Libros de Abel Carvajal

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jueves, 1 de marzo de 2012

El tiempo de los robles (sexta entrega)

Continuamos con la primicia editorial exclusiva, en simultánea con el blog http://territorio64.blogspot.com/ , del último libro de Abel Carvajal por entregas:


El tiempo de los robles




Historias basadas en personajes y acontecimientos reales.



Por: Abel Carvajal





Alfonso Carvajal Botero, decada de los 60s.



©2012, Abel Carvajal. Derechos de autor reservados.

Prohibida su impresión, edición, publicación y distribución en cualquier medio para su venta o comercialización sin previa autorización escrita de su autor, así como las traducciones a otras lenguas. Para información adicional o contacto con el autor entre al blog: http://librosdeabelcarvajal.blogspot.com/



Capítulos 5 y 6 de la segunda parte:



5


MISIONES PELIGROSAS


El secuestro es sin duda uno de los negocios más malditos que existen y fue el del emperador inca Atahualpa por parte del conquistador Pizarro, apenas empezando el siglo XVI, el primero registrado en la historia del continente americano. A este codicioso malhechor español no le bastó que los leales incas le llenaran dos pirámides de plata y una de oro, como pago por el rescate de su gran rey, decidiendo ahorcarlo de una manera tortuosa y pública en vez de liberarlo. Una criminal escena que sería la antesala para el dramático teatro en que se convertiría la bárbara conquista europea de América.


En Colombia resurgió este inhumano crimen en los inicios de los años sesentas, pero esta vez por cuenta de los grupos insurgentes, bajo el pretexto de financiar su causa político-militar. El primer grupo guerrillero que inició esta pérfida práctica fue el autodenominado ELN (Ejército de Liberación Nacional), comandado en aquellos días por sus fundadores: los hermanos Vásquez Castaño. De los cuales uno de ellos goza hoy en día de un cómodo retiro en Cuba, bajo el alcahuete manto protector de su autoritario régimen. Sobra decir que su ideología política se declaraba procastrista.


¿Las principales víctimas? Ganaderos y agricultores, primero los más grandes y más tarde los pequeños finqueros y campesinos. Lo irónico es que a estos últimos, a los que precisamente pretendían reivindicarles sus derechos y protegerlos de la inequidad e injusticia social generada, según ellos, por los oligarcas de un capitalismo patrocinado por el imperialismo yanqui, también los puso contra los cañones de sus fusiles soviéticos despojándolos no sólo de sus pocas posesiones sino hasta de sus hijos a quienes reclutan para sus filas aún hoy en contra de su voluntad.


Uno de los primeros en ser secuestrado por el ELN fue don Eugenio Mesa Carvajal, hijo de Graciela Carvajal, la primera hija de don Abel Carvajal Múnera. Él, un próspero ganadero y comerciante afincado en Puerto Berrío (Antioquia), fue violentamente retenido por numerosos guerrilleros; internándolo y encadenándolo luego en algún lugar de la espesa selva del Magdalena Medio.


Durante semanas su familia nada supo sobre la suerte de don Eugenio, como tampoco las autoridades.


Él mientras tanto ante sus captores eligió como negociador de su liberación a su tío Alfonso Carvajal Botero, quien vivía en Barrancabermeja. A quien enteraron de su nombramiento a través de una carta que le hicieron llegar ocultamente a su familia.


Después de arduas y sutiles negociaciones en diferente sitios secretos a lo largo del extenso Magdalena Medio, previamente elegidos por los secuestradores o sus emisarios, logró acordar un “moderado precio” por la liberación de su sobrino.


Se fijó una fecha para la entrega de la enorme cantidad de dinero en efectivo, que debía llevar en cajas de cartón a bordo de una chalupa por el río Magdalena, acompañado únicamente por su esposa y el lanchero, como garantía (exigida por los muy cobardes) de que él no les tendería una trampa en conjunto con el ejército. En la proa del bote, con un potente motor fuera de borda y varios bidones con combustible de reserva, debían colgar una lanilla o trapo rojo como marca o señal para los espías de la guerrilla apostados a lo largo del río.


Luego de un largo navegar río arriba desde el puerto de Barrancabermeja hacia Puerto Berrío, siguiendo las indicaciones dadas por el último emisario enviado por los guerrilleros, un par de hombres les agitaron otro paño rojo en una de las orillas. Se acercaron con cautela, pero los mismos sujetos no los dejaron arrimar sino que les gritaron indicándoles que debían doblar por un caño cercano y desembarcar las cajas con el dinero en donde había un grupo de hombres con otra tela rojo…


Gracias a la Divina Providencia todo salió bien. El flagelado Eugenio Mesa Carvajal fue liberado pocos días después del pago por el rescate cerca de Puerto Berrío, pero jamás pudo recuperase del trauma psicológico ni de sus diezmadas finanzas.


Unos veinte años después, en los 80s, de nuevo tendría Alfonso Carvajal que asumir tan peligrosa misión. Esta vez debía negociar el rescate de su mejor amigo, paisano suyo de Carolina (Antioquia), un respetado comerciante de Barrancabermeja, caído en las siniestras manos de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia).


Don Joaquín Cárdenas Restrepo, ya sexagenario, reconocido ferretero y distribuidor de cemento del puerto petrolero, una tarde de domingo mientras departía con sus amigos en un estadero en las afueras de la ciudad, vio como irrumpían en su mesa varios hombres armados que con palabras amenazantes y groseras trataron de sujetarlo a la fuerza, pero él intentó oponer resistencia y recibió un brutal golpe en la cabeza. Casi inconsciente lo arrastraron hasta uno de los dos carros en que venían los bandoleros, emprendiendo la huída. Nada pudieron hacer sus amedrentados amigos para impedir que lo plagiaran. Esa tarde Alfonso no estaba con ellos, se encontraba en su finca embarcando el ganado con destino al matadero.


Los secuestradores hicieron llegar a los familiares una carta y una fotografía de don Joaquín, en la que se le veía acongojado entre la manigua, rodeado de guerrilleros armados con los típicos uniformes verdes, botas de caucho y fusiles AK- 47; hasta se habían atrevido a poner entre sus manos uno de los fusiles, seguro que sin munición.


Las largas negociaciones de Alfonso Carvajal acompañado de Rafael Cárdenas, hermano de don Joaquín, con los enviados de los secuestradores se realizaron en diferentes e insospechados lugares, como en el lujoso Hotel Chicamocha de Bucaramanga o en un frecuentado prostíbulo de Barranca. La suma pedida por su liberación era exorbitante, lo que dificultó mucho un acuerdo, alargando la duración del secuestro varios meses.


En vista de que no se lograba finiquitar la negociación, sucedió algo increíble pero cierto: Don Joaquín Cárdenas apareció un día cualquiera ante su familia y amigos en Barrancabermeja, ¡libre!


¿Cómo lo había logrado?


Joaco, como lo llamaban sus amigos, ante el atascamiento de las negociaciones decidió él mismo convenir con el jefe del Frente de las FARC, que lo mantenía en cautiverio, el precio de su rescate. Lo increíble fue que aceptara su palabra de que una vez libre él se encargaría personalmente de juntar la suma acordada y enviársela.


Cumplió con su palabra, aunque no le fue fácil reunir la inmensa suma convenida, hasta debió su familia hipotecar varias propiedades y recurrir a préstamos bancarios.


El comisionado para llevar el dinero fue Alfonso Carvajal, en compañía de uno de sus cuñados que debió viajar desde Medellín, pues solicitaban los plagiarios que el acompañante fuera alguien desconocido en Barrancabermeja para supuestamente despistar a las autoridades, que a decir verdad poco pudieron o intentaron hacer para rescatarlo mientras estuvo retenido.


La entrega se haría por carretera en un paraje cerca de la ciudad de Bucaramanga. Pero era tal la cantidad de billetes, que requirieron de dos llantas de repuesto del campero en el que irían, entre las que camuflaron los fajos. El trayecto era largo y no estaba exento de retenes de la policía o del ejército, a los que les sería difícil explicar el porqué del transporte de tanto efectivo, por no mencionar que el mismo podría corromperles el corazón…


Por suerte lograron cumplir su misión a tiempo y sin percances. Los guerrilleros ni siquiera se dignaron contar o verificar la autenticidad del dinero, se sentían muy confiados con el miedo que infundían. No obstante, ante la pregunta de Alfonso del porqué no lo contaban, el comandante respondió con un dejo de sarcasmo: -No hay necesidad de contarlo, el viejo Joaco es un hombre confiable. ¡Seguro que seguirá colaborando con la causa!


Una frase que auguró lo que seguiría, las infaltables onerosas extorsiones cada determinado tiempo. Todo esto iniciaría de la ruina económica de don Joaquín Cárdenas Restrepo y la de su numerosa familia, a su vez socios y empleados en sus negocios.


Otro amigo de Alfonso Carvajal, de la misma época, no contó con la misma suerte: Don Julián Trujillo, hacendado proveniente del Viejo Caldas, hombre culto que en su juventud había estudiado medicina pero por falta de recursos económicos debió abandonar la carrera para lograr el sustento de su familia. Una mañana mientras dormía en la casa principal de su muy productiva hacienda ganadera, ubicada en el corregimiento de Yarima cerca de Barrancabermeja, fue despertado violentamente por un grupo armado de hombres, que se identificaron como miembros de las FARC y le comunicaron el propósito de su temprana visita, secuestrarlo. Debido a algún improperio u ofensa lanzado por el comandante, él perdió los estribos y sin pensarlo agarró el fusil del jefe guerrillero tratando de desarmarlo… Murió acribillado en el acto por las balas de los fusiles de los demás guerrilleros, delante de su aterrada compañera sentimental, de su mayordomo y la familia de éste.


No fue el único amigo que perdió por esta causa. Dos o tres hermanos, no recuerdo bien, de origen antioqueño también, empezando los 60s, fueron los primeros asesinados con alevosía en su hacienda por resistirse a ser secuestrados; los asesinos arrojaron los cadáveres a una carretera para que los transeúntes los vieran, pasaron más de dos días hasta que las autoridades pudieron llegar desde Barranca y realizar los respectivos levantamientos. El crimen que conmocionó a todo el Magdalena Medio se le conoció como la matada de los Saldarriaga y se comentó con estupor por años.


El secuestro, delito de lesa humanidad, ha devastado en todos los aspectos a incontables comerciantes, ganaderos, empresarios, hombres de negocios, políticos, militares, soldados y policías del país; hombres, mujeres y niños, quienes sufrieron (y sufren) junto con sus familias esta inimaginable desdicha. Muchos de los cuales no alcanzaron la libertad terminando todo en un trágico final, o peor, en una interminable agonía. Es por eso el crimen más repugnante que pueda cometer grupo alguno, así se justifique en causas sociales o políticas; por lo que nunca debería dársele el suavizador tratamiento de delito político, sino condenarlo y castigarlo con la mayor severidad por elemental cuestión de respeto y justicia para con las víctimas. Aunque de todas maneras, los victimarios y sus cómplices, no se salvarán del implacable juicio de la Historia y menos del de la Suprema Divinidad.


Pero lo más increíble, es que todavía hoy en día existen grupos civiles como las llamadas ONGs que apoyan a estas infames bandas que se autodenominan guerrilleros. Más grave aún, que haya gente incauta o ingenua, en Europa y hasta en algunos países de Sudamérica y Centroamérica (que han sufrido del mismo mal), que todavía les creen las mismas románticas y utópicas ideologías socio-políticas que pregonan desde hace cincuenta años… Lo que me trae a la memoria un popular refrán antioqueño: “Primero se acaban los helechos que los marranos”.




Alfonso Carvajal Botero, años 60s.



6


EL FANTASMA, EL PERRO Y EL CAPO


Río Magdalena abajo después de Barrancabermeja se encuentra el viejo municipio de Puerto Wilches en el Departamento de Santander, un pictórico pueblo rodeado de fértiles tierras dedicadas a la ganadería y a la agricultura, en especial al cultivo de la oleaginosa palma africana y también muy rico en petróleo. En su apogeo, a mediados del siglo XX, fue además estación importante de los Ferrocarriles Nacionales. Sobra decir, que fluía el dinero, lo que atrajo a comerciantes, cantineros y putas, que abrieron sus establecimientos con poca planificación; por lo que no era raro encontrar el la calle principal, perpendicular al puerto, un burdel al lado de las oficinas de la Caja Agraria (banco) o una cantina al lado de la casa parroquial del cura, o más allá, los talleres del ferrocarril frente al mejor hotel.


Alfonso Carvajal Botero siempre encontró buen ganado gordo para comprar en las haciendas y fincas aledañas a Puerto Wilches; además contaba con una de las mejores ferias de exposición equina y vacuna de la región del Magdalena Medio, razones por las que visitaba el pueblo con asiduidad. Con el transcurrir del tiempo, allá también se hizo conocer como un honorable hombre de negocios, entablando valiosas amistades.


Como experimentado comprador de ganado, ya hacia finales de los años setentas, acostumbraba partir de madrugada desde Barrancabermeja en su carro todoterreno 4x4 Nissan o Toyota, sus marcas favoritas, para llegar temprano a la finca de destino donde la mayoría de las veces finiquitaba la compra de algún lote de novillos que el propietario o administrador le había ofrecido. Recomendaba madrugar antes de que el ganado saliera a pastar y aumentara su peso, pues en aquellos días ya muchas haciendas contaban con básculas para ganado en pie, debiéndose negociar cada res por el peso y no a ojo, como se transaba antes. Es que un bovino puede consumir varios kilos de pasto en pocas horas, principalmente en las horas de la mañana, lo que aumentará su peso y por ende su precio por kilogramo a favor del vendedor, que multiplicado por el número de animales del lote negociado puede llegar a alcanzar un apreciable sobrecosto.


Una oscura madrugada, a mitad de camino en la polvorienta y solitaria carretera, en una curva alcanzó a distinguir por el parabrisas a lo lejos la figura de un hombre con sombrero que le hacía señas con la mano, pero en un abrir y cerrar de ojos el hombre desapareció de su vista. Llegando hasta el sitio donde lo había visto disminuyó la velocidad, esperando verlo de nuevo, suponía que era un campesino pidiendo un aventón, como lo acostumbraban muchos. Pero no vio a nadie, así como ninguna casa había a los dos lados de la vía.


Aceleró de nuevo creyendo que las sombras de los árboles lo habían engañado. De repente, descubrió al hombre con sombrero montado encima de la tapa del motor del campero, ¡frente a él, agitando las manos como loco!


Del susto frenó en seco. El hombre del sombrero desapareció de nuevo en un solo pestañear.


Miró hacia el frente, pensando que lo había tumbado con la brusca frenada, pero no vio a nadie. Confundido, busco con la mirada en todas las direcciones… ¡Nadie! Entre asustado y preocupado decidió acelerar e irse rápido. Cuando miró por el espejo retrovisor frente a él descubrió con horror que el sujeto estaba parado atrás a una orilla carretera y se despedía agitando su sombrero…


Nunca había rodado a tanta velocidad por esa maltrecha vía como aquella mañana. Cuando arribó a la finca de destino, el dueño se admiró: -¡Don Alfonso, llegó tempranísimo, ni siquiera se han levantado los vaqueros!


-Es que venía con copiloto –Fue lo único que atinó a replicar. El finquero miró hacia el carro en busca del compañero, obviamente sin encontrarlo.


Alfonso Carvajal siempre alegó que en esa curva salía un espanto y que aquella no fue la única vez en que se le apareció, juraba que en otras dos ocasiones lo vio agitándole el bendito sombrero…


No sabría decir si a partir de aquel día, o ciertamente antes o después de que varias personas más lo hubiesen visto, fue que se hizo conocida aquella curva de la carretera entre Barrancabermeja y Puerto Wilches por el fantasma del sombrero. Algunos decían que debía estar señalando algún “entierro” en ese sitio, otros lo justificaban narrando la historia de un misterioso asesinato en esa curva, en fin, lo que sí puedo asegurar es que Alfonso Carvajal a partir de ese día disminuyó notablemente sus visitas a Puerto Wilches.


En el mismo municipio otro día, no recuerdo si antes o después del incidente con el espanto, en una gran hacienda, que todos los pobladores sabían pertenecía a un acaudalado narcotraficante de apellido Jiménez, estaba Alfonso Carvajal montado sobre las varetas de un corral comprando un ganado cuando divisó a lo lejos, sobre una rústica pista aérea contigua a la casa principal de la inmensa finca, una avioneta en la que se dejaba ver adentro un perro de pelambre rojiza acostado.


-¿Qué pasa con ese perro? –Señalando el canino sorprendió con la pregunta a su interlocutor, quien era el mismísimo capo, dueño de la hacienda. Hombre de buena cuna bogotana, cosa que se infería por el educado trato que daba a los demás y su elegancia en el vestir, usaba siempre un sombrero blanco de ala corta elaborado a mano con fina tela.


-¡Ah, es que me acaban de traer dos perros finos de Estados Unidos, pero no aguantaron el viaje, la hembra se murió y el macho está agonizando! –respondió el Sr. Jiménez, levantando con desgano sus hombros.


-¿Puedo verlo? –Rogó Alfonso, manifestando así su amor por los perros.


-Claro que sí. Es más, si cree que lo puede salvar se lo regalo. Aquí esta gente no sabe apreciar estos perros de pura raza.


Aceptó la oferta con una sonrisa y leve inclinación de cabeza como gesto de agradecimiento. Caminó veloz hacia el moribundo perro, lo acarició y lo evaluó. Fue hasta la cocina de la casa, le pidió a la señora del mayordomo que le vendiera una panela y le prestara un pequeño balde. Ralló la panela en medio balde de agua y rápidamente se lo llevó al perro, que bebió todo el contenido sin siquiera levantarse.


El hacendado que observaba al reconocido comprador de ganado de Barranca, mientras sorbía un trago de tinto (café), le gritó desde la chambrana de la casa: -¿Cómo lo ve?


-¡Hombre, por Dios, este perro se está muriendo es de sed y de hambre! ¡Quién sabe hace cuánto que no les daban de beber y comer! –Respondió con congoja. Agregó-: Estoy casi seguro que la perra se murió de sed. ¡Pero la aguapanela levanta hasta un caballo medio muerto, ya verá que el perro se para antes de llevármelo!


El señor Jiménez sintió tristeza, vergüenza e ira. Giró su cabeza hacia el comedor de la casa, donde se encontraban desayunando el piloto y sus dos ayudantes, uno de ellos se encontró con la furiosa mirada de su patrón dejando caer el tenedor que sostenía sobre el plato… La indigestión sería el menor de los problemas para aquellos tres indolentes a quienes les había encargado la pareja canina, apenas se fuera el comprador de ganado.


El hermosísimo peludo perro, un magnífico ejemplar de raza Setter irlandés a quien le pusimos por nombre Dandy, pasó a ser parte de nuestra familia viviendo doce años más.


Este acto de compasión y amor por los perros, tal vez, despertó en el señor Jiménez admiración y confianza hacia Alfonso Carvajal, pues fue bastante el ganado que le vendió a precios moderados en diferentes momentos, directamente o a través de su administrador. También en más de una ocasión, le ofreció hacerlo socio en sus otros negocios ilegales, pero él por sabiduría o por temor nunca aceptó. “Todos los que conozco que se metieron en ese negocio terminaron asesinados o en la cárcel”, lo escuché decir varias veces.


Pocos años después, comenzando la década de los ochentas, este poderoso capo fue capturado por una patrulla del ejército con las manos en la masa, o mejor dicho en uno de sus laboratorios que producía cientos de kilos de cocaína, precisamente en la gran hacienda de Puerto Wilches. Lo encerraron en la cárcel municipal mientras lo enjuiciaban.


En vista de que sus abogados, venidos desde Bogotá, pocas esperanzas le veían al caso. El señor Jiménez optó por otra alternativa para recuperar la libertad: fugarse. ¿Cómo? Con el método que más probabilidades de alcanzar dicho objetivo utilizaban en Colombia los traficantes, el soborno.


¿Pero quién era lo suficientemente buen negociador, confiable y respetado por las autoridades de Puerto Wilches para encargarlo de tan delicada misión?


Una noche en Barrancabermeja se apareció en la casa de Alfonso Carvajal Botero un alto y fornido hombre, que por el acento era indudable que venía de la capital de la república, quien se presentó como enviado por el señor Jiménez. Conversaron por varias horas en su oficina que tenía al final del largo vestíbulo que daba a la puerta principal.


Además de aceptar el delicado encargo, Alfonso prestaría el dinero para hacer inmediatos los “pagos”, ya que él no sería sospechoso en el banco cuando retirara tanto dinero contante y sonante debido a sus habituales negocios en efectivo con los ganaderos. Más tarde, el señor Jiménez se lo devolvería con ganado gordo, fue lo acordado esa noche.


El emisario, quien le confesó que era o había sido un detective del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad de Colombia) vendido al llamado Cartel de Bogotá, lo ayudó y escoltó con mucha discreción en la operación bancaria, así como en el transporte de los paquetes de billetes desde Barranca hasta Puerto Wilches.


Carvajal optó por no mostrarse mucho y decidiendo matar la culebra por la cabeza, habló únicamente con el alcalde del pueblo a quien le ofreció la mayor tajada y le encomendó acabar de sobornar al resto de la cadena: comandantes de la policía, del batallón del ejército, oficiales y suboficiales claves, así como al director y a los guardias de la cárcel. Todo hombre tiene un precio, se dice.


A la medianoche siguiente, las puertas de la prisión se le abrieron al capo como por arte de magia, sin guardias ni policías ni soldados que le obstaculizaran el camino hasta la calle, donde lo esperaba su agente secreto en un campero que velozmente lo llevó hasta la hacienda. Allí abordaron una avioneta que con rumbo desconocido.


Durante la semana siguiente, Alfonso cargó en varios camiones fletados los mejores novillos cebados de la hacienda, que el mismo escogió y al precio que le vino en gana ponerles, sin ninguna oposición del administrador, no faltaba más.


Meses después, le llegó la noticia de que al señor Jiménez lo habían asesinado, estrangulándolo dentro de un ascensor en un lujoso edificio de apartamentos en Bogotá. Repitió la frase: “Todos los que conozco que se metieron en ese negocio terminaron asesinados o en la cárcel”.


Más de diez años después, cuando caminaba por una céntrica calle de Barranca hablando con un nuevo cliente al que le acababa de comprar otro ganado, vio pasmado de terror cómo se les vino de frente un joven hombre pistola en mano que ante sus narices, en cuestión de fracciones de segundos, abaleó al ganadero matándolo en el acto. Los proyectiles le zumbaron a pocos centímetros y ninguno lo tocó… ¿Gracias a la protección Divina o a la excelente puntería del sicario?


Así se enteró de que este ganadero también se dedicaba a negocios no santos. Volviendo a repetir la sentencia: “Todos lo que conozco que se meten en ese negocio terminan asesinados o en la cárcel”, a la que le añadió: “…y lo mejor es mantenerse alejado de ellos”.


Una vez más Alfonso Carvajal Botero había esquivado a la muerte, pero no sería la última.

Continúa...


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