboa se veía igual que en nuestra primera comunión. Confieso que por primera vez la vi algo… ¡mmmmm!... digamos que resplandeciente, hasta encantadora. Supongo que la testosterona ya empezaba, a mis doce años, a inundar mi cuerpo ante tan repentino cambio de perspectiva. Sin embargo yo estaba más alto que ella, notablemente más. Conservaba la misma estatura del último día en que la vi, cuando terminamos clase, en quinto grado de primaria.
Se me acercó sonriendo, con tal lentitud que parecía levitar en vez de caminar, tal vez porque estaba descalza. Me levanté de la silla, de la hilera de sillas, mejor dicho. Había leído una vez, en un librito de mi mamá titulado Don de gentes, que los caballeros se ponían de pie cuando una dama se aproximaba a saludar. ¡Caramba, Martha era la misma pero irradiaba un no sé qué! Me saludó pronunciando mi nombre de una manera tan dulce, tan refrescante, tan suave, tan femenina, que me quedé mudo, como congelado. Aquel día tomé consciencia de mi timidez ante las mujeres, aún más si me parecían interesantes.
―¡Ah, estoy aquí, acompañando a mi mamá! ―Fue la primera estupidez que se me ocurrió decir al descongelarme. La segunda fue: ―¿Y tu vives aquí? ―Por supuesto que ella no vivía en el hospital, ¡idiota!, sabía exactamente dónde vivía, pues el bus del colegio la dejaba a ella primero en su casa que a mí en la mía.
Ella solo rió. Pero no a carcajadas, no señor, rió con decoro, como toda una damita. Supongo que me sonrojé por aquella pregunta falta de perspicacia. La timidez es embrutecedora para un hombre, sí, más de una vez he sentido sus efectos. No me respondió, obvio, a una tontería no se responde sino con una sonrisa, si se es inteligente, asertivo y prudente. Ella hizo gala de las tres virtudes. ¿Cómo fue que desprecié a esta chica?, pensé, ¡qué torpe fui!
Pronunció mi nombre de una manera tan pausada, tan mansa, tan distinguida, que por primera vez me gustó el arcaico nombre con el que me bautizaron en honor a mi extinto abuelo paterno. Y agregó, suspirando: ―Fui feliz. Nos volveremos a encontrar, pero no será pronto.
En ese momento mi mamá salió del consultorio y me llamó. Giré la cabeza y con un gesto le dije que esperara un momento, ahora el fastidiado era yo ante la inoportuna aparición materna. Al volver de nuevo mi cabeza hacia Martha, descubrí que ya no estaba frente a mí. Miré a mí alrededor y no la vi. ¿Cómo hizo para desaparecer tan rápido? ¿Se amedrentó con mi madre?
―¿Qué estaba haciendo, papi? ―Preguntó mi madre al acerarse.
Mientras pensaba qué responder, estaba confundido, pues ella debió reconocer a mi compañerita de la primera comunión, la metiche de la enfermera gangosa le vociferó desde su puesto a mi madre: ―Su niño es muy dado, se acostó en las sillas y luego se padó y se puso a hablad solo. Ya está glandecito pada tened amiguitos imaginadios
―¡Que qué! ¿Acaso no vio que conversaba con una amiga del colegio? ―repliqué. No solo era gangosa sino cegatona la enfermera metida.
―¡Amiga, ah ya! Pues sedá invisible tu amiguita, niño.
Mi madre se unió a ella: ―Cuando salí del consultorio, no vi a nadie conversando con usted, papi… ―Mi mamá nunca tuteaba a nadie, ni siquiera a sus hijos ni a mis abuelos.
Le expliqué con cierta rabiecita, a mi mamá, que hablaba con Martha Gamboa.
Apenas pronuncié el nombre de mi amiga, la enfermera, que sin duda gozaba de buen oído, exclamó: ―¡Jesús, Madía y José! ―y se santiguó. No solo era metiche y gangosa, sino que también era gaga: ―¿Ma… Ma… Ma… Madtha Ga… Ga… Ga… Gamboa, Madtha Gamboa? ¿Es…  es…. estudió contigo en las Be… Be… Bethelemitas?
―¡Ah, entonces sí la vio! ―Pillada, pensé.
―¿Ella eda de tu edad, mi niño? ―Ahora la muy metida quería ganarme llamándome mi niño. Moví mi cabeza afirmativamente como respuesta a su pregunta.
―¡Animas del pudgatodio, que Dios las saque de pena y las lleve a descansad! ―oró.
Mi mamá, intrigada y molesta, le preguntó a la lívida enfermera el porqué de su extraño comportamiento.
La enfermera respondió sollozando: ―Madtha Gamboa eda hija de mi mejod amiga, mudió aquí en el hospital la semana pasada, de leucemia.

Abel Carvajal, mayo 23 de 2019.

viernes, 7 de junio de 2019

Por qué no fui científico

Por qué no fui científico


En momentos como éste, en que enciendo el fogón, para prepararle unos huevos abelianos ―mi famosa receta secreta que no revelaré― a mi esposa para el desayuno, pienso en por qué no fui científico. Es que de cuando en cuando, cuando estoy frente al fogón, y eso sucede en pocos cuándos, aun cuando el uso de tantos cuándos, con tilde o sin ella, no guste a cuanto sujeto lingüista me lea, suelo acordarme como ahora, mientras preparo estos huevos ―¡Epa, estoy olvidando la sal de ajo!―, de aquel día cuando ―el último cuando, lo prometo― en el inicio de mi adolescencia, sin querer, sin saber, sin proponérmelo y sin permiso de mi mamá, estuve cocinando betún. Sí, cocinando betún, del primero que se imagina, el que se usa para lustrar zapatos, porque los conocedores de la culinaria saben que hay otro betún, uno diferente que sí se usa en suculentas recetas de repostería, más conocido en los países centroamericanos: una mezcla de azúcar y clara de huevo batidas, con que se bañan muchas clases de pasteles y dulces. Pero el betún en cuestión, que en los setenta venía en latas circulares parecidas a la rueda de un carro de juguete, latas que por cierto eran difíciles de destapar, pese a una chapita que supuestamente facilitaba su abertura pero cuyo costo de usarla era el maltratarse los dedos, o peor, herirse en el empate entre la uña y la carne del dedo utilizado para tal fin, a veces dos dedos; por lo que, repito, el betún en cuestión al que me refiero, es para embolar ―no sé por qué le decíamos así, parecía un acto más asociado con empelotar o desnudar que con brillar o lustrar, aunque peor era el nombre de quien desempeñaba tal oficio: embolador, ¿un tipo que desnuda a otros?, pensaría un millennial― zapatos de cuero. Además de lo difícil y peligroso, para los dedos, que era destapar la bendita lata del betún, con frecuencia aquella pasta negra o marrón, dependiendo del color del zapato que nos pondríamos al día siguiente ―¡Ah, los tenis son el segundo mejor invento de las prendas de vestir, después del blue jean!― para ir al colegio, la encontrábamos reseca, agrietada y hasta hecha harina. ¡Zambomba…!, exclamábamos ―realmente la imprecación era otra, pero no la cito para que no me cuelguen por chapucero―, especialmente los más obsesivos con la limpieza; pues la embetunada sería más allá de los zapatos, se extendería no solo a las manos sino a la camiseta o al pantalón y, fijo, a la cara. Por eso terminé cocinando betún sin proponérmelo, lo recalco, no vaya y sea que dude de mi IQ o coeficiente intelectual, no obstante ese día mi mamá dudó, al igual que mis primos y mis hermanos y hasta nuestra querida empleada del aseo, ¡qué vergüenza! Pero la culpa no fue mía del todo, pues días antes del nefasto día señalado, leí en esos consejitos que algún “genio” escribe en las revistas sobre cómo solucionar problemillas domésticos, uno que recomendaba, para el betún resquebrajado, calentar la lata hasta que la pasta se derritiera y pulimentara o alisara  por sí sola. ¡Fácil, eh!  Más me demoré en cerrar aquella revista que en anunciar ―craso error― tan fabuloso descubrimiento a mis hermanos y al par de primos que nos visitaban durante esas vacaciones, y manos a la obra: abrí la llave de la pipeta de gas, puse sobre el fogón la lata de betún negro sin la tapa para poder observar la reacción química ―me sentí todo un  científico delante de mis hermanos y primos menores que me siguieron―, abrí la perilla correspondiente, raspé la cerilla contra la lija de la caja de fósforos y… ¡Zas! Encendí el fogón, iniciando el proceso descrito por el autor, que hoy llaman tip. ¿Qué creyó, qué había estallado el fogón y la cocina? Pues no, el consejo era correcto, solo que no advirtió el tiempo que debía durar tal proceso y… y… y…  ¡FUEGO, FUEGO, LA COCINA SE INCENDIA! Fue el primer grito que escuché de mi primo más pequeño. La llamarada que salía del betún fue sobrecogedora, sí, sobrecogedora para mis glándulas que se me subieron hasta el cuello ―las glándulas de abajo―. En ese instante descubrí que gozaba de sangre fría, lo primero que hice fue cerrar la válvula de la pipeta de gas;  descubrí que tenía madera de bombero, pero no manguera, pues las feroces llamaradas no se apagaron. Corrí por una escoba, en aquel tiempo eran de paja. ¡Sí, sí, sí, ya sé, ahora lo sé!, guárdese el calificativo, amable lector. Empujé la lata fuera del fogón, o lo que quedaba de ella. El problema se multiplicó, la lata cayó al suelo, el betún encendido se esparció por las baldosas de la impecable cocina y la escoba se convirtió en una antorcha olímpica, parecía la escoba turbojet de una bruja millenium  o la escoba Nimbus 2000 de Harry Potter. Cambié de opinión respecto a que tenía madera para ser bombero. Corrí hacia el patio con la tea, digo, la ex escoba, la tiré dentro de la poceta del lavadero que siempre estaba llena de agua y ¡Fsss!... salvado, yo, no la escoba. Pero dentro de la cocina continuaban los gritos de mis hermanos y primos; inútiles ellos y estresantes sus alaridos, nunca más los volvería a invitar a mis experimentos, pensé. El betún sobre el piso seguía ardiendo con furia, corrí por el balde de aluminio que la empleada utilizaba para trapear, lo llené de agua bajo el grifo de la cocina, y ¡splash!... ¡No se apagó el bienaventurado betún! Por el contrario, se avivaron las llamas; ser bombero no es trabajo cómodo. ¡El trapero!, pensé y fui por él… ¿Para qué cuento más? Segunda antorcha olímpica. Finalmente logré apagar el conato, bueno, para hacer honor a la verdad él terminó por apagarse solo, una vez se consumió todo el material combustible, el otrora betún negro. ¡Cáspita, ni menciono cómo quedó el también otrora impecable piso de la cocina!  Si antes de leer el perverso tip de la revista hubiese leído la primera definición de betún del diccionario de la RAE; sí, si antes hubiese, si antes hubiera, si antes… ¡Pamplinas, alharacas, gazmoñerías, aspavientos, monerías, melindres, remilgos! ¡Si mi abuela tuviera ruedas sería una bicicleta!  Pero si hubiese leído la definición de betún: nombre genérico de varias sustancias, compuestas principalmente de carbono e hidrógeno, que se encuentran en la naturaleza y arden con llama, humo espeso y olor peculiar. ¡Arden con llama!, ¡arden con llama!... ¡Bendita la hora en que me enteré de tan sutil particularidad fisicoquímica! Mis nalgas fueron las que ardieron con llama después de los correazos que mi mamá me propinó. Así mismo ardió mi ego de científico frustrado ante mis hermanos y primos. ¿Ya entiende por qué no fui científico?... ¡Ay, ya se quemaron estos putos huevos abelianos!  ¡Perdón! Corrijo: ¡Caracoles, ya se quemaron estos huevitos, quedaron del color del betún! Y la próxima vez, mejor preparo una de las tres variedades de sándwiches del hombre casado.
Acotación 1: Aquel día, después de ese pequeño incidente, mis rodillas se pelaron de tanto fregar el piso para quitar las horribles manchas negras de las baldosas, con cepillo, agua y mucho jabón.
Acotación 2: La nueva escoba y el nuevo trapero lo descontaron de mi mesada. Nunca más he tenido la oportunidad de correr con una antorcha olímpica.

Abel Carvajal, mayo 9 de 2019.
-¿Y ya leyó CUENTOS BLASFEMOS Y MEMORIAS VAGABUNDAS?-

Abel Carvajal deja de escribir

 "La aventura de escribir ha terminado para mí en esta vida. Debo seguir por el sendero ancho que la Vida me muestra y prestar atención...