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miércoles, 12 de diciembre de 2012

EL CENTURIÓN DE LA CALAVERA (Trilogía Romana 2)

Después de EL MAGO DE MESOPOTAMIA, la primera novela de esta saga, ahora continúa lo que sucedió con el noble Marco Trajano años más tarde de su regreso a Roma una vez cumplida la desafiante misión encomendada por el César. A continuación los primeros tres capítulos:







El centurión de la Calavera


Novela breve

  




ABEL CARVAJAL




©2012, Abel Carvajal. Reservados todos los derechos de autor. Ilustraciones por el autor.






A mis hermanos, a mis amigos de la juventud y a mi  fiel amigo Chester, quienes llenaron mi vida de alegrías, enseñanzas y gratos recuerdos.


  



"Yo soy la resurrección y la vida .Quien cree en mí, aunque muera vivirá"

Jesús, hijo de José de Nazaret (Juan 11,25)





      “También los asaltantes crucificados con él lo insultaban.
      A partir del mediodía se oscureció todo el territorio hasta media tarde, a ésta hora Jesús gritó con voz potente:
      -Elí Elí lema sabactani –o sea: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?-.
Algunos de los presentes al oírlo, comentaban:
-Está llamando a Elías.
Enseguida uno de ellos corrió, tomó una esponja empapada en vinagre y con una caña le dio a beber. Los demás dijeron:
-Espera, a ver si viene Elías a salvarlo.
Jesús lanzando un nuevo grito, entregó su espíritu.
El velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las piedras se partieron, los sepulcros se abrieron y muchos cadáveres de santos resucitaron. Y, cuando él resucitó, salieron de los sepulcros y se aparecieron a muchos en la Ciudad Santa.
Al ver el terremoto y lo que sucedía, el centurión y la tropa que custodiaba a Jesús decían muy espantados:
-Realmente éste era Hijo de Dios.”

(Mateo: 27, 44-54)
 



I


Ha pasado cierto tiempo desde que yo, Marco, otrora ilustre ciudadano y ahora anónimo peregrino, logré escapar de mis también ilustres pero enconados perseguidores en una oscura noche de la convulsionada Roma tras la muerte del gran Dácico, el emperador Marco Trajano[1], mi entrañable tío. Salvándome de una muerte segura.
Muchos días atrás, abatido pero obligado por las circunstancias, anticipándome al evidente final del César y al de mi tranquilo vivir en la hermosa villa frente al mar en el puerto de Ostia que había tomado en alquiler un año antes por prescripción médica,  vendí en secreto mi productiva hacienda en el Lacio[2] así como mis demás bienes y posesiones,  habiendo antes donado algunos predios a jornaleros pobres que habían trabajado para mí. También despedí y liquidé con generosidad a mi sirvientes, soborné a quienes sabía me espiaban y posteriormente encargué a mi mayordomo que fletara una galera.
Tenía ya todo minuciosamente preparado para mi furtiva huída. La que en el fondo de mi corazón anhelaba, pues permanecí en aquella casa más de lo que debía después del repentino fallecimiento de mi amada Sulamita antecedido por el de mi viejo y fiel perro. Había demorado la decisión de irme y, de una vez por todas, lejos de Roma, tal vez por lealtad a mi tío o por simple miedo a empezar una nueva vida o por ambas justificaciones. Pero cuando no decidimos la vida decide por nosotros.
El haber ayudado a mantener en el trono al Dácico por tan largos años, advirtiéndolo del peligro de algunos nefastos personajes o de las confabulaciones políticas que se tramaban en su contra, de las que me enteraba sin demasiada dificultad gracias a la lealtad de mis antiguos legionarios y a los oídos de la inmensa comunidad secreta seguidora del Nazareno compuesta en su mayoría por artesanos, sirvientes y esclavos, a la que mi joven esposa y yo excepcionalmente pertenecíamos, me ganó un sinnúmero de enemigos.
El poder es así, deleitable pero efímero. Quien cree que puede mantenerse siempre en lo más alto de él acabará por irse de narices contra el duro suelo que es la realidad. El más grande enemigo del poder es el tiempo. Muerto o depuesto el emperador o el rey, adiós a sus ministros, consejeros y cortesanos; los poderes y autoridades de ellos mueren con él. Vendrá otro con otros. Mis enemigos, los mismos del emperador Trajano, habían vencido finalmente y ahora eran más fuertes.
Adriano[3] con el patrocinio de la emperatriz Plotina, más la ayuda de los sicarios del tenebroso Atiano y del “clan hispano” del senado se tomaría el poder, para bien o para mal. La historia lo juzgará.
El Dácico me enseñó que los mejores generales se conocían en la retirada, pues buscan la menor cantidad de bajas y una honrosa derrota. En mi caso, evitar mi baja era el único objetivo real, ya que el supuesto honor me tenía sin cuidado. Al fin y al cabo no permanecí el tiempo suficiente en la legión para alcanzar el grado de general. Pero mi peor enemigo, lo descubriría más tarde, no estaba donde yo creía ni dejaría de acecharme…
Aquella triste noche escuchando el seco golpeteo contra las piedras de la vía por los cascos del robusto caballo que halaba la campechana carreta que había conseguido mi leal mayordomo, solitario, embarcado en nostálgicos recuerdos de mi vida en los últimos veinte años, me dirigí al puerto de Ancona.
Llevaba conmigo apenas dos resistentes bolsas de cuero por equipaje, cargadas con monedas, oro y piedras preciosas que me asegurarían las mínimas comodidades deseadas por un hombre de casi cuarenta y cuatro primaveras de existencia,  todo mi patrimonio, camuflado entre las túnicas, mantas y demás vestimenta apropiada más para un medianamente rico mercader que para un patricio romano; escoltadas ambas por mi leal espada en su vaina sujeta a mi cinturón y escondida bajo la gruesa manta que traía puesta. No tenía más opción que confiar en mis habilidades, astucia y experiencia, así como en la protección Divina, aunque a decir verdad, abatido por la pérdida de mis seres queridos y las circunstancias que me obligaban a cambiar de vida, mi fe se había debilitado. A partir de ahora la discreción y la prudencia debían ser mi consigna.
Ancona es un puerto alejado de Roma, sobre la costa este, pero era precisamente por eso uno de los menos esperados para mi huída, por parte de Atiano o cualquiera otro de mis mortales enemigos. Me tomó varios días llegar hasta allí, durmiendo con más frecuencia a la intemperie que en hostales.
Al arribar dejé el carromato y el caballo donde había acordado mi mayordomo con el propietario y  caminé hacia el muelle.
Al doblar la última esquina saltó de entre la sombras un hombre armado con una espada, susurrando mi nombre seguido de un improperio. Instintivamente solté las dos alforjas que cargaba en mis hombros desenvainando mi vieja pero bien pulida y afilada espada… Se escuchó el choque de los metales. Opté por no acogerme a las reglas de la esgrima limpia transándome en un largo duelo sino por finiquitar el molesto asunto con un par de movimientos aprendidos del más diestro legionario que conocí. Era indiscutible que se trataba de un asesino contratado en vez de un vulgar asaltante nocturno. ¡Un, dos y zas!, corte profundo y mortal en la garganta, parte del cuerpo casi siempre expuesta, que no la cubre ni la armadura ni el casco y está desprotegida con frecuencia por el escudo del guerrero o soldado. Afortunadamente para mí, él no había tenido el mismo entrenador ni conocía la mortal treta.
La desventaja, en un caso así, de aplicar esta ágil artimaña con  la espada, es que posteriormente no se puede interrogar al sorprendido rival sangrante y agonizante. No le queda ni aliento ni garganta para pronunciar palabra alguna. Qué más daba, yo sabía quiénes lo habían enviado. Por el mercenario no había lugar a duda, tenía el tatuaje en la muñeca derecha con el símbolo de la guardia pretoriana, calzado militar y el tipo de espada de dotación de un centurión, aunque ésta tenía unos adornos muy particulares que me llamaron la atención, así que la tomé como botín; una espada de repuesto no estaba de más.
No me gusta ni disfruto matar. Una vez que me hice seguidor del Nazareno entendí y me prometí no recurrir a la violencia sino era estrictamente necesario, como lo sería por defender a un ser querido, al indefenso o, como en esta ocasión, por defensa propia. Sí me desconcertaba que me hubiesen subestimado o peor, que me consideraran demasiado viejo o enfermo como para todavía poder hacer gala de las artes combativas que me hicieron un famoso capitán de la temible Novena Legión. Viejo y cansado sí empezaba a sentirme, también estaba enfermo, pero no tanto como para haber enviado un asesino para liquidarme, ¡solamente uno y poco experto!
Embarqué con un breve saludo al capitán de la galera, quien me respondió con apenas un murmullo acompañado de una maliciosa sonrisa, dando a entender que había visto y gozado toda la sanguinolenta escena. Pero no me inquietaría, era obvio que no había sobornado a todos los posibles delatores o por lo menos a alguno no le había pagado lo bastante, incluido este rechoncho pirata fenicio, el que me obligaría a dormir con un ojo abierto y con la mano empuñando mi espada. Le ordené partir sin darle el rumbo aún, cosa que no le gustó, pero bastó con lanzarle fijamente  la mirada del león enfurecido que permanece en los ojos del guerrero cuando su sangre todavía hierve después de una lucha a muerte. Sus esclavos empezaron a remar.
La suerte estaba echada.




II


En el puerto de Siracusa[4], después de un larguísimo viaje en el que nada más le permití al fenicio atracar una vez a un caserío costero en la Calabria cerca a Brindisi[5] y  otra vez en el puerto de Crotona[6] para aprovisionarnos de agua y alimentos, desembarqué apresurado con la aurora una vez pagué al fisgón capitán, quien trataba de indagar mi destino final con veladas intenciones de vender tal información a mis consabidos enemigos. Esperaba haberlo convencido con mis engañosas respuestas. Si no puedes derrotarlos, confúndelos.
Caminé veloz pero con rodeos, por si algún secuaz de ese pirata me seguía,  por las calles entre ebrios marineros y somnolientas prostitutas, los únicos habitantes despiertos a esa hora en aquella populosa ciudad. Debía encontrar pronto un refugio seguro en donde descansar al menos un día, pues era poco lo que había podido dormir durante el viaje en aquella apestosa galera, siempre con el sueño ligero y alerta, como el zorro que dormita atisbando al cazador que lo acecha.
Había tenido tiempo suficiente durante la travesía para elaborar mi plan de escape: Luego del necesario descanso, me embarcaría de nuevo en otro navío con un destino final muy bien escogido pero ya con una nueva identidad. No podía pretender continuar en este mundo como el sobrino del difunto emperador con quien compartía el mismo nombre, por culpa del destino y la testarudez de mi padre, que pese a la oposición de mi madre, me inscribió una vez nací en el registro de ciudadanos tal y como se llamaba su venerado padre e igual que su hermano menor[7]. Sin embargo me diferenció  suprimiendo el segundo nombre, Ulpio o Ulpiano. ¡Demasiados Marco en una misma familia!  Hace mucho tiempo juré que nunca le pondría mi nombre a un hijo, pero no engendré ninguno.
El César Marco Ulpio Trajano, “el Dácico”, había muerto. Ahora, Marco Trajano, el sobrino, debía desaparecer.
Pensé que si mi acento no había desaparecido del todo, no obstante haber vivido por casi veintisiete años en Roma, lo mejor era que en adelante me conocieran por mi origen, adoptaría el apodo de “el hispánico”,  por Hispania[8] la más fecunda provincia romana donde nací y me crié. Sería evasivo con mi nombre de pila, contestaría ante tal cuestión con un simple: “me llaman el hispánico”. El apodo era más utilizado entre los legionarios que el verdadero nombre; mi tatuaje de la novena legión, más las cicatrices y mi valiosa espada no me permitirían ocultar la antigua vida militar. Así que me mostraría como un solitario comandante en busca de un buen lugar para gozar de su retiro. Algo elevado en la jerarquía para pasar desapercibido del todo pero un grado inferior no sería creíble en mí, pues por mis modos y el hablar era innegable que poseía una buena educación, la mayoría de los centuriones ni siquiera sabían leer o escribir, aún menos los soldados. Pero con frecuencia se haría necesario dar un nombre más completo que no despertase suspicacias, así que tomé uno muy común a lo largo y ancho del imperio, me presentaría como Petronio de Hispania.
El destino final que tenía en mente era Cartago[9], o más bien, lo que quedaba de la magnífica ciudad de Aníbal. Lo que ignoraba era cómo y cuánto tiempo tardaría en llegar hasta allá.
Después de dar muchos rodeos por la ciudad de Siracusa me instalé en un alejado pero aseado hostal en lo alto de una colina. Estaba seguro de que nadie me había seguido. La habitación tenía una estupenda bañera con vista por el balcón a una pequeña bahía, la que hice llenar de agua y sales aromáticas de inmediato, obsequiándome un relajante baño mientras engullía los deliciosos manjares sicilianos que me ofreció la mujer del hostelero. Luego, caí como roca en la cama, pese a que ni siquiera era el mediodía.
Un áspero sonido me despertó, miré hacia el balcón, observé cómo el viento mecía las ramas de un cercano árbol que rozaban las barandillas de piedra en medio de una noche muy oscura. Pero no me pareció que ellas hubiesen sido la causa del breve ruido que me alarmó, así que lentamente me deslicé de la cama y empuñando la espada me oculté tras una de las columnas del pórtico que daba al balcón.
Esperé parado en guardia.
Al rato, una sombra pareció tomar vida y creció mientras cubría las baldosas del piso penetrando en mi aposento, tras ella descubrí una esbelta figura humana que caminaba sigilosa. Apenas sintió el frio del metal de mi espada en su garganta se paralizó y dijo:
-¡Le suplico que no me mate, mi señor!
-Camine despacio hacia la mesa y encienda la lámpara –le ordené.
La luz de la lámpara de aceite rebeló un rostro imberbe, el más bello que había visto en muchacho alguno, no obstante se me hacía conocido. De inmediato recordé, se trataba del joven siervo del hospedero que había vaciado el agua en la bañera mientras yo a duras penas me desvestía, tan cansado como me encontraba poca atención le había prestado en aquel momento.
No traía arma alguna consigo. Sólo vestía una humilde pero limpia túnica blanca con un raído lazo por cinturón y las sandalias propias de su oficio.
-¿Pretende robarme? –lo interpelé bajando la espada, pues temblaba de pánico cual tierno conejo ante las fauces del lobo.
Agachó la cabeza por respuesta. Por un momento creí que estallaría en llanto, lo que me hizo sentir mal. Entonces decidí suavizar el interrogatorio:
-¿Cómo te llamas y que edad tienes?
-Edirpo, mi señor. Pronto cumpliré dieciocho años. Yo nada más… -calló.
-Continúa, habla tranquilo Edirpo, que no te haré daño.
-¡Señor, esa espada! –exclamó señalando la espada que le quité al pretoriano que intentó asesinarme en Ancona.
-¿Qué pasa con esa espada, la querías robar? ¿Por qué? Habla de una vez, muchacho. Estoy cansado y quiero dormir.
Entre vacilaciones me contó la triste historia de su vida:
Hijo de una tradicional familia campesina del sur de Sicilia, con un severo padre, era el menor de unos abusadores hermanos, quienes lo obligaron a pasar una infancia solitaria entre rebaños de cabras montaraces; pero también gracias a tal discriminación había salvado su vida. Una tarde, en la que su madre y sus hermanos habían salido a la aldea a comprar provisiones, cuando regresaba a la casa luego de sus tareas de pastoreo, vio como un centurión atravesaba con la espada a su padre, desarmado, en medio de un lacónico grito. Él corrió valientemente en su auxilio, pero llegó tarde. El asesino de su padre en la huída lo atropelló con su caballo. Grabó en su memoria, además del rostro, la espada con extraños ornamentos que ya llevaba al cinto.
Un inescrupuloso prestamista había contratado a un desconocido criminal centurión,  que ni siquiera había ocultado sus prendas militares deshonrando así la legión, para asesinar al padre de Edirpo con el fin de luego apropiase más fácilmente de sus fértiles tierras y de su ganado como pago de una elevada deuda. Aunque carecían de pruebas era la única explicación que ellos tenían a tan infame destino, que les trajo la inevitable pobreza además del dolor. Los hijos mayores salieron en busca de fortuna, dejando a su madre al cuidado del más joven, Edirpo, quien con audacia y entereza trabajó como siervo en diferentes fincas, para mantener a su madre con miserables pagas y sobras de comida, hasta llegar al hostal donde mejoró un poco su situación. Desde aquel fatídico día hasta nuestro encuentro habían transcurrido cinco años. De sus hermanos no volvió a saber nada y una grave enfermedad hacía pocos meses dio cuenta de su madre.
La espada del asesino era ésta. Edirpo, no tenía la menor duda. Como tampoco de que yo no era el mercenario, pues de lo contrario sus intenciones al penetrar subrepticiamente a mi habitación hubiesen sido más letales. El deseo de venganza es uno de los sentimientos más difíciles de doblegar. Quería robar la espada para, algún día, matar con ella al asesino de su padre.
Me describió con detalle al dueño de la espada, que concordaba con precisión al que yo traía esculpido en mi memoria, nunca se olvida a quien ha tratado de matarnos. Así confirmé que el muchacho no mentía ni inventó la historia. Para su tranquilidad le dije que no me cabía duda que se trataba del mismo centurión ya que llevaba tatuaje de la guardia pretoriana, calzado y espada de dotación oficial. También le conté que me vi obligado a matarlo, en los muelles de Ancona, mostrándolo como un vil asaltante. Su semblante cambió como si lo hubiera liberado de un pesado fardo a sus espaladas.
A la inevitable pregunta de si aquel desgraciado centurión no habría tratado más bien de liquidarme por encargo, no se me ocurrió más que la evasiva respuesta de que nunca antes lo había visto y que no sabía de nadie que me quisiera muerto. Edirpo sin duda era un joven astuto, me agradaba, pero mi natural desconfianza no me permitía ser más sincero con él a riesgo de descubrirme.
Todo aquello parecía demasiada casualidad, pero no creo en las casualidades, los caminos del Padre Celestial son inconmensurables. Me resisto a creer que seamos el producto del azar, de una simple suma de casualidades o accidentes. Estoy convencido  que  todos hacemos parte de un complejísimo drama que se presenta día a día en el inmenso anfiteatro que llamamos mundo, en el que al mismo tiempo somos actores y espectadores, mientras, debemos aprender las enseñanzas de cada acto, para que nuestro espíritu evolucione o se prepare para poder trascender al siguiente plano, donde podremos conocer al Director o a sus asistentes y, tal vez, entender cuál es el propósito de esta vida. Ahí, en ese momento estelar, lo comprenderemos todo.
-¿Todavía quieres la espada? –pregunté al muchacho.
No pude conciliar el sueño ante la sorpresiva petición que me dio por respuesta. Me revolqué en la cama por horas pensando qué decisión tomar.




III

Avanzaba el día, pronto se pondría el sol y ya empezaban a dolerme las sentaderas, pese a que desde que salimos del hostal a primeras horas de la mañana varias veces había desmontado del asno que Edirpo había comprado con los denarios que le di. No parábamos a descansar, apenas si habíamos comido algo de pan. El agreste paisaje de la costa sur de la isla de Sicilia era maravilloso, aunque no lo había disfrutado al máximo porque en mi cabeza no dejaba de darme vueltas si la decisión de adoptar al muchacho como siervo habría sido la correcta y, porque de cuando en cuando,  miraba hacia atrás para asegurarme que nadie nos siguiera. La constante sensación de persecución es lo peor de la fuga.
Edirpo no quiso la espada del pretoriano sino que me lo llevase como mi sirviente, me rogó hasta más no poder luego de tratar inútilmente de venderme la idea con los supuestos beneficios que su contratación me traería. Lo que me doblegó fue cuando mencionó que el haber, yo justamente, liquidado al asesino de su padre y  traer la espada conmigo eran señales del Cielo, que nuestras vidas estaban a cruzadas; rematando que se sentía muy solo en este mundo y quería que alguien lo protegiera… ¡Tan duro que soy por fuera, pero tan débil por dentro!
 Con esta imprevista decisión había echado abajo mis elaborados planes, pero lo que más me preocupaba era que tarde o temprano se haría necesario descubrirle mi secreto, o parte de éste.
Por el momento sólo le dije que necesitaba llegar pronto a Cartago, pero de la manera más discreta posible, a lo que me recomendó dirigirnos hacia Agrigento[10] donde con facilidad podríamos embarcarnos en una de las tantas naves que surcan el mar rumbo a la ciudad africana.
El camino desde Siracusa hasta allá era largo, así que pernoctamos esa noche en una modesta posada en la población de Gela, a mitad del trayecto.
Por fin, quizás por sentirme acompañado por Edirpo, aunque él durmiera confiando en que yo era su protector, pude soñar bien una noche completa desde mi partida. Debía enseñarle a pelear aprovechando su juventud, entrenarlo en las artes de la lucha y de la esgrima, mis dos especialidades, pues no estaba demás contar con un par adicional de brazos adiestrados. El problema es que necesitaba de un lugar adecuado y del tiempo necesario para tal propósito.
Se me hizo muy difícil levantarme al día siguiente, sentía una extraña pesadez y excesivo cansancio.
No estaba aún el sol en su cenit cuando avistamos a un anciano bajo la sombra de un árbol al lado derecho del camino. Al pasar a su lado, incliné la cabeza a manera de saludo, a lo que me respondió:
-¿Por qué huyes con tanta prisa, Marco Trajano; acaso no confías en los designios del Señor?
Quedé perplejo. Halé la rienda por un acto reflejo deteniendo al asno. No supe que replicar.
-¡Sigamos mi Señor, este viejo está loco o borracho, te confundió con el emperador! –susurró Edirpo estrujando mi brazo izquierdo.
La visión se me nubló como si hubieran puesto un velo blanco ante mis ojos, sentí en la frente un sudor frío… Fue lo último que recordé.


Continúa...


Amable lector: 

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