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miércoles, 28 de mayo de 2014

EL CAPITÁN ARAÑA (novela galardonada en primicia editorial)




Presento en este blog los primeros cuatro capítulos de mi más reciente novela, galardonada con mención de honor por el jurado del IX CONCURSO INTERNACIONAL DE NOVELA CORTA 2015 de Ediciones Mis Escritos, Argentina, pero sin las fotografías ni las intervenciones gráficas, algunas de las que están referenciadas en corchetes [#], que considero muy importantes para el lector. Por lo que recomiendo leer o descargar esta novela en archivo pdf, disponible (en sólo 102 páginas) completamente gratis (por tiempo limitado) con todas las fotos e ilustraciones en el sitio del editor (haga clic a continuación):
http://sites.google.com/site/mateolevi/libros-en-pdf


EL CAPITÁN ARAÑA


Novela


   
ABEL CARVAJAL



©Abel Carvajal, 2014. Derechos de autor reservados. Ilustraciones, algunas fotos, así como las intervenciones y restauraciones fotográficas por el autor.  mateolevi@gmail.com 





A mis queridas tías Aluvia y Lucila Carvajal Botero
Y a quienes aman los ríos



“Cuantas más leyes y prohibiciones hay en el mundo, más pobre y mísero será el pueblo. Cuantas más armas tenga el imperio, más desorden y confusión habrá en el pueblo. Cuantas más artes e industrias tenga el pueblo, más cosas inservibles e inútiles habrá. Cuantas más órdenes y leyes dicten los gobiernos, más salteadores y ladrones habrá”

Lao Tse (Tao Te King)






CAPÍTULO 1

Contaba mi padre que hace tiempo navegaba por el Magdalena una gran lancha que transportaba ganado y otras mercancías, era la lancha del capitán Araña. Es su historia la que me propongo narrar.
         De su verdadero nombre sólo sé que se llamaba Alfonso, pues mi padre cuando se encontraba con él le decía tocayo, pero nunca supe su apellido. De sus orígenes una vez escuché que nació a orillas del río Cauca cerca a la antigua población de Santa Fe de Antioquia, en el año en que estalló la gran depresión económica en los países del norte y de cuyo coletazo no se salvó Colombia, 1929. Hijo de un pescador, chalupero o algo parecido, el que años después se trasladó con su familia al municipio antioqueño de Sopetrán donde había heredado una finca. Viviendo allí sus años de adolescente. Estudió en la escuela pública, y entre juegos y expediciones juveniles por entre aquellas admirables montañas cultivó amistades y muy seguramente saboreó la miel de los primeros amores.
         También aquellos amigos le endosaron el apodo con que se le conocería toda la vida: Araña. Por un inocultable lunar parduzco que le cubría desde el lado derecho de la nuca hasta la terminación del lóbulo de la oreja del mismo lado, un tatuaje perfecto de un arácnido que la naturaleza le dibujó como marca de nacimiento y presagio del legendario hombre en que se convertiría.
         Sin embargo, para él la verdadera marca fue el haber nacido en la ribera de un caudaloso río como lo es el Cauca. Pues quienes tenemos el privilegio de haber nacido o sido criado al lado de un río, sentimos y sabemos muy en el fondo de nuestros corazones que el espíritu del agua nos imprime su huella para siempre. Haciéndose inevitable, cuando nos alejamos por mucho tiempo, el dejarnos sumergir por los recuerdos del río que nos amamantó y bañó con sus aguas, más si en él nadamos y jugamos en la infancia o juventud.
         Así, que un día, cuando se llega a la edad de decidir y de vencer el miedo al destete de la familia, Araña, previendo un futuro ingrato en la finca de su padre al que cada vez le era más difícil sostener a su familia compuesta por una envejecida madre, él y un número indeterminado de hermanos más, decidió que su destino no sería el mismo de su ajado padre. Imitando a algunos de sus amigos y paisanos, empacó su escasa ropa, rápidamente se despidió de todos y se subió al bus escalera que partía esa mañana rumbo a Medellín para después en la estación del ferrocarril subirse a un tren rumbo a otro valle. Uno tan inmenso, agreste y caluroso como no lo imaginaba, un valle de majestuosos atardeceres formado por un ancho, caudaloso y profundo río. ­




CAPÍTULO 2

Poco antes de morir la hermana mayor de mi padre, ya nonagenaria, me entregó un extraño manuscrito de hojas amarillentas, que por el tipo de letra se podía ver que fue escrito en una de esas antiguas máquinas de escribir, con excelente ortografía y aceptable gramática, por lo que deduje a un autor bien educado o por lo menos frecuente lector.


         Se trataba de, ¡no lo podía creer!, la bitácora de la lancha Moralita.
         Tal vez lancha es un término muy ambiguo, lo más apropiado sería describirla como un remolcador con motor diesel que usaba un combustible también llamado “acpm”, el que navegaba empujando un inmenso planchón con una compartimentada jaula de hierro para cargar semovientes y otras mercaderías. Pero así, lancha, es como se le denomina comúnmente a este tipo de embarcación fluvial, por lo que así la seguiré llamando a lo largo de esta narración.
         Y precisamente la lancha Moralita era la del capitán Araña, cuya bitácora él mismo mecanografió. Algo insólito, pues nunca supe que se acostumbrara llevar bitácora en naves fluviales, menos en aquellos días. ¿Y por qué no la había escrito a mano alzada en algún vetusto cuaderno como se hubiera esperado? Sería que no le gustaba su caligrafía o tal vez se topó con alguna Remington cuya letra de molde lo sedujo… Finalmente había llegado un preciado material a mis manos con el que podía construir, junto con lo que le había escuchado a mi padre más cientos de preguntas con que asolé a mi tía en sus últimos días, esta historia.
         Antes, como dato curioso, debo mencionar que la bitácora nunca la firmó con su nombre de pila sino como “Cap. Araña”. Mi tía nunca pudo acordarse con certeza siquiera del primer apellido de este misterioso capitán de río, aunque pude haber investigado en notarías, pero opté por dejar en el olvido sus apellidos como creo él lo hubiera preferido.
         Volviendo a donde quedamos. Él llegó en el tren a Puerto Berrío y, como el primer beso, quedó calado por el Río Grande de la Magdalena. De inmediato abordó una chalupa de línea hacia el destino final.
Arribó así a Barrancabermeja justo en la mitad del siglo XX, una tarde del mes de junio de 1950.
         Antiguamente un rancherío de la comunidad indígena Yariguíes conocido como Latora (o Latocca) a orillas del que llamaban río Yuma, hoy río Magdalena, del que el primer español que divisó aquellas “barrancas bermejas” el 12 de octubre de 1536, Diego Hernández de Gallegos, informó a su comandante Gonzalo Jiménez de Quezada, quien tomó posesión en nombre del Rey. Aquellos promontorios rojizos, quizás con el auxilio de sus escasos habitantes, sirvieron de bastión para la recuperación de las agotadas huestes expedicionarias de este conquistador, para después desde allí iniciar la expedición que sometió al numeroso pueblo Chibcha que concluyó con la fundación de Santafé de Bogotá en 1538.
Ya para el año en que llegó nuestro personaje era el importante puerto de Barrancabermeja, al que tres palabras que comparten la misma inicial la describían: PETRÓLEO, PLATA Y PUTAS. Así, con mayúsculas. Sobra decir que la primera en abundancia trae como consecuencia la segunda y ésta la tercera, o más bien las terceras, en igual abundancia.
        

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Los antioqueños tienen la característica de apoyarse unos a otros, aún más si se encuentran fuera de su tierra, seguramente porque sus ancestros descubrieron la importancia de la colaboración mutua para sobrevivir o al menos tener una vida más llevadera mientras colonizaban sus agrestes montañas. Y Araña igualmente contó con el apoyo de sus paisanos cuando se les apareció más pelado que pepa de guama, con una mano por delante y otra por detrás, o para ser claro, con muchas ilusiones y el estómago vacío.
Pronto fue enganchado en la petrolera, una de las tantas de la multimillonaria familia Rockefeller, Tropical Oil Company. Cuyos más importantes cargos eran ocupados además de los gringos por varios antioqueños, reputados por su laboriosidad y emprendimiento. Su nuevo oficio lo asentó en el río, casualmente al igual que el primer trabajo de su padre, como chalupero. Para quienes no están familiarizados con el término, significa navegar una chalupa o un bote con motor fuera de borda, al que los lugareños también llamaban un Johnson por la marca del motor.
Araña, en uno de las tantas chalupas de la Compañía debía transportar todos los días a los trabajadores hasta los diversos campos petroleros a lo largo del río. Llevarlos en la mañana y recogerlos al final de la tarde a los más cercanos, a los más lejanos días después. Igualmente acarrear insumos, materiales, herramientas y alimentación. Labor sin tregua, a pleno sol y calor. Por lo que no tardó en comprar un sombrero aguadeño, conocido también como sombrero Panamá, afamado sobrero blanco hecho de fibra de palma que se popularizó por su uso entre los ingenieros, supervisores y trabajadores durante la construcción del gran canal, pese a que era hecho en Colombia y diseñado originalmente en Ecuador[3], siendo los mejores los fabricados a mano en el municipio de Aguadas. Como acotación, el sombrero aguadeño fue el principal producto de exportación de Colombia entre finales del siglo XIX y principios del XX, incluso por encima del café. ¿Cómo les parece? Un sombrero cuya popularidad se la dio Panamá, era fabricado en Colombia y había sido diseñado en Ecuador. ¡Y que digan que América Latina sólo está unida por el idioma y la religión!
         Se convertiría el sombrero aguadeño en uno de sus dos mejores compañeros de trabajo. El otro era el indispensable poncho[4], que le servía de cobija cuando debía dormir en el bote por trabajos extraordinarios en los pozos, también para protegerse del viento frio del amanecer, de la lluvia y de los inmisericordes zancudos, así como para secar el sudor de su frente en los días más calurosos. Dos implementos de su atuendo que siempre lo caracterizaron.


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Así transcurrieron los primeros cuatros años de su nueva vida. Como chalupero de la petrolera recorrió río arriba hasta Puerto Nare y río abajo hasta más allá de El Banco sin adentrarse en la gran depresión monposina. Frecuentó pequeños puertos y caseríos como Cantagallo, Puerto Wilches, San Pablo y Morales. Conoció todo meandro y en dónde se formaban los peligrosos remolinos, observó por dónde aparecían las crecientes que arrastraban troncos y material vegetal, memorizó los traicioneros playones más escondidos, descubrió las bravas corrientes ocultas que sacaban a flote hinchados cadáveres de animales y humanos (asesinados la mayoría), así como también cuáles orillas arborizadas debían evitarse por ser el hogar de cientos de culebras, cuyas variedades más venenosas él llegó a diferenciar con exactitud. ¿Quién le enseñó? Nadie. Los muchos errores que cometió, las incontables varadas, un par de volcadas, un naufragio en el que gracias a otro chalupero pudieron ser rescatados los pasajeros, él y la chalupa aunque se perdió el motor, y la casi mortal mordida en el cuello de una serpiente “talla X” cuando pasó demasiado cerca de una orilla con árboles frondosos. Le enseñó a navegar el río Magdalena la mejor profesora que podía tener, la implacable experiencia. Nunca se le ahogó un pasajero aunque no pocos fueron a dar de narices al río, ninguno sufrió un accidente grave, ni mordidas de víboras, no obstante algunos sí se llevaron más de un buen susto.
Durante esos cuatro años maduró como hombre, como un marinero de río, ¿o debería denominarlo como un “rionero”?, ¡no, horrible! Mejor continuemos. Araña se convirtió en un hombre hecho y derecho, al que la experiencia también le enseñó a cuidarse de las malas amistades, de las malas mujeres, de los malos negocios, de los hombres malos, pero sobretodo de las buenas putas, las que encoñan (¡perdón!). Es que no puedo dejar de referirme a esta última cuestión en términos proverbiales de marinería de agua dulce con la frase “pelo de cuca jala más que guaya de grúa”.
Y es que con, o por, una irresistible damisela empieza la leyenda del Capitán Araña.
¡Ah, casi lo olvido! En las novelas muchos autores acostumbran describir el físico del protagonista, ya saben, que de mediana estatura, que tenía ojos verdes, piel parduzca, nariz aguileña, etcétera. Pero no estoy seguro que ésta sea verdaderamente una novela, al mismo tiempo quiero darle a mis manos la libertad de escribir esta historia como les venga en gana, libre de cánones o códigos estilísticos, hasta haré caso omiso de un par de reglas gramaticales que el lector pronto descubrirá. No pretendo concursar por un, para mí, inalcanzable premio literario. Por lo demás prefiero dejar a la imaginación de las lectoras y lectores cómo era el legendario Capitán Araña. Cosa que me sirve para justificar mi estilo “muellero”.
Sólo sabrán ustedes de su característico lunar en la nuca y que él usaba poncho y sombrero aguadeño. También pueden ya calcular su edad a lo largo de la narración. No obstante seré generoso con las curiosas lectoras, Araña era como decían las señoras de Medellín en aquellos días “una estampa de hombre” o “un hombre muy bien parecido”.




BITÁCORA

Viernes 16 de julio de 1954.
Ubicación: En puerto, El Banco.
Clima: caluroso y despejado, como en toda la semana.
Madrugamos y compramos un planchón ganadero de segunda en muy buen estado, al que le habíamos echado el ojo hace varios días. A partir de hoy día de la Virgen del Carmen somos dueños de una lancha completa. A Ella queda entonces encomendada nuestra lancha y nosotros. Esperemos a que nos ayude a salir adelante, pues quedamos empeñados hasta el culo[7].
Abordamos la lancha remolcadora a eso de las 11 de la mañana. El turco y yo no nos cansamos de ver letra por letra el nuevo nombre recién pintado: Moralita. Aunque ponerle el nombre de aquella inolvidable mujer que nos unió en tan peligrosa circunstancia no sé si sea bueno. Espero que la Virgen no se moleste.
Quedó como nueva. Fue un acierto el haber mandado a pintarla de color verde con anchas franjas naranja, pues si lo hubiéramos repintado con el mismo rojo anterior, nos convertiríamos en sospechosos de ser liberales, y, si lo pintamos de azul en sospechosos de ser conservadores. ¡Maldita violencia política! Aunque me gusta el color verde y siento que el naranja nos traerá buena suerte.
Cargamos combustible. El motor encendió muy bien.
Partiremos mañana temprano a enganchar el planchón. Nos dicen que allá encontraremos tripulantes, porque aquí en el puerto no encontramos ninguno. Necesitamos un grumete urgente. Al maquinista lo veo muy viejo y lo pillé escondiendo unas botellas de ron entre los baúles de herramientas y repuestos. Veremos cómo nos sale este gago.



Hoja 1. ¿Sería que el capitán Nemo escribía la bitácora del Nautilus así?




CAPÍTULO 3

El corpulento texano cayó al agua sin tener tiempo de reaccionar. Con el pie izquierdo aún sobre el muelle y escasamente poniendo el pie derecho sobre la chalupa cuando, por un brusco movimiento, ocasionado por la primera ola que dejó la estela de otro Johnson  doble motor que acaba de pasar demasiado cerca, perdió el equilibrio y… ¡Splash!
         El lanchero en la proa, quien en un comienzo al abordar la chalupa le había estirado su mano pero que se la había rechazado con uno de sus acostumbrados gestos de vaquero macho, sin tiempo que perder le arrojó un lazo con una rueda salvavidas atada en el extremo. Para su desgracia, fue a dar en toda la cara del gringo casi noqueándolo. Los demás pasajeros, trabajadores todos de la Compañía, estallaron en carcajadas.
         El rubio texano, temido y odiado supervisor de perforación quien nunca dejaba de machacar sobre las maravillas de la industria y las proezas en los rodeos de Texas, ahora escupía groserías en inglés además de agua. Estaba rojo de la ira y no dejaba de mirar como un toro embravecido al preocupado johnsista, a quien el temor lo hizo alejarse hacia la popa en vez de ofrecerle de nuevo la mano.
         Apenas si pudo subir su pesado cuerpo por la borda del bote. Necesitó la ayuda de cuatro trabajadores más, lo que golpeó más su ego que su costillar.
         El furioso supervisor se puso de pie más mojado que un bocachico en medio de la todavía tambaleante chalupa y sin pensarlo se abalanzó contra el joven lanchero, pero éste, o sea Araña, lo burló ágilmente como un diestro torero pero sin capote, cayendo de nuevo a las aguas del Magdalena.
         Más risas. Exacerbadas, porque por fin los trabajadores veían la deseada venganza contra el maldito supervisor opresor y peor, un “yanqui explotador”, de acuerdo al discurso antiimperialista del incipiente movimiento sindicalista de la época, el que pocos años más tarde sería permeado por ideales marxistas excitados con el triunfo de la revolución cubana. Ideales, o idealismo para ser más exacto, que haría que hasta más de un cura iluso se arremangara la sotana para meterse al monte con un fusil, remedando a los barbudos que “liberaron” a los cubanos.
      El único que no reía era el torero, digo, el chalupero. No era pendejo, sabía que saldría como un matador triunfador en hombros, pero sin empleo. Así empezó aquel nefasto día.
         El texano esta vez nadó hacia la escalera de concreto del muelle, salió por sus propios medio raspándose panza y rodillas. Más que caminar corría, ¿a dónde?, en dirección la oficina de Personal. ¡Donde manda capitán no manda marinero! Aplicaría su última arma más temida, hacer despedir fulminantemente al… Ya imaginan el resto.

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Esa noche en la cantina de la calle novena cerca al muelle, que frecuentaba con el mono Sevillano, su mejor amigo y paisano de Sopetrán, decidió emborracharse como pocas veces lo había hecho Araña en su vida. Exclamó –Fue algo injusto.
Sevillano levantó la copa y brindó –¡Por un futuro mejor!
 Tratando de consolarlo, pese a que en su interior dudaba de que existiera algo mejor que trabajar para la petrolera norteamericana que pagaba jugosos sueldos.
         El ahora exjohnsista de la flamante Tropical Oil Company, llamada entre sus obreros y empleados simplemente como la Troco, replicó zampándose el primer aguardiente doble con cara de triple –Ahora qué voy a ha…
         Lo sorprendieron por detrás levantándolo cinco forzudos perforadores sobre sus hombros tal cual triunfador de la faena de esa mañana. Hicieron tanto algarabío que el cantinero dueño empuñó instintivamente el cuchillo carnicero de ocho pulgadas que escondía bajo el mostrador, el que en más de una ocasión había tenido que blandir ante los frecuentes conatos entre sus rudos clientes, la mayoría causados por disputas por alguna puta y hasta entre las mismas putas. (Me sabrán excusar, pero es que no imagino a obreros, marineros y cantineros hablando en términos de damiselas, cortesanas, rameras, prostitutas o mujeres de vida alegre. Aparte de que no podrán negarme la placentera libertad de utilizar este adjetivo y más que casi me salió en verso).
         Barrancabermeja siempre ha sido un caldero multicultural y en la mitad del siglo XX aún más. Lo de caldero por el calor sofocante, visítenla y sabrán de qué hablo. La diversidad cultural porque allí llegaban, y llegan, gente de todos los rincones del país y del extranjero. Pero en aquellos años predominaban además de los paisas o antioqueños, los alegres costeños, los elegantes rolos[8], los bravos santandereanos, uno que otro aventurero caldense y por supuesto los naturales, los barranqueños[9], que como resultado tenían, culturalmente formulando, más o menos un 40% de costeños más un 25% de antioqueños más un 20% de santandereanos más un restante 15% de los demás colombianos. Eso sin contar los norteamericanos. Aunque para hacerle honor a la verdad, se mantenían tan aislados en los horarios extralaborales en sus enmallados barrios prefabricados con bien podados jardines así como en el club de golf, que poco o nada penetraron la cultura nativa, excepto las nativas que terminaron inocultablemente preñadas.
         De modo que esa noche en la cantina, entre el humo de los cigarrillos y el olor a aguardiente y ron, se oían acentos tan dispares como el de un currambero[10] alegando con un encrespado opita[11], o el de un pastuso contándole chistes de su región a un grupo de desconfiados boyacenses con los que departía en su mesa. Se escuchaban regionalismos como “¡eche, no joda!” o “¡no me crea tan pingo!” o “¡ave María purísima!” o “¿ala, su merced podría…?” o “¡huy mano, venga!” o “¡está culimbo!”. Claro que otros clientes estaban ocupados en menesteres más placenteros con jóvenes damas (para que no me tilden de chapucero) entre sus piernas, venidas también de diversas regiones a desempeñar el oficio más antiguo… ¡Huy manitos, me desvié demasiado, qué pena!
         Regresemos pues a la escena con los trabajadores petroleros en la cantina que llevaban en hombros a su campeón:
Araña gritó –¡Bájenme! ¡Suéltenme! ¡Eh, ave María! ¿Les causa gracia que perdí mi trabajo tan injustamente? Entonces invítenme una botella de aguardiente, o mejor, consíganme otro empleo.
         Lo bajaron de inmediato ante el justificado enojo de Araña. Uno a uno se fueron alejando balbuceando excusas, pero teniendo cuidado de no ofender a su antes compañero lanchero. Se enteraron en ese instante del triste desenlace del evento de la mañana. 
         Iracundo todavía, llevándose las manos a la pretina del pantalón y con ambos dedos índices señalando hacia sus genitales, les gritó –¿Ahora sí me sueltan? Me celebran que le hice al hiju…ta[12] gringo lo que ustedes querían hacerle pero que no se atrevían por falta de huevas… ¡Y ni un trago son capaces de invitarme, malparidos[13]!
         ¡Hayyyyy… qué tan grosero es este escribidor! ¿Qué hago entonces? Ésta es una novela de río no una sobre clubes de la crema y nata de la sociedad. ¿Acaso imaginan a un iracundo chalupero escupiendo insultos como “tonto”, “imbécil”, “bobo”, “cretino”, “idiota” o “estúpido”, sea en singular o en plural? “¡Ayayay, a ese tal Araña se le moja la canoa…! ¡Batea para el otro equipo!” Sería lo primero que ustedes pensarían si escribiera los diálogos en estos términos, ¿o no?  De todos modos, y para que no me censuren, evitaré a partir de aquí lo soez, pero después no me califiquen la novela como de señoritera.
         Sigamos pues.
Sevillano, quien ocupaba un cargo de cierta importancia en la Troco y al que todos llamaban así por su apellido, anticipando una pelea segura, trataba de calmarlo.
         Los burleteros compañeros testigos del incidente, apachurrados por lo que se acababan de enterar, consideraron que Araña había pagado un alto precio por algo de lo que no era culpable, así que se hicieron los bobos y le dieron la espalda, ninguno le respondería, sería demasiada crueldad si lo cascaban para rematarle tan desgraciado día.
         Cosa diferente pensaba otro par de sujetos mal encarados que entraban justo en ese momento a la cantina.






CAPÍTULO 4

El 13 de junio de 1953 tuvo lugar el golpe militar contra el gobierno del presidente Laureano Gómez, que llevó a la Presidencia de la República al teniente general Gustavo Rojas Pinilla.
Golpe militar que vio el pueblo con buenos ojos por el desorden, caos, violencia, anarquía y desgobierno que imperaba en Colombia.
Rojas Pinilla contaba con el apoyo de los ex presidentes Mariano Ospina Pérez y Roberto Urdaneta Arbeláez así como de otros políticos importantes, además de las Fuerzas Armadas, la Policía Nacional, el Directorio Nacional Conservador y algunos representantes del Partido Liberal.
En la primera alocución presidencial, el General animó a los colombianos a defender las instituciones y presentó su premisa "Paz, Justicia y Libertad". El nuevo presidente dijo –La Patria no puede vivir tranquila mientras tenga hijos con hambre y desnudez...
La Asamblea Nacional Constituyente, convocada por el presidente Laureano Gómez, expidió un acto legislativo por el cual reafirmó la posición del presidente Gustavo Rojas Pinilla. Según su argumento, el 13 de junio de 1953 había quedado vacante el cargo de presidente de la República y afirmaba: "Que es legítimo el título del actual presidente de la República teniente general Gustavo Rojas Pinilla, quien ejercerá el cargo por el resto del período presidencial en curso". El nuevo gobierno siguió los postulados de paz, justicia y libertad, imponer el orden contra la anarquía, acabar con la violencia y restaurar la seguridad. El ex presidente Darío Echandía calificó el golpe militar de Rojas como un "golpe de opinión", debido al vasto y multitudinario respaldo nacional al nuevo presidente.
         Para aquel día, a mediados de 1954, cuando despiden injustamente a Araña de la Troco, está recién inaugurada la televisión nacional, uno de los tantos proyectos que llevó a cabo el general Rojas Pinilla, aunque menos de dos mil hogares en todo el país tenían televisor. Historia que vale la pena relatar por lo excepcional, además para que el lector se ponga a tono con la época y comprenda el valor de la moneda nacional en aquellos días.
El interés de Rojas Pinilla por la televisión nace años atrás en 1936, cuando siendo entonces Teniente, viaja a Alemania en una misión encomendada por el gobierno de Alfonso López Pumarejo, para comprar municiones para enfrentar la guerra contra Perú. Estando en Berlín conoció el novedoso invento, que por entonces estaba siendo desarrollado en distintas partes del mundo. La idea quedó fija en la mente del militar, quería hacer posible el proyecto de traer la Televisión al país.
Tan pronto como Rojas Pinilla sube al poder, inicia las labores para conseguir las tecnologías y los insumos necesarios para poner en marcha la transmisión de la televisión en todo el territorio nacional. Para ello encomienda a (permítanme mencionar a los padres de la televisión colombiana) Fernando Gómez Agudelo, quien se desempeñaba como el Director de la Radio Difusora Nacional, para gestionar todo lo relacionado a la puesta en marcha del proyecto. Varios problemas surgieron, pues ante la geografía tan abrupta del país, transmitir la señal era casi imposible, conseguir las antenas para superar este inconveniente no era tarea fácil. Gómez Agudelo se vio en la tarea de hacer consultas con expertos europeos y estadounidenses para encontrar la solución efectiva, logrando encontrar los equipos adecuados, que eran fabricados por la empresa alemana Siemens. Por medio del Ministerio de Hacienda se dio la orden de invertir 10 millones de pesos, una suma bastante sustancial para la época, para la compra de las antenas y demás tecnología necesaria.
Se necesitaba de lugares bastante elevados para lograr la cobertura en la transmisión. Así en Bogotá se escogió en Hospital Militar ubicado en los cerros orientales de la ciudad, que proveía un punto adecuado para la instalación de la antena que se elevaba a 30 metros de altura sobre el hospital. Se ubicaron a su vez las antenas repetidoras en el cerro del Gualí, en el nevado del Ruiz, que cubría Antioquia, Valle del Cauca y Caldas. Luego se instaló otra en el páramo de La Rusia para Boyacá. El reto fue inmenso. A paso rápido y firme se iba acercando el momento de hacer realidad el sueño. La orden era entonces inaugurar la Televisión en Colombia el día del primer aniversario del gobierno militar en la nación. El día cero era el 13 de junio de 1954. Ante tanto desafío operativo, nadie se percató que en el país no había personal capacitado en el manejo de las cámaras, ni expertos en la producción de televisión… Sólo unos días antes de la anunciada inauguración, se hizo visible la carencia. De inmediato el mismo Gómez Agudelo viaja a Cuba, donde pide la ayuda de veinticinco técnicos del Canal 11 de ese país, que acababa de quebrar, quienes fueron contratados y así el traspiés fue solucionado.
Aún quedaban muchas tareas por hacer, debía acondicionarse los estudios desde donde se iban a realizar los programas para la televisión en el lugar escogido: los sótanos de la Biblioteca Nacional. Además de toda la infraestructura necesaria, era indispensable que los colombianos contaran con los aparatos receptores, los televisores. Con una intensa publicidad se logró que 400 familias obtuvieran los aparatos. Sin embargo el número de televisores era bastante bajo. Se creó entonces una estrategia para que mas familias pudieran adquirir los aparatos, que para entonces tenían precios demasiado elevados en contraste con la baja capacidad adquisitiva de los colombianos, pues para la época el salario mínimo (mensual) era de 120 pesos aproximadamente y un aparato Siemens costaba 350 pesos. La estrategia consistía en importar 1.500 aparatos que se podían adquirir por medio del sistema de pago en bajas cuotas a través del Banco Popular.
Los primeros ensayos de las pruebas televisivas se hicieron el primero de mayo de 1954, emitiendo la señal entre Bogotá y Manizales, así como algunos otros ensayos transmitiendo desde el almacén J. Glottmann en la calle 24 de Bogotá. Finalmente todo estaba listo en la víspera del 13 de junio, la prensa y la radio difundieron el acontecimiento que tendría lugar al día siguiente. La meta estaba casi cumplida y la hora cero se aproximaba.
El 13 de junio de 1954 es inaugurada oficialmente la Televisión en Colombia, como un servicio prestado directamente por el Estado, en el marco de la celebración del primer año de gobierno del General Gustavo Rojas Pinilla. A las 7 p.m. se escuchan las notas del Himno Nacional de la República, pero lo realmente novedoso es que el sonido viene acompañado de las imágenes de la Orquesta Sinfónica de Colombia. Seguido al Himno Nacional el General Rojas Pinilla se dirige al País desde el Palacio San Carlos, actual Ministerio de Relaciones Exteriores, y declara oficialmente inaugurada la Televisión en Colombia. La señal era recibida en Bogotá y sus alrededores por el canal 8 y en Manizales por el canal 10. Seguido al acto inaugural se dio paso a la emisión de los primeros intentos de programas de entretenimiento, desde los estudios de la calle 24, con un programa animado por Álvaro Monroy Guzmán en el que también aparecieron un grupo de reconocidos humoristas: Los Tolimenses. Además se montó la obra “Tarde” de Paul Vilar. Esta primera emisión tuvo una duración de 3 horas y 45 minutos.
La imagen tenía una calidad excelente, se habían superado los distintos problemas técnicos en la instalación y puesta en marcha del sistema y la acogida fue inminente. Las personas que tenían acceso a los televisores disfrutaron de inmediato del nuevo medio de comunicación, y para aquellos que no podían adquirirlos, el gobierno instaló televisores en algunas vitrinas de Bogotá y Medellín desde donde muchos vivieron el acontecimiento.
El primer reto se había logrado, lo que seguiría era mantener el sistema e idear las formas para que cada vez la televisión se posicionara más y más en la vida cotidiana de los colombianos.
La empresa de la Televisión tenía unos ideales y principios claros que fueron formulados desde su carácter estatal. El gobierno en busca de herramientas para la divulgación cultural y la educación popular, encontró en la televisión el medio ideal que a su vez servía para difundir la imagen de las Fuerzas Armadas y el proyecto político del gobierno.
Poco a poco se fueron ampliando los espacios televisivos, que eran prácticamente improvisados, pues no había una programación establecida, ni espacios de televisión fijos. Por lo regular se emitía un programa en directo y seguido uno pregrabado para dar tiempo para acondicionar las escenografías y los vestuarios en estudio para la siguiente emisión. Unos meses después se abrieron los espacios para la propaganda. Se pusieron cuñas al principio y al final de los programas en Noticiero gráfico, creado para hacerle propaganda al gobierno, en Lápiz mágico, con los mejores caricaturistas y patrocinado por el Banco Popular. También Conozca a los autores, de corte educativo, Mares y marinos de Colombia... Los primeros espacios deportivos estuvieron a cargo de Carlos Arturo Rueda y otros especialistas de la radio.
Un año más tarde se gestó el organismo encargado del manejo y funcionamiento del nuevo medio, este se llamó Televisora Nacional. Con la apertura de los espacios de propagandas se abrió la puerta para que la empresa privada comercializara los espacios televisivos.
Para 1956 se arrendaban los espacios en televisión y Alberto Peñaranda junto con su esposa crean la primera programadora privada Punch. Al poco tiempo nace RTI creada por Fernando Gómez Agudelo, el mismo que había gestionado todo el proyecto de la televisión años atrás. Aparecieron también las empresas de publicidad como Atlas y MacCann así como algunas empresas privadas que alquilaban los espacios y con su patrocinio televisaban obras teatrales y musicales.
En la década de los sesenta nace INRAVISION (Instituto Nacional de Radio y Televisión), tras una fuerte crisis económica de los fondos de la televisión estatal, que desemboca en el sistema mixto del manejo de la televisión en el país. Con esto, el sector privado manejaba la programación y la explotación de los espacios en televisión, pero el Estado seguía siendo el dueño del medio.
Durante los primeros años existía un único canal de televisión, y toda la programación era emitida por este. Sólo hasta 1967 aparecería un segundo canal en Bogotá, pero eso es otra historia.[15]
¡Cómo les parece, un televisor a blanco y negro de marca Siemens costaba 350 pesos! Mientras el salario mínimo mensual de un colombiano era de 120 pesos. ¡Un televisor costaba el equivalente al trabajo de tres meses de un obrero! Ya podrán imaginar lo que costaba un automóvil Ford, Dodge, Chevrolet o un Jeep Willis.
Y ya que nos pusimos en contexto con aquellos años regresemos a nuestra historia.
Habíamos quedado en que dos tipos con cara de matar a la mamá entraron aquella noche a la cantina, justo en el instante en que Araña les hacía un gesto obsceno a sus ignorantes excompañeros que lo habían vitoreado y cargado en hombros.
La única persona que pudo leer en sus malévolos rostros las oscuras intenciones fue una damisela que estaba sentada abrazando a un muy entusiasmado cliente. Al que logró empujar a un lado apenas un instante antes de que la daga desenfundada por uno de los sujetos pudiera penetrar su costado, salvándolo así de una herida mortal. ¡Y se armó el zafarrancho!



BITÁCORA

Domingo 18 de julio de 1954.
Ubicación: Navegando río arriba hacia Barrancabermeja. Cerca de Morales.
Clima: Soleado y muy caluroso. Zancudos por millones cuando estábamos ayer en la tarde en la orilla aprovisionándonos.
Ayer enganchamos el planchón. Se reventó la vieja guaya de proa, pero nos desvaramos con gruesos lazos de manila. Tendremos que esperar hasta llegar a Barranca y comprar el cable de acero adecuado y seguro para mantener firme el planchón contra la lancha. Más gastos. Ojalá no surjan más inconvenientes.
Cargamos 350 bultos con plátano, yuca y maíz con destino a Barranca. Nuestro primer contrato, pero muy barequeado por el comerciante. Todavía tenemos mucho espacio para más carga, esperamos cargar más en Morales, según se nos ha dicho.
No pudimos encontrar otro tripulante. La verdad, no podemos pagar un sueldo atractivo. Tal vez en Barranca. Necesitamos con urgencia un muchacho trabajador aunque no sepa nada de lanchas. También una buena cocinera, mi socio y yo estamos rendidos de tanto oficio en la lancha, además de turnarnos para pilotear, tener que cocinar.
Menos mal que el maquinista no resultó perezoso y nos ayuda más allá de sus deberes, aunque se mantiene a media caña, bebe ron desde que se levanta hasta que se acuesta, su tufo apesta. Observo que habla sin gaguear mientras más ha tomado, ¿será que el ron es buen remedio para la tartamudez?
El planchón venía con un perro negro incluido. Lo tenía por casa, se alimentaba de iguanas que cazaba en la orilla, es buen nadador. No tenía dueño. Mi socio trató de echarlo pero el perro aullaba, puedo jurar que le suplicaba que no lo echara, me conmoví y lo convencí para que lo dejara. Me gustan los perros. Además nos sirve de guardián contra los ladrones. Con el perro somos ya cuatro tripulantes.


Hoja 2.

Continúa...



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