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viernes, 6 de enero de 2012

El tiempo de los robles (cuarta entrega)

En primicia editorial, en simultánea con el blog http://territorio64.blogspot.com/ , presentamos a continuación la cuarta entrega del más reciente libro de Abel Carvajal:


El tiempo de los robles


Historias basadas en personajes y acontecimientos reales.



Por: Abel Carvajal



Francisco Abel Carvajal Botero, subcampeon nacional de Venezuela peso pesado en levantamiento de pesas. Caracas, entre los años 60s y 70s.



SEGUNDA PARTE

 

HISTORIAS SECRETAS DE ROBLES



A la memoria de mi padre Alfonso Carvajal Botero.

Quien supo gozar de la vida siempre y engañar a la muerte varias veces.



Capítulos 1 y 2 de la Segunda Parte: HISTORIAS SECRETAS DE ROBLES



1



EL MATUTE




Petronio Carvajal Botero y su esposa, Barrancabermeja, años 60s.



Introducción fraudulenta de géneros de consumo en una población, es la primera corta definición que se encuentra en un viejo diccionario ilustrado de la lengua española para la palabra matute. Pero para Petronio Carvajal Botero, el hijo menor de don Abel Carvajal Múnera, como para muchos ambiciosos colombianos era la definición más elegante de un lucrativo negocio, con cierto riesgo pero asumible, en aquella transición de los años sesentas a los setentas: Contrabando de whiskys, otros licores, electrodomésticos, cigarros, cigarrillos y otras mercancías muy apreciadas de procedencia norteamericana en su mayoría.


Productos tasados con altos impuestos cuando se les importaba legalmente, algunos en casi condición de monopolio, que se vendían muy caros y en consecuencia ofrecían un alto margen para contrabandearlos. Cosa que no era difícil de lograr a través de la inmensa franja del litoral Caribe que tiene Colombia, mal vigilada en aquellos años, principalmente por la desértica península de la Guajira. Ventaja, vale la pena anotar, que muy pronto fomentaría un negocio ilícito aún más lucrativo: el tráfico de la marihuana, tan demandada en su momento en los Estados Unidos de América… Iniciándose así quizá la maldición que más sangre y lágrimas le ha costado a Colombia, que todavía sufre: el narcotráfico.


A Petronio Carvajal ni a ninguno de sus hermanos les interesó jamás el tráfico de marihuana como tampoco, años después, el de la coca o de la cocaína, pese a que las tentaciones abundaron. Entre la ambición y la codicia hay una singladura que separa moralmente el bien del mal.


Él fue quien tuvo la mayor oportunidad y predisposición a estudiar entre los Carvajal Botero, su hermana Lucila se aseguró de que así fuera. Lo envió a Medellín a estudiar el bachillerato y luego a la academia militar en Bogotá, donde se graduó de subteniente del ejército. Pero poco tiempo vistió el dril militar, pues en medio de una fatal combinación de alcohol y orgullo juvenil, un día de farra, le propinó tremendo puñetazo a un oficial de mayor jerarquía que supuestamente lo ofendió…


De nuevo en la vida civil, muy joven, Petronio decidió buscarse un porvenir junto a sus hermanos y hermanas en Barrancabermeja. Al lado de Alfonso se dedicó también a la compra-venta de ganado vacuno y porcino, mostrando gran capacidad en el negocio. Pues esta particular profesión mercantil exigía una habilidad especial en la época, en que no existían muchas básculas para pesar el ganado, la de calcular a ojo el peso de la res o del cerdo en la finca del ganadero o del criador y en función de ese cálculo comprar el ganado en pie para luego venderlo en el matadero pesado en canal, es decir una vez el animal es sacrificado, sangrado, abierto, sin las tripas y demás despojos. En otras palabras, al ganadero se le debía comprar el animal vivo y al carnicero se le debía vender lo que pesaba únicamente la carne y los huesos. De modo que si se sobrevaloraba el futuro peso en canal esto se traduciría en pérdida para el comerciante o mayorista de ganado al venderlo al carnicero, pero si se acertaba o se compraba subvalorado el peso habría una ganancia. Todo multiplicado por la cantidad de cabezas compradas.


Su habilidad como calculista preciso del peso de los semovientes fue puesta a prueba una tarde en que desembarcaron en el antiguo matadero de Barrancabermeja, junto al Caño Cardales (del Río Magdalena), un enorme cerdo traído desde una finca de Casabe, al otro lado del río. El impresionante marrano cojudo, por lo gigantesco, pronto incitó ese día una apuesta entre los carniceros, comerciantes y matarifes, sobre cuánto pesaba. Un reconocido carnicero organizó el envite, extrajo su ajetreada libreta y anotando en cada renglón el nombre de cada apostador y el peso en arrobas que le calculaba al frente, pronto reunió una atractiva bolsa. Era simple, quien quería apostar le entregaba el estipendio fijado, dictaba su nombre y peso que le calculaba al verraco, esa noche luego de sacrificarlo, lo pesarían antes de sangrarlo y abrirlo, así se sabría el ganador: quien más se hubiera aproximado al peso arrojado por el animal completo, no en canal esta vez.


Petronio llegó al final de la tarde al matadero con unos novillos para la venta, su hermano Alfonso quien había sido testigo de todo el evento desde la llegada del cerdote, se le acercó y le pidió su opinión para entrar en la apuesta a nombre de los dos. -¡Veintidós arrobas y cuarto!-, respondió Petronio. Lo que a Alfonso le pareció demasiado, pero su hermano menor le insistió en que le apostara a ese peso que ese marrano pesaba más de lo que todos creían. Alfonso le hizo caso y se registró con ese peso en la bolsa de la apuesta… Varios de los presentes al escuchar dictar el peso al que apostaba rieron, pues les parecía absurdo tanto peso. “¡Ni que fuera un novillo!”, se burló alguien. Alfonso vacilando miró a Petronio quien con un guiño le dio confianza. Ninguna de las demás apuestas superaba las veinte arrobas.


La bolsa creció a lo largo de toda la tarde hasta minutos antes del sacrificio. Llegaron hasta vecinos que nada tenían que ver con los negocios o actividades diarias del matadero municipal a ver el marranote y muchos cedieron a la tentación de apostar, creciendo aún más la bolsa.


Llegó la hora. Garrotazo en seco sobre la cabeza del animal por el fornido matarife. Privado del conocimiento, no muerto pues luego viene la fatal puñalada bajo la llamada paleta para desangrarlo y luego desollarlo, lo montaron entre seis hombres sobre la báscula, la aguja del reloj dio varias vueltas antes de detenerse temblando en 22 arrobas y media.


¡A Petronio únicamente le había faltado un cuarto de arroba! Ganaron toda la bolsa. Nadie más se había aproximado a ese peso.


Luego de varios años en la compra-venta de ganado ahorró sus buenos pesos y fue cuando Petronio aceptó la invitación, de un amigo y paisano de apellido Villa, de entrar en un negocio de contrabando desde Maicao en la Guajira hasta el puerto petrolero en Santander, donde él vivía y había bastante dinero contante y sonante en los bolsillos de los ejecutivos, trabajadores y contratistas de la empresa petrolera, listos a disfrutar de los placeres que prometían las mercancías de calidad “made in USA” y los licores europeos.


En la pequeña ciudad de Maicao, epicentro del contrabando en Colombia, contrataron y cargaron un camión grande tipo jaula, de toda clase de mercancías que discretamente compraron, o al menos eso creyeron.


Como contrabandistas que se respeten partieron de noche cubriéndose con la cómplice oscuridad. El chofer al volante del camión y a su lado Petronio y Villa, su socio.


Al amanecer, decidieron parar a descansar y desayunar en un pueblucho del Departamento del Cesar. Habían recorrido muchos kilómetros sin ningún contratiempo, ni siquiera se habían topado con otro automotor, mucho menos con retén alguno de la aduana, policía o ejército.


Terminando el desayuno, Petronio decidió ir a la oficina del inspector del corregimiento, amigo suyo y antioqueño igualmente, más que a saludarlo a preguntarle si tenía información de por dónde andaban las patrullas de los alcabaleros ese día, llevándole una botella de whisky como obsequio. La sorpresa fue para Petronio y Villa, el inspector amigo ya sabía del camionado de matute que transportaban y lo peor, las autoridades también, estaban detrás de ellos buscándolos. A pocos kilómetros había establecido un retén la policía junto con los aduaneros exclusivamente para capturarlos y decomisar la mercancía…


-¡Amigos míos, creo que los sapearon! -Concluyó el inspector. Semejante información bien había valido una botella del mejor licor de malta escocés.


Rápidamente subieron al camión y azuzaron al conductor a dar arranque, poniendo pies en polvorosa.


No se dejarían quitar el matute sin presentar lucha. Petronio conocía muy bien casi toda la costa atlántica colombiana gracias a sus correrías de compras de ganado en los últimos años, siendo él mismo muy conocido entre los hacendados, finqueros, administradores, mayordomos y trabajadores de la región.


Se desviaron por una maltrecha carretera rural que atravesaba unas fincas y los alejaba de la carretera principal que iba hacia Aguachica, donde suponían debían tener instalado el retén.


-No se preocupen, yo se por donde nos metemos. ¡Se quedarán esperándonos los malpa…! –Musitó Petronio.


Atravesaron con facilidad los portones de las haciendas, pues aunque algunos estaban cerrados con cadena y candado, los cuidanderos o trabajadores les abrían al reconocer al señor Carvajal y a manera de agradecimiento recibían un paquete de cajetillas de Marlboro o Kent. Condujo hábilmente el camión su chofer por dificultosas trochas dentro de los grandes predios, sin chistar demasiado, confiaba en que sería bien recompensado si no los atrapaban.


Elaborando Petronio un mapa en su cabeza decidió salir hasta la orilla del río Magdalena, para luego bajar hasta el puerto de El Banco y una vez allí improvisaría. Ruta larga y escabrosa que a ningún chirrinche* se le ocurriría que ellos tomarían. Como la gasolina no les alcanzaría para el nuevo trayecto, se aprovisionaron en una hacienda conocida.


Ya en aquella población ribereña del Departamento del Magdalena, por donde muchísimos años antes fondeaba la piragua de Guillermo Cubillos cargada asimismo de matute y a quien le dedicaron la memorable cumbia, se le ocurrió un plan para evadir a sus perseguidores y lograr llevar el contrabando hasta Barrancabermeja.


-¡Bájense de inmediato, que vamos a requisar todo! –Gritó un furibundo sargento, acompañado de otros policías y tres aduaneros. Petronio y el chofer se apearon del camión tranquilamente ofreciendo sus documentos de identidad, pero el uniformado los rechazó de mala gana, indudablemente ya tenían identificados a los escurridizos matuteros, lo que confirmó al preguntar por su socio: -¿Y dónde está Carlos Villa?


-No se, debe andar por Barranca –respondió serenamente, extendiendo las palmas de sus manos queriendo indicar que no entendía por qué le preguntaba por su amigo.


Los había aventado alguien en Maicao con nombres y apellidos. Pero Petronio en ese momento ya iba sólo, junto al conductor, en el camión cargado con diez novillos…


-¿Y dónde tiene escondido el matute? –Volvió a murmurar el suboficial. Luego de la infructuosa búsqueda de sus hombres a lo largo y ancho de la jaula con las reses, por entre la cabina y hasta por encima y debajo del motor.


-¿Cuál matute o es que así llaman ahora al ganado? –Replicó Petronio, poniendo cara de sorprendido ante la acusación-. ¡Por aquí todo el mundo me conoce y saben que compro ganado para venderlo en la plaza de Barranca! –Agregó.


Ante la falta de evidencia, o más bien de mercancía, no tuvo más remedio el sargento que dejarlo ir.


-¿Cómo este hijuep… Carvajal se deshizo de la mercancía? ¡Seguro que el tal Villa la lleva por otro lado! –Alcanzaron a escuchar al sargento vociferar, mientras se alejaban muy sonrientes en el camión.


Habían transcurrido dos días. Descansado, después de descargar los novillos en los corrales de la finca de su hermano Alfonso en Barrancabermeja, el día anterior, se dirigió Petronio al desembarcadero de ganado de la misma finca que daba al río. Observó como el capitán con lenta precisión atracaba el remolcador que empujaba un planchón ganadero contra la orilla, conjunto al que llaman lancha. Al lado de éste, en el puente de mando, veía a su amigo Carlos Villa agitando la mano a modo de saludo. El plan había funcionado.



Ana Cecilia Ochoa, esposa de Petronio Carvajal, en una finca en Antioquia, años 60s.


Sucedió que en el muelle de El Banco, descubrió Petronio al reconocido capitán y propietario de una gran lancha dedicada a transportar ganado, gaseosa, cerveza, cemento y otras cosas por el río Magdalena, a quien a cambio de una moderada parte le propuso esconder el contrabando entre el planchón bajo el ganado que transportaba en el momento. Además lo convenció de que le prestara diez de los novillos que llevaba para cargarlos en el camión y despistar a sus perseguidores. En Barrancabermeja, en la finca de su hermano, una de las pocas que tenía desembarcadero al río, descargarían la mercancía y volverían a cargar en la lancha el ganado prestado para que la embarcación continuara su viaje hasta el destino final, Puerto Berrío. Por supuesto, Carlos Villa viajaría como custodio del matute.


Todo había salido de acuerdo al plan. Coronaron, como se dice en el argot del contrabando. Pero Petronio sabía que ya era “famoso” entre las autoridades, que tenía delator propio en Maicao y que la suerte no siempre le sonreiría, por lo que cada vez se le haría más peligroso contrabandear; así que una vez se repartieron las ganancias le dijo a su amigo que volvería a lo suyo, a negociar ganado. Carlos Villa sí continuó en la profesión por largos años. Siempre fueron grandes amigos.


Petronio Carvajal murió en el 2010 rodeado de su familia en la ciudad de Medellín a los 75 años de edad, luego de padecer un cáncer hepático. Su funeral, en la iglesia de Santa Teresita del tradicional barrio Laureles, fue muy concurrido.


_______

(*)Chirrinche, cherrinche o chirrinchero: Términos despectivos para referirse al agente de aduana o alcabalero, utilizados en algunas regiones de Colombia, ya hoy en desuso.



2



UN ROBLE INCORRUPTIBLE



Izquiera a derecha: Petronio, Ana Ceciia, desconocido y Alfoso Carvajal (de pie). Feria de ganados de Barrancabermeja, inicios de los años 70s.


El hijo menor de don Abel Carvajal Múnera fue Petronio y el hijo mayor fue José, el que muchas historias debió protagonizar pues era hombre rebelde, bohemio y con gran fama de mujeriego; reputación que se patentiza por la cantidad de hijos que procreó desde muy joven. Se le conocieron no menos de nueve hijos, con dos compañeras con las que convivió en Barrancabermeja a donde llegó siendo un adolescente, en busca de fortuna, cuando todavía vivían su padre y sus hermanos en Carolina del Príncipe, a finales de la década del cuarenta.


De José Eusebio Carvajal Botero se puede decir que era un hombre íntegro, tal vez su mayor virtud en todo el sentido de la palabra. Pero a veces la rectitud riñe con la riqueza, como dos amigas que no se hablan, volviéndose una esquiva en aparecer cuando la otra está presente.


José logró conseguir un buen empleo en la Tropical Oil Company, gracias a sus paisanos antioqueños, los que se ayudaban unos a otros en el puerto petrolero, cosa que para nadie era un secreto. De todas formas el personal que provenía del vecino Departamento de Antioquia gozaba de una merecida fama de incansables y dedicados trabajadores, incluso entre los ejecutivos gringos; por lo que en Barrancabermeja se manifestaba una considerable colonia de antioqueños, muchos de ellos llegando a escalar los más altos puestos en la posteriormente nacionalizada empresa petrolera, que recibió el nombre de Ecopetrol (Empresa Colombiana de Petróleos S.A.) y la que aún hoy es de lejos la empresa más grande e importante de Colombia. José Carvajal fue uno de ellos. Antes de terminar la década de los cincuentas, ostentaba el importante cargo de jefe de compras de ganado en la empresa.


¿Para qué una compañía petrolera compra ganado? Siempre ha sido apetecido el ser empleado de Ecopetrol, pues además de los atractivos salarios y bonificaciones que pagan a sus trabajadores y ejecutivos, ofrecen generosas prebendas como los subsidios de educación para sus hijos o como la abundante alimentación digna de un hotel cinco estrellas en las horas laborables a todo su personal. Razón por la cual el jefe de compras de ganado debe asegurarse de comprar suficiente cantidad semanal de ganado, sacrificarlo y abastecer así, con carne de primerísima calidad a las cocinas de los casinos, como son llamados los gigantescos restaurantes donde comen sus miles de empleados. Además en aquellos años, los mismos trabajadores podían mercar todos los alimentos y artículos de consumo familiar para sus casas en un gran supermercado, exclusivo para ellos, llamado El Comisariato; incluida la carne que quisieran, a precios increíblemente baratos, pues eran subsidiados por la empresa.


Privilegios de los que ningún obrero o empleado de otra industria del país gozaba. Una de las razones por la que en un enconado discurso el entonces presidente de la república Carlos Lleras Restrepo, ante una desafiante huelga sindical liderada por los trabajadores afiliados a la USO (Unión Sindical Obrera), los tildara de “…oligarcas de overol”.


José desempeñaba muy bien su papel en el importante cargo ejecutivo, era conocedor del buen ganado desde niño y un exigente comprador. Supervisaba él mismo el sacrificio de las reses así como el posterior proceso de despelleje y corte. No se dejaba apabullar ni por arrogantes ganaderos ni embaucar por voraces comisionistas. Como la empresa era una impecable y puntual pagadora, muchos se peleaban y hacían lo que fuera por ser sus proveedores hasta el punto de ofrecer sobornos o “comisiones” a los diferentes compradores de insumos, materiales, herramientas, maquinaria, automotores y semovientes.


Él no fue la excepción a tales ofrecimientos y como hombre honesto que era las rechazaba de plano. Nunca se doblegaba ni se dejaba tentar, por grande que fuera la suma. Consideraba que era su obligación moral para con la compañía y sus trabajadores el adquirir novillos de primera y al mejor precio posible. Ni siquiera le importaba que el vendedor fuera su amigo o paisano, o peor, que se pavoneara amenazante como amigo de alguno de sus jefes.


Así José Carvajal Botero se ganó la fama de incorruptible.


Pero las “quejas” a sus superiores, en especial a su jefe directo, no se hicieron esperar. Las cadenas se parten por el eslabón más corroído. Su ávido jefe, con título de subgerente, esperaba que los jefes de compras y demás compradores de los diversos géneros aceptaran las “comisioncillas” ofrecidas por algunos proveedores para que los privilegiaran al momento de decidir una adquisición; luego, le debían pasar una buena tajada a él, claro está. Algunos así lo hacían, tal vez por temor o por codicia igualmente. Pero otros eran insobornables, como el jefe de compras de ganado.


No tardó el codiciosillo subgerente en insinuarle a José que fuera un poco más “flexible” con ciertos amigos suyos, que estaban dispuestos a recompensarlo si se mostraba favorable a sus intereses a la hora de seleccionar sus lotes de novillos y fijarles un más adecuado precio. Los que, no por casualidad, con frecuencia ofrecían el peor ganado.


Fue un terrible choque para él aunque no lo sorprendió demasiado, pues ya se rumoraba en los pasillos de los chanchullos que el señor subgerente gustaba de liar.


Un poco preocupado José, les comentó lo sucedido a sus más jóvenes hermanos. Dos de ellos, Petronio y Alfonso, sin vacilar lo arengaron a aceptar las “comisiones”, lo que tampoco lo asombró, pues conocía de sobra los principios y una más relajada moral con que se guiaban en sus negocios. No todos los robles son incorruptibles.


-¡Deje de ser huevón, que en ese puesto se puede llenar de plata…! –Trataban ellos de persuadirlo. Pero José se negó una y otra vez tajantemente.


Las insinuaciones del jefe pronto se convirtieron en presiones y más tarde, ante las rotundas negativas, en amenazas de despido.


No tuvo tiempo el honrado José Carvajal en diseñar un plan de defensa, como por ejemplo el de aventar a su corrupto jefe ante los más altos directivos, pues muy pronto le llegó la breve carta de destitución. Así, sin ton ni son.


Pese a su rectitud en el trabajo, era un hombre de contrastes, pues daba buena cuenta de su salario los fines de semana entre las botellas de aguardiente y las camas de los prostíbulos. Lo que posiblemente facilitó la justificación, ante los superiores o el departamento de Relaciones Industriales, de la decisión de despido tomada por su jefe inmediato.


El hijo mayor de don Abel jamás volvería a conseguir empleo en una empresa. Era como si una maldición hubiera caído sobre él. Podría parecer que la vida en vez de premiar su ejemplar actitud lo castigó. Pero más bien se debe pensar es que él no pudo aceptar esta supuesta injusticia Divina decepcionándose de los hombres y de su mundo, hundiéndose en el pesimismo y la fatalidad, sin lamentablemente volver a salir a flote. A muchos les ocurre igual ante algún arrollador golpe que reciben, perdiéndose así potenciales grandes seres humanos. Pero de eso se trata la vida, de sobreponernos ante los repentinos golpes y aprender de ellos, así es que evolucionamos espiritualmente y maduramos mentalmente. La vida es una escuela de sudor, lágrimas y hasta sangre, pues si no fuera así lo más probable es que no asimiláramos las enseñanzas.


Curiosamente una historia similar se repetiría muchos años después con otro de sus hermanos menores: Rafael, otro roble incorruptible (hay más de uno en este bosque familiar, afortunadamente); quien ocupaba un discreto pero valioso puesto ejecutivo en otra empresa, una gran productora de fertilizantes asentada igualmente en Barrancabermeja, a la que había dedicado la mayor parte de su vida… Aunque ésa tiene un mejor final, dejémosla aquí.


José Carvajal franqueó grandes dificultades económicas el resto de su vida, a duras penas pudo sostener su numerosa familia. Nunca encontró otra labor que lo satisficiera, pese a que sus hermanos Alfonso y Petronio trataron de involucrarlo en sus negocios con ganado, pero su cada vez más rebelde y problemático temperamento no lo permitió.


En sus últimos años se dedicó a vender frutas en una carretilla de madera, todos los días de la semana de sol a sol, en una esquina de la concurrida calle novena cerca al parque Infantil de la calurosa ciudad petrolera. Murió a los 59 años a causa de una cirrosis, en el Hospital San Rafael de Barrancabermeja, en 1980 si mal no recuerdo.


Lo que sí recuerdo bien es que el suyo fue el primer cadáver que me tocó ayudar a cargar a mano limpia: Yo sujetándolo por los tobillos y mi fornido tío Francisco por los hombros, lo pasamos de la cama en que falleció a la camilla que trajo un enclenque conductor del carro de la funeraria, el que llegó sin ayudante y el hospital no contaba con enfermeros para esos menesteres o nunca aparecieron.



Francisco Abel Carvajal Botero, cuando practicó fútbol en Venezuela, años 60s.


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(Espere en la próxima entrega otros dos de los más increíbles capítulos de esta Segunda Parte: HISTORIA SECRETAS DE ROBLES)


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