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jueves, 9 de febrero de 2012

El tiempo de los robles (quinta entrega)

Continuando con la primicia editorial, en simultánea con el blog http://territorio64.blogspot.com/ , presentamos a continuación los capítulos 3 y 4 de la segunda parte del libro "EL TIEMPO DE LOS ROBLES", de Abel Carvajal:



El tiempo de los robles




Historias basadas en personajes y acontecimientos reales.



Por: Abel Carvajal




Don Abel Carvajal Múnera, pocos meses antes de morir, con su hija mayor Lucila. En la calle frente a su casa de Carolina del Príncipe, Antioquia, Colombia, alrededor del año 1950.




3



LA SUERTE DEL TAHÚR



Había muerto el patriarca don Abel Carvajal Múnera en 1950, en el pueblo de Carolina del Príncipe, quedando el joven Alfonso como hijo varón al frente de los negocios, el segundo de los hombres mayores, pues el primogénito José había ya emigrado a Barrancabermeja.


Un buen día, impulsado tal vez por el deseo de la aventura propio de la edad, decidió Alfonso Carvajal salir de viaje a conocer mundo o cambiar la rutina del trabajo en las fincas. Se embarcó, sin dar muchas explicaciones, en el bus escalera de la flota intermunicipal hacia Medellín no obstante la sorpresa de sus hermanas Lucila, Amparo y Aluvia y de sus hermanos menores.




Día de fiesta en una de las fincas de don Abel Carvajal Múnera. Década de los 40s.




No se sabe cuánto tardó ni cómo llegó ni que hizo en el camino, el hecho es que terminó varias semanas después su periplo en la costera ciudad de Barranquilla. Desde donde le envió un escueto telegrama a Lucila, su hermana mayor, en el que se leía:


URGEME CINCUENTA MIL PESOS NEGOCIOS MANDELOS CON PETRONIO GRAN HOTEL


No sobra advertir, en especial a los más jóvenes lectores, que el telegrama o Marconi como también se le denominaba en Colombia en honor a su inventor, era un mensaje escrito que se transmitía vía cable telegráfico codificado en la famosa clave Morse, por lo que se perdían las tildes y los signos de puntuación, todo el texto era en letras mayúsculas; además se cobraba al remitente en función del número de palabras, por lo que la gramática y la sintaxis se resumía o recortaba al máximo con el fin de abaratar el costo de envío. Condiciones que a veces desembocaban en mensajes graciosos unas veces, ridículos en otras y por supuesto no faltaban los que ni un adivino lograba comprender. Lo que sí era seguro es que las largas explicaciones sólo se las permitían quienes contaban con buen efectivo para pagar su oneroso costo, por lo que Lucila dedujo que su hermano estaba quedándose sin dinero o como se dice coloquialmente estaba “pelado”, lo que más la angustió.


Lo que me acuerda de una tarjeta postal que alguna vez vi cuando era todavía un adolescente, de un universitario que estudiaba en Bogotá y que le envió a sus padres a Bucaramanga, con tan sólo una palabra escrita pero muy ilustrativa: $ALUDO$


Y alargando la pausa en esta historia, me permitiré narrar un cuento sobre telegramas:


“Había una vez un finquero en el Tolima Grande que se creía el más macho de los machos y queriendo hacérselo saber a su nuevo mayordomo le dijo:


-¡En esta finca sólo hay tres machos: el burro, el toro y yo! –Ante el asombrado trabajador, repitió para que no hubiera lugar a dudas-: ¡Aquí en esta finca nada más hay tres machos: el burro, el toro y yo!


Nada dijo el capataz. A los pocos días el dueño de la finca se marchó para la ciudad de Ibagué, donde vivía, dejando a cargo de la finca a su nuevo mayordomo. Al cabo de una semana le llegó un telegrama a su casa telegrafiado desde el pueblo más cercano a la finca, en el que se leía:


MURIOSE EL TORO QUE HAGO CON LAS VACAS LES PONGO EL BURRO O LO ESPERO A USTED”


Regresando a nuestro relato. Preocupada Lucila por la suerte de su hermano, en una extraña y lejana ciudad del Caribe, se apresuró a vender una de las dos fincas al primer postor que la pagara de contado. Cincuenta mil pesos en aquellos días era una suma importante, que ciertamente equivalía al valor de la mejor de las dos fincas que habían heredado, según me explicó Petronio (quien pocas semanas antes de su fallecimiento me narró esta historia secreta familiar).


Con los cheques que sumaban cincuenta mil pesos, girados al portador tal y como Lucila se lo había pedido al comprador de la finca, bien escondidos entre su carriel partió Petronio en busca de su hermano Alfonso.


No le fue difícil encontrarlo. Tal y como terminaba el telegrama él todavía pernoctaba en el Gran Hotel de Barranquilla. Sano y salvo… y demasiado sonriente.


Después del saludo de rigor Petronio le exigió la explicación del caso, que tanta preocupación había ocasionado en sus hermanas obligando a la mayor a vender precipitadamente la mejor propiedad que les había dejado su padre.


Alfonso optó por dar una ilustración corta:


-La noche antes de enviarles el telegrama, unos amigos me presentaron a sus amigos y luego de unos tragos terminamos jugando a los dados… –Petronio se llevó las manos a su cabeza, dando a entender que ya adivinaba el resto de lo sucedido-. ¡Pero al comienzo iba ganándoles, no se qué me pasó después! –Agregó Alfonso tratando de justificar lo injustificable.


-¡Hombre, por Dios! –Fue lo único que se le ocurrió exclamar al joven Petronio.


-Me obligaron a firmar un pagaré en blanco por la deuda, no me podía ir sin pagar o de lo contrario después nos embargaban todo lo que tenemos –Concluyó.


-¿Perdió cincuenta mil pesos en un juego de dados con unos malpa…? –Al fin reaccionó Petronio-. ¡Hombre, no puedo creer que nos haya hecho eso!


Seguramente aquel día en la habitación de un hotel de Barranquilla hubo reproches, gritos, explicaciones, súplicas y hasta lágrimas entre los dos hermanos.


Cuando regresaron a Carolina y sus asombradas hermanas se enteraron de todo la historia, Lucila decidió de inmediato dar por zanjado el pecado de su hermano, o más bien el atentado contra el patrimonio de la familia, levantando sus hombros con una lacónica frase: -¡Qué le vamos a hacer, ya se perdió la plata!


Así en una noche, por unos dados (¡que a lo mejor estaban cargados!), se perdió la mitad de la herencia que don Abel Carvajal Múnera les dejó a sus hijos.


Cualquiera esperaría que Alfonso Carvajal Botero hubiera aprendido la lección sobre lo que conlleva el juego, pero no. Meses después cuando siguiendo el ejemplo de su hermano mayor emigró hacia Barrancabermeja, en el camino perdió un fino ejemplar equino en otra apuesta, llegando nada más que con la silla de montar y los aperos.


Muchos años después también, fui testigo de una gran apuesta que hizo en una visita a su pueblo natal en una pelea de gallos, a un gallo colorado.


-¿Por qué al colorado y no al blanco le pregunté?


-Porque el gallo colorado es el más fino que hay, siempre ganan –me respondió con la seguridad de un experimentado gallero, el que ciertamente fue en sus años mozos, como dicen.


-¿Tres millones y medio de pesos, eso no es mucha plata? –Le cuestioné la suma apostada, sin medir las consecuencias de mis palabras, cuando me enteré de lo apostado. Aunque en aquellos años, principios de los ochentas, se trataba de una suma no despreciable.


Mirándome con ofuscación me regañó: -¡Deje de salarme, hombre!


Consciente de que había sido muy atrevido, siendo apenas un hijo adolescente, me hundí en mi silla como queriendo desaparecer de su vista.


La riña empezó y muy pronto terminó, con el gallo colorado casi degollado a espuelazos por el gallo blanco. Se bebió otro aguardiente para entumecer el dolor del dinero perdido y me lanzó una mirada como pocas veces en la vida lo hizo. A buen entendedor pocas palabras, me esfumé, tragándome la lección aprendida: la suerte del tahúr no se previene, ya está echada.


Afortunadamente él no cayó en el vicio del juego. Las apuestas se dieron en eventos muy ocasionales a decir verdad y creo que lo hizo más por tratar de impresionar a sus amigos o conocidos con los montos apostados que por codicia. Nunca más le vi asistir a otra riña de gallos y menos de dados. Quizás con el paso del tiempo meditó las lecciones que la vida le enseñó sobre el tema en su juventud, o tal vez, aceptó para él lo que popularmente se dice sobre la suerte: “El que es de malas en el juego es de buenas en el amor (y viceversa)”; pues gozó de buena suerte en el amor, en los negocios y hasta en los envites de la muerte, como lo veremos en las siguientes historias secretas.





4



CUATRO QUITES A LA MUERTE




Alfonso Carvajal Botero bajando de un avión de AVIANCA en el aeropuerto de Barrancabermeja. Al inicio de los años 60s.


Los colombianos revivieron de nuevo la violencia en la década de los cincuentas por cuenta de la irracional rivalidad política entre el Partido Conservador y el Partido Liberal, en una atroz lucha por monopolizar el poder en el Gobierno. Violencia que tiñó de sangre los campos más que las ciudades y que finalmente sólo aportó al país odios, venganzas, viudas, huérfanos, desplazados, mutilados, minusválidos, locos, fanáticos y mucha pobreza. Todo por defender el color azul o rojo de la bandera del partido al que se afiliaba o simplemente le simpatizaba o porque su padre y su abuelo pertenecían a uno u otro, pues muy pocos tenían claras las diferencias ideológicas entre los partidos. La mayoría de los actores y víctimas del conflicto nunca supieron con precisión porqué lucharon y murieron.


No obstante, el humor de los colombianos sale a flote hasta en los tiempos más nefastos como aquellos. Alfonso Carvajal narraba a sus amigos con jocosidad como un paisano suyo se salvó de ser asesinado por un grupo paramilitar (¿o parapolítico?) por su agudeza creativa o la llamada malicia indígena:


“Una noche por un oscuro camino rural del Magdalena Medio santandereano le salió al paso un pequeño grupo de hombres armados y apuntándole lo interrogaron: -¿A qué partido pertenece?


El paisano rápidamente respondió: -¡Pues al de la “L”!


-¿Ah, un liberal hijuep…? –Espetó el líder del grupo armado, al tiempo que desaseguraba su pistola mostrando una criminal intención.


-¡Liberal no, hombre, por Dios! ¡Soy laureanista, de la “L”, de Laureano! –Gritó el asustado paisano. Laureano Gómez era el nombre del reconocido jefe nacional del Partido Conservador.


Obviamente si los matones hubieran sido liberales también habría salido con vida del incidente gracias a la misma letra inicial del partido. Había jugado con una respuesta muy astuta el antioqueño.”


Vale la pena anotar que a Alfonso Carvajal Botero su filiación al Partido Liberal, si no de ideología sí de nombre muy acorde con su pensamiento y forma de vivir, casi le cuesta la vida. Pues los más fanáticos sectarios del opositor Partido Conservador, el que entre otras cosas gozaba desatinadamente con la bendición de algunos miembros del clero, se convirtieron en sus perseguidores, unos muy peligrosos. Hasta el punto de que en una ocasión debió esconderse en el fondo del pozo de agua de una casa vecina por dos días, para evitar que lo atraparan y lo mataran.


En otra ocasión, lo agarraron los chulavitas, seudopolicías esbirros de los conservadores, que a culatazo limpio casi le destrozan el cráneo, dejándole una memorable cicatriz tras la oreja derecha que lució por el resto de su vida, así como una sordera parcial por ese oído. ¡Por nada más que apoyar en épocas electorales a los candidatos partido rojo!


Pero la buena suerte o un buen ángel de la guarda lo acompañaban. Le hizo el quite a la muerte varias veces, como en las siguientes historias:


Un caluroso día como casi muchos en la Costa Caribe, a principios de la década del sesenta, en una extensa hacienda en donde estaba comprando un ganado, Alfonso Carvajal aceptó vacilante la invitación del hacendado de llevarlo de regreso hasta el nuevo aeropuerto de Barrancabermeja en la avioneta que acababa de contratar. Pero antes aterrizarían en otra de sus fincas cerca de San Vicente de Chucurí (Santander), donde le mostraría otro lote de novillos gordos listos para la pesa.


Él siempre le tuvo temor a volar en avión, decía que se sentía más seguro con los pies en la tierra. Pero, a quien no quiere caldo le dan dos tazas, reza el adagio.


Viajaban además del piloto, el hacendado, su esposa y él. Cerca ya al municipio de San Vicente, el piloto declaró la aeronave en emergencia. El único motor se había apagado.


La avioneta empezó a perder altura velozmente, aunque no caía en picada. Alfonso, ni corto ni perezoso, abrió la puerta que estaba a su lado y ante los incrédulos ojos de los otros dos nerviosos pasajeros y del capitán se lanzó al vacío… ¡sin paracaídas!


Para su buena suerte, el monomotor venía ya volando bajo, de modo que su caída fue amortizada por las frondosas ramas de un viejo árbol. Pero como el roble es de los árboles más duros, mientras él lo único que se partió fue una pierna el árbol salvador perdió casi todas sus ramas y follaje.


A los demás ocupantes no les pasó nada, porque el hábil piloto logró planear la avioneta apagada y aterrizar de emergencia en un potrero.


Estuvo enyesado por más de tres meses.


Cuando le preguntaban por qué se había lanzado al vacío, contestaba filosóficamente: “Al miedo no le han puesto calzones”. Por supuesto, aumentó su temor a volar; prefirió siempre viajar en tren, carro, bus o chalupa por el río. Además porque estos medios le permitían hacer paradas “técnicas” para bajarse a tomar un aguardiente en los estaderos del camino.


No sería la única vez que se fracturaría un hueso, pues años más tarde un novillo arisco lo embistió y aventándolo fuera del corral le quebró el brazo izquierdo; pero él tercamente se negó a dejarse a entablillar o enyesar de nuevo, por lo que el hueso soldó mal, quedándole este brazo menos recto y con movimientos más limitados que los del derecho.


Otro grave accidente lo sufriría Alfonso Carvajal ya en el otoño de su vida, en el año de 1993, en la ciudad de Medellín:


Una lluviosa tarde de sábado se encontraba departiendo, entre copas de aguardiente, con un amigo en un bar, en un local de su propiedad cerca de la Universidad de Antioquia. Estaban sentados bajo el toldo sobre la acera que da a una muy transitada calle, con algunos baches en el pavimento. Uno de estos huecos, muy próximo a ellos, se había anegado de modo que cuando pasaba un carro con las llantas los salpicaba de agua. Alfonso le pidió al mesero que pusiera en medio del hoyo un ladrillo que vio dentro del establecimiento. Así lo hizo el empleado. Pero pasó otro carro y ¡zas!, rociados de nuevo.


Se levantó entonces Alfonso, tambaleándose por el alcohol en su torrente sanguíneo, para colocar el ladrillo como él consideraba que era la forma correcta, al tiempo que se quejaba de la ineficacia del mesero. Corrió hacia el hueco para no mojarse demasiado con la lluvia, se agachó para acomodar el ladrillo… Su amigo y el mesero, espantados, lo vieron volar por el aire cuando un veloz bus urbano lo atropelló.


Estuvo varios días en la sala de cuidados intensivos de la clínica a donde lo llevaron y requirió de dos neurocirugías para salvarse. Los médicos se sorprendieron de que hubiera sobrevivido a ese tipo de golpe, decían que la mayoría de las víctimas morían en el acto y más a esa avanzada edad. -¡Es un hombre fuerte! –Afirmó uno de los galenos.


Pero no era la primera vez que un médico descubría su dureza. Pues apenas diez años atrás más o menos, estando él un día cobrando a los carniceros de la plaza de mercado Torcoroma en Barrancabermeja las reses que la tarde anterior les había vendido en el matadero, escuchó un grito a sus espaldas: -¡Alfonso cuidado! –Apenas medio giró sintió que un cuchillo le desgarraba su abdomen.


El agresor después de la puñalada trapera inició la huida. Enardecido por el ataque, Alfonso Carvajal agarró un hacha deshuesadora que estaba a poca distancia y corrió detrás de su atacante, sin darle alcance. Los carniceros amigos lo rodearon y lo convencieron de que dejara la persecución, pues manaba sangre a borbotones por la herida, ¡debían llevarlo a al hospital de inmediato!


Lo montaron en la cabina del vehículo más próximo, un gran camión recolector de basura. Tal vez nunca el chofer había manejado este pesado automotor a tanta velocidad por las calles de Barrancabermeja; llegaron rápido al Hospital San Rafael.


Cuando el médico salió de la sala de cirugías, después de dos horas de operación, le dijo a sus familiares en tono jocoso: -¡Este Carvajal es duro de pelar, tiene cuero de burro! Doce puntos le cosí. La puñalada estuvo a sólo medio centímetro de haberle cogido el hígado, así que no es mortal, no se preocupen –y agregó riendo-: Ahora hay que cuidar de que no se infecte la herida, pues el agresor no tuvo la precaución de desinfectar el cuchillo...


¿La causa del atentado? Un supuesto lío de faldas. Parece ser que al atacante, un carnicero, esposo de otra carnicera clienta de Alfonso, le habían llegado con el chisme de que su mujer se la jugaba con él. Para acabar de ajustar, el carnicero estaba sumido en el vicio del “bazuco” (cigarrillo armado con marihuana, polvo de ladrillo y a veces otras sustancias como cocaína), además ella lo había echado a la calle días antes. La aparente infidelidad nunca fue comprobada.


Pero el mayor quite que le hizo Alfonso Carvajal Botero a la embestida de la muerte fue precisamente el primero, cuando era niño, todavía no contaba con siete años de edad:


En 1935 se había desatado en el pueblo de Carolina del Príncipe una mortal epidemia llamada Tifo Negro, a la que no se le conocía cura alguna.


Doña Magdalena Botero, esposa de don Abel Carvajal, no hacía tres meses que había dado a luz a su último hijo, Petronio. Seguramente debido a un frágil estado postparto e insuficiente aislamiento alguien la contagió de la temible enfermedad, muriendo pocos días después por las extremadas fiebres, principal síntoma de este mortal tifo, en su casa de Carolina ubicada en la calle de los Reyes.


Ese día el pequeño Alfonso regresaba de la finca El Recreo, donde ayudaba en el ordeño diario, pese a su corta edad. Cuando iba llegando a la casa, una imprudente vecina de las que no faltan, le gritó: -¡Hay mijo, su mamá se murió! –El niño corrió hasta la habitación de su madre y encaramándose a la cama la abrazó llorando: -¡Mamá no se muera…! ¡Mamita no se muera…!


Así, él y sus hermanos tempranamente quedaron huérfanos de madre.


En menos de tres días el niño Alfonso cayó víctima de las fiebres. El diagnóstico del médico fue: -Tifo Negro, no hay nada que pueda hacer. Deben ponerlo a dieta de sólo caldos y coladas, pues el intestino se pone como papel y no resiste comida normal –Su padre decidió aislarlo de inmediato para que no fuera a contagiar a sus otros hermanos y sirvientes de la casa. De modo que lo envió para su otra finca, Montenegro, ubicada en el municipio de Gómez Plata cerca al río Porce, dejándolo al cuidado de su leal mayordomo Pacho y su esposa, recalcándole la instrucción del médico en cuanto a la dieta.


Don Abel muy preocupado por la suerte de su hijo, en medio de su duelo, lo visitaba día por medio sin falta, no obstante la lejanía de la finca. Pero no permitía la visita de ninguna de sus hijas mayores ni de sus demás hijos menores, por temor al contagio y perder a más miembros de su familia.


En Carolina la letal epidemia ya había cobrado más de doscientas víctimas. Tres de éstas vivían en la misma calle de su casa. Escasamente el médico, el cura y el enterrador podían descansar en aquellos días.


Sorprendentemente, después de 15 días de fiebres y agonía, el niño todavía no moría. En una de sus visitas don Abel escuchó en su lecho a su pequeño hijo susurrar: -¡Pacho, meme…! ¡Pacho, meme…! –De inmediato llamó a su mayordomo y le exigió que le explicara qué era lo que el niño pedía.


Pacho miró a su esposa de soslayo y vaciló. Pero ante la orden perentoria y firme mirada de su patrón dijo: -Don Abel, usted sabe que los apreciamos mucho a usted y a sus hijos, en especial a Alfonso, siempre tan colaborador en las faenas de las fincas y del ordeño, así que yo le he dado con frecuencia blanqueado* y quesito…


-¿Qué? ¡Cómo se le ocurre, usted está matando a mi hijo! –Interrumpió con furia el señor Carvajal- ¿Acaso no me entendió cuando le dije que la orden del médico era sólo caldos y coladas?


-¡Ay patrón, échenos si quiere, pero este niño se estaba era muriendo de hambre, fíjese cómo ha resistido esa maldita enfermedad!


Ante la posible evidencia de que tal vez su capataz tuviera razón, don Abel pensó un rato y resolvió: -Voy por alguien que sabe de esto para que revise al niño. Pero le advierto Pacho, que si él me dice que sus blanqueados y quesitos le hicieron daño a mi hijo se larga hoy mismo de la finca.


Galopó veloz en su caballo de regreso a Carolina y se bajó frente a la farmacia de Pedrito Vélez. El boticario, hijo de un antiguo y famoso médico, gozaba de gran prestigio en el pueblo por sus infalibles diagnósticos y eficaces remedios.


A las pocas horas estaba Pedrito, el boticario, en la casa de la finca Montenegro auscultando al pequeño Alfonso y enterado ya del atrevimiento del mayordomo de contravenir las órdenes del médico y de su patrón.


-¡Don Abel, su hijo se salvó del tifo! Los cuidados y el blanqueado con quesito de contrabando que Pacho le dio le ayudaron a resistir la enfermedad –Confirmó el boticario, luego de un largo examen clínico. Agregó-: Pero observé que él tiene un extraño repetido movimiento en la cabeza hacia el lado derecho por lo que descubrí una enorme pupa detrás de la oreja, que además de ocasionarle dolor le está empezando a aplastar la oreja. Debe extirpársele rápidamente…


-¿Y usted puede hacerle esa operación, Pedrito?


-Sí, claro que puedo. Es algo superficial, pero si se le deja más tiempo puede convertirse en algo muy peligroso para él.


-¿Me asegura, que el niño no correrá ningún riesgo?


-No se preocupe, ya lo he hecho muchas veces. Pero necesito mis instrumentos quirúrgicos que están en la farmacia.


Uno de los peones salió a todo galope hacia Carolina con tal misión.


Esa noche Alfonso se recuperaba de la cirugía ambulatoria en su cama, con más y mejor comida, autorizada por Pedrito, el boticario.




Don Abel Carvajal Múnera con sus hijos Alfonso, Consuelo y Rafaél. En su casa de Carolina del Príncipe, Departamento de Antioquia, Colombia, alrededor del año 1935.


Él fue uno de los tres o cuatro que sobrevivieron a la mortífera epidemia del Tifo Negro en Carolina del Príncipe. Sin embargo, su recuperación total demoró casi seis meses, hasta que logró volver a caminar con normalidad, la enfermedad lo había debilitado y le había consumido los músculos notablemente.


Don Abel Carvajal Múnera sí perdería más adelante uno de sus vástagos, una de las hijas mayores: Consuelo. Quien no cumpliría los quince años debido a una severa poliomielitis, que en aquellos días no tenía cura ni vacuna.


Pacho, el fiel caporal, trabajó el resto de su vida para don Abel; muriendo pocos años antes que su patrón.


Alfonso Carvajal Botero había hecho así el primer quite a la muerte, mostrando de qué madera estaba hecho: de roble, por supuesto. ¿Él se escapó más veces de las garras de la vieja Parca? Sí, en otras ocasiones la esquivó, como veremos en los próximos capítulos.


Continúa...
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